La obra de Javier Marías es una de recurrencias. Temas como el de los secretos y su develamiento, la muerte en cuanto precipitante (no la muerte que ha sido anticipada, sino la que trastorna y redefine) y el triángulo amoroso son parte de un eterno retorno. Son accidentes mayores del terreno existencial en el que se desarrollan las historias.
Marías fijó el catálogo de sus preocupaciones desde El hombre sentimental, al menos, y a partir de entonces no ha hecho sino desarrollarlo. No quiero decir con esto que se repita con monotonía —aunque evidentemente su narrativa transcurre como una larga salmodia y tiene un efecto hipnótico similar—. Entre una novela y otra hay cambios temáticos, pero éstos no se deben a vuelcos completos. Son resultado, más bien, de las variaciones en el peso relativo de unos cuantos asuntos.
Así, el tema del secreto, necesario en El hombre sentimental, cobra su entera dimensión en Corazón tan blanco, que gravita en torno a un ocultamiento. El triángulo amoroso abarca toda la obra del escritor, pero en Mañana en la batalla piensa en mí es orgánico. Mientras que el asunto de la suerte domina en El siglo, en novelas posteriores destaca más como medio que como fin. Marías acomete siempre el mismo paisaje humano, pero desde distintas perspectivas, de tal forma que un elemento plegado al fondo en una novela se acerca y cobra prominencia en una obra posterior, por efecto de un gradual desplazamiento, mientras que otro retrocede a un segundo o tercer plano.
Tu rostro mañana es parte de este proceso de acomodos y recomposiciones. Los temas emblemáticos del autor están presentes, son incluso necesarios, pero aquí aparece con todo su peso un asunto restringido en novelas anteriores: las potencias ocultas de las personas. En la obra, Jacobo (o Jacques, o Jaime o Jack) Deza es reclutado por un brazo de la inteligencia británica para servir como intérprete, primero de lenguas, luego de vidas. Desde una cabina disimulada o en la pantalla de un televisor, mediante videos, Jacobo mira rostros, vestimentas, portes, gestos, reacciones; Jacobo oye explicaciones, respuestas, interjecciones, tonos, vacilaciones; atiende variados signos expresivos, sin método ni desgaste aparente recoge y asimila información, para luego pronunciarse sobre las entrañas del sujeto a examen: sobre su personalidad, sus máscaras, su naturaleza si ello cabe, su alma pues y, lo que es más importante, sus posibilidades. ¿De qué es capaz este hombre?, se pregunta. ¿De huir? ¿De delatar? ¿De matar?
Madrileño, Jacobo está en Londres porque ha querido tomar distancia de su esposa, o más bien del hecho de que lo ha dejado, y una oferta de la BBC de Londres, donde se emplea antes de hacerse intérprete, le ha dado salida. Ex catedrático de Oxford, donde además estudió, termina en la oficina de inteligencia gracias al buen ojo y la intermediación de Peter Wheeler, su mentor académico, antiguo amigo y miembro en su día del Servicio Secreto.
Marías, así, parte de una pregunta más o menos explícita: ¿una persona, cualquiera, trae consigo hoy lo que será mañana? Las mil 300 páginas de este libro serán, entre otras cosas, una larga y variada respuesta a esta pregunta. En un episodio determinante, Jacobo Deza recibe la encomienda de sondear el ánimo y la moral de un famoso, un cantante pop de himnos comerciales, tonadas pegajosas y comparable, en su mejor momento, a Elton John o Rod Stewart. Deza asiste a una fiesta en Edimburgo, una “cena-cum-celebridades” en la que, por artes de la inteligencia británica, comparte mesa con el artista, de nombre Dick Dearlove, y lo observa: se pregunta y se responde qué puede hacer.
Hasta entonces, Deza ignoraba si las conclusiones de sus análisis reflejaban en alguna medida la realidad. Dilucidaba las potencias de un hombre, sin verlas nunca cumplirse. Su actividad, por tanto, le parecía inocua, un mero divertimiento cuyos productos se perdían en el limbo. En el caso de Dearlove, sin embargo, Jacobo reconoce un caldo maduro de bajas pasiones, y las capacidades que observa terminan por efectuarse, de manera ominosa, seis u ocho semanas después de la cena. Deza ha visto el rostro posible del cantautor mañana, y al final ese rostro ha aparecido en las planas de los diarios.
El arco temporal de la novela corresponde al periodo que Jacobo dedica a la agencia, es decir, a la lectura de almas. Así, el tema de las capacidades recorre el libro de cabo a rabo. Sin embargo, este asunto es medular no porque constituya el entorno laboral del narrador, sino porque lo atravesará a él mismo por el centro. Nadie es profeta en su propia tierra: escrutador del ánimo ajeno, Jacobo parece desconocerse a sí mismo. El punto ciego de Deza es Deza. Se ignora porque no se toma en serio, porque no se juzga materia de interés. O, como dice la propia novela, porque se da por sentado. Esto no significa, sin embargo, que no se pregunte sobre su propio rostro mañana. El padre de Jacobo es un académico que, en días aciagos para la causa republicana, los que siguieron al triunfo franquista, pagó con cárcel, y por poco con la vida, su discreta lealtad y su silencio, la decisión de no apuntar con el dedo a otros. Jacobo admira a su padre, un hombre congruente, pero su modelo debe pesarle. Bajo el influjo de esa figura cabal, no puede evitar compararse y formular la pregunta: a la hora de la verdad, llegada la hora crítica, ¿qué haría yo? La prueba del narrador no tendrá implicaciones sociales ni históricas. Será íntima, familiar, y marcará el clímax de la novela. A Jacques le llegará su día. El momento en el que sepa de qué es capaz, la circunstancia, más o menos extrema, en la que sus propias capacidades se realicen.

Así como aborda unos cuantos temas, la obra de Marías se basa en unos cuantos argumentos. Las historias de Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí o Tu rostro mañana parten del mismo argumento primordial, el del hombre que, enfrentado a una realidad oculta, termina por revelarla. Hay un héroe, hay una fuerza contraria, hay un choque y hay una resolución. En el caso de Tu rostro mañana, la realidad oculta son las potencias de Jacobo. La novela termina cuando éstas se manifiestan y dejan de ser una incógnita. Ignoro por qué el autor vuelve una y otra vez sobre este motivo. Una posible respuesta se desprende del pensamiento de Locke: “Lo determinante de la voluntad —dijo en su Ensayo sobre el entendimiento humano— no es, según se supone generalmente, el más grande bien a la vista, sino que es algún malestar (y en las más de las veces el malestar más premioso) que el hombre experimente”. Lo determinante de la voluntad literaria de Marías, me parece, es el malestar (y la consiguiente atracción) que siente ante lo oculto. Para él, escribir es una forma de atender ese malestar y consentir esa atracción.
Las novelas de Marías son sondas que descienden a lo oculto. En ellas, sus personajes cruzan el umbral entre lo aparente y lo velado. Participan, de este modo, en ritos de iniciación. Comen del árbol del bien y del mal: conocen y, conociendo, pierden la inocencia. Jaime Deza, en particular, adquiere dos saberes. Por un lado, su paso por la agencia y el relato que hace Peter Wheeler de su propia vida le dan rostro y evidencia a las nociones, antes más bien teóricas y abstractas, que tenía del poder y sus métodos infames. Por el otro, la amenaza que se cierne sobre su esposa y la forma en que reacciona lo fuerzan a conocerse a sí mismo. Ahora sabe de qué es capaz, y también de qué no lo es. Al final de la novela, el mundo y el personaje han cambiado o, lo que es lo mismo, se han manifestado de forma más cabal. El mundo es otro porque las vísceras negras del poder —que puede emplear los medios más atroces, independientemente de los fines que persiga— han quedado expuestas. Ya no son sólo una idea: Deza las ha visto y las ha tocado. El protagonista, por su parte, es otro porque ahora conoce sus propias potencias. Si el desenlace de Tu rostro mañana inquieta es por esto. Por la evolución que hemos contemplado o, más precisamente, por el contraste entre los productos de esa evolución. Jacobo ha descubierto sus recursos, ahora sabe que porta ciertas armas, pero también ha mirado el semblante oculto del mundo, le ha parecido terrible y, ante una realidad así, esas armas parecen necias e insuficientes.
Puede que Javier Marías sea un pesimista, como él mismo ha dicho. Pero no es un hombre sin esperanza. El ámbito al que nos introduce es uno de violencia, miedo, amenazas, manipulaciones, dominación, culpa, fines que justifican los medios más terribles. Sus personajes son ya ecuánimes, desenvueltos, poco menos que cínicos; ya inseguros, ávidos, afectivamente necesitados; ya ambiciosos, lascivos, casi grotescos; ya serenos, reflexivos, en el fondo afligidos. El autor retrata una realidad contemporánea: de apariencias, temores, ambición y pecados históricos. Incluso cuando sugieren ligereza, los entornos de Marías tienen un componente perturbador —como el charquito de sangre que Deza encuentra en las escaleras de la casa de Wheeler—. Su universo es inquietante, pero pone en él a hombres y mujeres que, sin ser ejemplares, buscan salvarse y salvar. Agentes, pues, de una modesta ilusión.