Ingeniero agrónomo de formación, nacido en la isla francesa de Reunión —muy cerca de Madagascar— y criado por una abuela comunista luego de que sus padres hippies se desinteresaran de su existencia, Michel Houellebecq (1956) es desde hace años una voz particular dentro de la literatura francesa contemporánea: un pesimista agudo, siniestramente cómico y siempre provocador.

En El mapa y el territorio, novela que le valió el Premio Goncourt en 2010, Houellebecq narra la vida de un artista plástico, Jed Martin. En una escena del libro que transcurre en una galería de París donde el protagonista expone su obra, aparece un invitado singular: Carlos Slim Helú, a quien se nos presenta como un “anciano de cara extenuada y ligeramente abotagada, con un bigotito gris y un traje negro mal cortado”. Después de observar con cuidado uno de los lienzos de Martin durante unos momentos, Slim abandona la galería a bordo de una limusina.
La presencia del magnate mexicano en esta novela capturó mi atención y me llevó a reflexionar sobre la importancia de la economía en la obra de Houellebecq, pues más allá de sus frecuentes polémicas1 y salidas de tono, hay algo indudable: su trabajo representa una de las críticas más implacables contra el capitalismo y la sociedad de mercado hechas desde la literatura.
Ya desde su primera novela, Ampliación del campo de batalla (un pequeño libro, vagamente autobiográfico, publicado en 1994), el escritor, tal como dice el protagonista del relato, “va a por todas”. La idea que da título a la obra es lo que podría llamarse la política económica neoliberal del sexo. Para el narrador, hoy, no sólo el comercio sexual explícito sino todas las formas de relaciones de pareja, seducción y erotismo son reguladas por las leyes del mercado, lo que las convierte en un sistema de jerarquía social paralelo al económico, y con resultados igual de dramáticos. La tesis aparece expuesta con claridad en uno de los párrafos centrales de la novela:
“En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el desempleo y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad.”
Por ello es que resulta tan afortunada la reciente aparición en Anagrama de la traducción al español del libro Houellebecq economiste (en francés se publicó en 2014), escrito por Bernard Maris, economista y periodista que fue, entre otras cosas, colaborador regular del semanario Charlie Hebdo bajo el seudónimo “Tío Bernard”.2
Maris, que define a la economía como una “pseudociencia cuyo hiperbolismo matemático oculta su nada conceptual”, analiza la obra de Houellebecq a través de los ojos de pensadores como Marshall, Malthus, Keynes, Schumpeter, Marx o Fourier. Y, con una pluma que en ocasiones recuerda a la de Viviane Forrester,3 repasa el tratamiento que el novelista y poeta hace de temas como el individualismo, la empresa, el consumo, el trabajo o la posibilidad de un futuro más allá del capitalismo.
Houellebecq economista inicia con una crítica a la antropología que sostiene la sociedad de mercado: la de los seres humanos como individuos utilitaristas, dependientes de la ley de la oferta y la demanda, cuya única motivación es la cuantificación de placeres y penas. Sobre esta visión, que olvida pronto la complejidad de la vida humana, Houellebecq dirá: “la economía casi no estaba ligada con nada, sólo con lo más maquinal, previsible y mecánico que había en el ser humano”. Sin embargo, los personajes del mundo houellebecquiano se ven obligados a vivir en este reino de individualismo racional, donde todo vínculo colectivo ha quedado destruido. Será en su segunda novela, Las partículas elementales, donde el escritor denuncie —a la par que narra la historia de dos hermanastros, el profesor Bruno y el biólogo Michel— esta “detestable tendencia a la atomización social” que ha reducido a los seres humanos a la categoría de quarks y leptones en un aislamiento sólo interrumpido por choques esporádicos y relaciones transitorias.4
Al hablar del mundo empresarial, uno de los telones de fondo de las novelas de Houellebecq, Maris se sirve del concepto de “destrucción creadora” de Schumpeter para describir la incertidumbre en que el mercado (a través del riesgo permanente de desempleo, pero también por la vida efímera de todos los productos) mantiene lo mismo a asalariados que a ejecutivos. Este estado de miedo e incertidumbre, que Maris considera la esencia del capitalismo, es un viejo conocido de los personajes de Michel Houellebecq. Sus novelas están repletas de hombres y mujeres alienados por su trabajo, que bien podrían describirse como hace el narrador de El mapa y el territorio: “tenía aspecto de técnico comercial; tenía aspecto de no poder más”.
El siguiente tema al que Houellebecq economista dedica su análisis es el del consumo, rastreando en el trabajo del escritor la influencia de Keynes, por quien Maris confiesa especial admiración. Como el autor de la “Teoría general”, Houellebecq descubre el carácter infantil del capitalismo en la imposibilidad de que el consumo se detenga, en el imperativo de desear siempre. Los consumidores —“kids” definitivos— aparecen a menudo dentro del coro houellebecquiano, pero serán el corazón de su tercera novela: Plataforma. En esta obra, los dos protagonistas, el funcionario Michel y la joven ejecutiva Valérie, conciben la idea de construir en Tailandia un nuevo modelo de club erótico de vacaciones, en donde se llevan al límite los planteamientos de la “ventaja comparativa” y el “libre cambio”: los pobres (las mujeres tailandesas) pondrán la carne, mientras que los ricos (los turistas occidentales) pondrán el dinero. Esta aparente utopía liberal en la que el mercado se encuentra al fin libre de toda tutela ética acaba, naturalmente, en una tragedia.
Como bien señala Maris, es El mapa y el territorio donde Houellebecq elabora una reflexión más acabada sobre el mundo del trabajo. El autor denuncia el ocaso de los oficios y el triunfo actual de empleos que le parecen propios de parásitos (como los expertos en publicidad y los especuladores) al tiempo que se pregunta: ¿por qué acepta la gente trabajos extenuantes, embrutecedores y aburridos? Houellebecq deplora el incentivo propio de la sociedad de mercado, el beneficio, pero también recuerda que fue precisamente la incapacidad para generar una motivación alternativa a la ganancia lo que condenó el experimento soviético al fracaso. A través de la evocación de la Hermandad Prerrafaelita y su pugna por abolir la distinción entre “arte” y “artesanado”, Houellebecq —sostiene Maris— vuelve a Fourier y a la idea de la dignidad producto del trabajo útil. Una ética laboral que no se funde en el deseo de “bajar un día a la tumba con todo su dinero”5 sino en el amor por el trabajo bien hecho.
El último capítulo de Houellebecq economista está dedicado a las perspectivas de un mundo después del capitalismo en la obra del escritor, echando mano de Las partículas elementales y de otra novela menos conocida, La posibilidad de una isla. Aquí Houellebecq coincide con pensadores clásicos como Malthus en su pesimismo e imagina un futuro repartido entre una multitud pauperizada (salvaje, embrutecida y cruel) y una pequeña minoría de ricos. Para los pocos elegidos, el “final feliz” significa gozar de una inmortalidad obtenida gracias a la ciencia. En este “paraíso” houellebecquiano se eliminan el sexo, el deseo y el dinero, y los inmortales viven en paz (aunque todavía sufren, pues no conocen el amor). El capitalismo y la sociedad liberal son recordados como un “paréntesis peligroso” en la historia, asociados a la brutalidad masculina e incompatibles, en el largo plazo, con la vida.6
Aunque Michel Houellebecq no escribe sólo de economía, pocos como él —dentro o fuera del mundo literario— parecen haber comprendido tan bien el horror económico que sufre nuestra época. Sin embargo, no se encontrará en su obra una apología de la izquierda, y mucho menos del socialismo;7 su mirada es, como la de su personaje Jed Martin, “más la de un etnólogo que la de un comentador político”. Alguien que comienza lanzando una advertencia (¡en 1994, en pleno romance neoliberal!) y termina limitándose a dar testimonio de su época, al darse cuenta que el mal rumbo es ya incorregible. Un poeta que, como Vargas Vila, podría decir: “Doy fe de su victoria, y la desprecio”.
Fiel a su estilo, Nietzsche escribió alguna vez que el gran novelista Fiodor Dostoievski era el único psicólogo que le había enseñado algo.8 Salvando las distancias, de Michel Houellebecq podría decirse otro tanto: agrónomo, poeta, escritor, es uno de los economistas de los que más puede aprenderse.
1 La última a raíz de la publicación de su última novela, Sumisión, ubicada en un futuro cercano en el que Francia se convierte en un régimen islámico.
2 Maris murió el día 7 de enero de este año, junto a 10 personas más, en el atentado terrorista contra Charlie Hebdo el mismo día que salió a la venta en Francia la novela Sumisión, en una coincidencia macabra que no pasó desapercibida.
3 La obra de Maris se compone de tres novelas, además de una veintena de libros académicos y de divulgación.
4 Houellebecq considera que esta atomización es producto de la deriva de los movimientos de 1968, con su énfasis en la libertad individual, en consonancia con lo que han planteado pensadores como Nancy Fraser, para quien las principales corrientes de las luchas emancipatorias surgidas en los 60 han terminado por decantarse hacia una alianza con la mercantilización, dándole a ésta una nueva fachada, popular y seductora.
5 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo.
6 Uno de los cuadros del protagonista de El mapa y el territorio, “La conversación de Palo Alto”, puede considerarse una referencia alegórica a esta asociación entre el capitalismo y la muerte. La obra representa a Bill Gates y Steve Jobs jugando una partida de ajedrez. En realidad, dirá Houellebecq, lo que Martin retrata es “una breve historia del capitalismo” en la que Jobs, de pie y visiblemente consumido por el cáncer, domina sobre un Gates sentado en actitud distendida. En la mirada del fundador de Apple se lee “la tristeza indefinida de los adioses”, es decir, la muerte, el fin.
7 En El mapa y el territorio Houellebecq define a los votantes de los partidos de izquierda radical como una “clientela habitual de masoquistas huraños”.
8 La frase se encuentra en El crepúsculo de los ídolos.