Este año se ha reeditado El secreto de la noche triste en Seix Barral, novela-crónica de Héctor de Mauleón, que hoy se presenta en la FIL de Guadalajara. Ofrecemos los pasajes iniciales de la obra, cuyo nudo narrativo es el paradero del tesoro de Hernán Cortés, extraviado durante su huida de Tenochtitlan la noche del 30 de junio de 1520.
Una beata que había muerto de un dolor de costado abandonó el cajón en que acababan de depositarla, y dijo a los dolientes:
—Desde hoy han de llamarme María de la Esperanza de Dios.
Para entonces, una tolvanera negra se levantaba en Texcoco. El aire era tan raudo que las campanas de los templos repicaron solas. En la soledad de la calle, varios perros se juntaron
a aullar.
Así comenzó el aguacero del año 1600. Las lluvias que desataron los acontecimientos que yo, Juan de Ircio, vecino y natural de esta ciudad, a partir de ahora me dispongo a contar.
El día de Pascua del Espíritu Santo, un techo de nubes grises cubrió las montañas que cercan México. La lluvia reventó en los montes. Luego, bramó por las cuestas, cubrió las hondonadas, anegó los barrios. Los sacerdotes se apartaron de sus templos para conminar a gritos al arrepentimiento; los frailes avanzaron por el Empedradillo, llevando el Santísimo en alto. La lluvia, sin embargo, no cesó.
Cayó sin tregua esa noche, y la otra, y las dos noches siguientes, hasta que el dique estuvo a un paso de reventar. El cielo escampó cuando iniciaba el quinto día. La mañana sorprendió a la gente rescatando muertos que salían del agua con los ojos blancos. No había ruido en la ciudad. Sólo el goteo de las gárgolas, y un oleaje que pegaba en las puertas como en la quilla de un barco.
El día que la tromba del Espíritu Santo terminó, mi tía, Beatriz de Espinosa, se acercó al balcón para cobijarse en los primeros rayos. De pronto tuvo curiosidad de lo que pudiera oír, y cerró los ojos. En un diario de piel de cerdo que había traído de España, apuntó lo que había escuchado:
Las campanas de los templos, que lúgubremente tocaban a rebato.
El llanto de un niño, y el canturreo de su madre, que pretendía consolarlo.
Ladridos de perros desde todas las distancias.
Las instrucciones que los capitanes daban a los soldados.
La voz de una anciana que imploró: “Habed misericordia de nosotros”.
El canto limpio de un pájaro.
Esa tarde, un mestizo recogió una miniatura de oro en la ribera del lago. Aunque las viejas historias sobre un tesoro perdido habían sido olvidadas hacía muchos años, el hallazgo alborotó a los favoritos de la corte, que atravesaron la noche recordando consejas que Francisco Verugo, Juan Galindo y Pedro Dovide, entre otros soldados de Hernán Cortés, alguna vez habían contado.
Nadie imaginaba entonces que la muerte atravesaba apenas las garitas de la ciudad. Que iba a recorrerla entera durante las noches negras que siguieron
* * *
La historia sobre el tesoro perdido comenzó a escribirse ochenta años antes de la tromba, el 30 de junio de 1520, cuando Hernán Cortés comprendió, en junta de capitanes, que había llegado la hora de abandonar Tenochtitlan. Los indios que meses atrás lo cubrieron de joyas, de plumas, de presentes, sitiaban ahora las casas de Moctezuma, donde Cortés había instalado su cuartel general: no tardarían en derribar las puertas, para pasar a cuchillo a los españoles.
Un astrólogo que andaba con las tropas, Blas Botello, auguró que la salvación dependía de salir esa misma noche. En un libro lleno de cifras, signos, rayas y apuntamientos —con el que tiraba la suerte a cada paso—, había descubierto que postergar la huida significaba la muerte “a manos de estos perros”.
Cortés creyó en sus palabras. Hizo reunir en una sala el tesoro saqueado a la cámara real del emperador Moctezuma —“todas las cosas que bajo del cielo hay”, escribió después—, entregó el quinto del rey a los capitanes Alonso de Ávila y Gonzalo Mejía, cargó lo que pudo en una yegua morcilla, y luego repartió el resto entre sus soldados.
La salida general de las tropas se verificó a la medianoche. Se dice que llovía con fuerza, que la oscuridad apagaba el brillo de las armas. Tenochtitlan había quedado desierta (los indios velaban el cuerpo de Moctezuma, a quien su propio pueblo había apedreado), pero una mujer advirtió la maniobra, y alertó a los mexicanos. Los guerreros cayeron sobre la columna, haciendo sonar sus espantosos caracoles.
La matanza comenzó en el primer puente. Ávila y Mejía perdieron el oro en el segundo. Torrecicas, criado de Cortés, extravió la yegua en el tercero. Agobiados por el peso de tanta riqueza, ochocientos españoles, entre los que iba el astrólogo Botello, encontraron la muerte en México-Tacuba.
El tesoro perdido nunca apareció. Ese fue el principio de la leyenda. La causa por la que un año más tarde, entre la ruina humeante de Tenochtitlan, los conquistadores derramaron brea ardiente sobre los pies y las manos de los señores aztecas.
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Yo era un niño cuando oí esa historia, y quien me la contó fue un viejo. En la plaza le llamaban el ciego Dueñas. Alguna vez se le tuvo entre los más diestros en el uso de la espada (cierta noche enfrentó a tres hombres y logró salir ileso de la calle de las Gayas), pero en tiempos del marqués de Falces una flecha le atravesó el casco, y aun parte de la calavera, dejándolo impedido para ver, entre otras calamidades del mundo, el cruento fin de las guerras chichimecas.
La vida, desde entonces, se le fue en las calles, recordando gestas y hablando ruindades, mientras esperaba que el Cabildo tomara en cuenta sus viejos servicios y lo favoreciera con alguna merced. Mas como el Cabildo no favorecía otra cosa que la desmemoria, el ciego gozaba de tiempo suficiente para enterarse de cuanto sucediera, o hubiere sucedido, en la Nueva España. Tanto esfuerzo dedicaba a la tarea, que alguna vez oí decir a mi padre que nadie en el virreinato sabía tantas cosas del cielo y de la Tierra.
La edad del ciego Dueñas abarcaba seis virreyes, tres fiebres virulentas y cuatro pestilencias universales. Estuvo en Catedral cuando Pedro Moya de Contreras estableció el Santo Oficio, y treinta años después seguía resintiendo la zozobra que entró en los corazones cuando el inquisidor mayor mandó jurar a los fieles no consentir herejes, sino denunciarlos. Las grandes quemazones que presenció a partir de entonces le hacían recibir el alba de rodillas, empeñado en lavar quién sabe qué antiguos pecados.
Noche a noche, cuando la calle olía a castañas y las vendedoras de vino caliente acercaban la primera lumbre a la entrada de sus casas, un aldabonazo duro atronaba en nuestra puerta. El ciego Dueñas cruzaba el zaguán, bebía vino tibio, recibía de mi tía doña Beatriz algunos cuartos lisos, y luego iniciaba el recuento de los hechos más notables que hubieran sucedido en la jornada:
—Cayó un rayo en el hospital del Espíritu Santo y mató a un enfermo convaleciente de tabardillo.
O bien:
—Parió una mujer española a una criatura con cabeza de león. Los médicos la llevaron ante el virrey, para que la viera ya muerta.
Una noche nos dijo:
—Llegaron de Campeche sesenta hombres flacos. Vienen de batir en la villa a una escuadra pirata. Han traído setenta mil doblones rescatados en batalla. El capitán es Diego Mejía, al que se daba por muerto desde hace tres años.
* * *
Doña Beatriz de Espinosa llegó a la capital de Nueva España el 26 de marzo de 1597, tres años antes de la inundación, en una carroza que entró por la ermita de San Antonio. No queda en el mundo imagen alguna de ella. Yo sé que era imposible mirarla sin que su rostro quedara grabado a fuego en la memoria.
En los arcones de la ropa blanca traía un ejemplar roto y descosido de los diálogos latinos que el doctor Francisco Cervantes de Salazar compuso en 1554. Y sin embargo, mientras miraba desde las ventanillas el contorno de los edificios que a partir de entonces le tocaría habitar (mi madre había muerto durante las fiebres malignas, mi padre le escribía rogándole que me educara), doña Beatriz debió sentirse atemorizada. La ciudad que el doctor Cervantes cantaba en sus diálogos, con su Plaza Mayor sin paralelo en el mundo, con sus calles amplias y bien trazadas, con sus elevados palacios de tezontle rojizo y sus frescos paseos de aroma perfumado, era en realidad un albañal inmundo. Los menesterosos se lanzaban contra los carruajes, exhibiendo sus mutilaciones. Indios, negros y mulatos, se embriagaban con pulque en los tendajones. Criollos y gachupines escandalizaban en carreras, palenques, corridas de toros y juegos de naipes. Las espadas brillaban con cualquier motivo. Cada noche resultaba un muerto en peleas de taberna o en querellas dirimidas en casas de mancebía.
Las plantas del lago apestaban en las secas. Los canales, menguados, se llenaban de basura y animales muertos en los meses cálidos. En las calles donde había mataderos, zahúrdas y pescaderías, el aire esparcía su putrefacción amarga. No había quién se supiera a salvo del tabardillo, las calenturas podridas, las fiebres malignas y las disenterías.
La primera noche que pasó en la ciudad de México, doña Beatriz abrió el diario de piel de cerdo que había traído de España. Después de remojar la pluma, escribió: “El doctor Cervantes creyó que en México se había juntado cuanto hay de notable en el mundo. Para mí, la Roma del Nuevo Mundo haría llorar a Vitruvio”.
* * *
Los cronistas suelen olvidar la inundación de 1600. Prefieren ocuparse del desastre de 1629, que provocó la ruina absoluta de las casas, y las dejó sepultadas bajo el agua durante los cinco años siguientes. Sin embargo, la inundación del Espíritu Santo causó también muchos males. En el fondo, la culpa es del olvidado Francisco Cervantes de Salazar que, como decía su impresor, Juan Pablos de Brescia, tan erudita y copiosamente describió en sus diálogos latinos a la ciudad de México. Venido de España para profesar en la Universidad la cátedra de Retórica, en 1554 Cervantes entregó a la imprenta un Commentaria a la obra de Luis Vives, acompañado por tres diálogos “escritos por él mismo para uso de los estudiantes”. Celebrados por todos en su tiempo, los diálogos describían la juventud de una ciudad que, al igual que Cristo, acababa de cumplir treinta y tres años. Por desgracia, no todos los ejemplares llegaron a nuestro tiempo. Cuando mi padre escribió a doña Beatriz para pedirle que me educara, tramposamente añadió a su carta uno de los pocos volúmenes que aún se conservaban: un libro en octavo que había heredado de su padre, Martín de Ircio.
Educada por maestros particulares, y condenada —cual quería Lope— a vivir entre la labor y el libro, mi tía devoró en un tris los diálogos de Cervantes, cerró el volumen con la imaginación exaltada por la belleza de las descripciones, y una tarde en la que el otoño batía las primeras hojas, abandonó Castilla para afrontar la espuma y la mar salada.
La mañana de mis doce años fui enviado a San Pedro y San Pablo para estudiar gramática y retórica, cosas que a nadie le importaban. Como mi padre pasaba la mayor parte del tiempo atendiendo la mina que tenía en Zacatecas, yo solía pasar las tardes leyendo el Amadís en la Tlaxpana, viendo marchar las fuerzas en las calles, y escuchando las historias truculentas —de vivos, muertos y aparecidos— que cada día eran contadas en las alacenas de chinos de la plaza. Desde la muerte de mi madre se me permitía asistir a la Comedia, donde, según mi padre, aprendería a reconocer el mérito de las piezas. Pero yo prefería demorarme en la plaza, ver las ensaladas de Fernán González (“¿Qué es cosa y cosa: / entra en la mar y no se moja?”), presenciar “las conquistas” de moros contra cristianos, recorrer las coheterías de San Pablo, y detenerme en las tiendas de miel y azúcar, en las variadas chocolaterías que, al caer la tarde, llenaban de humo aromado la esquina del templo de Portacoeli.
Todo esto terminó de golpe cuando mi tía bajó de la carroza dorada y protestó por la peste que, en el mes de marzo, envolvía las calles con su insoportable manto. Luego de asistir a los templos para dar gracias por haber llegado salva, de seguir el recorrido de Zuazo, Zamora y Alfaro (los personajes de Cervantes de Salazar) para comprobar si “todo México es ciudad y toda es bella y famosa”, decidió que en estos rumbos no hallaba más que “tianguis, almoneda y behetría”, y se encerró en un salón acojinado desde el que agobió mis tardes con la lectura de himnos, epigramas, ruedas, laberintos y otros géneros de versos exquisitos. Antes de mandarme a la cama a leer el Flos Sanctorum y otras vidas de santos, me obligaba a componer y recitar en público toda suerte de piezas en verso o en prosa. Mi único contacto con el siglo comenzaba con el golpe que al venir la noche daba en el portón el ciego Dueñas: un instante de libertad que yo sentía resquebrajarse poco después, cuando el viejo se hundía en la oscuridad, tentaleando las paredes negras.
Fue en esas que el cielo se turbó, cayó la lluvia, y sobrevino la inundación del Espíritu Santo. Una gotera quedó encima de los diálogos del doctor Cervantes: al quitar los gruesos forros del libro para que la humedad no dañara las hojas, doña Beatriz halló entre las pastas un lienzo viejo y deteriorado. El retrato de un caballero de barba rubia, ropaje negro y mirada aviesa, a cuyos pies podía leerse este apellido: “Alderete”. Bajo el rótulo, aparecía una inscripción extraña. Era la siguiente:
CGIRANCIACSAMRLJAMCEOS
No logramos entenderla, pero no hacía falta: esa misma tarde, la fatalidad nos había alcanzado.
* * *
Días después del fin de la lluvia, el arzobispo y las órdenes religiosas decidieron salir en procesión para atraer el perdón divino. Enarbolando teas encendidas, recorrieron con el agua en los tobillos la ciudad desvanecida y deshecha. Mientras sonaba, lúgubre, la música de los tambores, la gente caía de rodillas con la cabeza descubierta. Las iglesias se llenaron de rezos. Los altares se poblaron de cirios. Pero el diablo andaba suelto en Nueva España.
A mediados de abril, apareció muerto de una herida en la garganta Juan Fernández de Maldonado. Lo hallaron en la calle de la Joya, envuelto en un charco de lodo en el que se disolvían los últimos restos de su sangre. Se le tenía por necio, y también por desarreglado. Era nieto del conquistador Pedro Suárez de Alcántara y se había labrado una fama turbia al dilapidar por completo su fortuna en carreras de potros y juegos de gallos. Su muerte fue entendida como una señal: Dios no iba a perdonar a la ciudad que tan desenfrenadamente se había entregado al vicio, al lujo desmedido, a la lubricidad, “nombre favorito del diablo”.
Esa muerte fue el aviso de lo que vino después.
Porque unos días más tarde, un forastero amaneció asesinado a estocadas en la calle de Tacuba (y los alguaciles se extrañaron de que no le hubieran quitado las armas, el dinero, ni el caballo).
A partir de entonces, comenzaron a aparecer en ciertas calles despojos de ratones a los que, decían, “les habían chupado la sangre”. La gente habló de bolas de fuego, de llamas azules que a la medianoche crepitaban bajo la horca de la plaza.
Para nosotros, lo peor sucedió el 25 de mayo, día que amaneció triste y nublado. Durante mucho tiempo pensé que si aquella tarde hubiera vuelto a llover, todo habría resultado distinto. Hoy entiendo que no. La rueca había trenzado sus hilos.
Esa tarde, el virrey recibió en su salón a las fuerzas que habían batido a los piratas en Campeche. Le regaló al capitán, Diego Mejía, un collar de albricias, y ordenó una función en la Catedral para dar gracias por la victoria en que fueron apresados cien piratas ingleses. Se extendió la nueva de que habría carreras frente a Palacio, y muchos tablados en la plazuela. Doña Beatriz, que hundida en su labor había pasado los días sin acercar los pies a la puerta (“menos que a entrada de virrey no salgo”, acostumbraba decirnos), repentinamente mudó de humor, se cubrió el rostro con una mantilla, y me arrastró del brazo hasta la plaza, donde a pesar del cielo amenazante se arremolinaban trajes, vestidos y carrozas.
Esa fue la tarde en la que el capitán Diego Mejía montó el caballo del virrey y venció a los condes de Salvatierra, uno de los cuales se quebró una pierna. Esa fue la tarde en la que mi tía escribió:
Amor, yo no pensé
que tan poderoso fueras
hasta agora que lo sé.
* * *
Al terminar el mes ahorcaron en la plaza a cinco ladrones ganzueros y una mestiza fue azotada por encubridora. Ese día hubo un temblor que duró tres credos. Varias casas cayeron. En la Catedral, fray Pedro de Córdova descubrió al Santísimo, y anunció que el tiempo estaba cerca.
En el diario de doña Beatriz se lee que el 27 de mayo de aquel 1600, alguien denunció al Santo Oficio a una mujer a la que habían sorprendido escarbando de noche en un solar.
—Malos tiempos vienen —dijo mi padre.
Y malos tiempos vinieron.
La ciudad, herida por el agua, y vuelta a castigar por el temblor de tierra, se dedicó a buscar a la bruja que escarbaba de noche para chupar la sangre a los ratones.
Un domingo, muchos años atrás, los inquisidores Alonso Peralta y Lobo Guerrero entregaron al brazo secular a siete herejes de la familia Carvajal. El virrey había ordenado que vulgo y nobleza acudieran a la plaza “a tomar ejemplo”. No se movía una mosca cuando el corregidor dejó caer la sentencia: “Que los Carvajal sean quemados vivos y en vivas llamas, hasta que se conviertan en cenizas, y de ellos no haya ni quede memoria”. Aferrado a la capa de mi padre, vi danzar la carne en el Quemadero. No olvido los gritos, los sollozos, el clamor de la gente. Ese domingo no hubo Comedia, ni corrida de toros, ni ruido alguno en la plaza. Volvimos de San Hipólito con el olor de la leña metido en la ropa, comiéndonos la garganta. Afuera caían las sombras, ladraban los perros. Nos pasamos la noche a oscuras, encerrados con llaves, cerrojos y trancas.
La lengua es el único instrumento cuyo filo aumenta y se hace más hiriente a lo largo de los años. Ahora, todo aquello regresaba. Se hablaba de mujeres que volaban por el cielo; de gente que escupía de noche sobre la cruz; de herejes que rezaban a Adonai y practicaban ritos prohibidos. De juntas y reuniones en las que los indios y los negros adoraban dioses extraños.
Una tarde, al terminar la misa, el ciego Dueñas oyó que la gente hablaba de la beata que había salido del mundo, y regresado el mismo día, después de haber muerto de un dolor de costado. Antes del anochecer, la multitud se agolpaba en el atrio, acusándola de hacer pacto para vencer la muerte, detener la lluvia, oscurecer el sol y revolar de noche.
Cuando el chisme llegó a Santo Domingo, una calesa verde salió de las cocheras de la Inquisición. Y sin embargo, por más que revolvieron el Malleus Maleficarum, los alguaciles no dieron con indicio alguno que condenara a la beata. Después de examinarla durante varios días, de que comparecieran testigos, vecinos, médicos e incluso boticarios, el licenciado Lobo Guerrero admitió que no podía encontrar en ella ni bondad ni maldad alguna: la reprendió gravemente por su costumbre de comulgar varias veces al día, la amenazó con la hoguera si persistía en la creencia de que la Virgen le contestaba, y la envió de vuelta a la vecindad de la que, con gran concurso de gente, la habían sacado a rastras.
De ese tiempo son los versos burlones de González de Eslava:
El Lobo es lobo en el nombre:
Dentro, cordero benigno.
El fallo del inquisidor, sin embargo, no menguó las murmuraciones. Se decía que la beata aclaraba el futuro con sortilegios y agüeros, que ligaba y desligaba corazones, que confeccionaba filtros, y que realizaba cercos. Muchos nobles comenzaron a visitarla en secreto: le atribuían el poder de curar los males echando una cierta rosa en agua. En las alacenas de chinos oí decir que tenía espejos en las uñas, y que, mirándose en éstas, podía dar alcance a los secretos de Dios.
Héctor de Mauleón
Escritor y periodista
Fragmento del libro El secreto de la Noche Triste, Seix Barral, © 2022, Héctor de Mauleón. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.
