
Hay autores que miran hacia abajo: al suelo, a los zapatos, a una fosa, a una depresión donde se sume un pueblo, al infierno. Mirar abajo es dar tumbos o enterrar la mirada como entierra sus raíces el árbol. Es palpar los límites, atentar contra ellos, fracasar, resignarse, acometer de nuevo, el eterno retorno. Es entender el polvo, acomodar los huesos, congraciarse con la larva. Quien tiene esta perspectiva aspira, como más, a penetrar inframundos, a escaleras descendientes. Trae pegada su sombra. Se reconoce en ella, entiende que es imagen y semejanza suya. Nada más preciado para él que una flor. La arranca y respira de ella. Y le huele a tierra. No decimos que no sea capaz de alzar la mirada. Decimos que cuando lo hace, el polvo es medida de todas las cosas. No decimos que no conozca otros hombres: son voces, son cuerpos inferiores plantados en el sustrato. Si se ha visto a sí mismo es sólo como un reflejo hundido en el estanque. Así, o parecida, es su idea de firmamento.
Hay también escritores de mirada nivelada. Lo que ven son otros rostros, son miradas ajenas, es el humano horizonte. No se ocupan de las funciones orgánicas bajas, del excremento y la culpa, no rumian tubérculos ni, en su defecto, sus propias entrañas. Tampoco abren su ojo al cielo como el observatorio en un claro de montaña, ni miran al infinito o, más acá, constelaciones. El autor de esta estirpe se halla inscrito entre otros hombres. No están por encima de él: no lo oprimen ni lo hacen sentirse cucaracha. No son tampoco sus hermanos menores. Juzga que están a su altura y por lo tanto es capaz de interesarse en ellos. No va en pos del común denominador, la razón última del ser. Desdeña esta objetividad. Busca, entre la multitud, individuos, sujetos. Mientras más diversos mejor. No idealiza a las personas: no teme, por lo tanto, conocerlas, ni detestarlas, ni amarlas. Inscrito en la sociedad, es decir en el presente de la humanidad o de una porción de ésta, se ocupa menos del alma (que es prolongar la vida) y de la memoria (que es retrotraer la vida) que del tiempo presente. No el pensar ni el imaginar, no el recordar: la experiencia. Un día en Dublín, otro en las playas de Ilión, la huida de Moscú antes de arder, una pantera enjaulada. El órgano de este autor es el órgano medio por excelencia: el corazón.
Y hay en fin un tercer autor de tendencias ascendentes. El objeto de su atención son los frontispicios y las cornisas, las copas de los árboles, de preferencia los altos, las nubes (estorbo, velo, revelación), los astros y la eternidad. Adora especialmente al sol pero, astro cegador, de él tiene sólo vislumbres. La luna, sol de estatuas,1 le ofrece gratos consuelos. Estas cosas cambian poco: el edificio dura doscientos años y más, los planetas preceden al hombre más antiguo y darán entierro al más adelantado, el espacio no sabe de historia ni porvenir. El autor de altas miras aspira por tanto a esas duraciones, a la permanencia, puede decirse, a la plenitud que es, lo entiende, tiempo negado. Hay que buscarlo en los techos, en las ramas, de puntitas en el cruce de dos calles. Aunque quisiera elevarse, no ha perdido el piso, y una parte de sus fuerzas se le va en contradecir a la Tierra y la gravedad. No es que esté mal del cuerpo, sirven sus pies (para simular impulsos), funcionan y hace uso pleno de sus órganos sexuales, digiere bien la comida y le late el corazón, pero como está sujeto a una energía ascendente, toda esta fisiología y toda esta cordialidad suben necesariamente por el cuello y la cabeza: tiene algo de filósofo, mucho de intelectual, en él como en Unamuno piensa el sentimiento, el pensamiento siente. Es propenso a la abstracción y si le interesa el hombre es justo en esta calidad de género, de humanidad; busca y halla en los demás lo común, lo que comparten. Al menos en cuanto autor, comulga sin intimar. Sueña, sufre del mal de la fantasía, anhela de tanto levantar los ojos, pero ha visto más de un pájaro pasar, más de un ave desplomarse: se sabe transitorio, padece la finitud. Se lo puede reconocer por la barbilla ligeramente alzada; porque eleva las cejas y, en un gesto conmovedor, a veces arrogante, arruga mucho la frente; porque se peina hacia arriba. Si desciende a la tierra es para echarse bocarriba y, yaciendo, contemplar. Es de los individuos que prefieren ser cremados e imaginar la dispersión superior de sus cenizas (no sabe que, aun desmoronado, tiene peso y caerá). Llegada la hora quisiera deshacerse en polvo alado, quebrarse en minuscúpulas, ser un santuario disperso, des-integrarse al cosmos.
Octavio Paz no miraba para abajo. Sentía la muerte a sus pies, sabía que lo esperaba, que él era transitorio, como dijo en sus meses finales, pero no sucumbió ante tal destino, no permitió que lo enterrara en vida. Hizo de la muerte, más bien, un aspecto de la vida, su reverso si se quiere, el negativo de un mismo paisaje o de una misma experiencia. Se sabía expulsado, como el resto de los hombres (“Estamos condenados / a dejar el Jardín”),2 debió arar, como Adán, la tierra dura, renuente, padecer en carne propia el tedio, la enajenación (“¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, / ¿cuándo somos de veras lo que somos?”),3 pero no fue un pesimista. La poesía de Paz no alimentó la muerte, no la nutrió para que, creciente y voraz, lo engullera. Cantó en su contra o le dio otro rostro, la declaró complemento, mitad susceptible de una reconciliación final,4 hizo de ella una aliada, aspecto consustancial de la historia y del instante, antítesis sin la cual el ser no puede explicarse. “Como lo creían los antiguos, y lo han sostenido siempre los poetas y la tradición oculta, el universo está compuesto por contrarios que se unen y separan conforme a cierto ritmo secreto.”5 Lo mismo para el poeta que para el ensayista, la vida era menos un fenómeno orgánico que un flujo de conciencia, la conciencia menos una aberración evolutiva que un milagro indescifrable. Octavio Paz se refirió poco a la enfermedad, que es violenta y eficaz reducción de la persona a su condición corporal y a la podredumbre. No se ocupó tampoco de la materia pesada, de las cosas sustanciosas, de volúmenes concretos, del objeto sometido a las leyes físicas. Prefirió el oxígeno, el hidrógeno y el helio a los metales densos o los gases olorosos, privilegió los compuestos de ligera fórmula por sobre la química de los sólidos graves. Su obra está habitada por cuerpos de los tres reinos: el animal, el vegetal, el mineral. Hay mujeres, carne y hueso, pájaros, salamandras, insectos, asnos, monos, árboles, henequenes y semillas, ventanas, edificios, calles, piedras. El poeta, sin embargo, no podía evitar pasar todo esto por la alquimia volátil de su sensibilidad. Con frecuencia decantaba, animaba los objetos, atribuía ligerezas, aleteos, proyección, concedía, pues, el don de la elevación. Los sauces son de cristal, los chopos son de agua, al surtidor, liviano, lo arquea el viento, aparece un árbol, “bien plantado más danzante”;6 el anfibio es de aire y fuego;7 “verde y sonora, / la inmensa copa […] / es una entraña aérea”;8 el yo poético y la niña, por artificio del agua, se convierten en húmedos vapores.9 A veces, ciertamente, las masas, los fluidos, no abandonan la tierra, pero las imágenes les restan corporalidad y los acercan, por tanto, al dominio de los aires: los pechos son dos iglesias, la sangre oficia misterios.10 Y aun cuando los objetos y los seres no ascienden, cuando los nombres remiten a las formas más normales de las cosas, cuando la calle es asfalto oscuro y mojado, y el perro es un perro que escudriña la basura, y el farol es simplemente un farol, el poema les da otro sentido, no los redime pero los incluye: carga con ellos en su indagación de la trascendencia. Sería equivocado decir que al escritor no le pesó la tierra, que no lo hundía a veces el pesimismo, que era vehículo sin lastres, que jamás lo derrumbó la pesada existencia: “bien mirado no somos, nunca somos / a solas sino vértigo y vacío, muecas en el espejo, horror y vómito”.11 Somos hombres, vivir puede ser duro y no hay sentido aparente, pero en él prevaleció (usemos el vocablo adecuado) la esperanza.
Paz (el autor) miraba asiduamente adelante, su voraz inteligencia viajaba horizontalmente, se hundía en la mirada ajena, pero en esos interiores, más que hallar a un individuo, a un hombre o una mujer de atributos privativos, un problema particular, encontraba una materia primordial y la palpaba, bebía un agua subterránea y congregante, degustaba solamente los elementos básicos; no disecaba una psique, veía pasar, ahí dentro, el aliento de una tribu, los sentimientos de un pueblo, el estilo de un periodo, el alma entera de una sociedad, la índole de los hombres en la Tierra. Esta mirada de Paz era inductiva: de la pieza, de la parte, al todo; de la persona común y corriente al género humano, del simple grano de arena a lo absoluto. Su visión de la poesía, profunda, vasta, rica, es producto de este mismo movimiento y lo compendia: “Descubrir la imagen del mundo en lo que emerge como fragmento y dispersión, percibir en lo uno lo otro […] [es] devolverle al lenguaje su virtud metafórica: darle presencia a los otros. La poesía: búsqueda de los otros, descubrimiento de la otredad”.12 La ruta de Paz es ruta frecuente a la abstracción. En el poema está la poesía, en la poesía los otros, en los otros la otredad. En la obra de Octavio Paz tampoco abunda la vida ordinaria, las cosas de las que todo el mundo habla, lo normal del día a día, el hecho abrumador, lo que ocurre en privado y lo que pasa a los ojos de todos, el paso por la Tierra más o menos como es. Ver al frente es en Paz una práctica engañosa: mira a los hombres, sí, pero no para advertir en ellos los accidentes, las peculiaridades, lo perecedero y por tanto lo terrenal, sino para contemplar las esencias, las sustancias. ¿Es ésta la condición del poeta lírico? No sabría responder. Pero no parece casual que, dada la inclinación superior de su vista, Paz no fuera narrador ni dramaturgo (la protagonista de uno de sus pocos cuentos es, vaya abstracción, una ola), sino poeta y ensayista.
¿Qué descubre la mirada que mira al firmamento? Muy poco y todo a la vez. Muy poco: aire, parvadas, formaciones nubosas, el sol, la luna, Venus, Mercurio, las estrellas. Todo: el infinito. No sólo porque los astros parecen multiplicarse inconteniblemente, y el espacio ampliarse en consecuencia. No sólo porque el tiempo de la esfera celeste es notoriamente otro; se trasladan los cuerpos siderales de acuerdo con ciertos ciclos pero a la vez permanecen: son murmullo de una edad sin orillas ni fondo. Sino también porque, inexplorable, la emoción se hunde en el firmamento sin tropezar con barreras pero sin experimentar, tampoco, la saciedad. “El cielo es una manifestación directa de la trascendencia, el poder, la perennidad y lo sagrado: lo que ningún ser vivo de la tierra puede alcanzar”.13 Quien tiene la vista en lo alto intuye el Misterio, lo siente sin atraparlo. El signo del hombre-estela es anhelar. Su consuelo: los estados transitorios de plenitud, el intervalo inflamado, la eternidad encarnada. Paz fue un hombre-estela. Proyectil geológico, apuntaba al cielo. Su blanco era la carne, el vientre irrigado de la divinidad, la combustión eterna. La poesía, el erotismo, la pintura, lo más caro para él, eran primordialmente formas de comunicación con ese alto agregado, conductos privilegiados a un estado primordial y a la vez último, junta de los contrarios, solución intempestiva de la dualidad natural y humana.
Cierto, el hombre ha perdido la llave maestra del cosmos y de sí mismo; desgarrado en su interior, separado de la naturaleza, sometido al tormento del tiempo y el trabajo, esclavo de sí mismo y de los otros, rey destronado, perdido en un laberinto que parece no tener salida, el hombre da vueltas alrededor de sí mismo incansablemente. A veces, por un instante duramente arrebatado al tiempo, cesa la pesadilla. La poesía y el amor le revelan la existencia de ese alto lugar en donde […] ‘la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejarán de ser percibidos contradictoriamente’.14
Ojo en la punta de un pino, lince de pie, trino electrificado, no sorprende que Octavio Paz asociara ese despertar, esa fugaz y colmada vigilia, con lo divino, con el Ser al que los pueblos de todas las épocas han dado por morada el firmamento. “El día en que […] estuvimos enamorados y supimos que ese instante era para siempre; […] la tarde en que vimos el árbol aquel en medio del campo y adivinamos, aunque ya no lo recordemos, qué decían la hojas, la vibración del cielo […]; una mañana, tirados en la yerba, oyendo la vida secreta de las plantas; o de noche, frente al agua entre las rocas altas. Solos o acompañados hemos visto al Ser y el Ser nos ha visto.”15 “Es algo así como una suspensión del ánimo: es tiempo que no pesa. Los Upanishad enseñan que esta reconciliación es ananda o deleite con lo Uno.”16
Un rayo tiene dos fases eléctricas: la primera, oculta, es descendente, luz oscura que baja en racimo hasta la Tierra; la segunda, luminosa, es ascendente: es el rayo que vemos. Octavio Paz fue, en ocasiones, rayo. O fue, para ser precisos, la segunda fase del relámpago. Esperaba las descargas del cielo y sólo entonces disparaba, corriente que alumbraba el firmamento y la Tierra. Este rejuego eléctrico, ¿es tal vez el rejuego (entre los hombres y el Ser, entre el Ser y los hombres) de lo religioso? Es posible. De lo que no cabe duda es que en Paz había religiosidad, como señala Krauze. “Había religiosidad en el hombre cuya poesía comienza y termina con la palabra comunión”.17 Paz no temía el tránsito, el desarraigo que es condición de la exploración y, en último término, del hallazgo. Su vida, como tantas vidas largas y brillantes, estuvo marcada por cambios profundos, unos dolorosos, otros placenteros. El ejemplo más obvio, pero no el único: el paso de la militancia de izquierda a las convicciones de orden liberal. Pero Paz nunca dejó de elevar la mirada, nunca perdió el entusiasmo (según la etimología del término). Y en tal sentido su vida jamás dejó de cumplir esa aspiración suya: la inocencia, es decir ese “estado perdido donde el hombre es uno con el mundo y con sus creaciones”.18 “Una tarde al salir corriendo del colegio —relató en ‘Estrofas para un jardín imaginado’—, me detuve de pronto: me sentí en el centro del mundo. Alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía”. Siempre lo acompañó, siempre prístina, limpia, esa mirada en lo alto.
Ignacio Ortiz Monasterio.
1 Jean Cocteau.
2 “Carta de creencia”
3 “Piedra de sol”
4 “Himno entre ruinas”
5 “Estrella de tres puntas: el surrealismo”
6 “Piedra de sol”
7 “Salamandra”
8 “La higuera religiosa”
9 “Niña”
10 “Piedra de sol”
11 Ibíd.
12 “El arco y la lira”
13 Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona, 1999.
14 “Estrella de tres puntas: El surrealismo”
15 “El arco y la lira”
16 Ibíd.
17 Octavio Paz: El poeta y la Revolución, Debolsillo, México, 2013.
18 “Poesía de soledad y poesía de comunión”
Vivo en francia y gracias a la red he podido leer algunos articulos de Nexos, interesantes