El FCE de Taibo: una chalupa llena de boquetes. Entrevista con Gerardo Ochoa Sandy

Julio González: ¿Qué es para ti el Fondo de Cultura Económica?

Gerardo Ochoa Sandy: Es la institución cultural decana de México del siglo XX. Nació en el momento justo y con una vocación clara: formar a los universitarios que se ocuparían de la vida pública de México. Inició encargándose de la economía y evolucionó de manera natural a otras áreas de las ciencias sociales y humanidades. El paso a la publicación de las letras mexicanas, idea de Joaquín Díez-Canedo, fue también natural. Era, así, un campus del saber. En dos colecciones –Breviarios y Colección Popular– selló su compromiso con la difusión del conocimiento entre los más amplios sectores de la población. El catálogo del Fondo estableció en esas dos colecciones una extensión universitaria, a las que más tarde se sumarían A la orilla del viento y La ciencia desde México.

En sus comienzos, el FCE acogió al exilio cultural español en México, lo que ilustró su fértil contemporaneidad y sin el cual su evolución hubiera sido accidentada, no tan clara de rumbo, lenta. Es así que a lo largo de 84 años difundió las distintas corrientes de pensamiento. Ello lo convirtió en el más importante sello editorial de México y Latinoamérica y uno de los más sobresalientes en lengua española. Hasta la llegada, en 2018, de Paco Ignacio Taibo II a la dirección general.

JG: ¿Crees que hay una vocación latinoamericana en el FCE?

GOS: Esa vocación fue parte del ideario de su director fundador, Daniel Cosío Villegas, y su sucesor, Arnaldo Orfila Reynal, artífice de la expansión. Esa vocación debe entenderse en dos sentidos: la apertura de librerías por medio de las cuales el Fondo comercializa y organiza presentaciones de sus libros; la presencia de Latinoamérica en el catálogo de la editorial. Hay muchos sucesos ciertos y muchos que no lo son tanto al respecto de ambos aspectos

Las sedes del Fondo en Buenos Aires y Madrid se volvieron emblemáticas pues fueron objeto de ataques por parte de los regímenes militares en diferentes épocas. Hay sedes modestas como la de Guatemala, aunque sus aportaciones al país que les acoge podrían ser más palpables. Según las cambiantes y redituables modas académicas, el FCE es una muestra de alta diplomacia cultural, en tanto “imagen de México”, “marca país” o “poder suave”.

En una ocasión, la autoridad del FCE en su momento aseguró que el Fondo, y no la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), encabezaba la diplomacia cultural. Eso es perder la noción de las proporciones. La influencia es indudable, aunque hay dos aspectos que acotan sus alcances. Por un lado, en varias sedes, sean librerías o centros culturales, hay presentaciones de libros y actividades culturales pero, salvo excepciones, no conforman un programa sostenido a lo largo del tiempo. Lejos están de alcanzar la presencia de los Centros Culturales de España o los Institutos Cervantes. Sus vocaciones son distintas.

Por otro lado, las ventas: las filiales venden más libros de editoriales del país donde se encuentran ubicadas y de los países circunvecinos que del propio Fondo, y la inmensa mayoría están en quiebra técnica y endeudadas con la casa matriz. Sin el subsidio federal, desaparecerían en cuestión de un año. Esta situación se remonta al menos a la administración de Jaime García Terrés (1988-1994), es decir hace más de tres décadas. Y no puede atribuírsele a ese periodo la total responsabilidad. Ese lastre vendría de años atrás.

El mismo síndrome contagió a Taibo II, quien presumió que abriría varias en América Latina, en colaboración con la SRE. La de La Habana no estuvo lista para que la inaugurara AMLO, lo corrieron de la de Lima (en la Universidad de San Marcos) –aunque ya había dos más en la ciudad–, la de Caracas cerró como tal pero no quiere aceptarlo y no ha podido deshacerse de la de Sao Paulo, que no opera, pero se paga renta.

Estos dos aspectos nos ayudan a ubicar con un poco más de realismo la “vocación latinoamericana”. Cosío Villegas lo sabía. En alguna ocasión intentó lanzar una serie de títulos asociados a los distintos problemas de los países latinoamericanos y advirtió con pesar que no había mucho interés en conocernos entre nosotros mismos. Taibo II, sin conocimiento de la editorial, pregonó que la convertiría en un trasatlántico latinoamericano. No pasó de una chalupa llena de boquetes.

JG: Se habla mucho del Fondo como una escuela de editores, correctores y traductores, ¿cómo se procuraba este tipo de formación? ¿Quiénes fueron tus maestros, qué enseñanzas te dieron?

GOS: El Fondo fue desde su origen una escuela de editores, correctores y traductores. Esa fue la gran aportación del exilio cultural español. La enseñanza de esos oficios se transmitía a la antigua usanza. En lo que refiere a mi experiencia, me remonto antes del FCE. Mi maestro, en el diario unomásuno y el suplemento sábado, fue Huberto Batis, de quien aprendí el oficio del periodismo cultural y de la edición. En el semanario Punto mi maestro fue Miguel Ángel Granados Chapa. Esas lecciones fundacionales me han permitido desempeñarme con cierta solvencia en ambos oficios.

Ya con esos pertrechos, ingresé al Fondo. Mi maestro fue Adolfo Castañón, quien me encomendaba el cuidado editorial de algunos libros y puso bajo mi responsabilidad la revisión de las portadas y de las solapas de los títulos de las distintas colecciones, que a la vez encargaba a distintos redactores para proceder a revisarlas, más a aquellas de las cuales me ocupaba. Las enseñanzas de Adolfo, sabias, eruditas, amistosas, eran auténticas perlas que obsequiaba al azar: desde el ajuste de una oración hasta la selección de la imagen para la portada de un libro. En ocasiones bajaba a la oficina del maestro Alí Chumacero para hacerle alguna consulta puntual. En los pasillos podía encontrarme al maestro José C. Vázquez y a veces, no tantas como me hubiera gustado o debía haberlo hecho, me atrevía a interrumpirlo para plantearle alguna pregunta. Gerardo Cabello, otra figura legendaria en el Fondo, me brindaba un trato afectuoso mientras compartía los detalles del oficio. Me obsequió la serie de Revistas Literarias Mexicanas Modernas, que ensanchó mi formación como periodista cultural. Esa era la dinámica: los maestros estaban ahí y trataba de consultarles, sin ser inoportuno. Dos años en el FCE, de 1988 a 1990, de los 26 a los 28 años, muy fructíferos. Evoco a estos mentores que encontré en sendas tan distintas y me embarga el agradecimiento y la emoción.

JG: ¿Cómo entraste al FCE?

GOS: Era reportero de cultura de unomásuno y presenté mi renuncia cuando Manuel Becerra Acosta fue expulsado del diario por Carlos Salinas de Gortari y lo reemplazó Luis Gutiérrez, entonces gerente general quien portaba una pistola debajo del saco. El Fondo, entonces en Avenida Universidad y Parroquia, fue una estación frecuente pues me concentraba en el periodismo literario y Angélica de Icaza, titular de Relaciones Públicas, me mantenía al tanto de las novedades editoriales. En una ocasión que la visité, Angélica me informó que Carlos Fuentes había sido galardonado con el Premio Cervantes de Literatura. Salí con los datos de contacto y conseguí para el diario la entrevista exclusiva. Ya fuera de unomásuno, estaba otra vez en la oficina de Angélica, pues buscaba colaborar como reseñista en otros medios, cuando entró Adolfo Castañón. Me saludó y me preguntó: “¿cómo estás?”. Por alguna razón rompí el protocolo y respondí: “más o menos” y lo puse al tanto. Me pregunto entonces: “¿te interesa trabajar en el Fondo?” Así fue como entré. Adolfo abrió las puertas con incalculable generosidad.

Ilustración: Oldemar González

JG: ¿Podrías contarnos una anécdota que ejemplifique lo que era el FCE durante tu paso por ahí?

GOS: En ese periodo hubo dos directores: Enrique González Pedrero que duró un año, y Miguel de la Madrid, que extendió su gestión hasta el 2000. González Pedrero advirtió que el Fondo estaba en aprietos: una cantidad insostenible de libros en bodega, un exceso de contratos de publicación vencidos, libros que acumulaban reimpresiones pero cuyos contenidos habían caducado, las filiales en quiebra técnica. Es De la Madrid quien realiza el diagnóstico, aminora el sobrepeso del inventario y comienza el saneamiento de las finanzas y la revitalización del programa editorial, basándose en las consideraciones de los consejeros editoriales que se ocupaban de cada colección. Estos y muchos otros aspectos los expongo in extenso en mi crónica-reportaje sobre el FCE, 80 años, las batallas culturales del Fondo. El libro está actualmente fuera de circulación, pero las personas interesadas pueden escribirme a través de la red X.

JG: Has escrito sobre el FCE durante mucho tiempo, ¿cuál crees que es el principal cambio durante esta administración?

GOS: Traicionar la vocación original del Fondo. Las modificaciones impuestas en 2023 por medio de un decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación obligan al Fondo a incluir en su catálogo obras técnicas, informativas y recreativas, además de ocuparse de los sectores más vulnerables de la población. Estas tareas son responsabilidad de la SEP y/o de las editoriales privadas interesadas en esos temas y sectores. El decreto también enfatiza que el Fondo distribuirá libros de manera onerosa o gratuita, tanto de sus publicaciones como de otros sellos, nacionales o extranjeros, y está en la facultad de recibir y otorgar donaciones, lo cual es competencia desleal. Taibo seguirá haciendo lo que se le antoje. La Junta Directiva del Fondo, que ha guardado silencio, debe actuar de inmediato, pues es cómplice por omisión. Ya lo fue durante seis años.

JG: ¿Qué opinas de la desaparición de La Gaceta

GOS: La Gaceta fue creada por Arnaldo Orfila en el 20 aniversario de la editorial. Este año celebraría su 70 aniversario. Era una revista con un objetivo principal: compartir con los lectores adelantos y avisos de las novedades; también abría espacio a dossiers dedicados a temas y autores heterogéneos, a la crítica literaria y cultural. En consecuencia, su valor histórico, como parte de la vida del Fondo y la industria editorial en México, es innegable. En La Gaceta, Orfila ejerció su derecho a la réplica ante el atropello que cometió Gustavo Díaz Ordaz en contra suya. La desaparición de La Gaceta es una fechoría más a la cuenta de Taibo II. El acervo digitalizado, de 2003 a 2018, es decir 15 años de memoria digital, tampoco puede consultarse en la página del FCE. Por fortuna para los lectores, aún es localizable a través de Google y en el repositorio de la biblioteca virtual de la Universidad de Guadalajara.

JG: ¿Sigue siendo necesario hoy en día el FCE?

GOS: Totalmente. México necesitaba, necesita y necesitará universitarios con acceso a las obras centrales de las distintas áreas del conocimiento en traducciones de alta calidad que contribuyan a su formación, para iniciar con bases sólidas su desarrollo profesional.  El que es totalmente innecesario es Paco Ignacio Taibo II.

JG: ¿Cuál imaginas que será el futuro del FCE? ¿Qué retos y batallas enfrenta?

GOS: Las modificaciones al ideario del Fondo anticipan lo que sucederá durante los próximos seis años. La calidad del catálogo decaerá, el presupuesto seguirá dilapidándose en proyectos condenados al fracaso, las filiales continuarán en bancarrota. El Fondo se convertirá en el zombi de lo que fue –sino es que ya lo es. En el escenario más grave, debido al endeudamiento con el que arrancará el sexenio, el descenso en la inversión extranjera y el asistencialismo que se ampliará, es previsible el recorte al Presupuesto de Egresos de la Federación, lo cual afectará aún más al sector cultural. Tal vez al Fondo se le exija que genere más ingresos para su sobrevivencia, lo cual no parece plausible.

El cierre de algunas librerías y filiales, en consecuencia, forma parte del tormentoso horizonte. Taibo ya tiene su red de librerías. Seguirá con sus aspiraciones de convertir a las chalupas en transatlántico editorial. Veremos cuántas sobreviven con pulmón artificial.

JG: ¿Cuál es tu libro favorito del FCE?

GOS: Estudié filosofía. Algunos de mis descalabros de aquella época estudiantil fueron La fenomenología del espíritu de Hegel, y El ser y el tiempo de Heidegger. Sobre las mismas cuestiones, menos pesarosa fue la lectura de la Paideia de Werner Jaeger. En torno a la literatura, incluyo en esta lista imposible de un solo libro los relatos reunidos bajo el título de Encuentros de Juan García Ponce, pues comenzaron a enseñarme a mirar con la mirada quieta; La región más transparente de Carlos Fuentes, el primer libro sobre la Ciudad de México –y sobre México— que me estremeció en verdad, y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, del que tanto se aprende para vivir entre los muertos. Me concedo una licencia más e incluyo las Memorias de José Vasconcelos, las Obras completas de Martín Luis Guzmán y las Memorias de Jaime Torres Bodet, fundamentales para la comprensión de México. ¿Octavio Paz? Uno de los mayores aciertos editoriales del Fondo ha sido publicar sus obras completas. Releerlo, o leer lo que aún no se ha leído, dignifica –su poesía, su pensamiento y su comprometida participación en el debate público– a México.

 

Julio González
Ensayista y editor de Nexos

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Publicado en: Ciudad de libros