De Amores perros a Días de gracia

No linchen al mensajero, al cineasta; démosle, mejor, una buena madriza a la realidad. Sí, que nadie se queje de la violencia desbordada, sórdida, de Días de gracia, la insoslayable ópera prima de Everardo Gout. ¿Qué acaso no se ve todo eso, y más, mucho más, en la prensa y en la televisión? Se puede intentar regatearle méritos llamándola “Amores perritos” o “Amorcitos perros”, porque sin duda es descendiente espiritual y estilística de aquella obra de Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga (cuando aún no se hincaban los colmillos). Aquí no se quiere hacer sociología instantánea, ni criminología al vapor, pero, por lo que se ve, el México que muestra Días de gracia (2012), coproducción franco-mexicana, parece más descompuesto que el de Amores perros (2000). Algo huele mal en México lindo y querido.

No pocas virtudes tiene la cinta de Gout: un guión ingenioso y bien tratado, en el que la cruenta realidad del secuestro y la corrupción en México se imbrica con tres mundiales de futbol (los del 2002 al 2010). Un casting atinado y varias actuaciones memorables (Tenoch Huerta como el policía Lupe Esparza, José Sefami como el Comandante José; pero no son las únicas). Un manejo de cámaras nervioso, inquietante, a veces catatónico, que le viene bien al tema. Y un ritmo envolvente que no se entiende sin una esmerada edición.

¿Para qué distraerse en unos malos de turbante (uno de ellos, “El Kalimán”)  medio caricaturescos, en los monólogos de un secuestrado un tanto cuanto artificiales, en la inverosímil música ambiental de un burdelillo de vecindad y en las referencias, tal vez involuntarias, a Amores perros? Los aciertos de Gout son superiores.

¿En qué momento -se pregunta este melodramático comentarista, plagiario al cubo de Mario Vargas Llosa- se nos jodió México y devino un macabro y altisonante thriller? ¿A qué hora la realidad nacional degeneró en desaforada pesadilla, digna de un Tarantino cruzado? Malos hay en todas partes, es cierto. Corrupción también. Quizás sea desgracia de la condición humana tener que rendirle cuentas a un poderoso de arriba que, a su vez, hace lo mismo.

Por atrás de la trama principal va pasando el balompié y, también, en algún momento, las ríspidas elecciones del 2006, las que dieron paso a un México aún más belicoso y sangriento. Algo de gracia provocan los comentarios futbolísticos al margen, pero el cuadro completo acaba por ser desolador. La gran ciudad. Las zonas marginadas. La connivencia policías y ladrones. La ojetez. Los personajes mierda. La traición. La desconfianza.

¿Qué se hace con una película así? Seguro que no solo sirve para entretener. ¿Es lección, moraleja, pulso, espejo, catarsis, autoflagelación? Averígüelo por sí mismo el espectador. –Jordi Torre.