El “flagrante delitro”.
Sobre Fernando Pessoa

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El escritor Jesús Marchamalo y el ilustrador Antonio Santos rinden homenaje al mayor poeta portugués con Pessoa, gafas y pajarita(Nórdica Libros). En uno de los textos destacan al genio lusitano —que era muchos y vestía traje oscuro y sombrero— como una especie de fantasma que caminaba por La Baixa lisboeta y un bebedor de licores fuertes.


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En agosto de 1905 volvió a Lisboa, de donde ya no saldría nunca. Viajó en el Herzog, solo —su familia volvería unos meses después—, un vapor alemán al mando del capitán Weisskan. Volvía con sus libros, una elegante americana oscura, un ligero atisbo de bigote ya, en su rostro lampiño, como un plato de loza, y un compañero imaginario de travesía, inglés, también como él poeta, y de quien, nada más llegar, encargaría unas tarjetas de visita:

Alexander Search
Bela Vista (Lapa) 17, 1º – Lisboa

Hay una foto suya, de perfil, regordete, la mano izquierda invisible, perdida en el bolsillo del pantalón, en la Vinatería de Abel Ferreira. Bebe un vaso de vino ante un friso, tras él, casi de utilería, de botellas y pequeños toneles: clarete, moscatel, abafado, se lee en las etiquetas, rotuladas en blanco. En el reverso de la foto ha escrito, letra pequeña, firme, angulosa como la gráfica de un cardiograma, debajo de su firma, una frase que aparece subrayada: en flagrante delitro.

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Se había aficionado al alcohol en casa del hermano de su padrastro, el general retirado Henrique Rosa, gran lector y regular poeta, solterón perseverante, hosco y de carácter destemplado, vidrioso, algo bohemio, que pasaba largas temporadas en la cama. Allí empezó Pessoa a interesarse por el espiritismo y a consumir licores y aguardiente —su favorito sería el de la marca Águila Real— que bebía como si fuera agua del Tajo, siempre yendo y viniendo, ajetreado, impecablemente vestido, traje oscuro de Lourenço e Santos, sombrero de ala vuelta, por la ciudad, teatros y redacciones de revistas, tertulias, casas de amigos —Barradas, el pintor, también Almada, Correia de Oliveira o Mário de Sà-Carneiro, con quien fundó, años después, Orpheu—, donde leían sus versos, y cafés: el Montanha, el Martinho, de la Praça do Comércio, o A Brasileira, en el Chiado.

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En el verano de 1907 murió su abuela, y la herencia le permitió independizarse. Se trasladó al número 4 de la Rua da Glória, la primera de una serie infinita, incontable, de casas y cuartos de alquiler en los que viviría, y donde siempre instalaba su propio mobiliario: una pequeña biblioteca, la cómoda, una cama y el arca donde guardaba sus papeles. También puso un modesto negocio editorial: compró en Portalegre una tipografía —chibaletes y tipos, reglas de componer, papel y una minerva— y abrió una imprenta: “Ibis, oficinas a vapor”, se leía en el papel timbrado de la empresa, bajo la imagen de una zancuda de patas delicadas, frágiles como cañas, quebradizas, que siempre a todos pareció más bien una cigüeña. Se arruinó pocos meses después, o semanas, o días, en la que sería una larga lista de malogradas aventuras comerciales, negocios ruinosos e inventos extravagantes de los que, descuidado a veces, olvidaba registrar la patente: una carta sin sobre, una cartera especial de documentos, un cricket de sobremesa, un anuario para clasificaciones que podía ser consultado en cualquier lengua…

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Uno de sus fracasos más sonados fue el eslogan que hizo para la Coca-Cola, que pretendía por aquel entonces implantarse en Portugal. Dada su experiencia en el mundo de la propaganda y la publicidad comercial, recibió el encargo de idear una frase pegadiza, fácil de recordar, juguetona, que elogiase las virtudes del refresco y lo hiciera atractivo para los nuevos consumidores. “Primero se extraña”, escribió. “Después se entraña”. El peor eslogan, posiblemente, de la historia. Las autoridades sanitarias prohibieron la distribución argumentando que se trataba de una bebida que podía resultar adictiva, y ordenaron que se retiraran de las tiendas y cafés los cientos de refrigeradores que habían llegado ya a Portugal, rojos con letras blancas, invasores, con el perjuicio económico, una ruina, que significó para la compañía.

 

Jesús Marchamalo

Escritor y periodista. Ha publicado: Tocar los librosLas bibliotecas perdidas y Donde se guardan los libros, entre otros volúmenes.

Antonio Santos

Ilustrador. Obtuvo el Premio Daniel Gil al Mejor Libro Infantil 2003 y el segundo Premio Nacional de Ilustración 2004 en España.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos