Una casa vacía, sin objetos ni muebles que la pueblen, se convierte en el lugar más habitable para la escritura. En este caso, ese lugar semi-vacío es el más propicio para el reencuentro con los viejos fantasmas revividos que surgen de un libro tan cercano y familiar como El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza.

Tengo meses ya viviendo en una casa vacía —o semi-vacía. Era, al inicio, un mero proyecto práctico que tenía como fin cuidar de una remodelación urgente —de hecho, varias veces pospuesta— de baños, cocina, pisos. Estuve fuera los días más álgidos de trabajo, cuando Gonzalo Ramírez y su equipo despojaron esos cuartos de todo, incluso de paredes. Pero regresé apenas conectaron el agua y la luz. Los primeros días dormí sobre un viejo sleeping bag que coloqué en el centro de la recámara; una lámpara que conseguí en una thirft store y coloqué al lado izquierdo de mi almohada me ayudaba a leer algo por las noches. Y, aunque cedí ante la necesidad de la silla y la mesa, me resistí a la presencia del sofá, los nocheros, los trinchadores, las mesitas de centro, los manteles, la loza. No colgué un solo cuadro de las paredes ni coloqué ninguna fotografía u objeto de decoración sobre repisa alguna. Cada mañana el espejo del clóset me regalaba una imagen que conocía bien de otros momentos de mi vida: ahí, tendida directamente sobre el suelo, estaba una mujer sin objetos alrededor. Le llamé minimalismo radical ante los que mostraron preocupación por mi espalda o mi seguridad, pero, adentro de mí, le llamé ser libre.

En “Casa vacía”, uno de los ensayos que componen Un apartamento en Urano, Paul Preciado describe el espacio doméstico como “una escena expositiva en la que la subjetividad es presentada como obra”. Explica: había vivido como nómada el año de su transición de género y, cuando tuvo que parar, rentó su primer departamento en Atenas. Ahí, “fuera de las convicciones burguesas de la mesa, el sofá, la cama, el ordenador, la silla”, Preciado vivió sin muebles un buen tiempo, rescatando “el carácter inaugural de cada gesto” en esta inédita relación entre el cuerpo y el espacio. El proceso de “deshabitación” o de “desamueblamiento” fue, ahí, una potencia política que interrogaba la “fuerza interpelativa de la norma”. ¿Y qué otra cosa hacía yo —durmiendo sobre un sleeping bag, apoyando los codos sobre una mesa solitaria, corriendo a veces por el espacio de la sala sin muebles— mientras trabajaba sin cesar en las revisiones de El invencible verano de Liliana, un libro que cambiaría, que quería que cambiara, mi vida?

La precariedad me ha obligado a vivir así en otras ocasiones. Viví en una vieja casa de madera, cuyo estilo se conoce en Estados Unidos como craftsman, mientras estudiaba para el doctorado a mediados de los noventa. A punto casi de caerse, la casa tenía los pisos desnivelados, pero, a cambio, lucía con cierto alicaído decoro los techos altos, los libreros empotrados y las puertas francesas que dividían algunas zonas en su interior. Por razones que nunca llegué a entender bien, también contaba con varios habitantes de tiempo atrás: un pesado piano, una antigua estufa Chambers todavía en buen funcionamiento y unos sobrios candelabros de cristal de murano. A esta “escena expositiva” sólo le añadimos entonces los colchones, un viejo sofá que rescatamos de la intemperie, al borde de una de las calles del barrio, y un par de escritorios que nos regalaron amigos que estaban a punto de graduarse. No era, en sentido estricto, una casa vacía, pero lo era: sabíamos que nada de lo que ocupaba el espacio nos seguiría al partir. Sabíamos que, si queríamos o fuera necesario o se presentara la oportunidad, podíamos colocar unos cuantos libros o unas piezas de ropa en una maleta, y dejarlo todo atrás. Eso hicimos llegado su momento.

Cuando me gradué y obtuve mi primer trabajo en una pequeña universidad en el Midwest me resistí a comprar una cama. Pensaba, tal vez no equivocadamente, que hacerse de una cama equivalía a echar raíces. Si adquiría una cama, con todo y su estructura de madera o de metal y sus colchones y sus sábanas y mantas, con todo y su comodidad, me ataría. El letrero sobre la puerta de mi oficina decía que era una assistant professor, el más bajo escalafón de esa larga pendiente de seis años que se llama tenure (o plaza fija), pero atrás de la puerta de mi recámara yo seguía siendo libre. Es más: yo era una franca anomalía. Acaso una salvaje. En lugar de amueblar mi espacio, quiero decir, tomé todas las decisiones posibles para desamueblarlo. En una sociedad consumista, donde los objetos acumulados se convierten con frecuencia en evidencia misma de prestigio y/o estabilidad, optar por no tener muebles es una decisión a contracorriente. Aclaro: no sólo se trataba de mantener el espacio vacío, de dejar el espacio intacto, sino de producir un espacio sin muebles. Dejé pasar los sensatos ofrecimientos de mesas y sillas que algunos colegas hacían de cuando en cuando. No compré una sola pieza de ropa durante ese tiempo. Y, como ese departamento sí tenía luces en el techo, ni siquiera tuve que invitar la presencia de alguna lámpara. Podía irme en cualquier momento si así lo decidía. Siempre es fácil empacar un sleeping bag.

He amueblado casas desde entonces, eso es cierto. Y he disfrutado el proceso. Me gusta, sobre todo, pasar horas o días o meses con la mirada alerta para ver aparecer en alguna tienda de segunda o en un puesto de antigüedades la mesa que me llevaré a mi domicilio, las sillas disímiles que, juntas, formarán un juego de sillas, el sofá irremplazable o los sillones más cómodos. Tengo una especial debilidad por las vajillas. Pero cuando llegó el momento de reescribir El invencible verano de Liliana, cuando tuve que revisarlo de cabo a rabo, con toda la concentración y el cuidado que exige ese mecanismo de relojería que es un libro, aproveché cualquier pretexto para estar tan sola como me fuera posible, sola incluso o, sobre todo, de muebles y objetos.

Ilustración: Belén García Monroy

Fui una antes del feminicidio de mi hermana, y otra después. No podía terminar ese libro que sólo pude escribir con ella, gracias a los documentos del archivo con el que registró minuciosamente su propio paso sobre la tierra, rodeada de lo que, con el tiempo, se me fue haciendo familiar, cómodo, hasta necesario. Esa otra en la que me había convertido no podía terminar un libro que otra otra había iniciado tiempo atrás, en ese pasado que nunca es pasado del todo. Todavía no lo sabía a ciencia cierta, pero me inquietaba la cama, el sofá de la sala, la mesa del comedor. Nunca he tenido un escritorio bien a bien, pero la mesa sobre la que ha descansado la laptop los últimos cinco años me empezó a parecer sospechosa. Pocas veces notamos los muebles que, en su cotidianeidad, pasan a ser parte inamovible de un paisaje interno seguro, rutinario, regular, pero en esos días del inicio de la pandemia me invadió un desasosiego difícil de nombrar cada que tropezaba con la pata del sofá o me asomaba debajo de la cama. Cuando era adolescente descubrí en las obras de algunos escritores rusos del siglo XIX un término que retrataba con especial eficacia mi estado de ánimo en esos días: zozobra. Pronto tuve que aceptarlo: los objetos me estorbaban. No lo sabía entonces, pero actué en consecuencia: me dirigí hacia un lugar sin muebles y, estando ahí, amparada primero por las necesidades propias de la remodelación, y luego por la promesa de que mi estadía ahí era del todo transitoria, tomé todas las decisiones para que continuara siendo un lugar desamueblado.

Un día llegó por correo un sobre tamaño media carta. Lo abrí con recelo porque nunca pude explicarme cómo me había alcanzado esa correspondencia hasta ahí. Era una pequeña plaquette de poesía con una impactante portada azul que llevaba por título The recluse. La leí a prisa y la coloqué, sin pensarlo en realidad, sobre el librero empotrado, vacío de libros, que quedaba justo a un lado de la puerta de la entrada. Pasaron muchos días antes de que alguien me visitara. Qué interesante, me dijo con mucha discreción la amiga que, después de recibir sus dos vacunas, había quedado en comer conmigo en casa. Le había advertido que sólo contaba con una mesa muy pequeña y que, además, la sacaríamos para comer en la terraza. ¿El espacio vacío?, le dije, asumiendo que su comentario se refería a la falta de muebles. Eso y esto, dijo mientras señalaba la portada de la plaquette que, de forma vertical, se erigía sobre uno de los estantes del librero. La reclusa, dijo, como si cantara una tarjeta de la lotería. Tuve que aceptarlo entonces: para poder trabajar en El invencible verano de Liliana había tenido que dejar atrás la “escena expositiva” de una subjetividad que, debido a la existencia del libro mismo, ya no me correspondía. Quería prescindir de las mediaciones usuales entre el cuerpo y el espacio, obligando a la reconfiguración de lo que era y, sobre todo, de lo que iba a ser, fuera de los asideros que marca la costumbre o la falta de imaginación, la estabilidad, lo conocido. Quería, como se dice, empezar de cero. Sabía que solo así, empezando desde cero, o buscando ese cero, podría ponerle punto final a este libro. Tal vez sólo así podría encontrar el silencio de un nuevo inicio.

Desamueblar es un verbo activo. Como todos, salí poco de casa durante los meses más álgidos de la pandemia, conformándome con ir al supermercado dos veces al mes, y a veces ni eso. Pero cuando las excursiones hacia el mundo exterior aumentaron, visité algunas tiendas de muebles, auscultando con cuidado las sillas o tumbonas que no tenía intención alguna de comprar. Mientras me sentaba sobre el lustroso suelo de la casa con un plato de frutas entre las manos, la espalda recargada en uno de los muros blancos, imaginaba los muebles que nunca estarían ahí. Mi cuerpo recuperó algunas posturas de la infancia. Con frecuencia coloqué, como Preciado cuenta en su artículo, la espalda sobre el piso, las piernas estiradas contra la pared, mientras hojeaba libros. Intenté todas las versiones de estar en cuclillas. Escribí de pie. Como también prescindí de las cortinas (“esa censura antipornográfica que se alza a la caída del sol” Preciado dixit), me acostumbré a poner más atención a los cambios de postura de las ramas de los árboles y a registrar el número y las características de los pájaros que investigaban el interior desde el otro lado de la ventana. Nunca quise ser monja de niña, pero sí consideré algunas veces, y no sólo de niña, ser monje. Vivir sin asideros. Comer sólo lo necesario y hecho en casa. Modular mi acceso a internet. Guardar mucho silencio. La estancia en ese sitio recién remodelado y semi-vacío se parecía un poco a ese sueño.

Con todo, me mantuve en un contacto muy íntimo con mis seres queridos. Los mensajes de texto por las mañanas eran con frecuencia correspondidos con llamadas nocturnas, mensajes de voz, correos electrónicos, una que otra sesión de Zoom. Quería estar sola, no sentirme sola. Dice la poeta norteamericana Claudia Rankine que la soledad es “lo que no podemos hacer los unos por los otros” y, en esos días de mi desamueblamiento, estuve segura que así, justo como estaba, podía hacer más por mí y por los otros que de cualquier otra forma. Esto era lo opuesto a la soledad. Quitar los muebles de por medio, de hecho, contribuyó paradójicamente a una renacida sensación de juntura. No mediaba, entre esos otros seres queridos y yo, el bagaje y el legado de los muebles. La historia compartida, o no compartida, a través de ellos no era motivo de identificación o de enojo. Mis seres amados seguían en sus guaridas, pero la ausencia de muebles a mi alrededor no sólo me desnudaba (¿desanudaba?) a mí: el influjo del espacio vacío, esa ausencia de interpelación de la norma, nos alcanzaba a todos. Las conversaciones tomaban rumbos inesperados con gran facilidad. Las confesiones a deshora. Las carcajadas. Los silencios. No me urgía responder por mis gustos o mi estilo. No tenía prisa alguna para responder de una vez por todas qué iba o no iba bien conmigo. Mi identidad me tenía sin cuidado. El afecto recorría el espacio morosamente, calmadamente, desinteresadamente, diseminándose en direcciones que antes obstaculizaba la presencia de los muebles. Grumos de polvo que flotaban en el aire: el afecto nacía libre cada vez.

Liliana conservó en su archivo las cartas que le escribí desde lugares por los que andaba a salto de mata en esos meses. Cuando di con ellas, temblé. Las abrí con mucha lentitud, temiendo lo que encontraría ahí. Reconocí mi letra, pero no el arrojo. Mientras las leía, tuve que recordar que la escritora de esas cartas era entonces una mujer sin posesión alguna, más una tránsfuga que una viajera. Alguien que escapa. Dejaba, en todo caso, un mínimo rastro por donde pasaba: mi huella de carbono material y emocional era mínima. Discurría en esas cartas larguísimas, escritas con la tinta marrón que a las dos nos gustaba, sobre la libertad. Me negaba a acumular pertenencias, experiencias, recuerdos. Quería ver de qué se trataba ir más allá. Y conminaba a mi hermana a hacer lo mismo sin saber nada, sin sospechar siquiera del estado de violencia, la situación de terrorismo íntimo de pareja en que ella vivía. Cuando doblé las hojas y las coloqué en la misma posición en que me habían esperado por algo más de treinta años supe que las había escrito para Liliana hacia fines del siglo XX, pero también para mí misma ya en el primer cuarto del XXI. Dice Jack Halberstam que lo salvaje “no es un lugar que puedas ocupar ni una identidad que puedas reclamar”. Lo salvaje, añadía, “es un espacio desigual de poder estético y una fuente equívoca y limitada de oposición”. Seguramente tiene razón. Pero en toda su enigmática ambigüedad, lo salvaje o algo salvaje salió de entre esos y otros papeles que leí con cuidado, pasando mis manos sobre su superficie como si tratara de tocar el tacto que los acomodó así. La casa sin muebles estaba del otro lado de la civilización.

Mi estancia en esta casa vacía se parece al contenido y tensión de esas cartas. La relación que fragüé con Liliana, y que estaba tratando, más que de contar, de encarnar en un libro, siempre tuvo el mismo tipo de holgura que brindan los lugares vacíos. Un horizonte cada vez más amplio, cada vez más dúctil y espacioso, me unía a ella de maneras que apenas empezaba a nombrar. Con Liliana siempre pude respirar a mis anchas. Si el desamueblamiento le ayudó a Paul Preciado a establecer “una relación de equivalencia entre [su] proceso de transición de género y [sus] modos de habitar el espacio”, yo lo buscaba también, incluso a escondidas de mí, para crear otra equivalencia, la que iba de mis modos de habitar el espacio a la experiencia de libertad que me unía férreamente a Liliana. Por eso la deshabitación interrogaba “la fuerza interpelativa de la norma”, toda norma, ya la vivencial o ya la literaria.

Limpio, sin la sombra de los muebles y el aura de los objetos, ese campo doméstico se convirtió pronto en lo que algunos llamarían un espacio sagrado. Siempre he platicado con Liliana, pero ahí sentí su presencia como pocas veces antes. Estaba detrás de mi hombro mientras escribía, diciéndome, socarrona, eso es muy cursi, cuando me conminaba a borrar. O provocadora e incrédula a la vez: ¿de verdad fue así para ti? O de plano en son de reto: si tú lo dices, murmuraba, mientras volvía los ojos hacia arriba y estiraba los labios con esa misma iridiscente sonrisa con la que ilumina ahora la portada del libro. Uno no va de regreso a los lugares sagrados, uno peregrina hacia allá. El desgaste del recorrido produce tanto la distancia como la escena de arribo. Estamos listos: ahí entramos en contacto con algo más. Ese algo más, innombrable con frecuencia, es el centro palpitante de nuestras vidas. Liliana vivió los últimos años de su existencia en un cuarto semi-vacío: un colchón al ras del suelo, algunos libreros, las magras pertenencias de una muchacha universitaria que avanzaba a grandes zancadas hacia el futuro. Treinta años después, moviéndome con libertad en un entorno casi calcado del suyo, terminé de escribir un libro que es, en realidad, un ritual. Aquí está el milagro de mi hermana, quiero decirle al eco que lo repite sin cesar.

No voy a poder fingir por mucho tiempo más. Pronto todas las respuestas que he usado para atajar la curiosidad ajena acerca de mi estancia en este sitio dejarán de funcionar. Pronto ya no podré utilizar las palabras pandemia, remodelación o libro, ni siquiera conmigo misma. Tendré que decidir. ¿Podría vivir por más tiempo en esta casa sin muebles? Seguramente sí. ¿Lo voy a hacer? Tal vez no. No es una renuncia, menos un titubeo. Quizá la luz de ese invencible verano donde pervive Liliana me ha enseñado a desamueblar de otra manera. Escribir un libro tal vez se reduzca a eso: deshabitar la página, desbrozar el territorio del lenguaje, quitar todo lo innecesario de ahí para que, ya sin estorbos, emerja la experiencia que queremos compartir con otros cuerpos en sus propios entornos. En todo caso sé que hay dentro de mí un sitio sin muebles donde nada se interpone ya entre mi hermana y yo. Este es nuestro verano, Liliana. El invierno ya pasó.

 

Cristina Rivera Garza
Escritora. Sus libros más recientes son: Autobiografía del algodón y El invencible verano de Liliana.