Un misil cae del cielo. Un grupo de niños y su institutriz se colocan máscaras anti gases. Suena una bella canción de los años 40. Miran a lo lejos cómo el odio destruye su hogar. Parece un espectáculo de juegos pirotécnicos: el loop eterno donde son testigos del odio y la incomprensión entre las personas. Ellos, los niños peculiares de Alma LeFay Peregrine, juegan a sobrevivir en el nuevo mundo de Tim Burton.
Exponente de un cine que adopta las formas fantásticas como única realidad, Tim Burton se ha configurado como un cineasta que ha construido una filmografía llena de personajes entrañables, extraños, únicos, peculiares. En su última película, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares (2016), el cineasta estadounidense se apropia, basado en la novela de Ramson Rigg, de una temática que sobrepasa los intereses a los que nos tiene acostumbrados su cine. ¿Por qué?

Jacob Portman (Asa Butterfield), un chico de 16 años, es testigo de la extraña muerte de su abuelo Abe (Terence Stamp), la única persona verdaderamente cercana a él. Afligido por la pérdida e impulsado por las curiosas historias y las últimas palabras de su abuelo, Jacob regresa a Gales, el lugar en donde creció su abuelo en un orfanato, pero en lugar de encontrar una historia de vida común y corriente, es llevado a una temporalidad alterna habitada por Miss Peregrine (Eva Green) y sus niños extraordinarios atados a un bucle de tiempo.
Este primer esbozo parece una historia propia de Burton: incomprensión, fantasía, entornos familiares, mundos únicos y una inmensa necesidad de búsqueda, sin embargo, el contexto en donde es anclado este universo es lo que le regala a Burton una capa de lectura más atractiva: el bucle que ata a estos personajes se ubica en un contexto de guerra. Y es aquí donde volvemos a ver al Burton de siempre: lo mórbido, la crudeza y el horror son conjugados en escenarios de bellos lugares, un idílico internado que tiene de fondo la risa y la mirada inocente de los niños: Emma, la chica de fuego; Millard, el niño invisible; Olive, la chica que levita; Hugh, el niño con abejas en su interior; Claire, la pequeña con dientes afilados en la nuca; Fiona, la niña que controla la naturaleza; Bronwyn, la pequeña con fuerza sobrehumana; Enoch, el chico da vida a los objetos, y Horace, el chico profeta.
Esta trama ofrece una metáfora: el internado fue creado para educar en la clandestinidad a los niños peculiares que sufrían persecución, una persecución que se vivió (o se vive) entre naciones, una referencia directa a lo que pasa en la guerra que todos los espectadores conocemos. Por su lado, la representación de la maldad recoge la ambición, el odio y el terror en Barron, un Samuel L. Jackson que da otra muestra de su capacidad histriónica para combinar el humor negro con la perversidad.
Esta añadidura histórica, seguido por el entramado narrativo del bien contra el mal que permitirá liberar a los niños peculiares de la muerte, sazonado, además, de viajes en el tiempo, entrega una obra entretenida que, sin duda, se acerca a lo mejor que ha realizado el director estadounidense con una filmografía irregular que abarca obras con un sello propio, entrañables (Big Fish), hasta trabajos poco convincentes, necios en querer añadir a su mundo todo aquello que se caracterice por la extrañeza (Alicia en el país de las maravillas).
En Miss Peregrine pareciera que Burton reúne sus aciertos y desaciertos, retoma lo mejor de su trabajo y añade, quizá para poca sorpresa de muchos, un dejo del imaginario creado por el director mexicano Guillermo del Toro, una combinación de estilos e intereses similares que acompañan al espectador en un muestrario lleno de nostalgia.
Los Hollow, los monstruosos comedores de ojos tienen un parecido irremediable a El hombre pálido de El laberinto del fauno (2006); los gemelos Odwell recuerdan a Tomás, el niño de El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona en donde Guillermo del Toro fue productor; Hugh, con sus abejas flotantes dan un espectáculo macabro parecido al de Santi en El espinazo del diablo, e incluso, con atención desbordante, Miss Peregrine y su habilidad de transformación recuerda a la bruja Yubaba de El viaje de Chihiro. Lo que es innegable es que los niños, vistos como un solo elemento protagónico, tienen la esencia que caracteriza a los personajes infantiles del mundo del director mexicano: la persistencia, el violento choque con los adultos, la incomprensión de la naturaleza humana, algo que conocimos con Aurora en Cronos (1993), con Carlos en El espinazo del diablo (2001), con Ofelia en El laberinto del fauno y quizá, con Edith en La cumbre escarlata (2015).
Con una intensidad poco usual, los temas y los intereses de Burton vuelven a estar presentes: la complejidad relación con la otredad, una dinámica de vida que demuestra las tensas relaciones que se construyen entre las personas. Así como en Big Fish, el desafortunado lazo entre padre e hijo es el punto de partida para crear la personalidad de Jacob y su gusto por las historias extrañas; la ausencia y el resentimiento entre el abuelo y el padre de Jacob se ejemplifica en la tradición oral de los cuentos. La importancia de la memoria es lo que le da el valor a Jacob de buscar en el pasado, de hacer conexiones, de permanecer, algo que, por ejemplo, se asoma en El cadáver de la novia con Emily.
Al final, esta mescolanza de elementos, de cine, de monstruos y de estilos, hace de Miss Peregrine un viaje de referencialidades (con cameo incluido) en donde el horror (niños que pelean con monstruos, monstruos que se comen los ojos de los niños), el humor negro (un cruel y cínico Samuel L. Jackson) y el dejo esperanzador (los niños como entes independientes, listos para el trabajo en equipo) se hacen presentes en un trabajo que consigue que el corazón y la sustancia de Burton permanezca.
La nostalgia de los mundos pasados, el estilo bañado por la extrañeza, el vestuario, los personajes, la sinceridad de adaptar desde la literatura a las imágenes, todo, en conjunto, construyen un cine en donde Burton ha llegado al punto en donde volver a sí mismo y descubrir en otros cines otros mundos maravillosos es fundamental para avanzar, para crear, como en los viejos tiempos.
Quizá miss peregrine se parece mpas a Sorceress, la guardiana del castillo Greyskull.