Al coraje de Isaura;
a la inquebrantable voluntad de una mujer
a quien ni la crueldad de un cáncer ha encontrado cómo vencer

Arrogancia. “No te levantes, que de todos modos en un rato vas a estar postrado”, dijo el arrogante a su anfitrión.
Burocracia. Arte de apacentar un rebaño de cien reses con una suma no inferior a doscientas cinco yeguas.
Calumnia. “¿Qué culpa tengo yo de que existan tantos hombres de los cuales no se puede decir una sola palabra sin dañar al mismo tiempo su reputación?”, preguntó el calumniador.
Diplomacia. Bajo una simple sábana se han resuelto más asuntos de Estado que en la más suntuosa de las asambleas internacionales.
Envidia. El inventor del freno tuvo que ser paisano del inventor de la rueda.
Fama. La mala fama es para los mejores vivos lo que la buena es para los peores muertos.
Gobierno. Sea cual sea la doctrina o el medio que se use para lograrlo, adular al pueblo será siempre la vía más rápida para pasar a gobernarlo.
Historia. Historia se le llama a lo que sobró de lo que en realidad sucedió.
Ingenuidad. Es probable que el tonto de todos los refranes sea en realidad el mismo; y que no sea necesario ir muy lejos para encontrarlo.
Jerarquía. O se nace para jugador, o se nace para ser apostado.
Latrocinio. Es más que verosímil que de un robo haya nacido la necesidad de contar.
Miedo. Sin temor no podría existir ninguna clase de veneración.
Neoliberalismo. No es de gentes sensatas confiar en ese tipo de economías donde los jueces adquieren franquicias de cárceles y los médicos invierten sus pagas en funerarias.
Optimismo. Feliz y libre cree ser la ola, aunque siempre acabe su camino mordiendo la arena o estrellando la roca.
Perseverancia. Seguirse equivocando es la mejor señal de que se sigue buscando algo.
Rivalidad. Las comparaciones son odiosas sólo para las personas que no salen de ellas victoriosas.
Silencio. Quien sabe callar ya tiene la mitad del asunto resuelto.
Tortura. “Todo el mundo es inocente hasta tanto el hierro caliente no demuestre lo contrario”, dijo el matarife.
Utilidad de la mentira. ¿De qué le puede servir a una mujer un hombre incapaz de mentir en su nombre?
Vanidad. Ya no queda nadie con el orgullo suficiente para despreciar los elogios; y, los pocos que lo hacen, lo hacen porque creen que sus aduladores son muy pocos.
Anderson Benavides P.
