Cuando en 1955 se pública La muerte tiene permiso, Edmundo Valadés tiene ya 40 años. Procedente de Guaymas, Sonora, de un linaje de periodistas, para entonces ha pasado la mitad de su vida en la ciudad de México y esto se nota en la factura de los relatos. Basta revisar el índice del libro para darse cuenta que, casi con equilibrio simétrico, los cuentos de Edmundo tienen un pie en el campo y otro en la ciudad. Dos grandes temas atraviesan la obra, 1) la soledad del individuo en la gran urbe, la miseria de sus arrabales y 2) el abandono del campo, la brutalidad de la vida rural en el México posrevolucionario. No deja de ser triste la actualidad con la que se revisten de estos temas, a sesenta años de su publicación.

edmundo-valades

En 1937 un joven Edmundo, fue a pedir trabajo a don Regino Hernández Llergo, el famoso periodista cuya entrevista de 1922 le costó la vida a Francisco Villa. Aunque sabemos que la susodicha entrevista fue editada para proteger al caudillo, Obregón no dejó pasar por alto dos declaraciones, que más parecían bravuconadas. Villa expuso que su gallo para presidente era Adolfo de la Huerta y que él, en cuarenta minutos, podía levantar cuarenta mil soldados. Ya sabemos lo que sucedió entonces.  

Pero volviendo a 1937, Edmundo de pronto se encontró trabajando para el semanario Hoy, soltero, con 22 y años y un sueldo de 25 pesos, la ciudad era suya para pintarla de rojo. Como no podía ser de otra manera, lo primero que hizo fue enamorarse perdidamente. Jorge Borja consigna en una de sus crónicas estas declaraciones en boca del autor que nos ocupa, ya para entonces un anciano meditabundo:

“—Con mi primer sueldo tuve que invitar la parranda a mis compañeros porque así se estilaba en ese medio. Nos fuimos a una cantina y después de algunas copas a un cabaret, al primero al que entré en mi vida. Allí, los viejos lobos rápido se consiguieron muchacha para bailar o para pasar la noche. Yo me quedé sentado bebiendo hasta que se me acercó una chica muy joven que como era nueva en el lugar aún le daba vergüenza abordar a los clientes. Le ofrecí un cigarro pero lo rechazó porque no sabía fumar”.

El amorío fue un desastre. La muchacha tenía un hijo de meses, y aunque a Edmundo no le importó, alguien le fue con el cuento a su padre, que no aprobó la relación con una fichera y al parecer le ofreció dinero para que se marchara. Edmundo partiría tiempo después a la selva como corresponsal de Hoy para buscar a un par de aviadores perdidos, noticia que causó sensación en la época.

El episodio de la muchacha recuerda el relato “Todos se han ido a otro planeta”, donde un narrador sin rostro y sin mayores señas se lanza a la cantina en un ataque de depresión y ansiedad, y de ahí a un cabaret donde trabaja una fichera que alguna vez bailó con él:

“Era más de la medianoche. A esa hora, un hombre con trece copas que descubre su soledad y busca compañía, si es soltero, por lo general nada más tiene un sitio donde encontrarla: en un cabaret. Epigmenio salió de La Mundial y enfiló hacia el Waikiki.

Ambos lugares, ahora desaparecidos, quedaban muy cerca de los sitios de trabajo habitual de Edmundo. La colonia Tabacalera, Bucarelli y Reforma, han sido tradicionalmente el hogar de las publicaciones periódicas del país. Aún se encuentran ahí el periódico Excélsior y El Universal, los medios impresos más longevos de México. Valadés trabajó en ambos en diferentes épocas y es de notar que, apenas a un par de cuadras de lo que fue el Waikiki, en la calle de Vallarta, fundó en 1939 la editorial Relox, junto con su amigo Horacio Quiñones. Ahí se crearon, formaron y editaron los primeros números de la revista El Cuento, gracias a un capital que había puesto el mismo Regino Hernández, supuestamente harto de las constantes fantasías de Edmundo y Horacio respecto a una revista que fuera una antología mensual de lo más granado en ficción corta. La primera temporada sólo duró seis números, interrumpida por las carestías de papel alemán que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial.

El cabaret Waikiki funciona muy bien como imagen representativa de un momento en la historia de México. El proyecto de nación posrevolucionario, sin haber derrotado del todo la violencia, prosperaba transformando el rostro de la ciudad. Ante la derrama económica traída por la Segunda Guerra Mundial, las personas buscaban lujo y entretenimiento, creando así una época dorada para artistas, bailarines, comediantes y cineastas. Este centro nocturno, por ejemplo, tuvo la originalidad de utilizar unas transmisiones de Radio nocturnas, que a partir de las 10 de la noche, a través de la "X-E-K  La voz del Comercio", llevaba música en vivo a los hogares de México.

No es difícil imaginar a un joven Edmundo Valadés recorriendo estos lugares, retratándolos en los ratos libres que el siempre demandante ejercicio del periodismo le dejó para escribir ficción. En su primer libro de cuentos aparecen el lujo, las cantinas, los apostadores compulsivos, la miseria de las barriadas, la indefensión campesina ante el cacicazgo recién instaurado, pero también un optimismo dinámico y avasallador, una fe en el futuro que en aquel entonces no parecía muy lejano. Un sentimiento que debió compartir con la mayoría de los hombres de la posguerra. ¿Y no es acaso el retrato condensado de una época lo que hace de una obra literaria un clásico?

 

Raúl Aníbal Sánchez
Narrador. Es autor de los libros de cuento Luna de día, La comida está en el congelador, El genio de la familia y la novela La muerte del pelícano, junto con Daniel Espartaco Sánchez.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros