El hada socarrona de la literatura infantil

Hace no tanto tiempo, la literatura infantil era considerada un género menor e incluso facilón. Ese estigma, sin embargo, liberó a los autores y les permitió “jugar en el patio del recreo sin la supervisión del prefecto de la escuela”. Para celebrar a los lectores más pequeños, Vivian Mansour Manzur, una de las autoras más destacadas dentro del panorama de la literatura infantil, nos ofrece su personalísimo recorrido por una de las vetas más robustas e imaginativas de nuestras letras.

Para Felipe Garrido, caballero escritor,
 y para Lorenza Estandía, dama editora.

Érase una vez

Tenía que escribir, para una tarea de la escuela, sobre mis vacaciones de verano.  ¿Qué querían que escribiera?  ¿Que vivía en un gris departamento de la colonia del Valle, que me levantaba al alba no para navegar en tempestuosos mares, sino para asomarme a la ventana y ver pasar los autos?  ¿Que nunca había viajado más allá de tres calles cercanas a mi colonia?  ¿Que nunca había tenido un tórrido romance con un hermoso chico, en un ambiente tropical, húmedo de sensualidad? No podía confesar esta penuria existencial, así que en un acto de rebeldía ante mi propio aburrimiento, escribí sobre unas vacaciones inexistentes trabajando como empleada de un circo. Ahí llené hojas y hojas detallando cómo presencié el accidente de un trapecista, describí la misteriosa hondura de los ojos del mago y narré sobre mi oficio de cirquera, que me había permitido barrer el aserrín de la jaula de los tigres de bengala, a quienes había sabido someter ofreciéndoles gansitos Marinela. Por supuesto que mi composición no obtuvo un sobresaliente, pero la maestra la leyó de cabo a rabo, asombrada ante la aparente verosimilitud de los hechos. Ahí descubrí que uno puede cambiar, recomponer y crear mundos inexistentes con solo aprehenderlos con palabras, en el absoluto ejercicio de una libertad absoluta nunca antes ejercida. 

De ahí salté, al igual que el trapecista de mi composición, a conocer a otros rebeldes como yo: los escritores. Porque el acto de escribir y leer parte de una inconformidad. De no quererse resignar a ver el mundo solo a través de los propios ojos.  De una curiosidad insaciable de reencarnar, transmutarse y transportarse. De ser el asesino y el asesinado, el fugitivo y la ley, el amante y la abandonada. Y todo espejeándote con tu propia vida.

La ventaja que yo tuve de niña es que mi padre fue un gran lector. No había ferias del libro en aquel entonces, por ello disponíamos de dos lugares donde podíamos satisfacer nuestro vicio: uno de ellos era muy poético, olía a vainilla, se respiraba un silencio emocionado y estaba poblado por otros participantes del gremio de los lectores:  las librerías de viejo del centro de la ciudad. El otro lugar era diametralmente opuesto, olía a pollo congelado y se escuchaba continuamente “Buscaprecios, caja cuatro”. Se trataba, ni más ni menos, del Aurrerá de la colonia.  En esa época, en ese autoservicio había una oferta de libros y bestsellers nada despreciable. Por eso digo que un libro puede estar aguardando, como una semilla, a que lo rescates de un entorno a veces insólito.

Mi padre me permitía elegir lo que quisiera, aunque también me daba recomendaciones. Más allá de Emilio Salgari y Julio Verne, me sugirió leer A.J. Cronin, a quien admiro hasta la fecha, conmovida por la ingenuidad de la práctica médica y por su prosa elegante y depurada. Pero la saga que realmente me sedujo fue la de Los Pardaillan de Miguel Zévaco. Se trataba de una serie de tomos lujosamente encuadernados de color rojo, sobre las aventuras de un espadachín. Devoré libro tras libro en los vestidores del club deportivo, reusándome a nadar, comer o hablar con nadie, con tal de absorber las dichas y desdichas del protagonista. Satisfecha mi sed de aventuras, me bañaba y esperaba que mi madre me recogiera, ignorante del hecho que, en lugar de hacer ejercicio, yo no había hecho otra cosa que sentarme en los vestidores a leer durante dos horas. No me arrepiento de no haber pisado la alberca, porque para mí la felicidad no se encontraba en chapotear en el agua, sino en sumergirme en las páginas de la novela.

Este mágico momento es el que siempre he querido transmitir con mi oficio a los jóvenes lectores: olvidarse del mundo y, al mismo tiempo, vivir intensamente un universo inexistente.

El hada madrina

No debemos visualizar al hada madrina característica de Disney como la musa inspiradora de la literatura infantil. En el caso de la literatura infantil y juvenil, se trata de una figura mucho más transgresora y socarrona de lo que se piensa. La creación que florece en la literatura infantil actual es aventurada y transita en territorios más inexplorados que la llamada literatura para adultos. En esos lugares pueden habitar monstruos que a la larga se vuelven adorables, los fantasmas tienen miedo de los soñadores y se puede jugar con los huesos del abuelo muerto.

¿A qué se debe todo esto?  Yo creo que durante mucho tiempo fuimos inexistentes. Fuimos invisibles para la denominada literatura para adultos.  Fuimos ignorados en los periódicos.  No existían reseñas de nuestro trabajo y las becas eran impensables. Se nos consideraba un género menor y de fácil factura. Pero eso nos brindó una gran libertad: se nos permitió jugar en el patio del recreo sin la supervisión del prefecto de la escuela. 

La imaginación florece a raudales en los autores mexicanos:  una mezcla insospechada de temas prehispánicos, princesas mal peinadas, alquimistas de la basura, niños genio ajedrecistas y hasta flatulencias encarnadas. Enlazarte con la fantasía infantil permite todos los excesos y sobrepasar todas las convenciones.  Todos jugamos de inmediato el juego del sinsentido. Pero lo practicamos con gran seriedad: hay lógica en las tramas  —por más fantasiosas que sean—, hay rigor en los formatos y en la recreación de lo fantástico. Por eso, a veces el hada madrina de la literatura infantil puede sacarse un moco y hacerlo de la manera más prístina y elegante del mundo.

El pequeño gigante

Al cabo de los años, los escritores de literatura infantil, ese gran grupo de revoltosos literarios, ha cobrado más protagonismo. Las instancias gubernamentales, las editoriales públicas y privadas se han dado cuenta del gran potencial económico y educativo que significan los libros para niños.  Han forjado ferias y eventos culturales donde antes no los había. Casi en todos los Estados hay presencia de alguna feria del libro por lo menos una vez al año, donde se reúnen invitados de todo tipo:  puede haber  editoriales especializadas y de gran calidad, pero no dejan de aparecer puestos de calcomanías, libros de autoayuda, naturismo, esoterismo, juguetes y artesanías.

La Secretaría de Cultura ha apoyado cuarenta ferias de libro al año en toda la República. Según la CANIEM, la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil facturó, en 2016, casi quince millones de pesos. Nada mal para un evento que era inexistente hasta hace pocos años. Las escenas que ahí se atestiguan son insólitas en un país donde aparentemente no se lee lo suficiente:  hay filas enormes para adquirir libros, familias sentadas en el suelo de los jardines revisando sus compras, talleres llenos de asistentes, charlas de todo tipo… También me ha tocado asistir a ferias desiertas, librerías arruinadas y bibliotecas públicas donde no se paran ni las moscas. Esfuerzos  inútiles donde el libro sigue siendo ignorado y desplazado por internet, las pantallas de todo tipo o las visitas a los centros comerciales. Pero, de repente, en ese cúmulo de indiferencia, aparece un niño o un adolescente que levanta los ojos de la pantalla de su celular movido por un insospechado impulso y recorre con las yemas de los dedos la portada de un libro, intuyendo que ahí palpita un secreto y un enigma escrito solo para él.  Y entonces todo habrá valido la pena.

El hechizo

Así como la figura del escritor de literatura infantil ha evolucionado, de la misma manera los ilustradores han atravesado un gran periplo para poder ser ubicados en el importante lugar que merecen. En un principio, se consideraba al ilustrador como una especie de repetidor que debía visualizar de manera literal las palabras del escritor. Para dar una idea de lo injusto de esta percepción, hace algunos lustros las editoriales no entregaban a los ilustradores regalías correspondientes de la venta del libro, sino que les ofrecían un pago único, sin brindarles el derecho de recibir, año con año, las ganancias que pudiera generar su trabajo. Estas condiciones, afortunadamente, han ido cambiando poco a poco.  El ilustrador es un coautor, y en el caso del formato de los libros-álbum, es inseparable la aportación que hace el ilustrador al material escrito, ya que reinterpreta, enriquece y aporta la otra mitad discursiva. No se puede entender el libro sin esta dualidad. Juan Villoro afirma que “la pintura establece un monólogo con el espectador, pero la ilustración dialoga.” No hay nada más mágico que el hechizo de una portada y de unas ilustraciones que sorprenden con detalles que captan solo ojos avizores.  Lectores que aprenden también a leer imágenes.

También vale la pena señalar los oficios y profesionalización de los ilustradores mexicanos. Algunos tienen formación de pintores, grabadores y artistas plásticos, pero otros han emergido del mundo del cómic, de la animación, de la caricatura política, del grafiti… todo ello ha dado como resultado un mural polifónico.  

El tesoro

Un aliado y cómplice de la literatura infantil ha surgido en un territorio aparentemente enemigo: la escuela. En muchos hogares, el único libro que dormitaba en una mesa era la Biblia —como nos lo recordó nuestro culto presidente. Cuando a un chico se le preguntaba sobre alguna lectura, solo mencionaba los libros escolares. La ficción estaba relegada a otros medios. No había una vinculación lúdica con la lectura.

El programa de Bibliotecas de Aula, con todo y sus fallas, ha apostado por acercar a lugares remotos ediciones especiales que viajan a todos los rincones del país. Durante el periodo 2016-2017 se eligieron veinticuatro títulos.  Desafortunadamente, año con año van limitando los presupuestos asignados a este programa.  Pero de cualquier manera estas veinticuatro semillas llegan a poblados donde no hay internet, descargas digitales, luz eléctrica ni celulares. En esos sitios los libros son el faro que ilumina un horizonte limitado por el espacio y las carencias.

Los maestros jóvenes han sido buenos paladines de estos programas. Cuando uno de ellos se entusiasma, contagia ese vicio que nunca se sacia. En caso contrario, no hay estímulo ni proyecto que rinda frutos: también ha sucedido que los propios maestros tienen miedo de los ejemplares, los guardan bajo llave, no saben cómo acercarse a ellos ni cómo transmitir un disfrute que ellos mismos no comparten. Como si fueran objetos que debieran ser resguardados en una vitrina y no fuera permitido explorarlos, subrayarlos y hasta mancharlos con dedos pringosos de dulce.

La bruja de la censura

En otras épocas no había una noción de literatura infantil, ni un nicho específico para el lector joven, y eso de algún modo se volvió un interesante campo de cultivo: no había corrección política, ni un manejo limitado de vocabulario, ni lo que se pensaba que debía ser adecuado, moral o pertinente para los lectores. Los clásicos no tenían en mente un sector de la población, sino un lector neutral y atemporal. Por ejemplo, hoy en día, una persona se ofendió porque en Las aventuras de Huckleberry Finn se usa la palabra “negro” para referirse a lo que hoy se conoce como “personas de color.”  Un estudiante de Texas llegó a exigir que se cambiara ese término en el texto por la expresión “la palabra con ene”. Extraer esa palabra como si fuera un tumor maligno desbarataría toda la prosa y la pertinencia temática de Twain, ubicada en un contexto histórico de comienzos del siglo XIX.

Se puede también argüir que en la literatura infantil clásica hay apología de la violencia, estereotipos étnicos, machismo, etc.   Pero todos estos son conceptos derivados del enorme temor a la libertad imaginativa y de un exceso de racionalización por parte de los adultos. He comprobado que los chicos transitan cómodamente por los campos de la fantasía, captando sin problemas la sátira, la ironía y el peso justo de las palabras.

¿Colorín colorado?

 No, nunca fui ayudante de un circo. Ni espadachín,  ni alpinista, ni he matado a nadie, por ahora. Pero gracias a los libros he podido hacer cosas inimaginables.  Mi espíritu se ha reconciliado con lo que es y, al mismo tiempo, se ha rebelado con lo que no es.  Y sobre todo, leyendo he sido feliz. Siempre he tenido la fascinante y callada compañía de los libros. Eso es lo que quiero compartir con los jóvenes lectores. Y quizá algún día me anime a irme con un circo, para saber qué se siente y escribir sobre  ello.

 

Vivian Mansour Manzur
Ganadora del Premio FILIJ de Cuento para Niños, el Premio “A la Orilla del Viento” y  el Premio Castillo de Literatura Infantil. Ha publicado casi una veintena de libros infantiles, entre los que sobresalen El peinado de la tía Chofi, El enmascarado de lata, Ladridos en el infinito, Lotería de piratas y Había una vez pero al revés.

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Publicado en: Ensayo literario