El ombligo de Knausgaard

Como todo en este mundo, a los escritores suele dividírseles en categorías —a veces estereotípicas, a veces exageradas, pero categorías al fin. Es la forma humana de racionalizar el mundo, lo que se lee necesariamente debe caber dentro de un compartimento: ficción, no-ficción (que engloba todo lo que no es). Dentro de la propia ficción hay miles de subcategorías. ¿También las hay dentro de los escritores?

En México se tiende a dividir a las nuevas generaciones de escritores en dos: los que están comprometidos con la causa y los que están comprometidos consigo mismos. Entre los primeros tenemos a quienes escriben de la realidad inescapable, el narcotráfico, la guerra, la violencia, la miseria. Entre los segundos a los que escriben desde su realidad inescapable: el cuarto en el que habitan, los amigos que tienen, el mundo inmediato al que pertenecen. Aunque suene contraintuitivo, ambas realidades coexisten y ambas merecen ser leídas (dentro de ellas algunas más que otras, claro está).

Desde esta lejana tierra nuestros estereotipos —o categorías— nos han hecho dividir a los autores escandinavos también en dos: por un lado están los que escriben de la “realidad” nórdica a través del noir o thriller, y del otro los que no. Lo paradójico es que la realidad que muestran no es tal, o no es tan oscura como la hacen creer. Por hacer mención rápida de un caso particular: Kurt Wallander, el detective creado por Henning Mankell. En sus peores días, Wallander, policía de la pequeña provincia de Ystad, ve una cantidad de homicidios similar a la de un policía en algún municipio mexicano, cosa que en realidad no sucede.

La realidad escandinava puede ser, más bien, la de quien está comprometido consigo mismo. Como Karl Ove Knausgaard.

Knausgaard, noruego que ahora vive en Suecia, se ha vuelto un fenómeno literario mundial con su épica personal de seis tomos, Mi lucha (o “Min Kamp” en noruego, una clara alusión al libro de Hitler, que mantuvo preocupado a su editor durante muchos años). En esta serie —que toda reseña remarca, a manera de introducción, comprende más de 3,600 páginas—, la gran lucha de Knausgaard es poder escribir. O incluso algo más básico: poder vivir en paz consigo mismo y su miseria.

mi-lucha-sq

Su realidad —como se descubre a lo largo del tomo uno y dos en particular—, es lo banal que uno asocia, desde este lado del mundo, con la tribulación nórdica: escuelas de primer nivel cuya gran discusión es si deben incluir menús vegetarianos o veganos en el kinder son la puerta de entrada. Ya que uno se adentra al pasado de Knausgaard, sin embargo, descubre una lucha —su lucha— por alejarse de este horror.

Lo idílico de su presente —una familia cuasiperfecta, celebridad dentro del mundo escandinavo tras sus primeras dos novelas— y lo idílico de su pasado —grandes bosques donde jugar, la posibilidad de explorar y crecer en pueblos donde uno no tiene que estar preocupándose por ser levantado en la noche, por ejemplo— son el verdadero terror de alguien cuyo anhelo es dejar que lo nimio abarque toda su existencia. Que si el pastel, que si la cena de hoy, qué libro comprar en la librería o cuántos y cuándo los leerá. Las preocupaciones con las que varias personas sueñan como objetivos: ¿Qué más tranquilidad que no tener que preocuparse por nada más allá de qué cocinará para cenar o si el nuevo libro de tal autor será tan bueno como el anterior?

Pero detrás de todo esto hay oscuridad. Está la vida noruega: ir a la escuela, luego a la universidad o a la escuela técnica, y labrarse una vida rutinaria. Seguir el camino. Como una colonia de abejas.

Knausgaard, a pesar del reconocimiento que tenía hasta la publicación de Mi lucha, no logra esquivar el tedio.1 Lo único que quiere es habitar su mundo interior, que, paradójicamente, es el tedio mismo. Quiere estar a solas con su miseria, disfrutarla, y escribir sobre ella, pero su miseria exterior no lo deja. Salvo que sí se lo permite, ya que es lo que estamos leyendo.

¿Pero qué es Mi lucha, realmente? Llevamos 686 palabras sin hablar de manera explícita de su contenido. Pues bien, Mi lucha puede describirse como un perfecto texto posmoderno.

Los seis volúmenes son la cotidianidad del autor entrelazada con sus memorias. Al inicio —y escribo lo siguiente con el cuidado de evitar el gran problema de la posmodernidad, el spoiler—, Knausgaard debe ir a la casa de su padre. Al estar ahí, limpiando metódicamente cada habitación, en particular el cuarto de baño, el lector lo acompaña con cada cepillada. Ve cada hongo que se ha formado en la cortina de baño, cada humedad que aparece detrás de la taza del escusado. La trivialidad no es por sí sola un recurso para que el autor recuerde el pasado y nos explique durante las siguientes 200 páginas —después de pasar unas 20 o 30 tallando el baño— cómo es que llegó aquí. Sin abarcar un orden cronológico, Knausgaard nos explica su pasado por igual que el escusado de la casa de su padre. Niñez, adolescencia, universidad, primer matrimonio y actualidad (a 2011, cuando concluyó).

Al quinto libro —el último publicado en inglés hasta ahora, en español está por aparecer el cuarto volumen— los personajes que el lector consideraba de cierta manera al inicio de la épica ahora son distintos. Es un ciclo que se completa y cuyo epílogo será el sexto —y más largo— tomo. Pero la novela —en realidad es sólo una— es una especie de elipsis: todo el viaje nos regresa al momento inicial, al ombligo de Knausgaard. A su preocupación por si en una charla con el padre de uno de los compañeros de sus hijas en la escuela dijo lo correcto, o si será percibido como un patán. En 30 años y 3,000 páginas de conocerlo parece que no ha crecido ni un ápice tanto en espíritu como en el plano emocional. Su entorno se ha desarrollado, los personajes se han desenredado. Pero Knausgaard no. Al menos que el sexto volumen, disponible el próximo año en inglés, contenga una llave maestra que nos explique el sentido de todo lo que acabamos de leer.

kausgaard

Mientras tanto nos quedamos con este (mal) viaje a la psique del autor, que, como decíamos, es el ejemplo de la posmodernidad absoluta: el lector siente estar en el tiempo real de Knausgaard. Es una especie de voyeurista: como si estuviera siguiendo la cámara de Big Brother cada que abre el libro, o como si estuviera viendo The Truman Show, con la salvedad de que aquí el personaje principal se sabe y se disfruta observado. (Aunque lo niegue.) Toda interacción banal, toda frustración posterior, todo asco que se siente en conjunto con el autor al verlo tomar una pésima decisión tras otra, se disfruta como si fuera propia. Incluso cuando uno quiere soltar el libro y ya no quiere saber más sobre el tema. Lo mundano —ajeno— es adictivo.

Knausgaard es John Malkovich en Being John Malkovich al momento de entrar a su propia cabeza: es a la vez ficción —no se sabe a ciencia cierta qué tan fidedigno es lo que recuerda y qué ha inventado para redondear el libro— a la vez recuerdo y a la vez id, ego y superego, los tres expuestos y claramente delineados. Es alguien que escribe sobre sí mismo desde lo más profundo pero a la vez desde fuera. Como si existiera un Karl Ove Knausgaard y un “Karl Ove Knausgaard”. Nunca sabemos cuál es cuál.

Lo curioso de todo esto es que el lapso durante el que uno lo acompaña abarca más que el propio ombligo de Knausgaard, o que la categoría de  “autor comprometido consigo mismo”. Porque a través de Knausgaard, de lo cotidiano, uno no ve sólo su realidad. Ve la realidad de una sociedad con estas pequeñas luchas —para el autor a veces insuperables—, envidiables en México, pero igualmente detestables si se tuvieran.

Mi lucha es una válvula de escape donde sus tribulaciones y su odio son una fuente de envidia, interés y repulsión, juntas. El ombligo de Knausgaard podrá ser similar al nuestro, y podrá no decirnos nada más allá de sí mismo. Pero en esta posmodernidad, algunos ombligos resultan igual o más fascinantes que la propia realidad.

Karl Ove Knausgaard, Mi lucha (Volúmenes 1-4 en español en Anagrama, 1-5 en inglés en Archipelago Books.


1 Mi lucha se ha vendido tanto en su país natal que casi el 10% de los noruegos tiene al menos un ejemplar de los seis; estamos hablando de un país de cinco millones de habitantes, por lo que al menos 500,000 han comprado sus libros. En México un éxito moderado vende alrededor de 5,000 —salvo que sea Yuya o Werevertumorro.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros