El oficio de sobrevivir:
Tríptico del cangrejo de Álvaro Uribe

Álvaro Uribe (1953-2022) permanecerá entre nosotros como uno de los grandes narradores mexicanos del último medio siglo. Su libro más reciente, póstumo, es un diario sobre su larga lucha contra el cáncer, una bitácora que nos regala una visión crucial: acaso aprender a vivir es aprender a morir, como nos revela este minucioso ensayo.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—Cesare Pavese

La lectura del diario de un escritor tiene algo de cuenta regresiva, de carne vuelta papel: el desgaste de las páginas equivale al de una vida. La última entrada nos acerca al último día.

Entre finales textuales y vitales, el margen tiende a variar; puede ser más amplio, como en el caso de Kafka, aquejado de tuberculosis: la conclusión de su diario antecede su muerte por un año; puede ser muy breve, como en el caso de Pavese, infectado de siglo XX: menos de diez días separan el apunte que cierra el cuaderno y la apertura del frasco, letal, de somníferos. En su estremecedora proximidad los supera a ambos el escritor mexicano Álvaro Uribe, enfermo de cáncer: su huella en el papel llega al día anterior a su muerte, sobrevenida el 2 de marzo de 2022.

A diferencia de los dos diaristas, la obra de Uribe, titulada Tríptico del cangrejo, no acompasa una vida sino tres cruces con la enfermedad. Las tres veces que el cáncer tocó a su puerta, la primera en 2008. Si la memoria póstuma de Pavese se llama El oficio de vivir, la de Uribe sería en contrapunto un oficio de morir, escrito a la sombra de esa posibilidad. Pero donde Pavese concluyó a favor de la muerte y eligió el suicidio, Uribe postergó dos veces la fatalidad, prolongó su diario hasta lo humanamente posible. Adentrarse en este libro es saber que su autor se aferró a la existencia con palabras. Cada una vale su peso en vida.

Tríptico del Cangrejo empieza con un parteaguas, cuando Uribe tiene 54 años. “En muy poco tiempo —no semanas ni días ni siquiera unas cuantas horas o minutos, sino un sólo instante imantado de revelaciones y arrepentimientos— acepté con perplejidad, pero no sin expectativas, que mi vida ya no era la misma”.

Ese primer tumor, en el pulmón derecho, abarca la mayor parte del texto. El segundo ocurrirá en 2018 en la próstata; el último tres años más tarde en el pulmón izquierdo. Entre cada uno siguió viviendo y publicando, y lo que consigna en este hilo rojo de la enfermedad informa lo que escribió en esos años. Es el caso del cruce de vidas y de muertes posibles que iluminan su obra, esos senderos que se bifurcan —diría su amado Borges— en vidas paralelas que Uribe consigna en su gran novela, Morir más de una vez (2011). Releer ese título a la luz de su cáncer nos enseña que se tiene que haber sobrevivido para tener varias muertes.

El parteaguas que impone la enfermedad repercute, en su Tríptico, en el estilo. La enfermedad preña a la escritura, la llena de sí misma: cambian la sintaxis y los tiempos verbales, brotan el pasado pretérito y el futuro condicional. El autor se ajusta a la forma elegida, acaso exigida por las circunstancias. Un escritor que siempre supo jugar con la cronología, quien extremó cuidados para desafiar convenciones sin extraviar al lector, se acota por necesidad y elección al tratamiento del fragmento anclado en el aquí y el ahora. En cada entrada acompañamos la progresión de un cuerpo y de una mente que se adentran en la enfermedad. Es la otra radiografía, la que elige el autor y su literatura, a la que él se somete a diario a la vista del lector.

En esas páginas la curiosidad de Uribe no ceja ante la tormenta, aunque la anegan por momentos la quimio y el dolor; no cede la búsqueda de la palabra justa, sin importar las circunstancias. La enfermedad dicta sus términos, y él comparte con nosotros cómo se ajustan las fronteras de lo posible en una vida. Fronteras que se ciernen, que condicionan cuándo es posible leer, posible comer, posible caminar, posible nadar o hacer el amor. A veces nada es posible, salvo sobrellevar el dolor.

Con él enfrentamos el accidente programado de la operación, ese túnel “oscuro, oscurísimo, pero no infinito”. Luego la lucha sorda por sobrellevar las pequeñas mezquindades y humillaciones de la enfermedad. Lo acompañamos en esa relación abusiva con la cicatriz, que lo aguijonea cada vez que busca olvidarla. La ironía es que los párrafos ante nuestros ojos le deban a esa cicatriz, al rastro de la operación: Uribe escribe cuando su punzada no lo deja descansar.

En el desarrollo cotidiano de esas páginas vemos cómo la percepción y las palabras se amoldan a una nueva realidad. “La enfermedad no es una circunstancia desafortunada. Es, ya para siempre, una condición. Por mucho que yo quiera apresurarlo, el cáncer impondrá su propio ritmo a mi vida”.

Cambia el cuerpo, cambia el transcurso del tiempo. Uribe nos revela, o nos recuerda, o nos hace inteligible, ese estado en que es imposible ausentarse de sí mismo. La dificultad de alcanzar “la proeza de la normalidad”. Nos descubre que a la costumbre y a la personalidad se agrega una faceta ineluctable: la lógica del estar enfermo. “Soy cada vez más un conjunto de síntomas enlazados entre sí por unas cuantas emociones recurrentes”. Leemos el horror de las secuelas, por más que el autor no revuelva el teclado en sus llagas. El humor, cuando aparece, es tanto más loable.

Descubrimos el vademécum del enfermo, pero no sólo eso. Se nos abre el mundo de los hospitales, de las salas de espera solidarias, el hermanamiento con otros enfermos, la pasajera euforia de evitar la prognosis más ingrata. Vemos el desfile de los dolientes, repuestos y terminales, monjas y empresarios, cada uno con una parte del cuerpo amenazada, condenada, operada; todo lo que se encuentra tras el velo rasgado de la salud, siempre pasajera. A cada sesión de quimioterapia, se alza el espejo deformante del otro, de otros enfermos, de las vidas paralelas de la enfermedad a través de otros cuerpos. La familia involuntaria del “pabellón de los cancerosos”. Historias paralelas de la oncología. De muertes pospuestas o alcanzadas.

Con todos ellos compartimos cabina en el mar cambiante de los síntomas, con sus tormentas y remansos, calmas cargadas de nubarrones e intermitentes cielos diáfanos. Vemos alejarse cual litoral las vidas postergadas, los planes suspendidos, las decisiones diferidas, rumbo a la imposición de rutinas y rituales para seguir viviendo.

Cada tanto en este triple diario de una enfermedad, llega la brisa propia de una obra del día a día: sueños, lecturas, amor y amigos, cariño y sobremesas. La belleza de lo cotidiano.

No encontrará el lector algo tan explícito como un tratado pormenorizado sobre el tránsito humano por este valle de lágrimas, ni un panegírico nostálgico del latido vital que se esfuma, ni nada semejante. Uribe lo advierte:

La Enfermedad y la Muerte son temas de alta y desapasionada filosofía cuando no se está enfermo ni a punto de morir. Si el cuerpo flaquea, lo verdaderamente filosófico es discurrir un método para evitar lo peor o, en caso que lo peor sea inevitable, para paliar el dolor. Yo desde principios de enero no he tenido tiempo de pensar en los Grandes Misterios de la Existencia. Pienso de manera casi ininterrumpida en la mía desde un punto de vista concretísimo, si no es que a veces mezquino. […] Lo que de veras importa son las dolencias y los remedios. Lo demás —la inmortalidad del alma, la naturaleza del yo, el miedo a la muerte— solo es importante cuando estamos sanos.

Las epifanías se pueden buscar en La muerte de Iván Ilich o en alguna otra ficción, o bien en algún escritor de otro talante. “Cuántos afanes más o menos espirituales para acabar reducido a unas punzadas en el costillar y a unos espasmos en el pecho y la garganta”. El retrato a ras del momento no nos regala el alivio de la parábola o de la ficticia distancia.

Por ello, el efecto en nosotros no es menor que en una novela o en un docto ensayo. Uribe nos ofrece un diario que no maquilla ni eleva innecesariamente su suerte, y de esa forma nos va adentrando en cada etapa sin excesos, enumerando los fármacos, las dolencias, sus efectos con contadas concesiones para sí, para sus lectores, sin transigir en la concreción del texto. “No hay asuntos menores. Lo menor o mayor es el arte de abordarlos”.

A veces lo consignado en Tríptico del cangrejo, siempre pulido, puede parecer repetitivo. “Soy, cada vez más, el acto mismo de esperar. Un acto que, pese a las apariencias, es vertiginoso”. El repetido vértigo de la paciencia entre terapias. Así se viven estos trances, así horadan. Quien haya tenido un pariente enfermo, visto su cuerpo traicionarlo, reconocerá la justeza que el autor alcanza en este diario. Es el rosario de los tratamientos que se desgrana, el ciclo de malestar con sus mareas aciagas.

Algo vital se destila en nosotros a lo largo de esta lectura crepuscular. Lo dijo Virginia Woolf, en Orlando: “¿Estamos hechos de tal manera que necesitamos tomar pequeñas dosis de muerte diariamente o no podríamos ejercer el oficio de vivir?” Leer el Tríptico azora, conmueve. La vida sigue, al alzar la vista de las dosis de este libro, y entonces no se puede evitar verla, de repente.

La sensación va en aumento, sobre todo cuando, pese a las remisiones, recordamos que estamos leyendo a un hombre que desde la contraportada se nos anunció que ha muerto, que la pérdida es reciente. Es el destino común, pero a la mayoría nos acecha una bendita ceguera, que interviene para purgar cada tanto esa idea. Uribe no la desecha, la vence dos veces. Y cada vez describe cómo lo hace. Y es otro al final de esas frases:

Todos a los cuarenta o a más tardar a los cincuenta sabemos de sobra, como una certeza fisiológica y no como una juvenil verdad metafísica, que vamos a morir. Pero sólo unos cuantos hemos muerto ya un poco. Sólo los seriamente enfermos hemos pasado ya por la experiencia de la resignación o del terror o incluso de la curiosidad y hasta la indiferencia últimos. No por ello somos mejores que los afortunados. Aunque tampoco peores. Somos, ni más ni menos, diferentes. No de los demás, no principalmente de los demás, sino de nosotros mismos. De lo que éramos antes de experimentar la infinita precariedad de cada yo.

Leer este libro es un indicio doloroso para todo lector que aún no haya rozado su propia mortalidad. “Es natural que el sobreviviente se pregunte para qué sobrevivió”. Al leerlo la pregunta se extiende a nosotros.

En la entrada del 25 de junio de 2008, Uribe anticipa el final de su propio libro al hablar del blog del cineasta Alejandro Aura, enfermo terminal de cáncer. “Escribe como si la vida le fuera en ello. Escribe porque la vida le va en ello. Porque sabe que el momento en que deje de escribir será el momento en que deje de vivir”.

Entonces, en esa misma entrada del 2008, Uribe aún puede agregar: “Yo escribo en cambio mientras vuelvo a la vida. Porque sé que el momento en que deje de escribir en este cuaderno será el momento en que vuelva a vivir con cierta normalidad. A no ser, por supuesto, que me equivoque. Y estos meses sólo sean los primeros. Los ignorantes del horror que vendrá después”. Su lector se pregunta hasta cuándo su pluma podrá adelantarse a la herida. 

También Uribe se lo pregunta sin cesar. “¿Qué haría con este día si lo tuviera completo para mí? Si fuera, por decirlo de algún modo, libre de mi persona. Libre de la enfermedad o de la curación que me ata a mi cuerpo. Dueño otra vez de un destino insignificante. […] ¿Qué escribiría? ¿Y para qué?”.

Uribe duda en estas páginas si volverá a escribir y sus lectores sabemos la respuesta: tiene aún sus mejores libros por delante. Lo sabemos con la extrañeza de conocer su futuro: tras 2008 vendrá su mejor estilo, por una década y media. Lo sabemos con la misma certeza que al concluir este libro termina su bibliografía.

Pero el Uribe que lidia con los dos primeros cánceres no lo sabe, y teme no reencontrarse con la escritura. Todo esto, claro está, lo piensa mientras escribe. Y en esa escritura que no es la que desea, que la vida le impone, nos regala la pureza de párrafos como éste:

Uno es la suma de todas sus acciones, pero también de todas sus omisiones. Uno está en sus sueños irrealizados tanto como en los realizados. Uno debe a sus temores, frustraciones y fracasos más verdades verdaderas que a la valentía, la satisfacción y el éxito […] estoy supersticiosamente seguro de que la combinación irrepetible de naturaleza y biografía, de fatalidad y azar que me puso en el peor de los predicamentos, me concedió asimismo el inalienable alivio de escribir.

Muerte y vida, y mientras dure la segunda, será escrita, con relativo sosiego.
“Lo único que hay por el momento —y es mucho— es la proverbial paciencia del paciente. Y este fiel cuaderno. Y los días y las noches con Tedi. Y las horas silenciosas en que hablo conmigo en un idioma que no siempre sé descifrar”. Pero lo descifra, o llega muy cerca, y nos lo entrega.

Lo acompañamos en esos paréntesis de escritura, entre males que enumera con precisión, pudor, parsimonia, nunca contagioso en el hartazgo. Porque las páginas que leemos son a contracorriente del mal, cuando Uribe logra sobrenadar en medio del río de fármacos y malestares, y nos obsequia los momentos de claridad que ha rescatado con una fortaleza que no necesita nombrarse.

Uribe aparece y desaparece en la superficie del cáncer, y cada que emerge estamos en la orilla para presenciarlo, en “Días como el de hoy, en que me resigno a sentirme bien a medias y mal a medias y así durante mucho tiempo, con tal de seguir sintiéndome”.

Por dos veces salen airosas la medicina y la voluntad de persistir. Es cuando un gran libro sobre la enfermedad lo es también sobre la remisión, la supervivencia, sus ambiciones y desafíos; sobre los temblorosos retos de la sanación; sobre las dificultades de volver a la vida dejada en suspenso, vaciada de propósito tras una temporada regimentada hasta el menor detalle por el deseo de estar mejor, acaso sano. La vuelta a un mundo idéntico, irreconciliable con el paisaje que lleva dentro después de su temporada en el infierno.

Uribe se permite emitir un deseo lleno de asteriscos: “Sé que lo único que libra al canceroso de la amenaza del cáncer reincidente es la muerte. Pero suele haber un periodo de gracia después de la primera remisión del mal, y la esperanza del enfermo se cifra en que esos años de salud recuperada provisionalmente sean tanto que ya no importe la reincidencia.”

El deseo se cumple. Diez años primero, luego tres. “Sé que mi organismo, por ser capaz de tanta vida, está preñado de muerte”.

Cumplidos esos plazos, la cuenta regresiva de nuevo se acelera. La resume Uribe al decir “Nadie sabe a ciencia cierta cuándo algo sucederá por última vez.” Es una frase que lo hermana con Paul Bowles, en su pasaje más memorable de El cielo protector:

La muerte siempre está en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llegará parece restarle finitud a la vida. Lo que odiamos tanto es esa terrible precisión. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inacabable. Sin embargo, las cosas ocurren solo un determinado número de veces, en realidad, un número muy pequeño. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más verás alzarse la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado.

Uribe sabe que se le acaban las veces que le sucederá cada cosa, que el cáncer las reduce tanto más y acerca dramáticamente el desenlace, y sin embargo ignora, como nosotros al leer, cuántas veces le quedan. No serán tantas: el último cáncer de la trilogía es inoperable. “Estoy condenado, por consiguiente, a vivir con el tumor. A vivir, y espero a no morir.”

Es 2021, tras el primer año de la pandemia. Quedan pocas páginas, que van de noviembre de 2021 a marzo de 2022.

Tedi López Mills —su pareja, la columna que entrelíneas sostiene estas páginas— le lee en voz alta a cada sesión de radiaciones, quimios y demás. Vuelve todo y vuelve peor: el desfase con los sanos, la celosa enfermedad que lo acapara.

Vemos, de nuevo, esa mente a la que hemos acompañado por cientos de páginas, recluida en los síntomas sin tregua. Hay que respirar hondo, mientras el autor se atraganta, para contemplar los últimos días, los remansos de sí mismo que se acaban: “Hoy me siento yo de nuevo. No el de antes, porque ése está eclipsado por la enfermedad, sino el yo elemental. El que experimenta los hechos menudos de cada día como si fueran agua que resbala sobre su corteza y al final lo dejan seco. Enjuto. Reconcentrado en su mero persistir.”

Es una experiencia terrorífica leer con el libro, con el objeto entre manos, y no sólo saber sino sentir entre los dedos el número de páginas restantes; pensar que le quedan pocas entradas, unas diez páginas antes de la página en blanco.

Esas últimas páginas se leen como una novela de misterio, a golpe de síntomas. El misterio ya no es lo que advendrá con la salud del autor, sino cómo seguirá escribiendo, cómo mantendrá la prosa lúcida con la que nos ha ido llevando durante un periodo de quince años, leyendo por encima de su hombro hasta acabar.

La respuesta es que la prosa de Uribe —de las mejores del idioma mexicano— nunca ceja en su claridad, no permite flagelos ni lamentos, ni torpezas, y sin embargo, por lo mismo, su ofrenda es sobrecogedora y casi aniquila al ser leída.

Esa desazón es el módico precio por acompañar a un gran autor hasta la antesala del silencio. A partir de ahí la pérdida no tiene remedio. Sí lo tiene este libro que se cierra: la relectura es la promesa del reencuentro.

  • Álvaro Uribe. Tríptico del cangrejo. México: Alfaguara, 2023, 272 p.

 

Diego Courchay
Escritor y periodista. Es maestro en Periodismo por la Universidad de Columbia, ganador del Robert L. Breen / Margot Adler Fellow for Innovative Journalism.

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Publicado en: Ensayo literario