Gracias al sello español Páginas de espuma, llega a México una nueva edición de los Cuentos completos de Franz Kafka. Un libro para conmemorar el centenario de la muerte del autor checo que goza de una nueva traducción de todos los cuentos y textos breves de ficción del escritor. A continuación presentamos el prólogo a cargo de Andrés Neuman:

Vine al mundo con una hermosa herida; con eso y nada más.
–Franz Kafka, Un médico rural

 

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Recuerdo el breve cuarto donde conocí La metamorfosis, antes de que su título mutara en La transformación. Estaba en casa de mis abuelos en la provincia de Buenos Aires, en una calle poblada de casitas bajas donde todo el mundo parecía deliberadamente corto de estatura, empezando por mi abuelo Jacinto, que solía leer sin quitarse la boina, y mi abuela Blanca, tan menuda como irónica: el estilo con que nos defendemos de la realidad también depende del cuerpo. Eso mismo le sucede al protagonista del relato.

Bajo la luz marrón que asediaba las cortinas, a la hora de la siesta, boca arriba, vi por primera vez a Gregorio Samsa despertar convertido en un insecto. Traté de moverme. Al otro lado se oyeron pasos, puertas, voces. En algún momento se me cerraron los ojos. Todavía no me he despertado de esa historia.

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La lectura constituye un acto secretamente colectivo: interviene en nuestra memoria y posibilita el futuro. Borges observó que Kafka había creado a sus precursores, es decir, que había sido capaz de influir en el pasado. Quizá por eso cuentos como "Un mensaje imperial", publicado cuando Borges era un joven inédito, nos parecen escritos tres décadas más tarde por él mismo, que tradujo y reescribió a su maestro. Hoy la vigencia de Kafka sigue propiciando fenómenos inversos. No es tanto que su obra explique el tiempo que nos ha tocado resistir, sino que la realidad misma insiste en volverse cada vez más kafkiana, en una mímesis oscura como una cucaracha. Plagiando sus lógicas, el mundo abusa de Kafka.

Oscilando entre una aparente indiferencia y una extrema susceptibilidad, su inteligencia sensible termina refutando o parodiando al súper hombre de su época, ese que protagonizaba las políticas y las poéticas. Vulnerable, pudorosa y dubitativa, en incurable estado de incertidumbre, la figura de Kafka nos resulta quizás un siglo más cercana que las sobreactuaciones épicas de Hemingway o Henry Miller, por mencionar dos casos en sus antípodas. "Mis dudas se levantan en círculo alrededor de cada palabra", confiesa en su diario, "las veo antes que la palabra". Esas dudas son el fantasma final de toda su escritura, en la cual hasta los fantasmas dudan de su propia existencia.

Su inapelable consagración a largo plazo se basa, entre otros factores, en su aversión al éxito a corto plazo, en una suerte de desconfianza estructural con respecto a la noción misma de triunfo. El arranque de "Para que reflexionen los jinetes" se revela memorable en este sentido: "Pensándolo bien, nada puede tentarnos a querer ser el primero en una carrera". Kafka escribe como un hombre cansado de todo aquello que nunca tuvo, filosóficamente agotado por unos intentos de los que prefirió abstenerse.

En esta huida de todo centro juega un papel crucial su identidad desplazada, hecha de minorías superpuestas: demasiado judío para el canon alemán de entreguerras (recordemos que sus tres hermanas, al igual que Milena, murieron en campos de concentración), demasiado germanófono para la tradición nacional checa, demasiado incómodo para el futuro soviético de su Praga natal, demasiado distinto de su propio padre. Quizá por eso sea tan de nadie y tan nuestro. En "Una visita a la mina", atravesando túneles, leemos: "Debemos apartarnos, incluso hacia donde no hay espacio para apartarse". Su corresponsal y traductora Milena Jesenská sintetizó como nadie esta actitud en una necrológica con aroma a epitafio: "demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de esos que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo".

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Junto a las infinitas interpretaciones que ha merecido la mutación de Samsa, hay una más modesta y corporal: se trata de un trabajador consumido por sus esfuerzos. Poco antes de su publicación, Kafka lamenta en su diario algo no tan distinto de aquel célebre comienzo. "Hoy, cuando iba a dejar la cama, simplemente me he doblado sobre mí mismo. La razón es muy sencilla; estoy del todo agotado por exceso de trabajo".

Su narrativa posee un nervio político y elusivo en el mismo trazo, manteniéndose igual de refractaria a la ingenuidad que al panfleto. La guerra actúa en ella como asedio, rara vez como asalto, ejerciendo una presión implícita sobre sus personajes. Uno de los escasos relatos que deciden moverse en el territorio de lo explícito es "Ante la Ley", germen o boceto de El proceso. ¿Cómo no hacer lecturas de clase a propósito de los serviciales (¿y finalmente homicidas?) mineros en "Una visita a la mina", o de este campesino que espera que le permitan ingresar al recinto de la Ley, mientras poderosos guardianes le bloquean la entrada? Pero, incluso en este caso, algo más que una puerta permanece inaccesible: el texto se resiste a las simplificaciones y su final se aleja de cualquier lectura unívoca, sugiriendo otros planos ligados al enigma de la trascendencia o a la mortalidad misma. Tras el punto final el misterio resiste, sólido e infranqueable como un castillo.

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Cuando pensamos en el estilo de Kafka, tendemos a exagerar su carácter parabólico. Sin embargo, en cuanto abrimos su primer libro de cuentos, nos envuelve una sensorialidad colmada de ruidos, temperaturas, estímulos visuales. Kafka era menos un autor de abstracciones que de desnudos, de cuerpos vulnerables sin otro asidero que su desamparada materialidad. "Escribo esto porque estoy desesperado a causa de mi cuerpo y del futuro con este cuerpo", declara en su diario. Su oficio de evaluar accidentes y lesiones laborales no parece ajeno a esta obsesión. La atención física y figurada que le prestaba al cuello (en una de sus cartas, su autorretrato es el de un ser-aferrado-por-el-cuello) puede entenderse como la búsqueda del nexo entre mente y anatomía, entre pensamientos y dolores.

Una frontera similar transitan sus percepciones entre la vigilia y el sueño, con sus variantes de extenuación e insomnio, ambas bien presentes en la noctámbula cotidianidad del autor. Muchas de sus narraciones se comportan como sucintas pesadillas (lacónicas, las llamó Borges) que no llegan a disiparse del todo. "Considéreme un sueño", le ruega al padre de su traidor y benefactor Max Brod cuando accidentalmente lo despierta de su siesta. "Las diez de la noche", reanuda en su diario, "no dejaré que me domine el cansancio". Entonces le sobreviene un rapto de violencia física –o, para ser exactos, una fantasía de autolesión– asociada a la escritura. "Me lanzaré de un salto a mi cuento, aunque me despedace la cara".
La cara de Kafka, icónica, invisible, yendo hacia al golpe provocado por su prosa.

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A semejanza de los artistas del hambre, ayunadores que definen su identidad mediante la sustracción, los sacrificios del cuento tienen que ver con la conciencia de que devorar un argumento debilita, de que desplegar las extremidades del texto supondría una dispersión fatal de sus fuerzas. "La sensación de estar atado", describe Kafka en su diario, "y de que, si me desatara, sería peor". En sus Cartas a Milena, afirma que un telegrama "beneficia, en cierta forma, a todo el cuerpo". Es un modo de reconocerse narrador breve antes que novelista, dándole de antemano la razón a Borges, que opinaría eso de Kafka y, por supuesto, de sí mismo.

Estos conceptos tan anatómicos como estéticos cristalizan en una escena inmóvil de sus Reflexiones sobre el pecado: "No es necesario que salgas de tu casa. Quédate junto a la mesa y escucha. Ni siquiera escuches, solo espera. Ni siquiera esperes, quédate solo y en silencio". Es un prodigio inconfundiblemente kafkiano que esas líneas puedan leerse con idéntica convicción en clave de lamento, de ironía o de revelación.

Más que in medias res, muchas de sus narraciones comienzan justo al final, cuando ya casi todo ha acontecido. Por lo tanto, el personaje llega tarde a su propia libertad y apenas le queda el destino. No por casualidad una de las piezas de Contemplación, "Desenmascaramiento de un embaucador", comienza con un drástico "Por fin…" (o, en anteriores traducciones, incluso "Finalmente…").

Otra miniatura, "El paseo repentino", lleva a una insólita perfección el mecanismo del aplazamiento y, en el fondo, esa expectativa defraudada en que consiste la vida cuando se pone demasiado Kafka. La historia se pospone hasta tal punto que, cuando llegamos al final, descubrimos que la mínima anécdota inicial era todo lo que podía esperarse: un hombre sale –o huye– de su casa en plena madrugada. Y decide ir a ver a un amigo. El resto del texto es solo una demora de esas últimas líneas que, sin embargo, sugieren cierto horizonte de liberación. Ponerse en pie. Irse. Salir para averiguar adónde vamos. Y acaso comprobar, como en "La excursión a la sierra", que no tenemos con quién: "me encantaría hacer una excursión en compañía de Nadie en absoluto".

La nitidez y radicalidad de su mirada convergen en un mismo, sereno horror: el del sinsentido. Lo cual desencadena la desesperada búsqueda de posibles sentidos que ha inspirado siempre la obra de Kafka. Sus textos se atreven a contar tan poco que nos ponen frente al genuino abismo de la elipsis: si les prestamos la suficiente atención, podrían estar diciéndonoslo todo. De ahí su endiablado magnetismo. "A partir de cierto punto, no hay retorno", escribe en uno de sus aforismos dictados por la tuberculosis. "Ese es el punto que hay que alcanzar".

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La anécdota, imaginaria como todas, la narra Monterroso en uno de sus microrrelatos. Un grupo de cuentistas ha organizado una cena y está esperando a Kafka, que se ha retrasado porque ha ido a buscar una tortuga que desea obsequiarle a su anfitrión. Viajando en metro con su parsimoniosa compañera, Kafka se equivoca de tren. Después se topa, cómo no, con una salida bloqueada. Más tarde se detiene en un café para darle un poco de agua a la tortuga. Por fin encuentra la calle pero toca el timbre equivocado, por lo que nadie le abre la puerta. Kafka nunca llega a su destino aunque cada vez esté más cerca, mezcla de Aquiles y Godot.

En esta historia de postergaciones en cadena, ¿quién representaría al cuento, Kafka o la tortuga? ¿O quizá la tortuga es la industria editorial? Entonces, ¿quiénes son esos comensales que esperan? ¿Lectores? ¿O son más bien las editoriales quienes ven cómo su cena se enfría? En ese caso, el tren que viaja en la dirección equivocada podría ser el mercado. O la crítica. ¿Y si la crítica fuese esa puerta que no termina de abrirse para nuestro cuentista?

Lo único que parece claro es que Monterroso hablaba del cuento, opine lo que opine la tortuga.

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A la defensiva de ciertos prejuicios basados en la longitud, bien podríamos insistir en el extremo rigor que exigen las formas breves. Citar a una legión de cuentistas magistrales que no mostraron interés en escribir novelas, o lo hicieron sin pena ni gloria. Y concluir, por tanto, que el cuento constituye una realidad literaria independiente.

Pero sería justo reconocer que algo tiene de milagrosa intersección entre lo narrativo y lo poético. De hecho, la mayoría de grandes cuentistas se inició en la disciplina del verso. Tampoco estaría de más recordar que muchas historias nacieron cuento y se metamorfosearon en novela, o incluso que novelas mayores –empezando por el Quijote– se compusieron entrelazando relatos. Lo cual, lejos de debilitar al género, lo refuerza: el cuento puede vivir sin la novela, quizá no viceversa.

Aunque los desafíos de la brevedad condicionan el estilo, a menudo ese estilo atraviesa los géneros. La novela El proceso no difiere sustancialmente en su lenguaje del relato largo La transformación, de bastantes piezas cortas de Contemplación ni, en realidad, de muchas entradas de sus diarios. Esta evidencia pone de nuevo en valor al cuento: si la sustancia literaria es la misma, los géneros menores no existen.

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"Me faltaba el caballo, el caballo", declara el narrador de "Un médico rural", una de las cumbres de la cuentística kafkiana y acaso menos atendida que otras. Su protagonista debe afrontar la emergencia de un paciente grave. Necesita recorrer una distancia amplia y carece de transporte, ya que su caballo acaba de morir. En este médico se acumulan de entrada los conflictos de tantos personajes del autor: una inmovilidad forzosa, un espacio inabordable y una espera agónica. "Tenía que salir de viaje sin demora", explica. En un cuento de Kafka, semejante intención equivale a una utopía. Por eso, cuando aparece de la nada otra montura y el viaje se materializa de golpe, un tanto fantásticamente, dudamos de su realidad.

El paciente, al principio, da la extraña impresión de estar sano. "Pero como no aspiro a mejorar el mundo, le dejo tumbado". Después el doctor cambia de diagnóstico, descubre que el joven está herido de muerte y no hay nada que hacer. "Así es la gente de mi región", remata el narrador: "siempre exige lo imposible al médico". Cuando Kafka se permite el humor (y eso sucede un poco más a menudo de lo que podríamos sospechar), es por supuesto negro o tragicómico.

En "Un artista del hambre", relato que sí ha recibido una atención preferente, comprendemos que lo que le da fuerzas al ayunador es la expectativa general de que nocoma nada. Y que, por el contrario, quienes más lo debilitan son esos guardianes que intentan hacer la vista gorda para que rompa su disciplina. Su renuncia es, digamos, un pacto de lectura: necesita que el público crea en sus omisiones y les atribuya un sentido oculto. "Tal vez no fuera el ayuno la causa de que estuviera tan delgado", leemos, "sino que estaba tan delgado por insatisfacción consigo mismo". Cortázar afirmó, y Silvina Ocampo confirmó, que cada cuento nace de la insatisfacción del anterior.

Tras cuarenta jornadas de abstinencia como máximo, el artista del hambre es forzado a abandonar su escueta jaula. Un médico ausculta al artista, que luego es conducido hasta una mesa con alimentos. Nuestro personaje elíptico intenta resistirse ante el final de su peligroso juego. "¿Por qué dejarlo justo ahora, cuando estaba en lo mejor del ayuno?". Entonces suena una música. Nunca sabremos exactamente cuántos días puede ayunar un cuento antes de quedarse sin palabras.

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Cuando el antiguo barrio judío de Praga comenzó a borrarse, hasta sufrir la drástica intervención urbanística que Kafka conoció en su infancia, la literatura lo rescató para el imaginario colectivo. Eso hicieron sus contemporáneos Leo Perutz (que trabajó para la misma compañía de seguros que él), Johannes Urzidil (autor de un ensayo de sugerente título: Allá va Kafka) y, naturalmente, Gustav Meyrink. Partícipes de esta tradición, los espacios en Kafka son casi siempre herméticos, intrincados o inaccesibles. Nombrados de otra forma: prisiones, laberintos o castillos; con sus respectivos correlatos cotidianos: cuartos, ciudades, administraciones. Que el autor más inseguro y acosado por las incertidumbres se pasara el día entero en una empresa aseguradora no deja de parecer una sátira yídica.

En pocas líneas, a modo de maqueta, "El camino a casa" encapsula este vínculo místico entre el paisaje urbano y sus transeúntes: "Voy marchando y mi paso es el paso de este lado de la calle, de esta calle, de este barrio… Comparo mi pasado con mi futuro… Solo al llegar a mi cuarto me pongo un poco pensativo… Poco me ayuda abrir la ventana de par en par". Si las calles laten dentro de sus vecinos, su cárcel interior no puede abrirse con ninguna llave.

Sometimiento y obediencia son dos fuerzas inapelables, gravitatorias en el comportamiento de las criaturas kafkianas. Ambas tienen que ver con la autoridad en su dimensión pública (el Estado, la ley, el jefe) y en su sentido familiar (el padre). Se trata, recurriendo a sus propias metáforas, de la jaula que sale en busca del pájaro. Por eso el caminante de "Un sueño", en lugar de las aventuras del flâneur, se topa con algo bien distinto: "Era un hermoso día y K. quiso salir a pasear. Pero apenas hubo dado dos pasos, se encontró de pronto en el cementerio".

Hermann Kafka, el severo, fornido y abrumador padre de Franz, jamás llegó a leer la memorable carta que le propinó su hijo. Ese interlocutor frustrado o de acceso imposible encarna, en términos lingüísticos, la verdadera figura paterna. Isla en su propio entorno, extranjero de sí mismo, cuentan que Kafka hablaba alemán con acento checo. En otras palabras, que se expresaba en la lengua de su madre con el tono de su padre, como quien evocase la mímica de otro idioma que se le escapa. Superviviente de su propio primogénito, Hermann Kafka fue carne de Freud, acaso menos por su papel en el tradicional esquema edípico que por la aplastante vigencia que el daño de la infancia continuaría teniendo para Franz en la vida adulta, lo cual incluye y excede su escritura.

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A pesar de su apariencia poco confesional, o quizá gracias a ella, las relaciones entre la narrativa y lo que sabemos de la vida de Kafka nos resultan imposibles de acotar. Escribió como vivió, no necesariamente lo que vivió. Y leemos su vida porque hemos leído sus ficciones. "Para reconocer la verdad hay que ser mentira", resume otro de sus aforismos tuberculosos. Aunque la ficción, mucho más que en el plano de la mentira, se mueva en otras capas de la verdad.

En el último tercio de Carta al padre, que sigue manteniendo toda su sobrecogedora franqueza y lucidez, el hijo confiesa: "Mis escritos trataban de ti". Pero al final añade, tras inventar o imaginar una posible respuesta paterna: "En la realidad, por supuesto, las cosas no pueden encajar tan bien como las pruebas en mi carta, porque la vida es más compleja que un rompecabezas". En el cuento "Once hijos", el personaje del padre describe así a uno de ellos: "prometía mucho menos de lo que ha resultado ser; era tan insignificante que uno se sentía literalmente solo en su presencia; aun sí, ha adquirido cierto renombre".

A estas alturas de nuestra familia lectora, su apellido es nombre propio e incluso adjetivo. Basta el rebote de ese par de sílabas para que entremos en trance y su mundo nos embista. Kaf. Ka. Dos golpes breves, velados, oclusivos. Kaf. Ka. Y algo se moviliza de inmediato. Eso también lo predijo en sus diarios: "La a, desprendida de la frase, salió volando como una pelota por la pradera".

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Demasiado Kafka

  1. Las compañías de seguros intentan apresar el azar entre barrotes matemáticos, pero la realidad siempre acaba venciendo.

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