El lenguaje es identidad

Sueño en otro idioma
(México, 2017)
Director: Ernesto Contreras.
Guionista: Carlos Contreras.
Actores: Fernando Álvarez Rebeil,  José Manuel Poncelis,  Eligio Meléndez.

¿Qué es lo que lleva el hombre a cuestas? Sobre sus hombros hay algo que le recuerda que existen cosas sin resolver de su pasado. Evaristo (Eligio Meléndez) es uno de ellos. Con cara adusta, grosera y antipática se niega a dialogar con las demás personas. Su cerrazón comenzó hace 50 años cuando habló por última vez con Isauro (José Manuel Poncelis), su mejor amigo.

Esta falta de comunicación se transforma en algo más grave porque ellos dos son las únicas personas que hablan zikril, una lengua ancestral. Decidido a rescatar los últimos vestigios de esta ésta, Martín (Fernando Álvarez Rebeil), un destacado lingüista, visita a los dos enemigos para tratar de reconstruir la comunicación entre ellos.

La brecha comunicacional es impenetrable. Ambos guardan una fuerza de voluntad indomable que evita su contacto. El odio, inexplicable y doloroso, será el impulso para que Martín les demuestre a las personas que el lenguaje es la única manera de sanar las heridas: “El que no habla ni Dios lo escucha”, dice el refrán.

Un reencuentro. Algo tan simple es la antesala a un peculiar planteamiento que construye una película con abundantes capas de lectura: temas que se entretejen con una sutil habilidad que evita que la narración se convierta en una producción barroca, cargada o densa.

La película de Contreras es novedosa no por el tono, que por momentos se acerca al melodrama, sino por presentar temas como las preferencias sexuales, la vejez, el desamor, la muerte, la identidad, la discriminación y la migración. En su conjunto, la riqueza de Sueño en otro idioma es su atrevimiento —la decisión de hacer algo pocas veces visto en el cine mexicano—, donde las situaciones más dolorosas como el que casi todo un poblado quiera irse a Estados Unidos por la falta de oportunidades se integran de manera orgánica.

Al hacer esto, pone en jaque varias cosas: la figura masculina, viril y segura de sí que “tienen” los pobladores indígenas de algunas regiones del país. El imaginario de cómo debe ser el hombre en México, una concepción que Evaristo tiene tan arraigada a sí que desencadena una enorme nube de culpa y resentimiento.

A diferencia de sus largometrajes anteriores, la última película de Contreras tiene un dejo esperanzador, un tratamiento que, a pesar de la oscuridad, añade momentos humorísticos, de alivio y redención. Involuntario o no, las actuaciones de varios personajes secundarios prolongan la conexión con el espectador, una puesta en escena familiar y sencilla que tienen un poco de nuestras actitudes y de nuestro lenguaje ante situaciones como la muerte y la traición.

Con temas tan delicados como esos, el director mexicano conserva la esencia de la cosmogonía mexicana. La ambientación no es plástica ni forzada, y no tiene los grandes clichés que inundan al mundo cinematográfico de cómo es lo que no está en la ciudad y se instala en el campo. Por momentos parece que estamos ante obras como Macario, de Roberto Gavaldón, que representó a la muerte como el ser místico, inescrutable y casi filosófico. Aquí, el pueblo y la lengua que agonizan saben que deben enfrentarse a este destino próximo e inevitable y Sueño en otro idioma la representa de manera bella e hipnótica.

Aquí la muerte es una forma de libertad, el espacio ideal en donde no importa quién fuiste en vida, ahora lo fundamental es ser. Para llegar a esta conclusión, Martín y los demás serán una especie de guía, los observadores que también resolverán sus asuntos pendientes con su vida, ¿aprender inglés en lugar de nuestra lengua natal?

Los temas en Sueño en otro idioma son tan atemporales que recuerdan otros filmes como Un hombre solitario, de Tom Ford, por su delicadeza, o El secreto en la montaña, de Ang Lee, por el peso y el dolor que tanto aqueja a los protagonistas.

El rechazo entre Evaristo e Isauro, el silencio que se construye entre miradas tensas es una forma de decir que su negación de hablar su idioma es, al mismo tiempo, la negación de su amor. Así, el lenguaje no sólo son las palabras, el sonido, los movimientos de nuestros labios; el lenguaje es un todo, un campo semántico que reúne nuestra identidad. Al final, ellos entenderán que tal vez en otro idioma nos podamos amar, sin presiones, sin odio, sin rencor.

 

Arantxa Luna
Twitter: @_loquefuimos.

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Publicado en: Cine