“Telle est la vie des hommes. Quelques joies, très vite effacées par d’inoubliables chagrins. Il n’est pas nécessaire de le dire aux enfants”
–Marcel Pagnol, Leyla y su cigarrillo de Leah Manasseh
¿Qué cine hace una sociedad que no ha conocido más que el conflicto?
Líbano no ha tenido paz desde hace casi un siglo. Una guerra civil siguió a una guerra de independencia; luego una invasión de Israel complicó todo de nuevo; después, hubo tragedia tras tragedia, una explosión destrozó Beirut, una crisis económica que agravó la pandemia y, claro, regresó la guerra con Israel.
Pero, ¿es eso lo que caracteriza a Líbano? ¿El reconocimiento internacional por la calidad de su comida, los tufos de exotismo de Hollywood y las representaciones de guerra y miseria? Guardadas las distancias, la representación de Líbano en el mundo recuerda a la de México: ¿podemos hacer un cine más allá de la violencia en nuestro país? ¿Tendremos otros temas en el futuro? ¿Estamos secuestrados por nuestras circunstancias geopolíticas? ¿Por nuestra historia? ¿Por la popularidad de nuestra comida, los tufos de exotismo y los estereotipos malsanos?
Sam Lahoud es el presidente fundador de la Sociedad Fílmica de Beirut. Está en la Ciudad de México para presentar una conferencia magistral sobre el cine de su país en el marco de un festival inédito de cine independiente libanés. Me senté a platicar con él sobre estas y muchas otras preguntas. La conversación, como todo lo que hace Lahoud como productor, promotor y divulgador de cine libanés, tiende puentes.

“Si no sé nada de México y sólo veo los medios tradicionales, pienso que los mexicanos son violentos, migrantes ilegales y todas esas ideas ridículas. Cuando veo México en el cine, veo a personas similares a mí, que tienen los mismos problemas que yo, las mismas emociones. Por eso estamos convencidos que el cine, desde su forma, fomenta la comprensión entre personas, los objetivos en común y los intercambios culturales”.
Lahoud cree en el poder suave del cine.
“Sabemos que el cine tiene un papel fundamental en la diplomacia cultural de nuestro país. En particular porque tenemos una discrepancia real entre lo que hacen los medios y lo que hace el cine. En los medios ajenos a la creación artística, hay muchos estereotipos, se alimenta un pensamiento de odio y se juega con la diferencia entre países de la región. Son medios que viven de las contradicciones entre poblaciones, entre personas, comunidades y culturas. Estos medios fomentan un estado de guerra, de odio y de racismo”.
Líbano vive en una encrucijada importante. La historia del país va mucho más allá de los conflictos coloniales y religiosos del siglo XX. Lahoud entiende que la importancia de su país en el Medio Oriente radica en la capacidad de recordar una convivialidad posible entre religiones y pensamientos. No es una invención utópica del futuro, es un hecho histórico.
“Somos un mosaico entre musulmanes y cristianos; entre orientales, árabes y la ventana hacia el oeste. Líbano tiene un papel fundamental en esta parte del mundo: tenemos que ser la conexión entre distintas culturas, tenemos que hacer que las personas se entiendan, explicar a musulmanes, judíos y cristianos que pueden vivir juntos. Ser un modelo, un ejemplo, para establecer una cultura de vivir juntos”, me dice Lahoud.
Hay tres veces más libaneses viviendo en la diáspora que los que habitan en ese país. De los 21 millones de libaneses en el mundo sólo 5 viven en territorio libanés. Lahoud me da algunas cifras: 8 millones en Brasil, 2 millones más en Argentina, millones más entre África, Australia y Canadá. En México hay cerca de 1.2 millones de libaneses. La diáspora, se podría decir, inauguró la importancia internacional de su cine con la primera película libanesa proyectada en Cannes, Ila Ayn? (¿A dónde vamos?) (1957)de Georges Nasser. La película, con maravillosos retratos de la vida en el campo libanés (que, sin embargo, no idealiza), muestra la miseria de los que se van con el sueño de empezar una nueva vida en Brasil. La dinámica de los que se van y los que se quedan, del trabajo de las mujeres en pueblos que se vacían de hombres, no nos es ajena. Pero la entendemos distinto.

“Esta diáspora es el petróleo de Líbano. En Canadá, la mayoría de los libaneses hablan árabe y nacieron en Líbano. En México, sin embargo, muchos nacieron aquí, muchos se fueron de Líbano desde mediados del siglo XX. Queremos que estas terceras, cuartas, generaciones regresen y conozcan su cultura. Para establecer un modelo de convivialidad, la diáspora es vital. Son nuestros embajadores en el mundo. Queremos que vengan a Líbano, que vean nuestra cultura, que entiendan este modelo y que se alimenten de esta energía de vivir juntos para divulgarla”.
La migración libanesa, en los ojos de Lahoud y de toda una industria (pequeña pero unida) que se entrega a la divulgación histórica de su cine, es una oportunidad cultural para convencer al mundo de la posibilidad de una convivencia.
“Las guerras que seguimos sufriendo es porque muchos intereses alrededor de nosotros quieren destruir este modelo de convivencia entre religiones y opiniones. Los libaneses se aferran a este modelo. Hay que hablar de la segregación que está imponiendo Israel en Palestina. Hablamos mucho de la solución de dos estados, Palestina e Israel. Personalmente creo que no necesitamos dos estados. Necesitamos un estado que respete al ser humano, que no segregue a las personas. Cuando Palestina era de los palestinos, los judíos vivían en paz. En los medios, lo que vemos una y otra vez, es que es imposible vivir con árabes, que los árabes no van a querer vivir con cristianos o judíos. No es cierto, es posible. Es algo histórico, es algo que sigue sucediendo: ¿Por qué construiríamos un estado solamente para una religión?”
El aprendizaje político de este tipo de poder suave es ejemplar. Pero no es lo único que tiene que enseñarnos el cine libanés. Actualmente hay una crisis fílmica en Líbano. El COVID diezmó las salas de cine, las tragedias recientes crearon a una generación que ya no se interesa en las proyecciones. El cine libanés, me explica Lahoud, está pasando por tiempos oscuros. Y esta sinergia terrible se completa con la llegada de las plataformas digitales. Antes, me comenta Lahoud, había fondos nacionales e internacionales para la distribución y esos fondos permitían que la forma cinematográfica fuera más libre, verdaderamente independiente. Ahora las películas libanesas no tienen la misma demanda. Sólo las plataformas pueden levantar dinero para las producciones y a las plataformas no les interesa nada que no sea una apuesta comercial consistente: películas de categoría A, con actores conocidos, con ciertos temas y lo que Lahoud llama “una capa árabe”. Las grandes plataformas exigen que las películas lleguen a un mercado más amplio y no nada más al pequeño mercado de Líbano. Necesitan un actor sirio o egipcio para atraer públicos de distintos países árabes. Con esto, desaparece la libertad formal de los cineastas libaneses, su independencia y la particularidad de sus visiones para unirse a una amalgama exotizada, planeada por extranjeros, desde la producción.
Los únicos formatos que están sobreviviendo, con alguna independencia, explica Lahoud, son los cortometrajes y los documentales. Sólo en este tipo de producciones se puede escapar de la lógica fatal de las plataformas y del hecho que el retorno de inversión en salas ha caído más de 80% desde el COVID.
El segundo problema es más grande aún: el público ha cambiado: “Las audiencias ya no reciben el cine de la misma manera. Lo que pasó en Líbano es particular. Hubo 5 o 6 catástrofes una tras otra. Fue demasiado. La gente se adaptó, se acostumbró a sobrevivir en casa, a ver películas en su teléfono. No es sólo por el COVID, es por la crisis económica que siguió. Por ejemplo, el boleto de cine cuesta 10 dólares y, de pronto, las familias se toparon con que su salario completo es de 40 dólares al mes. Luego vino la explosión en Beirut y la depresión nacional, colectiva, cambió la forma de pensar de las personas. Si vas al cine en Líbano (aunque la mayoría cerraron), puedes ver a 10 o 15 niños frente a una película bastante tonta. La mayoría están jugando con sus teléfonos sin ver la pantalla. Es muy difícil regresar la cultura cinematográfica a una audiencia que la perdió. Tenemos que volver a inyectar en las personas el gusto del cine. No nada más de ver películas, sino entender el cine como un acto comunitario, un lugar para actuar juntos, socialmente”.
La iniciativa de Lahoud es expandir el horizonte dentro y fuera de Líbano. Se ha dedicado a divulgar el cine en su país, haciendo entrevistas frecuentes, creando festivales y todo tipo de proyecciones para producciones independientes. En el mundo, su organización trabaja con más de 90 festivales. También están organizando festivales específicos de cine libanés. Ya tienen uno en Canadá, están cocinando el de Estados Unidos y ahora tienen el primer festival de cine libanés en México dirigido por la mexicano-libanesa Ginger Jabbour.
¿Qué enseñanza deja esto para México? ¿Qué estamos dejando de hacer por nuestro cine? En Líbano se produce mucho cine, en particular cortometrajes. Para una industria tan pequeña, que Lahoud describe como 15 o 20 cineastas con tres o cuatro películas que se ayudan a hacer todo entre ellos, es loable la producción de más de 200 cortometrajes al año. El problema es cómo llega esa producción al público, cómo se atraen nuevos financiamientos para un cine verdaderamente independiente y cómo no se subyuga la creatividad al retorno de inversión. Extrapolando a nuestro país, podemos decir que no todo es cuestión de producción. Como lo muestran año tras año los anuarios de IMCINE, en México se produce mucho. El dinero fluye a raudales. ¿Pero en qué producciones se va ese dinero y qué es lo que finalmente llega al público? El análisis, lejos de ser cuantitativo en la producción, debería ser cualitativo. Lo mismo en la distribución.
Líbano tiene una rica historia cinematográfica que tiene mucho que enseñarnos. Lahoud la divide en etapas históricas. La primera empezó con la película de Georges Nasser que comentaba más arriba y siguió con la gran generación de los setenta y ochenta: Maroun Bagdadi, Borhane Alaouie, Jocelyn Saab, Heiny Srour, Randa Chahal Sabag y muchos otros pioneros. Fue la generación que estableció el verdadero cine independiente libanés lejos de lo que Lahoud describe como “copias baratas comerciales de Hollywood” que proliferaron en esa época dorada de Líbano antes de la guerra civil. Luego viene la primera generación, continúa Lahoud, de cineastas que salieron de escuelas de cine. Son nombres conocidos en festivales internacionales: Nadine Labaki, Oualid Mouaness, Michel Kammoun, etc. Es a la generación que, como productor, pertenece el mismo Lahoud. “Debido a que vivieron durante la guerra, comenta, sus películas son sobre la guerra o las consecuencias de la guerra”. Finalmente, hay una nueva generación de cineastas; la generación contemporánea que trata de salir de las mismas historias y que busca explorar la identidad, problemas sociales y laborales, lo que llama Lahoud, “el círculo vicioso del vacío existencial que están sintiendo al ver cómo todo se repite”. A pesar de romper sus ataduras, apunta Lahoud, “algo los arrastra a hablar de las sombras de la guerra. De una manera u otra, la guerra siempre está presente, incluso cuando trata de evitarse como tema.” La cuestión aquí es cómo se trata ese tema.
En Horoub Saghira (Las pequeñas guerras) de 1982, el gran cineasta libanés Maroun Bagdadi (otro gran creador que murió demasiado joven) explora la guerra civil desde una perspectiva única. La crítica de su película es evidente, pero constructiva. Cuando un grupo de jóvenes en Beirut le pregunta qué busca un periodista estadounidense, este responde, con tremendo cinismo, que busca francotiradores, explosiones y muertos. Uno de los presentes le pregunta, “¿por qué no interesarse en las personas?” Bagdadi sabe que nadie en occidente va a interesarse por las personas. Entonces cuenta las pequeñas guerras, los actos de violencia cotidianos, las indecisiones, la locura de una juventud en medio del conflicto. Lo que se desgarra ahí entre relaciones amorosas, el deber familiar, la tradición y el oportunismo es un retrato tan amplio de la violencia que sobrepasa por mucho el marco histórico de la película. Y los planos de Bagdadi lo demuestran alternando rostros enormes contrastados con los personajes diminutos en los valles interminables del este y las ruinas vacías de Beirut.
El tema es menos importante que la puesta en escena. O, dicho en términos menos anacrónicos, no importa si el tema vende a occidente, lo que importa es lo que se quiere explorar de la humanidad, de la forma, de lo que somos y de lo que son nuestras imágenes. En la crisis de representación de la violencia en México, regresar a la historia política y formal del cine libanés parece importante. Sobre todo ahora. Sobre todo con la posibilidad de ver nuevas películas libanesas, cortometrajes en particular, proyectados en pantalla grande y, por primera vez, con subtítulos directos al español. Así lo explica Ginger Jabbour, directora del festival:
Ese es uno de nuestros objetivos: distribuir el cine libanés y árabe con el poder de los subtítulos. Cuando ves las películas, los problemas que tratas, entiendes que son películas que se podrían distribuir perfectamente en México. Dos países tan lejanos, son tan similares: ambos son vistos como países en conflicto, países corruptos, países problemáticos, pero con buena comida… ¿Por qué debería importarle a México los problemas de Medio Oriente si tenemos tantos problemas aquí? Tal vez no puedes ir a resolver los problemas en Medio Oriente, pero podemos aprender de cómo se resuelven estos conflictos, podemos compartir nuestros problemas.
La importancia de este primer festival de cine libanés y de la presencia de Sam Lahoud en México está en estas relaciones que podemos tejer con un cine poco o nada visto en México. En FICUNAM pudimos ver las películas de Jocelyn Saab y Heiny Srour como una experiencia reveladora. Ahora, para completar ese camino, podemos reflexionar sobre lo que nos toca hacer en el plano mundial con nuestro cine y con nuestras representaciones. ¿Cómo luchar contra nuestras crisis como lo quiere hacer la Sociedad Fílmica de Beirut, como lo hacen tantos otros divulgadores del cine dentro y fuera de México?

“Estoy trabajando seriamente”, termina Lahoud, “No estoy aquí sentado sin hacer nada quejándome de la crisis del cine en mi país. Sé cuál es la crisis, sé cuál es el problema y buscamos alternativas. El cine ya no tiene la influencia que solía tener en esos días en los que las revoluciones se tejían en el montaje. Ahora no puedo decir que tenga el mismo poder que tenía en los años 20 y 30. Como el teatro lo tenía al principio del siglo XIX. Tampoco creo que tenga el poder actualmente de las olas de los 60 y 70 que cambiaron la forma fílmica. Pero creo que sigue teniendo una cierta influencia en la juventud, creo que puede plantar algunas ideas. No debemos ser pretenciosos al hablar de estas nociones. Pero sí creo que, si un cineasta tiene una idea, el cine es el medio a través del cuál se debe diseminar esta idea.”
Las ideas ahí están: nos toca hacer algo con ellas.
El Primer Festival de Cine Libanés en México (FECIL) presenta una selección de 10 cortometrajes, una conferencia magistral de Sam Lahoud, además de talleres, música y comida. Se llevará a cabo el 30 y 31 de agosto en el Centro Libanés, Unidad Hermes de la Ciudad de México. Aquí pueden ver toda la información.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine