El siguiente ensayo se ocupa de Carlos Monsiváis como una de las voces protagonistas de la revolución sexual en México. Monsiváis registró en crónicas y artículos la esencia de una época en la que el gobierno y la sociedad tachaban de la discusión pública ciertos temas.
En octubre de 1964, un Carlos Monsiváis de apenas 26 años publicó una serie de “Notas sobre la censura mexicana” para la Revista de la Universidad. La cuestión, por sí misma peliaguda, era presentada con una introducción relativa a uno de los temas predilectos de Monsiváis: la sexualidad. En Estados Unidos, los informes de Alfred Kinsey sobre sexualidad masculina (1948) y sexualidad femenina (1953) habían causado revuelo en la opinión pública. “Con la publicación del informe Kinsey murió oficialmente la inocencia norteamericana”, decía Monsiváis. Aquel documento daba cuenta de que las prácticas sexuales de los estadunidenses no coincidían realmente con los estrictos parámetros de comportamiento de su sociedad. La llamada revolución sexual que atravesaba el país vecino se limitaba, sin embargo, al ámbito del lenguaje. A juicio de Monsiváis, el terreno ganado por esa revolución se reducía a la capacidad que la sociedad respetable ahora tenía para hablar abiertamente de las cuestiones del sexo. Pero esto no acabó con “la dictadura puritana al amparo estratégico de alcobas-barricadas”. La situación de México era todavía menos halagüeña, con una censura moral y política que se ceñía sobre el mundo de la cultura. “El sexo ha sido neutralizado y, al menos por lo pronto, no desempeñará un papel explosivo dentro de la sociedad y dentro de una década tal vez ésta sea bautizada como los piadosos sesenta”.1
Se trata de una predicción particularmente poco afortunada, que podemos calificar como error de juventud. De todos modos, no hay quien pueda predecir el futuro. Hoy, difícilmente alguien se referiría a los años sesenta como piadosos. Y aunque el mito de “la década rebelde” pueda ser matizado, los hechos de 1968 en México y el mundo no dejan lugar a dudas. Aquí, junto con una larga lista de cargas simbólicas, el Movimiento Estudiantil de aquel año significó una ruptura con el paternalismo del Estado y la familia. Además de esto, México también atravesaría en los años siguientes por el fenómeno que en el mundo occidental se conoció como la revolución sexual. De ésta se habla aquí y allá, pero no parece haber un consenso respecto a su definición. Para algunos, la revolución sexual es la revolución de la píldora anticonceptiva que transformó las relaciones heterosexuales. Para otros, remite a la minifalda, al jipismo, al sexo-drogas-y-rock & roll, y a otras expresiones culturales de la juventud de los años sesenta y setenta. Otros más consideran que se refiere a la llamada “segunda ola” del feminismo y al primer movimiento de lesbianas y homosexuales. Queda claro que fue un fenómeno polimorfo y polisémico. La reivindicación del sexo como una actividad primordialmente placentera se tradujo en una gran variedad de expresiones. En todo caso, lo cierto es que en los años entre la aparición de la píldora anticonceptiva y la trágica pandemia de sida, la revolución sexual estuvo en boca de todos. A pesar de su inicial pesimismo, Carlos Monsiváis fue protagonista de este episodio de nuestra historia.
Entre el gremio de los historiadores son recurrentes las referencias a Carlos Monsiváis como una mina de datos y anécdotas. También son comunes los lamentos por la ausencia de fuentes que permitan seguirle la pista a lo que narra en sus magníficas crónicas. A diez años de su muerte, además del merecido homenaje, la distancia temporal permite a los historiadores detener la inercia de buscar en él un interlocutor y reconocerlo, más bien, como un protagonista de la historia reciente de México. Con una notable influencia en el ámbito cultural mexicano desde su juventud, Monsiváis tuvo una habilidad sorprendente para abrir la discusión pública a temas antes vedados. Sin embargo, hay quienes consideran que, en ocasiones, se mostró excesivamente prudente. En todo caso, su papel protagónico en la revolución sexual es innegable. A pesar de su relativa congruencia a lo largo de su vida y de la continuidad de sus intereses, situar a Monsiváis en la revolución sexual también nos permite historizar al personaje y reconocer sus transformaciones. Así podemos descubrir al joven Carlos Monsiváis.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Desde la década de los sesenta, la idea de la revolución sexual interesó a Monsiváis porque guardaba una estrecha relación con dos de sus grandes preocupaciones. Por un lado, sintonizaba con su lucha contra la censura moral en la cultura y con su búsqueda de nuevas representaciones de la sociedad mexicana. Por el otro, también coincidía con su interés de ampliar el discurso de la izquierda mexicana y trascender la ortodoxia marxista, de tal forma que, además de los trabajadores, incorporara a otros sujetos políticos como las mujeres y las personas homosexuales. En los años por venir, Monsiváis desplegaría esfuerzos por promover estas transformaciones. Al margen de la forma en que la vida sexual de los mexicanos cambió en aquellos años, estas dos grandes preocupaciones nos invitan a pensar en la revolución sexual como un fenómeno cultural y político.
Como crítico cultural, Monsiváis fue consciente de lo que él llamaba la “política del silencio-como-negación-de-existencia” y por eso rechazó las representaciones anquilosadas de la sociedad mexicana, con su centralidad en la autoridad familiar. Le molestaba la visibilidad de una virilidad exacerbada que profundizaba el mítico machismo mexicano y el limitado horizonte de los personajes femeninos en el cine, el teatro y la literatura. Elegir entre ser virgen, madre o prostituta era ser el reflejo de las preocupaciones masculinas sobre la sexualidad más que un sujeto en sí mismo. Transformar esas limitaciones era parte importante, por ejemplo, de la agenda del Grupo Nuevo Cine, en el que cineastas y críticos buscaron dar un nuevo impulso a la industria cinematográfica nacional y del que Monsiváis participó desde su creación en 1961. En la segunda mitad de la década, junto con Nancy Cárdenas, también fortaleció esta visión en su programa El cine y la crítica de Radio UNAM.
En 1967, en medio de un encendido debate sobre la pornografía, Monsiváis aceptó la invitación de un grupo estudiantil a participar en una mesa de discusión en la Facultad de Filosofía y Letras. Un grupo de orígenes desconocidos llenaba los muros de la ciudad con consignas contra la pornografía mientras las autoridades judiciales requisaban revistas eróticas y materiales que, según los testimonios, iban desde el Kamasutra hasta la revista femenina Claudia. Monsiváis aprovechó aquella ocasión para rechazar la censura del Estado y su tutela sobre los ojos de los mexicanos. También advirtió que ninguna represión viene sola y que la censura moral era una llamada de alerta hacia las limitaciones de la participación política en el país. En aquella sesión, Monsiváis se enfrentó al férreo conservadurismo de un miembro de la Asociación Nacional de Padres de Familia, frente a un público de estudiantes entusiasmados con la revolución sexual.2 La opinión de Monsiváis sobre la pornografía no era, en todo caso, carente de críticas. Sobre las revistas para caballeros que florecieron a finales de los sesenta, opinó que eran “publicaciones sexistas que hablan de liberación sexual”.3
Monsiváis también apoyó la contracultura juvenil de los años sesenta y setenta, ya que entre los chavos de la Onda circuló un interés por promover una sexualidad más libre y entablar una relación menos pudorosa con sus cuerpos. A pesar de esto, mostró cierta renuencia y fue crítico desde una postura de izquierda antimperialista. Creía, por ejemplo, que el jipismo que buscaba estilos de vida alternativos y rechazaba el confort del mundo desarrollado no tenía sentido en un país como el nuestro. Éstas y otras inconsistencias que él percibía en la sociedad mexicana las plasmó en Días de guardar (1970), su primera gran crónica, radiografía de nuestros años sesenta.4 En 1971, mientras la mayoría de los medios de información se escandalizaba por el consumo de sustancias, los excesos orgiásticos y la famosa “encuerada de Avándaro”, Monsiváis reprobó públicamente al Festival de Rock y Ruedas por su música en inglés y sus banderas de los Estados Unidos. Lo calificó como “triunfo del mass media norteamericano” y “uno de los grandes momentos del colonialismo mental del Tercer Mundo”.5
A principios de los años setenta, se conocía como “política sexual” al cuerpo de ideas críticas de la moral sexual, a los roles sociales asignados a los sexos y a la división de sus esferas. Tomada del libro homónimo publicado por Kate Millet en 1970, la expresión se refería a un abanico ecléctico de posturas y a una práctica política que tenía su fundamento en la consigna feminista de que “lo personal es político”. La política sexual nutrió las opiniones críticas de Carlos Monsiváis y le dio fundamento a su apoyo a la agenda de las feministas de la “nueva ola” en Ciudad de México, así como a la defensa de los derechos y la dignidad de las personas homosexuales, causas que concibió como interconectadas. En 1972, por ejemplo, participó en el ciclo de conferencias Imagen y realidad de la mujer, organizado por Elena Urrutia en la Casa del Lago. Allí presentó un estudio sobre sexismo en la literatura mexicana, en un momento en el que la palabra sexismo era aún considerada un neologismo y a menudo se usaba entrecomillada.6 Con su característica prosa poética y su estilo circular, en el que permutaban distintos predicados para la misma oración, Monsiváis repartió definiciones. El sexismo, decía, era una ideología, una organización, una psicología, un espejismo, una técnica, una cosmovisión, etcétera. Las definiciones que ofreció ahí, en sus colaboraciones con la revista fem y posteriormente en debate feminista, glosaban el conocimiento feminista, pero también se referían a vocabulario de uso diverso, como moralismo, machismo, represión y homofobia.
En textos como “Nueva salutación del optimista”, que preparó para la revista fem en 1978, Monsiváis evaluó de manera positiva a la “nueva ola” feminista y reconoció que, a pesar de las limitadas dimensiones de su movilización, sus reivindicaciones estaban transformando las discusiones públicas en México. Aunque valoraba su autonomía, más de una vez insistió en la necesidad de que el feminismo fuera causa común con la izquierda política. Lo mismo opinaba de los grupos de liberación homosexual. Y si bien es cierto que dedicó especial atención a temas de la agenda feminista, como la lucha contra la violencia sexual y la liberalización del aborto, era común que se refiriera, en una frase hecha, a “el feminismo y los movimientos de liberación sexual” como una especie de unidad.
Su papel en el movimiento de liberación homosexual que surgió en los años setenta es también conocido y, tras su muerte, las referencias veladas a Monsiváis se han hecho explícitas en los testimonios de sus protagonistas y han surgido cada vez más anécdotas. El Frente de Liberación Homosexual Mexicano fundado por Nancy Cárdenas en 1971 —que aunque no se manifestó en las calles, permitió la reflexión sobre las problemáticas de las personas homosexuales— se nutrió de documentos que él hizo llegar de su estancia en Londres. Tras su regreso, y a la cabeza de La cultura en México, dio cabida, en 1975, al primer manifiesto en el que él y un amplio grupo de artistas e intelectuales rechazó la arbitrariedad policiaca que asolaba a la población homosexual.7 Los testimonios de esa época hablan también de su resistencia a la manifestación en las calles. Cuando el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria se unió a la marcha que conmemoraba diez años del Movimiento Estudiantil el 26 de julio de 1978, Monsiváis reprobó la decisión. A la postre, terminaría por celebrar la salida a las calles cuando la acción se repitió el 2 de octubre de ese mismo año junto con los grupos Lambda y Oikabeth. Aunque mucho se ha hablado de su negativa a declarar públicamente su homosexualidad, ésta no era ningún secreto. En los textos que años más tarde dedicó a Nancy Cárdenas, que sí salió del closet, y a Susan Sontag, que se negó a hacerlo, se aprecia igual admiración por ambas decisiones.8 La salida del clóset fue una necesidad de la vida pública que surgió justamente de las reflexiones de aquellos años.
Carlos Monsiváis dio seguimiento a su interés por el mundo de la sexualidad en su vasta obra de las décadas siguientes, pero sus reflexiones sobre la revolución sexual llevan el sello del lenguaje de su tiempo. En “Variedades del México Freudiano”, por ejemplo, explicó la transformación de los valores morales mexicanos con base en las ideas críticas del freudo-marxismo.9 Popularizadas en los sesenta por las obras de Wilhelm Reich y Herbert Marcuse, estas ideas rechazaban la noción de un sujeto funcional en un mundo que consideraban sexualmente reprimido. En todo caso, las intervenciones de Monsiváis no fueron siempre bien recibidas. En 1980, una entrevista en la que habló sobre feminismo y homosexualidad fue publicada en el primer número de El Machete, del Partido Comunista Mexicano, la cual provocó la reacción de Marcela Lagarde, quien reprobó la ausencia de colaboradoras feministas.10 Marta Lamas también intervino en la polémica y coincidió con la necesidad de dar voz a las mujeres, pero también defendió la lectura amplia de Monsiváis de la política sexual.11
Como muchos de sus contemporáneos, Monsiváis reconoció el final de la revolución sexual. De esto habló en un número especial sobre sexualidad publicado por nexos en 1989.12 “En una década, el sida destruye la revolución sexual”, escribió en otro texto de 1990.13 Desde entonces, las discusiones sobre la sexualidad en México han seguido su curso, con avances y retrocesos, pero dejaron atrás el lenguaje de liberación propio de la revolución sexual.
Ecléctico como fue, Monsiváis significó muchísimas cosas para la cultura y la política en México. Éste es sólo uno de los ámbitos en los que dejó su huella imborrable. Como homenaje, quizás Monsiváis se merezca las mismas palabras que, en su momento, le dedicó a Frida Kahlo. Monsiváis carece de estatuas pero, a cambio, dispone de millones de nichos de la memoria.
Martín H. González Romero
Maestro en Estudios de Género y estudiante de doctorado en Historia en El Colegio de México.
1 Carlos Monsiváis, “Notas sobre la censura mexicana”, Revista de la Universidad de México, octubre de 1964.
2 A principios de los años ochenta, cuando preocupaba la aparición de videocasetes pornográficos, la grabación de estos hechos fue recuperada y transmitida en el programa Fonoteca Radio UNAM.
3 Carlos Monsiváis, “Variedades del México Freudiano”, nexos, 1 de diciembre de 1978.
4 Carlos Monsiváis, Días de guardar, Ediciones Era, México, 1970.
5 Carlos Monsiváis, “Carta de Londres”, Excélsior, 26 de septiembre de 1971.
6 Carlos Monsiváis, “Soñadora, coqueta y ardiente. Notas sobre sexismo en la literatura mexicana” en Misógino feminista (Marta Lamas ed.), Océano, debate feminista, México, 2013.
7 “Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco”, La Cultura en México, agosto de 1975.
8 Carlos Monsiváis, “Envío a Nancy Cárdenas, activista ejemplar” y “Susan Sontag (1933-2004). La imaginación y la conciencia histórica” en Misógino feminista (Marta Lamas ed.), Océano, debate feminista, México, 2013.
9 Carlos Monsiváis, “Variedades del México Freudiano”, Nexos, 1 de diciembre de 1978.
10 José Ramón Enríquez “Monsiváis: feminismo y homosexualidad”, El Machete, núm. 1, mayo de 1980 y Marcela Lagarde, “El machete, muy machote”, El Machete, núm. 2, junio de 1980.
11 Marta Lamas, “Marta Lamas defiende a Monsiváis”, El Machete, núm. 3, julio de 1980.
12 Carlos Monsiváis, “Saldos de la revolución sexual”, Nexos, 1 de julio de 1989.
13 Carlos Monsiváis, “El amor en (vísperas eternas de) la democracia” en Misógino feminista (Marta Lamas ed.), Océano, debate feminista, México, 2013.