De la catedral al estadio: héroes y dioses del futbol

Los recientes acontecimientos en el mundo del futbol nos indican claramente que dios no ha muerto y que nuestra necesidad de creencias sagradas sigue en pie. A través de una serie de anécdotas reveladoras, el siguiente texto nos explica la creación y el funcionamiento de estos héroes y dioses del siglo XX y XXI.

El Cairo, mayo de 2018. Además del color irrepetible del Nilo, la naturalidad geométrica de las pirámides y la digna vejez de Tutankhamun, impacta la omnipresencia de Mohamad Salah. De repente, las calles de esta caótica ciudad se llenan de grandes anuncios espectaculares en los que el futbolista promueve una u otra marca. Aparece en comerciales y noticieros de la televisión local. Por todas partes hay niños con la camiseta 11 del Liverpool bien puesta. Las conversaciones informales de la gente lo aluden invariablemente. Tras la final de la Champions League, el presidente de Egipto, Abdel Fatah El-Sisi, ha declarado que reza por la pronta recuperación del futbolista, al tiempo que un imam kuwaití arguye que el jugador es culpable de la lesión por no ayunar en época de ramadán. Bassem Wahba, abogado egipcio, ha levantado una denuncia contra Sergio Ramos (capitán del Real Madrid y la selección española; defensa central) exigiendo una compensación millonaria por la lesión infligida con alevosía.

Mo Salah (como lo conoce occidente) ha transformado radicalmente la vida de un país completo que —vale la pena apuntarlo— lleva a cuestas un pasado de más de siete mil años de historia y civilización. Entre los egipcios se percibe una euforia porque Rusia 2018 pueda convertirse en la reivindicación, casi redención, de una sociedad en crisis crónica. Me recuerda algo, no sé qué, pero sí reconozco la empatía…

Los grandes pensadores de nuestra época, ese reducidísimo grupo de filósofos que gusta de vernos a los mortales por encima del hombro, dicen que el nuestro, es un tiempo secular. Pero temo decirles que se equivocan. En nosotros sigue la necesidad de lo sagrado, a veces como héroe y otras, como un dios. Pero quiero decirles, aunque intuyo que ya lo saben, que la beatitud se ha trasladado de escenario y se manifiesta de otra forma. De las catedrales a los estadios, del campo de guerra al césped rectangular, la civilización pone su fe y su devoción en los deportistas, particularmente en el único género diseminado por el mundo entero: los futbolistas.

El futbol es la épica de nuestros días, dice un puñado. El otro, igualmente fanático, lo piensa más como la religión secular del siglo XX y el XXI. Presenciar una batalla de héroes y dioses, de eso se trata jugar al futbol, de eso se trata sentarse en una grada cada fin de semana para corear las hazañas del héroe y quedarse mudo ante el milagro divino (que casi nunca se manifiesta).

Tapa de la llamada tumba del zambullidor, circa 480-470 a. de C., descubierta en Paestum en 1968, Museo Arqueológico de Florencia.

Existen tres tipos primordiales de futbolistas: los jugadores, los héroes y los dioses. De los primeros no me importa decir nada. ¿Para qué hablar de Guillermo Ochoa si se puede guardar silencio? Un héroe, por otro lado, es capaz de gigantescas transformaciones y magníficas victorias. Es Mohamed Salah soportando en sus espaldas al pueblo egipcio de camino a la batalla de Karkemish (antes de Cristo) o a Ekaterimburgo para enfrentar a rusos, uruguayos y sauditas por un lugar en la segunda fase.

Pero un héroe no solo es capaz de grandes hazañas, también es capaz de los más pequeños gestos, las minúsculas apoteosis, los sucesos que vuelcan el corazón de una persona: a finales de 2016, en medio de un invierno cotidiano en el desierto de la Península Arábiga, me dirigí como peregrino hacia el estadio para ver jugar al Barcelona. Con franqueza les confieso que mi ilusión era Messi, a quien nunca había visto en vivo. Al final todo se redujo a una cascarita entre el blaugrana y el equipo Al Ahli de Arabia Saudita. Fue la quintaesencia, en el peor sentido de la palabra, de un partido amistoso. No habían transcurrido 35 minutos de juego cuando Suárez, el propio Messi y Neymar ya habían anotado el gol, que seguramente tenían pactado en el contrato, y se encontraban sentados en la banca. Nosotros nos fuimos a casa con la amarga emoción de haber visto al mejor jugador del mundo en el partido más insulso de su carrera. Pero también nos fuimos a casa con la historia del héroe que es capaz de resignificar la vida de un niño.

Murtaza Ahmadi entonces tenía seis años. Había nacido en Afganistán y su hermano le hizo una camiseta de la selección argentina con una bolsa de plástico a rayas azul y blanca. En el dorso, el 10 debajo del apellido Messi. La imagen recorrió el mundo entero y el chico se volvió tan famoso que los organizadores del partido lo llevaron para conocer al de Rosario, Argentina. Fueron diez minutos de una potente imagen en la que un jugador de futbol es el que engloba todo, absolutamente todo, para una persona. No se despegó de él desde que estaban en los vestidores. Al término de la ceremonia inaugural, cuando el árbitro lo mandó fuera del campo, Murtaza automáticamente corrió de nuevo con Messi. El futbolista, en una recreación moderna del evangelio, pidió a todos que lo dejaran acercarse a él. El corazón tan nuevo de un niño experimentó un vuelco, un temblor, de por vida. No creo que Murtaza vuelva jamás a ser el mismo después de esa noche de balompié.

La materia de los dioses es otra, mucho más esencial. Es la del héroe y la del milagro. No solo triunfan en las batallas más sangrientas, sino que encuentran el prodigio de la eternidad. Antonio Ortuño escribe en su cuento “El nacimiento de una maldición. México 1986”, a propósito de Manuel Negrete y su gol de media tijera contra Bulgaria en el partido de octavos de final en el estadio Azteca: “fue dios durante diez segundos y lo querremos siempre por eso”. La materia de los dioses es ese momento eterno, infinito. El milagro como experiencia religiosa.

Hace más de diez años, en agosto de 2006, el profesor de Ithaca, Nueva York, escritor de varias novelas, incluida Infinite Jest, hablaba de Roger Federer con algo más vehemente que la pura devoción. Lo hacía en las páginas de The New Yorker, tan solo unos días después de que el tenista suizo se coronara en la cancha central del All England Lawn Tennis and Croquet Club. Era su cuarto título de Wimbledon y octavo Grand Slam de su carrera. Contaba apenas con 25 años y para entonces ya era considerado uno de los mejores de la historia, al nivel de Connors, McEnroe, Laver, Lendl o Ashe.

¿Por qué un autor como David Foster Wallace (1962-2008) habría escrito un texto titulado “Roger Federer as Religious Experience” (“Roger Federer como experiencia religiosa”)? Comprendo bien que el hecho de haber sido tenista amateur lo llevara a inclinarse por el deporte y, por consecuencia, a tener un tenista favorito. Reconozco la inteligencia de ensayos suyos como The String Theory y Derivative Sport in Tornado Alley, en los que hace alarde de un amplio conocimiento del mundo del tenis, además de mostrar sus habilidades extraordinarias para describir, provocar atmósferas y construir teorías de asuntos nimios que parecen disertaciones académicas. Pero de ahí a vincular la mundana competencia deportiva, entre dos hombres en pantalones cortos, provistos de una raqueta,  con el lugar donde surge lo místico y sagrado, parecería una arriesgada aseveración. Sin embargo, Foster Walace no está exagerando. El milagro ocurre, muy contadas veces, pero sucede.

Edson Arantes do Nascimento en el Foro Económico Mundial 2018. Reuters. Cortesía de: Milenio.

Dioses del futbol son muy pocos. Maradona, Pelé, Cruyff y Zidane. El instante eterno, el milagro, la experiencia religiosa: Maradona en el Mundial México 1986. El gol con la mano de dios (o sea la suya). El mejor gol del mundo también contra Inglaterra. Los goles contra Bélgica. Y el pase a Burruchaga para vencer a Alemania a unos minutos del final del segundo tiempo.

Pelé en México ‘70. Johann Cruyff en Alemania ’74 y Zidane en la final de la Champions League de 2002, cuando se detiene el tiempo con la volea a un balón que caía del cielo y cruzó el marco del Bayer Levenkusen. Y en la copa del mundo Alemania 2006 cuando dio un cabezazo a Materazzi, momento inmortalizado por una escultura gigante colocada en la plazuela del museo Pompidou, momento infame que sólo a los dioses se les toma como un prodigio.

Rusia 2018 está por comenzar. Para muchos es su Troya o su guerra de las Galias. El periplo ha comenzado y de ahí surgirán verdaderos héroes modernos y, quizá, un nuevo dios para la eternidad. Tal vez Messi. De la selección mexicana hoy solo veo jugadores que sucumbirán en la primera fase de sus Guerras del Peloponeso. Espero, como buen fanático, equivocarme. Espero ver un héroe como no lo hemos visto desde hace muchos años en nuestro país.

 

Juan Cepeda
Politólogo y escritor.
Twitter: @juancepeda

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Publicado en: Ensayo literario