El coronavirus y la condición humana:
La peste de Camus entre nosotros

Un nuevo best-seller nos revela distintas facetas de la actual pandemia. Su lectura también nos invita a reflexionar sobre nuestras reacciones, comportamientos y actitudes hacia los demás en momentos de desasosiego.

a RMA, por la cuarentena vital que está atravesando

 

La crisis mundial de coronavirus ha provocado que las ventas de La peste de Albert Camus hayan aumentado considerablemente; en Francia y en otros países. Cuando Trump fue electo presidente de los Estados Unidos, le tocó el turno a 1984 de George Orwell —otra vez, no solo en Estados Unidos— en buena medida por los ecos que los “hechos alternativos” hicieron resonar en los oídos de quienes sabían algo de la “neolengua” o Newspeak, objeto del breve apéndice que acompaña la novela de Orwell. En cualquier caso, se trata de dos autores con afinidades notables —no solo ideológicas, sino también biográficas y hasta de temperamento. Dos autores cuyas obras han sido evocadas a causa de eventos contemporáneos que parecen tocar ciertas fibras. Curiosamente, en el caso que me interesa aquí, el de La peste, esta evocación se ha dado muy poco tiempo después de haberse cumplido el 60 aniversario de la trágica muerte de Camus en un accidente automovilístico, acaecida el 4 de enero de 1960. Camus, como Orwell, tenía apenas 46 años cuando murió.

Por muchas razones, hay que irse con tiento con las analogías que se establezcan entre un relato de ficción como La peste y la pandemia de coronavirus que vivimos actualmente. Lo digo de entrada porque no quiero que nadie espere encontrar en esa novela, publicada en 1947, una especie de retrato de la situación que “vivimos” hoy en día. Digo “vivimos”, porque lo que estamos experimentando ahora en México no es igual a lo que se vivió en China hasta hace unos días o a lo que se está viviendo actualmente en Italia y España.

Como se puede leer en sus Carnets (concretamente en una entrada del 17 de junio de 1947), Camus consideraba a La peste el inicio de su segunda etapa creadora: la de la revuelta o rebeldía. El autor quiere dejar atrás el ciclo del absurdo —representado por la novela El extranjero, la colección de ensayos El mito de Sísifo y dos obras de teatro: “Calígula” y “El malentendido”— y comenzar una nueva fase de su obra. Esta nueva etapa estaría representada básicamente por La peste y por un ambicioso ensayo histórico-político-filosófico, El hombre rebelde, que Camus publicaría en 1951. Cabe recordar aquí que el autor de El extranjero es identificado por mucha gente como un escritor “existencialista”, pero lo cierto es que para él esta postura ante la vida era una actitud natural frente a los horrores que implicó y provocó la Segunda Guerra Mundial. Esta actitud debía ser superada lo antes posible, pues no era para él más que una etapa de paso hacia lo que pronosticaba, ya desde entonces, serían sus mejores obras. Al respecto, me parece que tanto La peste como el El primer hombre, ese manuscrito inconcluso que llevaba consigo el día de su muerte y que sería publicado hasta 1994, no desmienten esa ambiciosa predicción.

Es importante recordar que para Camus la revuelta o rebeldía implicaba, sobre todo, no conformarse, no aceptar lo prevaleciente, auto-exigirse permanentemente, hacer lo que se debe hacer tomando en cuenta tanto los fines como los medios y, last but not least, no mutilar al ser humano en nombre de ninguna ideología. Los dos grandes protagonistas de La peste, el doctor Rieux y su amigo Tarrou, cada uno a su manera, son hombres rebeldes. Si me preguntaran a mí, encuentro más de Camus en el primero que en el segundo. Pero eso es lo de menos, pues Camus también es fácilmente identificable en por lo menos otros tres personajes de la novela: el escritor frustrado Grand, el periodista Rambert y, de manera menos evidente pero quizás más profunda, el padre Paneloux. La peste está situada en la ciudad argelina de Orán (a la que Camus, nacido en Argelia, detestaba) en 194. (es decir, en cualquier año de aquella década). Como es bien sabido, La peste es una alegoría de la Francia ocupada por los nazis, pero la novela va mucho más allá de la Ocupación y se convierte en una alegoría de la condición humana. Si no fuera así, La peste no sería la gran novela que es.

La peste prácticamente inicia con la aparición de una rata muerta afuera del consultorio de Rieux, quien no le da mayor importancia al incidente, pues no podía siquiera imaginar que ahí estaba la primera manifestación del inicio de la tragedia que se cernía sobre la ciudad entera. A juzgar por un pasaje del libro, en su peor momento la peste en Orán mataba 500 habitantes por semana. Aquí está el evidente y casi perogrullesco punto de partida de toda epidemia y de toda pandemia: la muerte. Por eso, antes que por cualquier otra cosa, cualquier epidemia, más todavía una pandemia, siembra en todos nosotros esa desazón tan profunda. La muerte, la nuestra y la de nuestros seres queridos, ronda en las proximidades, está cerca, en ocasiones muy cerca, paseándose por las plazas, los parques, las calles y las avenidas de la ciudad en la que vivimos, así como las ratas se pasearon por las calles de Orán en algún momento durante la década de 1940, difundiendo la peste.

Cuando el menor de mis tres hijos, Daniel, se acercó a su mamá hace unos días para decirle “Todos nos vamos a morir”, un niño de nueve años estaba resumiendo el miedo que, de uno u otro modo y si bien con intensidades variables, sentimos todos. Pero mejor hacer como que no lo sentimos y mucho menos expresarlo. Mejor reenviamos otro meme u otro tuit, más o menos gracioso (no importa mucho), sobre la pandemia de coronavirus que estamos viviendo.

Ante esta situación tan extraordinaria, provocada por la más desasosegante de las amenazas, los hombres y las mujeres del mundo reaccionan de maneras peculiares. Desde quienes casi se regodean en anunciar una especie de fin del mundo hasta quienes niegan la evidencia y pretenden seguir sus vidas como si nada. El encierro obligado en casa crea unas condiciones que en nuestra vida cotidiana tratamos de evitar a toda costa. Principalmente, nos vemos aparentemente orillados a estar con nosotros mismos, pues se acabaron las “distracciones”, eso en lo que la vida moderna básicamente se ha convertido. Como lo sabía bien Blaise Pascal desde hace tres siglos y medio, si hay algo que el ser humano evita a toda costa es estar solo, estar consigo mismo en una habitación (ver su multicitada frase al respecto en el primer párrafo del Pensamiento 139, ed. original de 1670).1 Por supuesto, en el mundo de hoy ya nunca estamos solos en el sentido planteado por Pascal, ni sabemos estar placentera y tranquilamente en nuestras casas con nosotros mismos (como parece invitarnos a hacerlo este mismo autor en dicho Pensamiento), pues tenemos todo tipo de artilugios electrónicos a nuestra vera y estamos dispuestos a otorgarles toda nuestra atención al primer sonido que emitan.

El coronavirus nos ha llevado, a unos más a otros menos, a recluirnos en nuestras casas, pero si esto, como acabamos de ver, no tiene por qué llevarnos a recluirnos en nosotros mismos, sí lleva necesariamente a quienes no viven solos o solas a compartir más tiempo con sus respectivas familias. Si la primera es una prueba de fuego más aparente que real, la segunda no tiene sucedáneos. Me atrevo a decir que si no sabemos estar con nosotros mismos, tampoco sabemos estar con nuestros familiares durante mucho tiempo —excepto en un contexto lleno de distracciones. Nuestros “seres queridos” pueden ser todo lo queridos que se quiera, pero la convivencia forzada, continua y prolongada revelará de qué está hecha la relación con ellos. Las parejas, las maternidades, las paternidades y las hermandades están a prueba y estarán a prueba en los días por venir. ¿Durante cuántas jornadas?

Esta incertidumbre sobre la duración de la pandemia que ahora enfrentamos es otro de los aspectos que contribuye a la desazón referida. En México, todavía no estamos encerrados a la fuerza, pero muy probablemente lo estemos dentro de poco. Y entonces nuestros miedos, nuestras inseguridades y nuestras incapacidades se potenciarán. Por lo pronto, ya surgieron manifestaciones de nuestra condición humana, demasiado humana. Pienso, por ejemplo, en las compras de pánico, en ofrecer productos “de ocasión”, en el saqueo de tiendas y en actitudes como, por ejemplo, la de quienes afirman con contundencia y desde una supuesta superioridad moral, que quienes no se han quedado en sus casas son inconscientes e irresponsables. Cuando se sigue recibiendo el cheque quincenal, trabajemos o no, hacer aseveraciones de esta índole es muy fácil. Por mi parte, creo que mientras no se emita una orden de las autoridades en el sentido de que nadie puede salir de su casa, no tengo nada que recriminar a los millones de mexicanas y mexicanos que siguen saliendo a la calle a ganarse el pan “de cada día”, literalmente.

Ahora bien, así como he visto y escuchado manifestaciones como las aludidas en el párrafo anterior, también he visto y escuchado en estos días manifestaciones que muestran la otra cara de la condición humana. Quizás la enseñanza más grande que nos deja La peste está en la última página del libro: en el hombre hay más cosas que admirar que cosas que despreciar. Una variante, por cierto, de algo que Joseph Conrad había expresado varias décadas antes en Acerca de la pérdida del Titanic: “En casos extremos, incluso en el peor de los casos, la mayor parte de la gente, incluyendo a la gente común, se comportará decentemente. Éste es un hecho que al parecer sólo ignoran los periodistas.”

La enseñanza referida recorre toda la obra de Camus desde que dejó atrás el existencialismo; es decir, desde que tenía poco más de treinta años. No se olvide que las obras de teatro Calígula y El malentendido fueron publicadas en 1944, el mismo año en que Camus publicó Cartas a un amigo alemán. Esa obrita en cuya última carta, la cuarta, se puede leer que el mundo no tiene un sentido superior, pero que hay “algo” en él que lo dota de sentido: el hombre. Es el ser humano el que proporciona al mundo verdad y razones para oponerse al destino, sea cual sea. Y este mundo, escribe Camus en dichas páginas, no tiene otras razones para existir que el hombre mismo y, por tanto, es al ser humano al que debemos salvar si queremos salvar la idea que tenemos de la vida. Una salvación que, en buena lógica, no tiene nada que ver con un ser superior, sino básicamente con dos imperativos: no mutilar al hombre, a ningún ser humano, y darle una oportunidad a la justicia, que solo puede ser concebida —y, por ende, construida— por el ser humano.

Lo anterior le puede parecer un moralismo ingenuo a más de un lector. En cualquier caso, si Albert Camus ocupa el lugar que ocupa en las letras, en la conciencia del siglo XX y en el imaginario del siglo XXI es en buena medida por su condición de moralista. Respecto a la supuesta ingenuidad camusiana, me parece que el final de La peste tiene poco de optimista. La peste está, de una u otra manera, en todos y cada uno nosotros. Véase, por ejemplo, el famoso pasaje de la cuarta parte del libro sobre el esfuerzo permanente por nunca distraerse. En ese diálogo entre Rieux y Tarrou, éste expresa lo siguiente: “Lo que es natural es el microbio. El resto, la salud, la integridad, la pureza si usted quiere, es un efecto de la voluntad y de una voluntad que nunca debe tener descanso. El hombre honesto, el que no infecta casi a nadie, es el que tiene la menor distracción posible”.

Por razones evidentes, no entro en detalles sobre el final de La peste, pero no puedo dejar de señalar que otro gran libro, aunque de naturaleza muy distinta y publicado apenas cuatro años después —Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt—, termina con una noción similar, aunque referida a una nueva forma de gobierno, la dominación totalitaria, que desapareció hace tiempo, pero que, nos advierte Arendt, es muy probable que se mantenga en forma larvada. El mal, tanto para Camus como para Arendt, está en potencia en cada uno de nosotros y, si no nos mantenemos vigilantes, puede, como el bacilo de la peste, despertar en cualquier momento. La “ciudad feliz” referida al final de La peste estará siempre amenazada, pero no por ratas como las que van, vienen y mueren en Orán a lo largo de la novela, sino por sus propios habitantes.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador de El Colegio de México.


1 El inicio del párrafo en cuestión es éste: “Cuando alguna vez me he puesto a considerar las diversas agitaciones de los hombres, y los peligros y trabajos a los que se exponen en la corte, en la guerra, de donde nacen tantas riñas, pasiones, empresas aventuradas y a menudo con mal fin, etc., he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación. Un hombre que tiene lo suficiente para vivir, si supiese quedarse en su casa con placer, no saldría de allí más que para embarcarse o para el asedio de una plaza”, trad. de Carlos Pujol en Blaise Pascal, Pensamientos, Barcelona, Paneta d’Agostini, 1987, p. 52.

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Publicado en: Ensayo literario