El drama de la migración en Europa: Filoxenia (DocsMx)

El término “filoxenia”, según leo en el diccionario, tiene dos acepciones. Por un lado significa el amor a lo extranjero, lo que lo acerca al término “xenofilia”, opuesto al muchísimo más usado de “xenofobia”, que todos conocemos bien. Por otro lado, significa “amabilidad y benevolencia con los visitantes”, esto es, hospitalidad, un principio fundamental consignado en las historias legadas por los antiguos griegos. Constituye además la primera parte del título de la película del valenciano Vicente Monsonís, Filoxenia. El rapto de Europa, estrenada este año y que forma parte de la selección de DocsMx, que se llevará a cabo del 12 al 21 de octubre en diversos foros de la Ciudad de México.  

La película aborda el drama de los inmigrantes que buscan un territorio seguro para vivir, dado que sus ciudades están en ruinas, asoladas por conflictos políticos, económicos y religiosos —las potencias que mueven la historia, según Burckhartd— que, por supuesto, ellos no generaron. Huyen de Siria, de Afganistán, de Irak, de Libia, de Nigeria y de muchos otros sitios con la idea de asentarse en alguna ciudad europea, entre más al norte, mejor, pues en teoría ahí hay mejores posibilidades de vida. Para hacerlo, deben cruzar el Mediterráneo en lanchas inflables o en viejas pateras que, de tan repletas y rotas, están condenadas a naufragar. Los cuerpos de miles de ellos, niños incluidos, han quedado sepultados en el mar. Los que han sobrevivido —gracias a los rescates de organizaciones como Médicos sin Frontera, Lighthouse Relief o Proactiva Open Arms, algunos de cuyos miembros dan su testimonio en el documental—, deben enfrentarse a un nuevo calvario, hacinados en refugios que en realidad funcionan como prisiones, como si intentar sobrevivir fuese un crimen.

En tanto que huyen de situaciones de guerra, según la legislación internacional tendrían derecho al asilo. “Refugiado es toda aquella persona que se ve obligada a salir de las fronteras de su país porque su propio Estado no le protege frente a la persecución que sufre y que pone en peligro su vida, su integridad física, su entorno; o bien es el propio Estado el que le persigue”, afirma categóricamente Javier de Lucas, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia. Sin embargo, el discurso xenófobo y proteccionista, contracara de las políticas de austeridad impuestas desde hace décadas por los dirigentes de la Unión Europea, y la sensación de escasez permanente y de competencia que esto implica, los han transformado en inmigrantes ilegales, asegurándose con ello de que no lleguen a su destino.

A pesar de esto, mucha gente practica diariamente la filoxenia. Ayuda como puede, rescatándolos del mar o cediéndoles buena parte de sus pertenencias, a esos seres humanos que arriban diariamente a sus tierras, para ser confinados en las más recientes versiones del campo de concentración, en donde su vida pierde cualquier valor. Es el caso de Stratos Valiamos, pescador, Ana Karageourgiou, restaurantera, o Emilia Kamvisi, jubilada, habitantes todos de la isla de Lesbos —donde se desarrolla la parte central del documental—, a la que tan sólo en 2016 arribaron alrededor de ochocientas mil personas para trastocar por completo sus vidas y su cotidianidad, incluso el paisaje, en el que hoy se observan enormes cerros de plástico naranja, el color de los chalecos salvavidas. Como dijera Primo Levi, después del campo de concentración lo único que queda es dar testimonio. Y eso es lo que hace este documental a través de las crudas imágenes que muestra y de los personajes entrevistados, tanto los que huyen como los que acogen, tanto los conocedores del tema como los que votan las políticas en torno a él. Testimonian un drama frente al cual todos debemos de abrir los ojos y actuar.

No obstante que, como afirma Slavoj Žižek en La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror, los imperios occidentales modernos (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, entre otros) han sido los causantes de estas nuevas migraciones al dislocar las formas de supervivencia comunitaria en prácticamente todos los países de África y Medio Oriente en aras de la acumulación del capital, imponiendo gobernantes a modo y promoviendo cualquier cantidad de conflictos armados, la reacción de la Unión Europea, exceptuando a la Alemania de Merkel, ha sido la de cerrar sus fronteras. Poner diques en los principales puntos de llegada o tránsito, como Turquía o Grecia, usar el mar como filtro natural —permitiendo, por otro lado, la proliferación de bandas dedicadas al tráfico de personas—, basados en la narrativa de que el otro es el malo, el terrorista —o el narcotraficante violador— que atenta contra el estilo de vida occidental. Es decir, de refugiado a ilegal, y de ilegal a terrorista. Si hacia adentro se eliminan las fronteras, hacia fuera se refuerzan.

“No hay que tener miedo de los refugiados, sino de aquellos que los hicieron serlo”, dice para el documental Sami Naïr, politólogo, filósofo y sociólogo especialista en movimientos migratorios, de origen argelí pero de nacionalidad francesa. Los grandes ganadores de todo esto son los barones de la industria armamentista, afirma otra de las entrevistadas, la jurista Claire Rodier, autora de El negocio de la xenofobia. No sólo porque han llenado el mundo vendiendo sus mortíferos productos, sino porque son ellos mismos los que ahora se encargan de construir muros y administrar los campos-prisiones. Muchos de ellos ocupan altos puestos en los ministerios de defensa de los distintos países, y sus miles de lobistas inundan diariamente las instituciones europeas para imponer sus intereses a través de leyes y políticas públicas vestidas de libertad y democracia. “De ese 2004 en que se crea Frontex [la agencia europea para la gestión de las fronteras de los países miembros de la Unión] hasta hoy, el presupuesto a aumentado en 6,500%”, comenta ante la cámara Miguel Urbán, Eurodiputado por Izquierda Unitaria Europea. Lo que nos da una idea de los millones de euros que hay en juego.

A eso, que es exactamente la forma en que opera el poder en la época actual, se refiere la segunda parte del título: El rapto de Europa. Igual que Zeus, en forma de toro, raptó a Europa mientras ésta, rodeada de hermosas doncellas, recogía flores en la pradera, hoy la cúpula económico-política —tienen una cultura de puertas giratorias que les permiten pasar de un ámbito al otro sin que nadie ponga la más mínima objeción—, el nuevo Zeus, tiene secuestrada a toda una civilización cuyos valores fundamentales (la igualdad y los derechos humanos, sobre todo) se oponen a los principios económicos en los que aquella se sustenta. Principios que, además, parten de la idea de que no hay otra alternativa posible, más que la que ellos mismos plantean.

Esta película, por tanto, abona a la discusión sobre el tema. Muestra la realidad de miles de personas que, simplemente, intentan sobrevivir junto con sus familias. El más simple sentido de humanidad obliga a brindarles ayuda. Para llegar a ello, es necesario desvelar la ficción de que el inmigrante es la encarnación del mal, y apuntar más bien a las causas reales de estas nuevas oleadas, que deben buscarse en el sistema capitalista en que vivimos, que desde sus inicios, apoyado en el brazo del Estado, se ha encargado de engrosar las filas de lo que Marx llamaba “ejército de reserva”, provocando éxodos masivos del campo a las ciudades y de los países pobres a los ricos. Enfocar las cosas desde esta óptica permitiría la unidad entre las clases explotadas y, por tanto, una lucha abierta contra los explotadores.

Tiene razón Žižek cuando analiza este asunto en términos de lucha de clases. Finalmente tienen más en común la clase obrera blanca europea o norteamericana con los migrantes asiáticos, africanos o latinoamericanos, igualmente sometidos y explotados, que con sus explotadores. La solidaridad necesaria hoy es con los explotados y oprimidos, independientemente de su color de piel o de sus creencias religiosas. El fundamentalismo religioso, del que tanto recela Occidente, no es más que la otra cara del discurso xenófobo que hoy pulula en sus sociedades. Ambos son discursos de odio. Y lo que se necesita es, como dirían los clásicos, apelar al bien común. Recuperar todos aquellos bienes que nos son comunes y nos han sido arrebatados por unos cuantos: la cultura, la naturaleza y nuestra propia humanidad. La privatización de todos estos bienes, impuesta por la lógica del capital, ha terminado por excluir a muchas personas incluso de su propia vida. Los conduce al fondo del océano, a campos de concentración o a trabajos en condiciones no vistas ni siquiera en la época en que la esclavitud era legal. Al igual que la naturaleza, afirma el pensador esloveno, la humanidad está amenazada por el capitalismo global, por lo que la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que generan todas estas amenazas. De lo contrario las sociedades seguirán cayendo en picada.

“¿Quién será el agente de la recuperación de estos bienes comunes?”, se pregunta Žižek. “Nosotros somos aquellos a los que estamos esperando”, responde. O, en palabras de Gandhi: “Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo”. No hay un Gran Otro que pueda salvarnos de la situación en la que estamos. “Lo único que puede prevenir la catástrofe es […] nuestra libre decisión de actuar contra la necesidad histórica”, contra el estado actual de las cosas, que pretende imponerse como único.

 

Felipe Rosete

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Cine