El hilo fantasma o el secreto en el zurcido

La nueva película totalmente creada por Paul Thomas Anderson, con 6 nominaciones al Oscar, que se estrena el 23 de febrero en cines mexicanos, se centra en un recatado modista y en una historia de amor reservado que empieza. Como el zurcido invisible, los hilos sirven de metáfora maestra para dar cuenta de lo que se teje y se desgarra y los nudos incipientes que deben deshacer personajes tan fascinantes como complejos.

Phantom Thread
Estados Unidos, 2017
Director: Paul Thomas Anderson
Guión: Paul Thomas Anderson
Producción: Paul Thomas Anderson, Chelsea Barnard, Megan Ellison, Peter Heslop, Jillian Longnecker, Daniel Lupi, JoAnne Sellar, Adam Somner
Fotografía: Paul Thomas Anderson
Elenco: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville
Productora: Annapurna Pictures, Focus Features, Ghoulardi Film Company


https://www.youtube.com/watch?v=qZhf_QWdHDM

Él es un soltero empedernido, exitoso, atractivo. Ella es joven, extranjera, trabaja como mesera. Ella tropieza con la bandeja del café, él le sonríe. Ella le toma la orden del desayuno. Él la invita a cenar.

Al soltero lo atormenta su talante perfeccionista, el recuerdo de la madre muerta, una hermana castrante. A ella le preocupa no ser suficiente para él, no encajar en el mundo de lujo que él le ofrece. ¿Podrá la pareja sobrepasar estos obstáculos? ¿Renegará el soltero de sus modos? ¿Habrá boda al final del túnel?

El hilo fantasma sigue el arco clásico de las comedias románticas, pero la subversión es tan elegante como los vestidos que desfilan por la pantalla, tan fascinante como ver actuar a Daniel Day-Lewis, tan sensual como la música de Jonny Greenwood que hila las secuencias de una película tan bien hecha, que cualquier cosa que uno escriba será, necesariamente, más vulgar, pedestre, innecesaria.

Pero uno intenta.

Reynolds Woodcock (Day-Lewis) es un diseñador de modas londinense. Un tipo que se peina cada mañana con dos cepillos, para quien el ruido del pan tostado cuando se le unta mantequilla resulta insoportable. Vive en una casa que también es estudio y fábrica de sus vestidos. Lo atienden su hermana y una cohorte de empleadas, mujeres mayores, vestidas con batas blancas, que hablan en voz baja, como si todo fuera en realidad una institución psiquiátrica. “Quizá es el hombre más demandante”, le confiesa Alma (Vicky Krieps) a un entrevistador que permanece anónimo buena parte de la película. Ella es la mesera que le toma la orden una mañana. En una película tan freudiana, origen es destino. La relación entre ambos estará marcada desde entonces por esa sumisión inicial: alguien dicta, alguien obedece.

Fotograma de Phantom Thread – Cortesía: Focus Features

Woodcock la invita a cenar y después a su casa. Una vez ahí le pide que se quite la ropa: quiere tomar sus medidas para hacerle un vestido. La escena conjura erotismo: Alma está de pie, prácticamente desnuda, bajo la mirada atenta de un hombre que la recorre con los dedos, la toma de la cintura, imagina. Todo cambia en un segundo, cuando entra Cyril (Lesley Manville) la hermana de Woodcock. Entonces la música se detiene, mientras Alma se tapa los pechos y Cyril se acerca para oler a la invitada. La luz se ha vuelto brusca, y lo que parecía ser una secuencia íntima se convierte en una especie de exhibición de ganado, o de esclavos en venta, mientras Woodcock dicta las medidas a su hermana y ésta toma nota en una esquina.

No hay, pues, engaño. Desde la primera cita Alma entiende a qué habrá de atenerse: a un tipo que le quita el lipstick de los labios, que le habla de su madre muerta, que le dice que no se ha casado porque el matrimonio lo volvería mentiroso. Y sin embargo acepta: se muda con él a Londres, se despierta a las cuatro de la mañana para posar de pie durante horas, soporta que el hombre no le abra la puerta de su habitación en las noches. ¿Qué obtiene ella a cambio? La pregunta recorre la película. La única pista verbal viene de la propia Alma: “Solía no gustarme a mí misma”, le dice al interlocutor en la sombra, “pero en su trabajo me sentía perfecta”. Ella se vuelve la musa indiscutible de Woodcock, la mujer que modela sus vestidos, la que posa para las sesiones fotográficas. El hilo fantasma es, entre otras cosas, una película sobre la mirada, y ambos personajes obtienen un placer exquisito por medio de su ejercicio. Él la mira a través de sus anteojos, de la mirilla de una puerta, a lo lejos en una fiesta. Ella lo mira de vuelta. “Si hacemos un concurso para ver quién sostiene la mirada por más tiempo vas a perder”, le advierte Alma en la primera cita.

Pero la respuesta real es, en todo caso, impronunciable, o sólo tienen acceso a ella Alma y Woodcock, o ni siquiera ellos. Las razones del enamoramiento nunca están claras para quienes se entregan a él. Uno simplemente se enamora y después empieza la búsqueda del porqué. En inglés –o en francés— uno “cae” enamorado, lo cual revela la naturaleza al mismo tiempo imprevisible y arriesgada del acontecimiento. De ahí el ejercicio típico: ¿qué fue lo que te gustó de mí?, pregunta uno. Dime por qué me quieres, pide otro. Nunca es narcicismo, sino duda genuina.

Woodcock trata de permanecer estoico y evitar el tropiezo, pero las fisuras son demasiado notorias para alguien como Alma, una mujer inteligente que en ningún punto se asume como víctima. “No tienes que aparentar dureza”, le dice ella muy temprano, como si pudiera ver a través del esmoquin de Woodcock; como si el traje estuviera zurcido con un hilo transparente, justamente fantasma. La frase apunta al canon de hombres dibujados por Anderson en películas anteriores: tipos que se enfrentan a un momento definitivo que puede quebrar esa coraza de rudeza. Ahí está el protagonista de Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007) y el dolor soterrado por abandonar a su hijo. Ahí también el conferencista motivacional de Magnolia (1999) que debe confrontar la muerte de su padre y la mentira en que ha basado su carrera. Lo mismo con el veterano de guerra en The Master (2012), obligado a enfrentar, también, la muerte del padre y la reclusión de la madre en un psiquiátrico.

Pero más que una película de Anderson alguien podría decir que El hilo fantasma es un filme de Hitchcock. No sólo por la referencia obvia a Vértigo (1958), esa otra cinta donde un hombre elige la ropa para la mujer deseada, sino por los guiños venenosos a Tuyo es mi corazón (Notorious, 1946), o el recuerdo de Rebeca (Rebecca, 1940), aunque sea sólo por esa mansión donde la presencia de una mujer muerta condiciona la relación entre unos recién casados.

“Puedes esconder casi cualquier cosa dentro de un vestido”, le dice Woodcock a Alma. La película es en sí misma un vestido, lleno de holanes en donde se esconde el dobladillo esencial, el mensaje que presentimos si deslizamos una mano por encima del satén, pero que permanece invisible.

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.

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Publicado en: Permanencia voluntaria