Desembarcos editoriales en la FIL.
Letra Sudaca

En cada edición, la FIL de Guadalajara se convierte en punto de convergencia de nuevas o jóvenes editoriales, pequeñas o independientes, que intentan encontrar un lugar en el complejo —y en ocasiones voraz— panorama editorial en español. Durante estos días ofreceremos breves perfiles de estos sellos, muchos de los cuales desembarcan por primera vez en nuestras costas. Nuestro segundo desembarco es la editorial Letra Sudaca de Argentina. El sello se encuentra en plena expansión con intenciones de llegar a México. Uno de sus editores, Santiago Fernández Subiela, es un apasionado lector de y un reciente librero de su ciudad, Mar del Plata.

¿Podrías contarnos cómo nació el proyecto?

Somos dos personas. Francisco Constantini y yo. Él fue mi profesor de literatura en la secundaria y cuando salí armamos una revista literaria que nunca llegó a publicarse; se iba a llamar Gabinetes espaciales, y terminó siendo el nombre de una de nuestras colecciones. Un año después, en 2011, pasamos de proyecto de revista a fundar una editorial. Era muy distinto: empezamos haciendo libros artesanales, los cosíamos y los imprimíamos. Hicimos cuatro o cinco. A partir de 2013 empezamos con la imprenta: lo artesanal nos estaba demandando tiempo que no teníamos. Se vendían en circuitos muy acotados, de a cien ejemplares. Uno de los primeros libros que publicamos era una antología de género fantástico argentino y cada tapa era diferente, recortada a mano. Pero queríamos crecer más y sacamos unos cinco libros y conseguimos distribución. La ciencia ficción es uno de nuestros pilares. Francisco escribe ese género y estaba metido en ese mundo: en un inicio eran los escritores que conocíamos y a los que podíamos recurrir. Nos gusta publicar mucho ese género, pero ya hemos avanzado a otros terrenos.

¿De dónde viene el nombre Letra Sudaca?

La idea era apropiarse de una forma de ese insulto y darle la vuelta. Aunque el insulto “sudaca” nunca se les dice a los argentinos, es más dirigido a los centroamericanos o a otros sudamericanos. Nos queríamos hacer cargo, de alguna manera, de ese insulto y revertirlo. De hecho, Facebook nos considera un insulto y siempre hay que llenar formularios para explicarles que nuestros anuncios no violan sus políticas.

¿Con qué problemas se han enfrentado?

Bueno, siempre tuvimos y pusimos muy poco dinero. El proyecto artesanal inicial se retroalimentó solo; cuando pasamos a imprenta empezamos de cero con unos cinco mil pesos argentinos de entonces. No era mucha plata. Tuvimos que ir definiendo el diseño y las colecciones, y en 2014 ya estaban más claros los formatos. El problema más grande es el de la distribución, sobre todo en Argentina, que es un país tan grande y que estuvo cerrado durante tantos años. Yo viajaba, al principio, a Buenos Aires, y con un bolso iba repartiendo en librerías. Después resolvimos ese problema y lo curioso fue que nos fue bien con el primer libro y eso nos permitió ir sacando más y poder reinvertir. Aunque no vivimos aún de eso. Yo vivo de la música, soy trompetista, toco en orquestas y doy clases de música.

¿Qué necesidad —persona y editorial— intentaron cubrir?

Pues sobre todo la necesidad local. Mar de Plata es una ciudad que no tenía editoriales: existía la de Universidad y otras pocas. Había muchos escritores, festivales, lecturas, pero las editoriales no empezaban tanto. Eso coincidió con la aparición de otras dos editoriales amigas que surgieron el mismo año que nosotros: Puente Aéreo y La Bola editora. Con ellos abrimos este año una librería, los tres juntos. También estaba esa necesidad de más librerías. Además, dentro del terreno de la ciencia ficción la hay. Siempre la ciencia ficción está mal vista, no se la toma en serio. No hay muchas editoriales serias que la publiquen; la mayoría son editoriales muy cerradas que se publican entre ellos y no son ediciones buenas. Nosotros teníamos autores muy interesantes.

Dinos justamente cuáles serían sus cinco libros clave.

Nuestro libro clave es de uno de los mejores escritores de ciencia ficción argentinos, Carlos Gardini, que falleció este año. Era un gran traductor y por eso fue conocido, tradujo a Vonnegut, a Shakespeare, etc. Ganó muchos premios. Arrancó su carrera con un cuento, a los dieciocho años, y ganó un premio nacional en 1982; en el jurado estaba Borges. El cuento se llama “Primera línea”, un cuento de ciencia ficción que se interpretó, en su momento, como en un relato sobre la Guerra de Malvinas, pero no lo era. Es un autor con una prosa muy refinada y tampoco es ciencia ficción realmente, es muy inclasificable. Teníamos el anhelo de publicarlo y logramos sacar, primero, La ciudad de los césares, una antología personal de sus cuentos, veinte años de su carrera. Era un escritor de verdad, vivía sólo, no tenía Facebook, no andaba en redes sociales, solo le preocupaba escribir. Teníamos una cuestión afectiva con él, ya no se le publicaba en Argentina.

Carlos Gardini, La ciudad de los césares, Mar del Plata, Letra Sudaca, col. Gabinetes espaciales, 2013, 196 p.

Otro de los preferidos es una novela de Juan Carlos Martelli, Los tigres de la memoria,ganó en 1973 el primer premio de Sudamericana; en ese jurado estaba Rodolfo Walsh, Juan Carlos Onetti, Roa Bastos y Cortázar. Después la dictadura la prohibió, se publicó otra vez en los ochenta, pero ya nadie la volvió a editar. Es una especie de novela policial, que anticipaba los años de la dictadura, muy violenta, muy cruda.

Juan Carlos Martelli, Los tigres de la memoria, Mar del Plata, Letra Sudaca, col. Narrativa, 2016, 160 p.

Tenemos otro libro que se había publicado en 2003 en Argentina, Andréi Tarkosvi. El ícono y la pantalla, de Pablo Capanna. El autor es un filósofo de nació en Italia y emigró a Argentina: es el primero, en lengua española, que escribió ensayo sobre ciencia ficción. Escribe en varios diarios, tiene una obra filosófica amplia y una curiosidad enorme. Cuando salió Solaris de Tarkovski, la adaptación de esa novela de Stanislaw Lem, Capanna quedó fascinado y decidió hacer este libro. Es una biografía breve y un ensayo sobre sus películas, un ensayo muy ameno.

Pablo Capanna, Andréi Tarkosvi. El ícono y la pantalla, Mar del Plata, Letra Sudaca, col. Ensayo, 2016, 320 p.

Después está el libro de Elvio Gandolfo, La mujer de mi vida. Es un escritor uruguayo de la generación de Mario Levrero. La mujer de mi vida es el nombre de una revista donde él escribía y así hicimos esta recopilación de sus artículos. Tenía una sección de temática libre, escribía de literatura, cine, comida, viajes. Hacía una sección llamada “Margaritas” y hacía el ejercicio de deshojar la margarita con mucho humor. Es un personaje muy divertido.

Elvio E. Gandolfo, La mujer de mi vida. Notas y margaritas, Mar del Plata, Letra Sudaca, col. Ensayo, 2015, 140 p.

Otro muy querido es Ana, la niña austral, una novela cortita que mezcla ciencia ficción, fantasía, terror y aventura. La primera novela de un autor joven, Esteban Prado, el editor de Puente Aéreo. Fue muy bien recibida en prensa a nivel nacional.

Esteban Prado, Ana, la niña austral, Mar del Plata, Letra Sudaca, col. Gabinetes espaciales, 2015, 104 p.

 

¿Por qué les interesa distribuir en América Latina y México?

Pues ahora nuestra idea es buscar libros que ya puedan empezar a venderse en América Latina y México. Por eso estamos sacando traducciones, como Talking Jazz. Es nuestra intención ir construyendo un catálogo que funcione más allá de Argentina. Eso irá poco a poco, pero sí lo haremos. Lo ideal sería también atraer lectores de fuera al resto de nuestro catálogo. Por eso los libros traducidos son una buena idea.

¿Mantienen algún tipo de relación con el libro digital?

Con un solo libro hicimos el formato digital, hace muchos años. Era para probar. Yo no quería, pero mi socio sí. A mí no me gusta. El e-book en aquel momento no funcionó ni pegó en Argentina. A mí me gusta el libro de papel y no hay apología que valga para el e-book. Y como somos libreros, además, nos encanta el libro de papel.

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Publicado en: Ciudad de libros
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