El gran juego de Game of Thrones

Hablar sobre Game of Thrones es una tarea complicada. Spoilers, batallas de odio en redes sociales, memes, artículos especializados, teorías, imágenes, filtraciones: el monstruo de HBO llegó este año convertido en un estilo de vida, en un rito dominical y una conversación necesaria y casi obligatoria.

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Y es justo esta mutabilidad lo que hizo que la sexta temporada fuera una puerta abierta al descontrol. Sin duda, de 2011 a la actualidad, hay un aumento abismal de seguidores y popularidad, y con la popularidad, llegó la expectativa, y con la expectativa, la exigencia: ¿con qué nos vas a sorprender hoy, Game of Thrones? Una pregunta que fue contestada satisfactoriamente durante cinco años gracias al respaldo literario de George R.R. Martin, pero, ¿qué hacer cuando la obra había cumplido su ciclo de vida? El deber aumentó y ahora tendría que librar una batalla en solitario a nivel narrativo, formal y actoral.

Así, la maquinaria televisiva creada por David Benioff y D.B. Weiss entró en jaque. A  nivel actoral, el elenco de Game of Thrones tenía que desafiar su interpretación para reafirmar el rumbo que tomarían sus personajes: ¿Qué podría hacer Lena Headey con una Cersei marchita? ¿Un Kit Harrington con un aclamado Jon Snow? ¿Una Sophie Turner con una Sansa ambigua, incomprensible y a veces desesperante? La deuda y la exigencia de los espectadores era grande: si Game of Thrones es vista como una obra épica, concebida y nacida desde el marketing, ¿qué presupuesto sería el suficiente –ya no el necesario– para reforzar la grandeza que se aclama temporada tras temporada?

La curiosidad y la impaciencia mató al gato, a los lectores, a los televidentes, y alimentó la imaginación de miles de blogueros que, inconscientemente o no, crearon un armado de teorías que se combinaban con caprichos y fantasías. Un Game of Thrones lado B que cada semana, como mínimo, ponía a circular en la red una nueva hipótesis y aunque irónico, la temporada sin sostén literario se convirtió en la más obvia, la más predecible, la más explorada. Cuando se entra al juego de los blogueros, o ganas o mueres, y parecía que HBO perdía la batalla (o parecía que lo hacía).

Sin su espina dorsal, Game of Thrones se sumergió en un ritmo irregular en donde el factor sorpresa y todas sus características versátiles y novedosas que construyeron su nombre, desaparecieron e hicieron de ella un asunto de inmovilidad. El mejor ejemplo: Daenerys usando, por enésima vez, un discurso de empoderamiento que reafirmada, por enésima vez, a través de sus dragones, una escena que parecería ser la calca de otra escena. O una Arya que, después de 20 capítulos, avanzó hacia una dirección por demás evidente y que pudo definirse fácilmente en cinco episodios.

De esta manera, el aspecto narrativo nació de guiones concebidos como círculos perpetuos en donde los personajes permanecieron en estados que, si bien definieron lo que son, ya no aportaban nada a la historia. Este ritmo aletargado trató de ser solucionado con saltos espacio temporales violentos e inexplicables y aunque la ficción permite los juegos con la temporalidad, más que aplicarlos como un recurso valido y positivo, estas omisiones fueron más cercanas a un ejercicio inverosímil y torpe: la sexta temporada era decisiva para madurar, para construir, para reinventar. Todo el camino trazado llegó al momento en donde sólo había dos opciones: el colapso o la gloria.

El invierno llegó

Pero escribir todo lo anterior también es una practica injusta. Game of Thrones es ese tipo de fenómeno que se ama o se odia, no importa si hay o no conocimiento de causa o si el cariño o el desprecio es genuino o pura pose. Game of Thrones es lo más parecido al sufrimiento que se desborda durante una relación amorosa y así como se puede gritar por una resurrección (6×2: “Home”), llorar por una muerte (6×5: “The Door”), también es posible bostezar hasta la desesperación con resoluciones infructíferas (6×8: “No One”).

Entre toda esta montaña de rusa de alegrías y decepciones, GOT continuó el coqueteo con temáticas que, aunque no sea su primera aparición en la pantalla chica, han sido más reconocibles al ser parte de una producción con estas dimensiones: el papel decisivo de las mujeres (Sansa Stark y la reconquista del Norte), la desmitificación del héroe (Jon Snow en la Batalla de los bastardos), el lesbianismo (Yara Greyjoy) e incluso la importancia de las minorías y los que están bajo las esferas de poder (los pequeños pajarillos de Varys y Hodor).

Después de un larguísimo camino, la sexta temporada puso sobre la mesa las resoluciones a los entramados políticos, afectivos y de poder de los Siete Reinos, un ejercicio que a pesar de los puntos débiles, también trajo consigo un despliegue de producción pocas veces visto en la televisión: “The Battle of the Bastards” (6×9) y sus 10 millones de dólares son el mejor ejemplo: una dirección abrumadora con el que el inglés Miguel Sapochnik se consolidó como experto desde “Hardhome” (5×8) y que reafirmó sin asomo de duda con el mejor final de temporada de toda la historia de Game of Thrones: “The Winds of Winter” acompañado de una secuencia inicial apabullante. Sapochnik aprendió a transitar entre los opuestos: de una coreografía con más de 500 personas en “The Battle of the Bastards” a una cámara fija inundada por el silencio.

“Winter is coming”. La frase que hemos escuchado una y otra vez desde el primer capítulo se transformó: ya está aquí, el invierno llegó y la promesa de Ned Stark se ha hace realidad y, con ella, el paralelismo de significados con la madurez de la serie es inevitable. Sí, esta tensión creativa no es única en su tipo y tampoco es un padecimiento exclusivo de GOT: las grandes series crean un fuerte y profundo lazo con los espectadores, un compromiso con cierres dolorosos y sujetos al escrutinio.

¿Hasta dónde es justo exigirle a una producción televisiva la tan asediada e imprecisa perfección? Con sus aciertos y desaciertos, es probable que la estrategia de HBO y Game of Thrones es la de develar lo obvio de la mejor manera posible auxiliados de su presupuesto, de su fama, de su poderío. Hemos creado un monstruo, un monstruo que nos ha hecho inmunes al asombro.

Así como Tyrion le advierte a Daenerys: “Estás a punto de entrar al gran juego y el gran juego es aterrador”, es probable que los creadores estén conscientes de lo mismo: han llegado al gran juego, uno que deben resolver para asegurar su lugar en la historia a lado de series como The Wire, Los Soprano y Mad Men. Por lo pronto, yo seguiré decepcionándome, fascinándome, aburriéndome, maldiciendo e implorando porque al final del día, esa es la magia de la televisión.

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Publicado en: Televisión