Una de las cintas de terror del año ha sido puesta en pie de igualdad con grandes creaciones de su género. La siguiente reseña nos explica por qué esta idea es falsa y pura estrategia de mercadotecnia, sin dejar de resaltar algunos de sus aciertos.
Hereditary
(sin spoilers)
Año: 2018
País: Estados Unidos
Director: Ari Aster
Guionista: Ari Aster
Reparto: Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff, Milly Shapiro, Ann Dowd
Más allá de si El legado del diablo es El exorcista (William Friedkin, 1973) de nuestra época, afirmación tramposa que ha usado la prensa para hacerle propaganda, lo cierto es que la película, primer largometraje de Ari Aster, es un trabajo bien realizado, lleno de un conocimiento del género que termina por articularse de forma correcta. Todo está planificado con tal de generar tensión, rendir tributo a otras películas y directores, e intentar distanciarse de lo vulgar, en términos estéticos. No hay apariciones gratuitas ni tampoco exageraciones en la representación del mal. Pareciera que entre menos se ve al monstruo (demonio, bestia, fantasma) en la pantalla mayor incertidumbre invade al espectador. Se trata pues de una lucha contra la pornografía que invade a este género: mostrarlo todo es aniquilar buena parte del argumento.
El nombre de la traducción en español, El legado del diablo, parece bastante extraviado a la vez que amarillista. En su lugar, el título original, referente a una herencia, ayuda a comprender lo que estructura la trama. Una maldición heredada se vuelve expresa una vez que la abuela de la familia muere. Y la herencia aquí aparece como tragedia, algo de lo cual es imposible escapar como le sucediera a Edipo. Por eso quizá la película comienza mostrándonos las casas en miniatura que construye Annie Graham (Toni Collette), la madre de la familia. La cámara se mueve hasta llegar a una recreación de la casa de esta familia (lugar donde se desarrollará gran parte de la historia) y ahí vemos, de pronto, entrar a Steve (Gabriel Byrne) al dormitorio de su hijo. Este juego visual está ahí para simbolizar la poca o mucha decisión que los personajes pueden tener sobre sus vidas. Lo que ahí sucede es algo que va más allá de la voluntad de cualquiera de ellos. La herencia de la que son portadores es una maldición. Son marionetas a la espera de aquello que no saben.
Es poco lo que se puede revelar de la trama. La abuela muere y desata un drama familiar: la hija está en crisis, la nieta (Milly Shapiro con un rostro que seguro veremos de nuevo en este género) era muy cercana a la abuela y se muestra extraviada, Peter (Alex Wolff) no se logra entender ni comunicar con su madre, y Steve, aunque sea terapeuta, no logra conciliar a su familia. Todo es conflicto y tensión que comienza a acompañarse de algunas apariciones en las sombras y ruidos que delatan lo paranormal y que presagian lo que está por venir, aunque claro, sin urgencia, pues la cinta se toma lo necesario para exponer, para crear a los personajes, problematizarlos y entonces, luego de mostrar cómo la familia empeora, exponer la presencia del mal generado por el caos.
El legado del diablo es gran película de terror, pero cuesta trabajo afirmar que sea la mejor película de terror de los últimos tiempos o de nuestra época. Es extenuante cómo con cada nueva película del género se dispara una campaña de engaños, de artilugios que las revisten de vanguardistas. Hay una clara deshonestidad por parte del crítico de cine que repite lo que la campaña de mercadotecnia ha dicho. El legado del diablo tampoco nos entrega un nuevo tipo de cine de terror, y si lo hace (es decir, no es la primera) es en la medida en que se suma a un canon reciente donde el género goza de un impecable trabajo fotográfico, un sonido que intenta no agotarse en el cambio de decibeles radical y en la reubicación del mal en el campo. La nueva ola de cine de terror (si es que se le puede llamar así) desarrolla sus historias en casas ubicadas en el bosque, en medio de la naturaleza. Ahí donde la mano del hombre no ha arrasado completamente, parece que hay todavía un espacio propicio a que el mal se presente: ahí donde el bien, Dios, tiene un punto ciego. Prueba de esto son por lo menos: Dulces sueños, mamá (Veronika Franz, Severin Fiala, 2015), La bruja (Robert Eggers, 2016), ¡Huye! (Jordan Peele, 2017), Viene de noche (Trey Edward Shults, 2017) y Un lugar en silencio (John Krasinski, 2018).
Ari Aster, junto a su equipo de trabajo, nos entrega una película completa capaz de mantener al espectador en tensión, con ansiedad por saber qué sucederá. Requiere de una gran precisión el poder ponderar los tiempos de forma correcta con tal de no entregarlo todo en los primeros minutos, saber qué mostrar, hasta dónde y cuándo. Aquí no hay errores argumentales ni de coherencia, incluso los actores están ahí por razones específicas, pues tanto Toni Collette como Gabriel Byrne han aparecido en dos películas importantísimas del género: Sexto sentido (M. Night Shyamalan) y Estigma (Rupert Wainwright), ambas de 1999. En este caso, se trata de un proyecto sólido que vale la pena reconocer, ver y disfrutar.
Pese a todo, si de algo se puede culpar a la cinta, es quizá la similitud que guarda con La bruja (curiosamente las dos son distribuidas por A24) en términos de estructura. Después de todo, la fórmula es parecida y el desenlace también. La diferencia radica en la época y en que aquí el dilema no se plantea a partir de cuestiones de teología judeo-cristiana a la Job; se hace desde la magia y el espiritismo. Ambas son tragedias que se valen de la dinámica familiar para funcionar, pero si en La bruja el conflicto se genera principalmente entre el padre y la hija, aquí es entre la madre y el hijo, presencia que rompe con el blanqueamiento actoral que invade a la cinta. El legado del diablo parece una versión hollywoodense de La bruja (con el plus de posesiones al estilo de El exorcista: ¿qué es lo que nos posee? ¿Una voz? ¿No es nuestra propia voz algo que ya nos posee de antemano? ¿Un órgano sin cuerpo?), una versión que resulta más comercial por el mero contexto moderno en que se desarrolla y por librarse de requerimientos teológicos duros. Aun así, cabe reconocer que es un trabajo astuto y disfrutable y, sobre todo, una lección de cómo hacer una cinta de terror vendible que no le falte al respeto ni al espectador ni al género.
Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. @ferbustos