Mediante entrevistas y ensayos Vargas Llosa intenta en este libro dilucidar la naturaleza del genio de Borges y las razones que lo colocaron en la órbita de la literatura universal, más allá de las diferencias estéticas o ideológicas entre ambos. Un libro que rebosa además de anécdotas literarias entre dos imprescindibles en lengua española.

Intentar comprender la vida y obra de un autor no es menos complejo que intentar dilucidar la historia y temple de una nación. Y es precisamente en la búsqueda de los claros de esa complejidad en donde radica el valor de quienes se proponen interpretar un autor, una obra, una cultura. Desglosar la complejidad es el único camino para asegurar un verdadero respeto a la diversidad: se comprende el aquí y el allá, el yo y los otros, se amplían los puntos de vista. La complejidad interpretativa nos acerca a la democracia. Su opuesto, la simpleza interpretativa, garantiza el dogma, la polarización y, sobretodo, la descalificación de aquello que no se nos parece. En la literatura, la filosofía y la historia es en donde la interpretación crítica y creativa sucede con mayor fuerza, por ello su existencia es el único garante para que una sociedad progrese. No bastan los libros ni los autores, es preciso interpretarlos.
Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020), el último libro de Mario Vargas Llosa, aborda el diálogo que, a lo largo de cincuenta años, sucede entre dos titanes de las letras escritas en español. Un diálogo a veces presencial, como sucede en las dos entrevistas que contiene, una de 1963 en París —año en que Mario Vargas Llosa publica su primera deslumbrante novela: La ciudad y los perros—; y otra de 1981 en la casa de Jorge Luis Borges, que muy probablemente era la de la calle Maipú 994, su última residencia en Buenos Aires. Otro diálogo sucede a la distancia: un novelista, que ha hecho justicia a la diversidad cultural peruana y a su fascinante lengua entretejida de quechuismos, dilucida sobre los giros intelectuales y lingüísticos que crearon el particular estilo borgiano, sobre la franca aversión del autor de El libro de arena al género novelístico y sobre los desconcertantes encuentros de Borges con más de una dictadura.
Medio siglo con Borges no es sólo un libro que contiene entrevistas y ensayos, sino un libro gesto; lo es porque, no obstante reconocer que la gran ausente en la obra de Jorge Luis Borges es Latinoamérica, Vargas Llosa —cuya narrativa rinde tributo cultural y crítico a Perú, la Amazonia, República Dominicana y Guatemala— se propone comprender muy lúcidamente el genio de Borges y explicar en dónde radica la originalidad de un estilo que colocó a los autores latinoamericanos en un diálogo de tú a tú con autores de la literatura universal.
En París, en 1963, un novelista, que aún hace periodismo, atestigua el deslumbramiento de los parisinos ante el autor de La historia universal de la infamia. Barthes acude a presenciar a Borges y Foucault inicia uno de los libros más influyentes de la época, Las palabras y las cosas, con un comentario borgiano. En gran medida, Francia descubrió a Borges y legitimó un éxito que le llega cuando ya casi había publicado todo. Borges fascinó a los parisinos por su erudición, su francés fluído y culto, y por sus singulares frases irónicas y lacónicas.
Simpatías y diferencias
Mientras Vargas Llosa considera que la novela es un “género caníbal, que se traga todos los géneros” (p. 33), Jorge Luis Borges creía que la novela era un “desvarío empobrecedor” que extendía “en quinientas páginas algo que se puede formular en una sola frase” (p. 32). Pero las las diferencias entre ambos van mucho más allá, pues mientras que la realidad, la historia y la política son condiciones para la creación literaria del escritor de Arequipa; para el porteño, reflexionar sobre el tiempo, el infinito, la ubicuidad y el misterio es una condición para la suya. La erudición de Vargas Llosa se extiende en el lenguaje, cultura, trama e historia de sus portentosas novelas. En tanto que la erudición de Borges tiene la forma del arabesco: es recargada, concentrada y remota. Entre ambos la distancia estilística es la que media entre un fresco y un miniado.
En “Las ficciones de Borges”, el autor hace un balance del legado a la literatura latinoamericana de Borges, quien asumió la herencia de una cultura universal sin la actitud de un colonizado. Borges, aunque fue seducido por el arrabal bonaerense y otros trazos de la historia y cultura de su país, no asumió el nacionalismo como credo temático. La “furiosa orginalidad” de Borges es equiparada con Quevedo, Góngora y Rubén Darío, ya que, como ellos, logró “perturbar” la prosa española con una musicalidad y uso de adjetivos y adverbios único. Si el adjetivo mata, al decir de Roland Barthes, para Jorge Luis Borges el adjetivo deviene en recurso para realizar combinaciones inesperadas, como en “las bocas unánimes de la fama” o “una tristeza impersonal, casi anónima”. Vargas Llosa se maravilla, línea a línea, de la hazaña borgiana capaz de crear “una prosa que se paladea, palabra a palabra, como un manjar. Lo revolucionario de ella es que en la prosa de Borges hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas.” (p. 52).
Una claridad incisiva
Una apreciación que sobresale, en este libro, es ésta: el novelista, a través de la consideración de un personaje borgiano —Marta Pizarro de “El duelo”—, converge con Borges en que tanto el español como otras lenguas romances son tan “palabreras” que llegan a ser “conceptualmente imprecisas”. A ello atribuye la falta de filósofos en nuestra lengua. Por su parte, el culto de Borges por los libros lo llevó a considerar que las lenguas sin un patrimonio escrito, literario, como el guaraní, eran menos. Es llamativo que ambos escritores consideren el valor de una lengua por lo que se ha escrito, olvidando que, en todo caso, es la tradición discursiva existente hasta el momento de su apreciación lo que propicia la apariencia de que una lengua sea mejor o peor que otra. Sin embargo, el problema no está en las lenguas. Cualquier lengua sirve para cualquier discurso: para sesudas interpretaciones o para florituras verbales. Afortunadamente, la apreciación de Mario Vargas Llosa se diluye cuando reconoce que la obra de Borges nos muestra que nada está definitivamente hecho ni dicho con respecto a una lengua literaria. Y más tarde lo confirma cuando testimonia su éxito en París y afirma que su estilo muestra la posibilidad de que el español también pueda ser exacto, delicado e innovador. De hecho, este contrapunteo reflexivo puede llevar al lector a conjeturar ¿no fue ése uno de los íntimos retos de Borges, reinventar nuestra tradición literaria? ¿pulir y recortar esas largas cadenas sintácticas de subordinadas para cuya lectura nuestra respiración no alcanza?
Jorge Luis Borges inventó la claridad incisiva de la frase en español, pero preservó concepciones barrocas de la existencia muy nuestras: el misterio y obsesión por la muerte, la fascinación casi mórbida por el infinito. Ante ello, su palabra puede ser críptica y eterna: “En las letras de rosa está la rosa / Y todo el Nilo en la palabra Nilo” escribe en “El Golem”. Y también los elaborados laberintos, que parecen torturar la mente de un detective, acaban finalmente diluyéndose: vencido Lönnrot por sus especulaciones concéntricas y rebuscadas sobre un crimen, dice al final: “Yo sé de un un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective”. ¿Quién podría negar que la barroca especulación del detective Lönnrot es tan hispanoamericana como nuestro espíritu y que, en la conclusión de su derrota, reconoce que también hay vértigo en la frase de apariencia lineal y simple? Pareciera que Borges recupera la claridad y agudeza en la frase, pero no lo abandonan el barroquismo que Alejo Carpentier atribuyó a la cultura latinoamericana, ni el culto a la muerte de la España del Siglo de Oro y de nuestros pueblos originarios.
Sin entusiasmo político ni nacionalismo
En el capítulo “Borges, político” se reflexiona sobre las declaraciones y guiños hacia el entorno político de quien se declarara “anarquista spenceriano”. A partir de textos de la revista Sur (1931-1980), Vargas Llosa advierte sobre la confusión y caricaturización que se ha hecho con el rol político de Jorge Luis Borges:
¿Cómo hubiera podido hacer suyo un entusiasmo politico, no se diga una millitancia, ese agnóstico que llegó a tomarse bastante en serio el idealismo del obispo Berkeley, quien postuló que la realidad no existía, que sólo existía ese espejismo, o ficción cósmica, nuestras ideas o fantasías de la realidad? (p. 77).
Con respecto a la época de Perón, Borges advirtió sobre la “pedagogía del odio” del nazismo. El gobierno de Perón fue en los primeros años pronazi y prestó servicios que señalan una cercanía con Hitler y con Mussolini. Borges “por ser ‘partidario de los Aliados’ fue penalizado por el gobierno de Perón, que lo degradó, removiéndolo del modesto cargo que ocupaba” (p. 79). Abominaba el nacionalismo, pero no carecía de “argentinidad” tal como lo muestra su poesía y algunos relatos. Sin embargo, aunque era antinacionalista y llegó a reconocer el flagelo de las dictaduras, al final del peronismo Borges subscribió el régimen militar de Videla. El desconcierto de Vargas Llosa queda en las siguientes líneas: “Ya no resulta fácil explicar como un mero espejismo la simpatía de Borges por el régimen militar, del que, además, aceptó nombramientos y distinciones sin la menor reticencia.” (p. 82) Es inexplicable su adhesión a la dictadura de Videla. ¿Qué sucedió, qué pensaba realmente Borges sobre su país y América Latina?
Nicolas Shumway, autor de La invención de Argentina (1993), analiza las ficciones recurrentes en la construcción de la identidad de la nación argentina. Se sorprende de que las mismas ideas (ficciones) del siglo XIX que dieron forma a este país vuelven recurrentemente a lo largo del siglo XX. Tanto Shumway, como Vargas Llosa, reconocen el desconcertante nudo histórico de un país que durante la segunda década del siglo pasado estaba entre los mejores del mundo en desarrollo económico y social y, a partir del gobierno populista de Perón, se sumergió en una situación crítica de la que aún no logra salir. Acaso alguna de esas ficciones recurrentes sobre la nación atrapó a Borges.
Mario Vargas Llosa pone en la mesa finalmente un tema que lo apasiona y nos concierne: la situación política de Latinoamérica. Su apabullante conocimiento del ethos latinoamericano —si es que tal cosa existe— y su experiencia histórica colocan sus palabras más allá de la vida y la obra de Borges. Él, como acaso ningún otro novelista de nuestra lengua, ha indagado sobre el conflicto de nuestro origen y de nuestras comunidades. La tensión entre Hispanoamérica, la Amazonia y Europa siempre rezuman en la ficción realista de su narrativa. El reconocimiento y crítica que ahora hace a Jorge Luis Borges conllevan claves para una época en que el pensamiento se ha enfriado y el discurso público es peligrosamente simple tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo. Esas claves nos recuerdan que la América hispana tiene una doble herencia a conciliar: la originaria y la europea, que nuestros escritores son antes sus libros que sus aciertos o equívocos públicos, que la mayoría de edad de una nación se adquiere cuando se es capaz de apreciar lo local con un pensamiento universal.
• Mario Vargas Llosa, Medio siglo con Borges, México, Alfaguara, 2020, 112 p.
Patricia Córdova
Profesora-investigadora de lingüística hispánica y Directora de la División de Estudios Históricos y Humanos de la Universidad de Guadalajara.
Excelente artículo
J.L.B. esun poeta crepuscular, no veo ningún culto a la muerte. Borges fue políglota, es cierto que fue argentino pero su literatura es claramente universal si al conocimiento de las lenguas sumamos su erudición literaria y filosófica. Su obra fue conocida inicialmente por iniciados y no formó parte de lo que después se llamó el boom latinoamericano de la novela, no en estricto sentido. Fue un pésimo vendedor de su obra si lo comparamoscon otros autores. No conoció el marketing. «La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico». Y en esto se refería a todas las lenguas.