
Compartimos el inicio del primer capítulo de Joseph Conrad and his Circle (Joseph Conrad y su mundo, Sexto Piso), la biografía del autor escrita por su esposa Jessie, quien relata “una vida plagada de acontecimientos inverosímiles tras abandonar su Polonia natal”. El título de este fragmento es de la redacción de Nexos.
Mis primeros encuentros con Joseph Conrad, que tuvieron lugar entre sus dos últimos viajes como primer oficial del buque Torrens, fueron de lo más casual y estoy segura de que debieron tener poca trascendencia para él, que los consideraría tan sólo un par de ratos agradables. Un amigo suyo nos presentó de manera fortuita, pero para mí conocerle supuso una experiencia memorable. Joseph Conrad era un hombre de una singularidad muy notable, debida a su extravagancia casi oriental, tanto en los gestos como en el habla. Era el primer extranjero al que yo conocía y es probable que, dadas mi juventud y mi ignorancia, él me juzgara una persona tosca y algo simplona. En aquel entonces, los quince años que separaban su nacimiento del mío parecían mucho tiempo.

Joseph Conrad (Jozef Teodor Konrad Korzeniowski) y Jessie, su esposa, en 1896.
La ceremoniosa educación y la exagerada cortesía de Joseph Conrad, tan características en él, me dejaron completamente asombrada, porque nunca había visto nada igual. A lo largo de los años le vi producir el mismo efecto, una y otra vez, en numerosas personas, de modo que mi desconcierto inicial parece comprensible. Por un lado, tratarle me suscitaba un injustificado sentimiento de importancia que se entremezclaba, curiosamente, con una perplejidad que me hacía perder mi habitual descaro. De hecho, esa tranquila placidez de mi carácter resultó ser la base sobre la que se cimentaría nuestro futuro entendimiento. Desde el comienzo contemplé con interés el desarrollo de la camaradería entre Joseph Conrad y sus dos amigos más íntimos. De ambos hombres tal vez el alemán tuviera una mayor sensibilidad, pero eran tres amigos incondicionales que suplían el entendimiento que les pudiera faltar con la intensidad de su afecto.
Fue a finales de 1893 cuando se inició mi relación con Joseph Conrad y aquellos dos amigos magníficos que, en compañía de sus esposas y familias, me acogieron con tanta simpatía y comprensión. En 1894 nuestra amistad se reanudó y he de confesar que por parte de aquella desconocida que era yo existía el mismo interés. De vez en cuando algún amigo común me daba noticias de él, pero durante mucho tiempo le consideré un personaje esquivo, un hombre a quien había tratado por casualidad durante unas horas, sin esperanza alguna de volver a verlo en breve.
A decir verdad, después de habernos conocido supe que había hecho dos viajes cortos, de modo que pudo haberme olvidado por completo. Entonces, un buen día, cuando ya daba por hecho que aquello no era más que una amistad pasajera, llegó a casa una preciosa caja de flores a mi nombre. La letra del sobre me era desconocida. Intrigada y nerviosa, saqué la pequeña tarjeta de visita que había debajo del ramo. Konrad Korzeniowski, un nombre completamente desconocido. En el dorso del cartoncillo leí unas líneas, escritas en letra apretada, expresando el deseo del remitente de venir a saludarnos a mi madre y a mí con ocasión de su siguiente visita a Londres.
No tenía la menor idea de quién podía ser, hasta que recordé haber oído decir a la señora Hope que ese capitán Conrad a quien había conocido era un extranjero y de pronto me vino a la cabeza la imagen de las iniciales K. K. grabadas en dorado en la copa de su sombrero.
Aquella curiosa costumbre de firmar sus cartas indistintamente como Konrad Korzeniowski o Joseph Conrad, e incluso con una tercera y cuarta variante, la mantuvo durante toda su vida. Con el tiempo me acostumbraría a ello, obviamente, pero en un principio me tenía francamente intrigada.
Antes de que se produjera su anunciada visita pasaron muchas semanas que se convirtieron en meses. De hecho, pasaría un año entero antes de verlo por segunda vez. Varias personas me contaron que su estancia en Londres se había visto súbitamente interrumpida por el inesperado aviso de que su tío Thaddeus Bobrowski estaba postrado en su lecho de muerte. Esta visita a su país natal quedaría olvidada, pues cuando fuimos a Polonia en 1914, me aseguró que llevaba cuarenta años sin viajar allí.
Dando por hecho que había olvidado venir a vernos, rogué encarecidamente a los miembros de mi familia que no sacaran a relucir el asunto, ya que su despiste me había ofendido más de lo que parecía. Pero un sábado a primera hora de la tarde estaba yo cosiendo en la sala, mirando con tristeza los entierros que avanzaban en fila hacia el enorme cementerio del fondo de la calle, cuando oí el alegre campanilleo de un cabriolé. Recibir una visita en un coche era poco común a aquella hora en una calle convencional como la nuestra, flanqueada a ambos lados por casas discretas, cuyos inquilinos vivían, e incluso morían, a decir verdad, respetando fielmente las normas establecidas. Dejando caer la costura sobre mi regazo, estiré el cuello para ver mejor el extraño suceso que estaba teniendo lugar.
Con verdadera curiosidad, contemplé el enorme caballo bayo que tiraba del coche, trotando lentamente de un extremo a otro de la calle. Entonces vi levantarse la trampilla del cabriolé, cuyo cliente dio una orden en tono impaciente. El cochero tiró bruscamente de las riendas, haciendo parar al animal justo delante de nuestra casa y casi sin esperar a que el vehículo se detuviera, un personaje impecablemente vestido se apeó de un salto. El movimiento de los hombros me resultó familiar mientras contemplaba absorta al hombre que avanzaba veloz por el largo camino de la entrada, ascendiendo igual de deprisa los empinados escalones de piedra que llevaban a la puerta de casa. Joseph Conrad, al fin. En aquel momento, mientras se aproximaba a toda velocidad, decidí que le iba a llamar capitán Conrad, ya que Konrad Korzeniowski me parecía un nombre imposible de pronunciar.
Traducción de Gabriela Bustelo.
Jessie Conrad (1873-1936)
Escritora. Fue la esposa de Joseph Conrad. Ignorada por la crítica e injustamente ensombrecida por la figura de su marido, es autora de varias obras, entre ellas: A Handbook of Cookery for a Small House, Joseph Conrad as I knew Him y Joseph Conrad y su mundo.