El cine es una arte colaborativo. Aunque la idea de autor-director suele ser el modelo dominante a la hora de hablar y escribir de cine, el proceso cinematográfico requiere de un esfuerzo colectivo que incluye a grupos de trabajo organizados de distintas maneras. Desde la preproducción y hasta la exhibición, quienes trabajan en la construcción de los imaginarios que llegan a nuestras pantallas –ya sea en salas, en nuestras casas o entre nuestras manos– forman parte de una industria. Como en los países latinoamericanos el modelo de industria cinematográfica que opera en y desde Hollywood no funciona –por el simple hecho de que aceptar e imitar estas prácticas implica competir con los medios de producción y alcance del monstruo estadounidense, pero sobre todo validar discursos y narrativas que no reflejan la realidad y diversidad en México y Latinoamérica–, cada vez hay más cineastas y profesionales del audiovisual enfocados en encontrar nuevas formas de creación, vías de producción y espacios de exhibición. Todo esto con el fin de incentivar, no nada más una industria, sino una comunidad de cine a nivel nacional y regional.
En este presente coyuntural en términos de nuevas plataformas para la producción y distribución de materiales audiovisuales, es necesario encontrar alternativas al modelo hegemónico de industria. No sólo se trata de producir cine nacional, sino hacerlo desde una posición crítica y comunitaria, enfatizando la naturaleza colaborativa del arte cinematográfico, creando redes y alianzas que permitan al cine crecer, ser redituable para quienes lo realizan, distribuyen y exhiben y lograr, así, una verdadera independencia.

Hasta ahora, la producción de cine en nuestro país, en su mayoría, ha sido posible gracias a los fondos e incentivos del gobierno a través de IMCINE, institución que cada año proporciona apoyos en todos los niveles del quehacer cinematográfico: desde la escritura y reescritura de guiones y desarrollo de proyectos, hasta fondos para llevar a cabo la distribución de una película. Para un panorama del cine mexicano realizado con el apoyo de instituciones gubernamentales, refiero a la primera parte de este artículo.
El auge de internet ha llevado a la democratización de los medios audiovisuales, desde la influencia de los públicos –cuya participación activa a través de plataformas como Twitter y demás redes sociales se ve cada vez más reflejada en los contenidos–, hasta una mayor difusión de textos de crítica cinematográfica gracias al alcance ilimitado de los medios digitales (cuyas secciones de comentarios ofrecen un espacio para que toda persona con una conexión a internet pueda participar en el debate). En la actualidad, mucho del proceso de creación, producción, distribución, exhibición y apreciación de cine se realiza en línea. Productos audiovisuales que hace diez años sólo podían verse en la pantalla de cine y posteriormente adquirirse para el visionado en casa, ahora llegan a plataformas digitales de manera casi inmediata. Hoy en día podemos ver cine en la palma de nuestras manos y en casi cualquier lugar. Esto no sólo representa un cambio de paradigma para las exhibidoras y distribuidoras, sino también para quienes producen materiales audiovisuales, pues ahora es posible involucrar al público desde etapas muy tempranas de la preproducción, generando vínculos entre quienes hacen y reciben las películas terminadas.
Hacia la democratización del cine mexicano
En años recientes, el cine mexicano ha visto una mayor incidencia de películas independientes, es decir, que no se realizan con fondos ni incentivos del gobierno, ni inversión de las grandes casas productoras y distribuidoras. Aunque los ejemplos son escasos (el Anuario Estadístico de IMCINE de 2014 reporta un total de 36 películas realizadas sin fondos del gobierno), es importante mencionar que quienes se dedican a la producción cinematográfica en México han comenzado a buscar alternativas para financiar la producción y distribución de sus proyectos. Entre éstas, destacan tres películas que llegaron o llegarán a circuitos de exhibición en 2015 y 2016 tras presentarse en diversos festivales nacionales e internacionales: Somos Mari Pepa (2013) de Samuel Kishi, Asteroide (2014) de Marcelo Tobar y Los bañistas (2014) de Max Zunino; propuestas de cine hecho con recursos privados, muchas veces con aportaciones directas o en especie de quienes las realizan, donaciones y patrocinios. Estas tres cintas son buenos ejemplos de cine realizado por equipos de trabajo que invierten en sus propias obras, pues, además de romper con los medios tradicionales de producción en México, se trata de películas de gran calidad cinematográfica; antecedentes exitosos de proyectos en vías de creación y modelos a seguir para quienes buscan hacer cine al margen de las instituciones. Algunos miembros de los equipos de producción de las películas aquí mencionadas me concedieron breves entrevistas, pues no hay mejor manera de entender el proceso de realizar cine de manera independiente que hablar con quienes emprenden proyectos de esta naturaleza.
Asteroide, protagonizada por Sophie Alexander y Arturo Barba, se estrenó a finales de 2015 en Cineteca Nacional y otros recintos independientes. Marcelo Tobar, director, guionista y productor de la cinta dijo: “La película no recibió ningún apoyo institucional. La produjimos de manera totalmente independiente entre cuatro personas”. Asteroide, filmada en Cuernavaca, Morelos, se realizó gracias a las aportaciones del equipo de producción: “Yo, que puse el capital de riesgo; Miguel Ángel Mendoza que aportó en especie muchas cosas en Cuernavaca como el catering y varias locaciones; Alejandro Mejía, el fotógrafo, que aportó su trabajo, la cámara y el móvil de iluminación; y Elsa Reyes, quien aportó todo el trabajo posterior para conseguir recursos con el fin de terminar la película concursando en Works in Progress”, comentó Tobar.
Este esquema colaborativo al que Toiz Rodríguez, productor de Somos Mari Pepa, llama crewfunding, es fundamental para la filmación de cine independiente. Somos Mari Pepa es una película sobre música, punk y rebeldía adolescente realizada en Guadalajara que se estrenó en México como parte de la programación de FICUNAM en 2013. “En el caso de Somos Mari Pepa, más que crowdfunding utilizamos el crewfunding. Realizamos esta película no sólo gracias a las aportaciones creativas y de trabajo del equipo, sino también a lo que aportaron de sus bolsillos”: los miembros del equipo donaron sus sueldos para la producción de la película. “Más que no depender del gobierno, hacer cine independiente significa no depender de las instituciones y empresas que normalmente apoyan al cine. Por su naturaleza, nuestro proyecto no tenía las condiciones para aspirar a estos apoyos institucionales”, explica Rodríguez. Sin embargo, esto no detuvo al equipo de trabajo conformado en Guadalajara: “Vamos a hacerla sí o sí”, dijo el productor. Levantar una ópera prima no es tan sencillo, pues “para aspirar a ciertos apoyos hay que tener varias películas hechas y tocar puertas. Nosotros no éramos nadie y es difícil obtener la confianza de las instituciones para que te den dinero sin algo que respalde tu trabajo; algo tangible”, concluyó el productor.
El caso de Los Bañistas es un poco distinto, pues, como comenta el director y coguionista Max Zunino, la película recibió apoyo de Estudios Churubusco y Eficine en la etapa de distribución. Sin embargo, la producción se realizó con un esquema similar de crew y crowdfunding en su primera etapa, “unido al pequeño capital que pusimos los productores, quienes aportamos el líquido necesario para pagar algunos rubros. Ya en la postproducción encontramos coproductores que aportaron los distintos recursos necesarios. Algunos de ellos entraron de modo directo y otros a través de los premios que recibimos en diversos festivales durante la etapa de Work in Progress. Fue hasta está última etapa y en la distribución que el proyecto tuvo apoyo del Estado a través de la coproducción de Estudios Churubusco, y del estímulo 189 para la distribución”, comenta Max Zunino, quien este año presentará su nuevo proyecto Bruma en Guadalajara Construye del FICG junto con la actriz y guionista Sofía Espinosa.
Lo que resulta muy interesante del modelo de cine realizado por grupos de trabajo –constituidos o no– es que genera pequeñas comunidades capaces de nutrirse entre sí. Los proyectos aquí mencionados son parte de algo más grande, un movimiento continuo de creación, pues uno de los objetivos de los distintos grupos es seguir emprendiendo nuevos proyectos en conjunto y crecer, no nada más como cineastas e individuos, sino como equipo. En este sentido, Sofía Gómez Córdova, guionista de Somos Mari Pepa y directora de Los Años Azules, película realizada por miembros del mismo equipo que ahora se encuentra en etapa de postproducción, añadió: “Aunque seamos equipo, no podemos decir que todos tenemos la misma ideología. Por ejemplo, hay quienes dicen que no hay que utilizar apoyos del gobierno, sino buscar financiamiento desde la iniciativa privada, hay quienes creen lo contrario o que lo ideal es lograr una mezcla de ambas. Lo cierto es que, dadas las circunstancias de la producción de cine en México y las nuevas posibilidades que se han abierto, aunada a la poca iniciativa privada involucrada en el cine, la decisión se reduce a ‘lo hacemos como podamos o no lo hacemos’. La realidad es que, para muchas personas, no hacerlo es una opción más factible que poner su dinero o pedirle a sus colaboradores que inviertan su trabajo o su tiempo”.
Ante el complejo panorama de producción y distribución en México, quizá las ventajas de realizar cine de manera independiente sean pocas, sin embargo las hay. Como apunta Max Zunino: “una de las ventajas es que inevitablemente propicia buscar soluciones creativas que se adecuen al presupuesto. Encontrar una estética y lenguaje que sea coherente con los recursos de los que se disponen”. Miriam Henze, también productora de Los Años Azules y parte del equipo de producción de Somos Mari Pepa añade: “No tener tantos recursos te da la motivación para buscar alternativas cercanas y de eso nos vamos alimentando. No es que nos cerremos a otras formas, sabemos que existen fondos públicos para la producción, pero si este modelo que hemos estado construyendo empieza a funcionar, puede representar una nueva manera de emprender proyectos”. Es importante que, ahora que estos grupos de trabajo han encontrado alternativas para financiar proyectos independientes, este modelo comience a despegar a mayor escala, invitando a quienes producen cine en México lo hagan con la intención de recuperar la inversión y no depender por completo de los fondos institucionales que, si bien han permitido la realización de muchas cintas que por su corte autoral o temática no hubieran conseguido apoyo desde la iniciativa privada, no necesariamente resulta una opción viable para todos los cineastas en México, sobre todo aquellos que no cuentan con una trayectoria previa o con el aval de alguna escuela de cine. “A título personal sí creo que los productores tenemos que asumirnos como tal, invirtiendo capital de riesgo y buscando inversión privada. Los fondos del gobierno deben complementarse con este tipo de inversión para que realmente exista una industria”, concluye Sofía Gómez Córdova.
Una vía relativamente nueva para el financiamiento de cine independiente es el crowdfunding a través de plataformas digitales de fondeo colectivo. Recientemente, la campaña de Los Años Azules en el sitio mexicano Fondeadora concluyó con gran éxito. “En el crowdfunding tuvimos una campaña exitosa, pero también es cierto que es algo nuevo en el país. En México no tenemos la cultura de la donación. Hacer una campaña aquí no es lo mismo que en Estados Unidos o Canadá”. Sin embargo, parte del proceso de democratización tiene que ver con el vínculo entre el público inversionista y quienes realizan películas. En este sentido, Marcelo Tobar refiere a su proyecto más reciente: “Mi última película, Oso Polar, la hice gracias a Fondeadora y la filmamos enteramente con iPhone. Con ésta, he hecho tres películas independientes en los últimos diez años y creo que la democratización del cine está llegando. En ninguna de mis películas he recibido apoyo gubernamental alguno”. Esta democratización es una consecuencia directa del cambio de paradigma en la producción cinematográfica de la era digital. Los costos de producción se han reducido de manera significativa gracias a las nuevas técnicas de almacenamiento de datos y el cambio de formato de filmación y proyección. Sobre esto, Max Zunino apunta: “En la producción, alternativas hay muchas, sobre todo en el sentido técnico dada la llamada «democratización» (la cantidad de opciones de bajo costo) del equipo fílmico. Sin embargo esto no significa que se pueda hacer cualquier película a bajo costo; cada proyecto tiene un sistema propio e ideal para producirse. Por tanto, si queremos hacer una película de ultra bajo presupuesto debemos de pensarla así desde el primer momento y contemplar este esquema desde la escritura del guión (si es que existe tal)”.
Realizar películas con este esquema de crowdfunding implica una gran responsabilidad, pues hay inversión privada y directa por parte del público –aunque sea a escala micro– que desea consumir la película como producto terminado y apoyar su producción desde las primeras etapas. Al aceptar este tipo de aportaciones, el equipo realizador de alguna manera se compromete a terminar el proyecto. Por su parte, el crewfunding también representa un compromiso fuerte. Sofía Gómez Córdova explica: “la verdad es que sí nos hemos enfrentado a críticas como ‘No puedes hacer una película sin pagarle bien a la gente’. Todos estamos de acuerdo que, independientemente de los apoyos que se logren o no, lo primero que debe haber es la voluntad de poner nuestros propios recursos”. La meta es construir modelos reproducibles, viables y redituables que puedan aplicarse en la producción cinematográfica como una alternativa real a los apoyos del Estado. La profesionalización de los equipos y el fortalecimiento de las prácticas alrededor del cine independiente –incentivar la cultura de la donación y el involucramiento del público, invertir en proyectos dentro del mismo equipo, impulsar la inversión privada y encontrar apoyo de empresas locales y regionales– será fundamental para alcanzar un esquema de sustentabilidad y recuperación. “Estamos tratando de dejar fértil un camino que permita a quienes sí aspiran a apoyos del gobierno, tenerlos, y a quienes les interesa trabajar con la iniciativa privada, el que puedan atraer inversionistas”, concluye Sofía Gómez Córdova.
Circuitos alternativos exhibición
A pesar de su recorrido por festivales en 2013, Somos Mari Pepa se estrenó en salas comerciales hasta finales de 2015. “Estrenamos en 40 salas repartidas a nivel nacional en salas independientes en el D.F. y Monterrey”, pero la cinta también tuvo salida en algunas salas comerciales: “Lo que ayudó mucho fue la participación de CineMagic y Cinemas Henry”, añadió Rodríguez, refiriendo a estas exhibidoras comerciales con salas en varias ciudades al interior de la República que representan una salida importante y una alternativa a las dos exhibidoras que dominan el mercado en nuestro país. Somos Mari Pepa también se estrenó en una sala de Cinemex en Guadalajara, pues era necesario proyectarla en la ciudad donde se filmó. Estrenar en este tipo de salas resulta complicado para productores y cineastas independientes. En palabras de Toíz Rodríguez: “Hay un mercado muy pequeño como para pensar que vas a tener una taquilla gigante, además de que te peleas con los horarios y te endeudas pagando la cuota de copia virtual (VPF en inglés). Por ejemplo, por estrenar en sesenta salas en Cinemex la VPF era de aproximadamente 42,000 dólares”, suma prohibitiva para producciones que operan fuera de los estándares de las grandes distribuidoras estadounidenses.
Aunque los costos de la distribución y exhibición son altos, los espacios alternativos ofrecen una plataforma con el potencial de generar ganancias. Sobre este tema, Marcelo Tobar de Asteroide dijo: “A mi parecer las películas independientes tienen una digna salida, con una remuneración discreta pero importante, en un circuito de salas de autor como las cinetecas a nivel nacional y las salas de arte de ciertos complejos. Mi opinión es que debería fortalecerse un circuito nacional en todos los estados y que haya una intercomunicación entre todas las salas de autor y de arte de manera mucho más orgánica. Que las películas convivan sin que haya que inventar el hilo negro cada vez que un productor quiere distribuir una película mexicana de tinte autoral”. En palabras de su director, Asteroide tuvo una distribución micro, con tres copias itinerantes. No obstante, el número reducido de copias no representó una limitante absoluta en términos de territorios alcanzados, pues la cinta se proyectó en el circuito de salas de arte y cinetecas a nivel nacional, pasando, por supuesto, por la Cineteca Nacional, Cine Tonalá, Casa del Cine, Cineteca Zacatecas, Cineteca Monterrey, Cines Siglo XXI en Mérida, y Cineteca Durango. El filme también será parte de la programación del Campamento Audiovisual Itinerante de Oaxaca y de la Cineteca de Tijuana, añadió Tobar. Es necesario que este circuito de películas de arte sea redituable y, en este sentido, Tobar propone “crear sinergia entre estas pantallas (que no son pocas) junto a cineclubes y así conformar de manera oficial un circuito que recorra el país entero. Haría más sencillo el trabajo, tanto para distribuidores como para las mismas salas, y el público saldría ganando. Creo que deberían haber salas destinadas a mostrar solo cine nacional y no salas de arte repitiendo la cartelera de los Óscares. Pantallas sobran”, concluye.
Por su parte, Max Zunino dijo: “Mi percepción de hacer cine en México es que tenemos una diversidad muy amplia de propuestas y muchas de ellas con gran calidad, es por eso que generalmente tiene tan buenos resultados en Festivales internacionales. El cine en nuestro país es una de las artes más vibrantes y con mayor fuerza. Sin embargo, toda esa fuerza y dinamismo se acaba en cuanto se llega a la etapa de distribución. Aquí se vuelve muy frustrante la experiencia, ya que no hay un mecanismo y un ambiente propicio para que las películas sean vistas y logren recuperar aunque sea algo de lo que se les invierte”. Los Bañistas llegará a salas en marzo de este año con 14 copias a proyectarse en cuatro ciudades de la República Mexicana. La película no llegará al circuito comercial en un vació, pues durante 2015 participó en el Foro de la Cineteca, viajó a varias ciudades del país y formó parte del programa Cine en tu Ciudad.
Los obstáculos que estos cineastas han enfrentado en la etapa de distribución y exhibición de sus obras no son específicos del cine independiente pues, en su aplastante mayoría, los filmes nacionales no generan grandes ingresos en taquilla. Salvo las contadas excepciones que han llegado a romper récords nacionales e internacionales, las películas mexicanas –incluso las más premiadas y elogiadas por la crítica en México y en el extranjero– no suelen tener corridas comerciales exitosas. Esto se debe a muchos factores (para más sobre este tema refiero nuevamente a la primera parte de este artículo), pero el más importante es la percepción que el mismo público tiene de este cine realizado en casa.
El público del futuro
En un artículo para El Economista titulado “Cinépolis y Cinemex: dueños de la exhibición del cine en México”, Vicente Gutiérrez describe la situación actual de la exhibición en nuestro país: “En México existen 6,011 salas de cine; de éstas, 2,541 son propiedad de Cinemex y 3,037 de Cinépolis. Sólo 433 pantallas pertenecen a empresas de exhibición independientes y muchas de ellas se ubican en el interior de la República”. La programación que llega a las pantallas de estas gigantes de la exhibición, por supuesto, responde a intereses económicos y a las exigencias del mercado. Y, aunque esas 433 pantallas a cargo de exhibidoras independientes parezcan pocas, no lo son. Además de dichos establecimientos, cuyo porcentaje en el mercado tiene una rebanada muy modesta del pastel (4.1%, según los datos que Vicente Gutiérrez ofrece en el mismo artículo), existen cineclubes e iniciativas de exhibición alternativa que representan una salida interesante para muchas de estas cintas. Por su naturaleza comunitaria, destaca el Campamento Audiovisual Itinerante de Oaxaca, enfocado a la formación de profesionales independientes dedicados a la producción y exhibición de cine. Asimismo, existen muestras y festivales que abarcan muchos de los estados de la República.
Otro espacio fundamental para la crítica, reflexión y profesionalización de quienes exhiben cine en nuestro país es el seminario “El Público del Futuro” organizado cada año en el marco del festival Distrital. En la sexta edición de este evento se tocaron temas de carácter urgente para el estado actual del cine mexicano, en el que la producción supera por mucho las posibilidades de exhibición. “Si vamos a hablar de cine independiente, también tenemos que hablar de distribución independiente”, dijo Olga Sánchez de Circo 2.12 en el marco de este evento, pues cintas que requieren una fuerte inversión, tanto del Estado como de sus realizadores, muchas veces no alcanzan más de una semana en cartelera. Por supuesto, ante la saturación del mercado con cine estadounidense en los circuitos tradicionales de exhibición, es poco probable generar una taquilla que permita un esquema de recuperación. En este sentido, es necesario plantear una nueva aproximación al fenómeno de distribución y exhibición. Luna Marán, organizadora del Campamento Audiovisual Itinerante y productora de Los Años Azules, reflexionó sobre esta situación a lo largo de los cuatro días del seminario (cuyo contenido está disponible en el canal de YouTube de DistritalMx) y dijo: “Hay que romper el molde, pero en todos los procesos. En el modelo asambleario, desde la comunalidad, hay una manera de reconstruir los modelos de creación”, pues se trata de procesos de largo aliento que requieren un seguimiento hasta su etapa final, es decir, hasta que llega a salas de cine, cineclubes o plataformas digitales para su visionado. En este sentido, “tal vez menos es más”, apunta Marán: “que haya 140 películas mexicanas no significa que hay 140 discursos que debemos validar”. La propuesta es alcanzar la autogestión y sustentabilidad, apoyándonos de los nuevos recursos digitales para el financiamiento, distribución y exhibición de nuestro cine. Durante este seminario también se hizo un llamado a rescatar la experiencia colectiva de ir al cine, pues es algo que se ha perdido en el marco de las nuevas tecnologías (aunque en México no ha afectado la asistencia a salas, pues a diferencia de en Estados Unidos y Europa, el número de boletos vendidos sigue en aumento).
La oferta de programas culturales, muestras y festivales de cine, cineclubes y proyecciones gratuitas en nuestro país es amplia (sobre todo en el centro, donde se concentra la mayoría de los eventos culturales). Parte de la labor de un público crítico es aprovechar estos espacios y participar en las actividades que inundan el calendario cultural. En estas fechas, una buena alternativa a la cartelera comercial de Cinépolis y Cinemex (que en este momento está repleta de las cintas nominadas a los Óscares), es asistir a las proyecciones y actividades de FICUNAM, una plataforma fundamental para el cine de arte, experimental, nuevas vanguardias, y de autor en México y el mundo. Asimismo se aproxima la onceava edición de Ambulante con una rica oferta de documentales de todo el mundo y, por supuesto, una selección de cine realizado en nuestro país.
Una vez más, parece que el balón está de nuestro lado, de quienes consumimos cine como parte de nuestra canasta básica de cultura semanal. Si en nuestro país existe una demanda tan grande por el séptimo arte, ¿por qué no se ha reflejado de manera positiva en el cine nacional? Decir que la oferta no existe, es cerrar los ojos ante la gran cantidad de oportunidades que organizaciones, festivales y demás recintos que albergan cine entre sus actividades cotidianas emprenden constantemente. Quienes producen cine han iniciado un cambio de paradigma, liberándose de los modelos que han dominado la producción en México y proponiendo nuevas y mejores prácticas. Quienes se dedican a la distribución alternativa también hacen una labor continua para llevar cine valioso (aunque poco rentable para las grandes cadenas) al público mexicano. Pero todos estos esfuerzos caen en un vacío ante la carencia de público, cuya demanda es lo único que puede cambiar qué se programa y cómo en las carteleras de los cines cuyos números indican, al final del día, si el cine mexicano es un fracaso o no. El cine es un arte colaborativo. Como espectadores, esto también nos incluye.