A mí que disfruto los cuentos y ensayos me sabe mal que los especialistas de otros campos del saber usen el término literatura para referirse a la suma de las obras que estudian una materia, la que sea. Sobre todo cuando existe un vocablo distinto para hablar de lo mismo: bibliografía. Si yo gobernara el mundo, literatura médica se limitaría a Chéjov y literatura jurídica a Kafka. Supongo que mis colegas comparten esta indignación. Asistimos sin duda a la prostitución de una idea. Ya Octavio Paz había rebajado las palabras, incluida la que me ocupa, a esa condición. “Chillen, putas”, les dijo. Pero una cosa es insultar en medio de un disgusto poético y otra muy distinta es hacerlo por ignorancia.

Seguramente al principio el uso del término entrañaba un elogio. Se valía sólo para ciertas especialidades, y aun dentro de ellas privaba la discriminación. Literatura física debía de referirse a lo más selecto de la bibliografía sobre esa ciencia: Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, Discorsi e dimostrazioni matematiche, Die Feldgleichungen der Gravitation, y así. Pero al paso del tiempo se ha perdido el rigor. Actualmente hay literatura dental, gastrointestinal y hasta política.
El mayor abuso, sin embargo, lo comete el capital. Que los temarios de las mba incluyan una literatura empresarial en la última página ya no importa. Ahora la mercadotecnia dice “literatura corporativa” para referirse no a una bibliografía sino a los folletos, volantes, catálogos y demás papelería publicitaria de una compañía. Suena elegante y vende. Son tiempos en que el mercado tiene que ver con valores. El animal, al consumir, sacia necesidades. El ser humano, además, mitiga su codicia. Pero al individuo contemporáneo no le basta con esto. Él, adicionalmente, hace algo bueno. Para ello, cada producto, cada actividad mercantil debe remitir a alguna virtud. Los valores para el consumo más comunes son los sociales (familia, amistad, convivencia, diversión), pero los personales (heroísmo, realización, libertad, valentía), los ecológicos y los culturales no se quedan atrás. Una tablet es buena porque nos acerca a hijos, amigos y mascotas. El auto semicompacto es bueno porque libera al joven del amparo paternal y lo conduce a la vida adulta. La botella de agua es noble porque el líquido ha descendido del cerro, sin la intervención humana. El pan es artesanal.
La cultura le ha dado al mercado algunas joyas. Ahora todo el que junta y acomoda cosas para que alguien más las vea en un determinado orden es curador. Hoy contamos con curadores de sitios de internet, de filmes, de parques, de jamones serranos. No tardan en denominar a los dependientes que colocan productos en los anaqueles del súper “curadores de insumos”. Están también los creativos. A estos profesionistas antes se les daban nombres que remitían claramente a sus disciplinas: publicista, por ejemplo, o arquitecto, o diseñador de interiores. Ahora en cambio hay que referirse a ellos con un adjetivo que denota no un quehacer sino un talento: creativos. Es como si a los poetas empezamos a llamarlos, que sé yo, “imaginativos”. “Vincent Pàez estuvo en Canal 22. El imaginativo presentó su poemario.” Hubo tiempos en que no era mal visto ser común y corriente. Ahora todos tenemos que ser especiales. Quizá porque, siéndolo, lo merecemos todo. La ruta a la excepción, además, se ha invertido. Primero viene el título, luego tal vez el mérito. Nunca como en estos tiempos han vendido tanto las etiquetas. Pesa más la imagen que la sustancia. Más el recipiente que el contenido. El catálogo de los ideales (religiosos, políticos, culturales) está tan venido a menos que, paradójicamente, somos la generación más crédula de la historia. Fácilmente veneramos nuevos ídolos-producto. De ahí, en parte, el éxito de templos que son mercados como Twitter e Instagram. Esas denominaciones, por supuesto, no duran. Funcionan como eufemismos, pretenden esconder nombres verdaderos, y como tales se agotan. Muy pronto el curador web verá que hay curadores de insumos y sentirá vergüenza. Volverá a la idea más humilde pero más segura también de editor, o se buscará otra denominación.
Doy un último ejemplo de términos culturales desviados. En inglés, narrative se refiere tanto al género literario como a las distintas obras que lo integran. Esta segunda acepción es incluso bonita, v.gr., Narrative of the Life of Frederick Douglas, del mismo autor. En español, sin embargo, lo usual es llamar narrativa a la especie y narración al espécimen. No así en las ciencias sociales, cada vez más lejanas del humanismo y más próximas a las ciencias económico-administrativas. Al amparo de ellas, los políticos, los gobiernos, los organismos internacionales y la sociedad civil organizada, pero también las empresas, construyen narrativas. En términos muy sencillos, una narrativa —explican— es lo que dice un individuo o un grupo de sí mismo y de su entorno. Cito para ejemplificar: “Toda organización debe tener algo que decir. Llamamos a esto ‘narrativa corporativa’”.2 En mis días a esto se le llamaba “mensaje”. Y claro, del emisor dependía la índole particular del mensaje: el político pronunciaba discursos o emitía comunicados, el periodista daba noticias, la empresa telefónica lanzaba una campaña, el individuo rememoraba vivencias. Hoy en día, sin embargo, todas estas maneras de comunicar se han empapado de emoción y calidez humana porque son narrativas. Vivimos en la aldea global y todos nos queremos. Cada persona, cada corporación tiene una historia que contar. Da lo mismo la ralea de la fuente. Tanto Mockus y Mandela como Bush hijo y Putin tienen sus narrativas. La unesco y ExxonMobil, ambas buscan y construyen narrativas. El prestigio literario del vocablo es aplicable indistintamente. Porque lo que se premia no es el fondo, es la forma, no es el comportamiento, es la imagen. Las conductas en torno a un producto, los hechos políticos, la realidad, son asuntos secundarios. Lo primario es emocionar mediante una narrativa. El sentimiento a flor de piel, y sólo ahí. Hay algo muy falso y ventajoso en todo esto. En literatura, mucha de la narrativa es ficción. Creo que a los teóricos y empíricos de las narrativas políticas, empresariales, etcétera, el término les funciona por lo que denota de fantasioso.
Los miembros del tercer sector, los académicos, los innovadores me dirán que estas adopciones terminológicas no son sino parte de una rica fertilización cruzada entre disciplinas y artes —para llevarse así entre pies, de pasada, a la biología, que lamentará el empleo simplista del concepto—. Yo no veo dónde pueda estar lo fecundo del caso, pero tampoco me azoto. Al fin y al cabo es tal la sobreexplotación de estos usos novedosos, y tan laxa la aplicación (ya hay, lo juro, una especialidad en medicina narrativa, y en Columbia) que se agotarán pronto. Lamento más que en casa, donde debería privar la indignación, hagamos eco de estas corrupciones y caigamos en absurdos. Recientemente en internet me encontré con planteamientos del tipo de “la literatura sobre William Shakespeare”. O sea que además de una literatura empresarial y de una literatura médica, hay una literatura literaria. No pasará mucho tiempo, me temo, antes de que hayamos adoptado también la ubicuidad del vocablo narrativa. En algunas facultades de literatura ya se nos adelantaron. Sus profesores lo emplean para hablar lo mismo de una ficción que del discurso de la economía política o de filosofía moral. Tanto un cuento como una obra sobre las relaciones de producción en la Escocia ilustrada constituyen narrativas. Y si no tienen cuidado, los poetas y novelistas terminarán de creativos. García Márquez ya lo es. Todavía no lo cremaban en la Ciudad de México cuando el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá ya lo había declarado “el creativo mayor”.2 El epíteto no vino de una sección de sociales, ni de un publicista. Vino del gremio al que perteneció. Les habrá sonado a poco decir que fue un buen escritor.
1 http://blog.lewispr.com/2011/12/five-tips-for-creating-a-killer-corporate-narrative.html
2 http://www.caracol.com.co/noticias/entretenimiento/festival-iberoamericano-de-teatro-de-luto-por-muerte-de-quotel-creativo-mayorquot/20140417/nota/2183276.aspx
El mal empleo de la palabra Literatura en el México actual puede ser en gran parte a la infiltración y uso indiscriminado de vocablos del Inglés Americano. En los Estados Unidos, se le llama «Literature» a todo lo escrito y publicado sobre algún tema o producto (sobre todo para su venta), tal y como dice el autor, incluyendo folletos, información, volantes, etc. Por supuesto esta infiltración de tantos vocablos del Inglés americano, queriéndolos pasar como castellanos, se debe en grandísima parte al uso del idioma castellano por personas que no lo conocen debidamente, y hasta se dicen ‘Traductores’. Cuantas veces no se ha escrito en medios de comunicación de ‘prestigio’ la palabra «parada» cuando se trata de un desfile (porque en ingles puede ser ‘parade’) . O también el uso de la ahora muy socorrida palabra ‘Desabilitado’ porque curiosamente en Ingles Americano es ‘disable’. Es por este delicado asunto de las traducciones difícilmente bien hechas, que hay en Italiano una frase de la Toscana que dice «Traduttori, traditori» (Traductores, traidores). Saludos,