Cuidar sostiene pero también arrasa:
Fruto de Daniela Rea

“Cuidar y criar. No hay vida posible sin estos verbos…”
–Daniela Rea

¿Por qué son mayoritariamente las mujeres quienes asumen roles de cuidado y crianza? ¿Cuándo cuidar a alguien es trabajo y cuándo es una expresión de amor? ¿Qué gestos recibimos que nos hicieron sabernos cuidadas y cómo supimos que eso era cuidar? ¿Cómo es posible llevar a cabo labores de cuidado en un país donde reina la violencia? Esas son algunas de las interrogantes que la periodista y escritora mexicana Daniela Rea desarrolla a lo largo de su más reciente libro Fruto, un ensayo polifónico en el que convergen entrevistas a once mujeres, entradas del diario de la autora, las preguntas de sus hijas, diálogos con textos de escritoras, críticas y feministas, y un hilo conductor dirigido por la historia de Rosario, su propia madre. La premisa que permite a Fruto reunir todas estas voces es que “No todas somos madres, pero todas hemos sido hijas. Todas hemos cuidado y hemos sido cuidadas”. Esas labores de cuidado exigen una mayor reflexión y una toma de conciencia en torno a las opresiones y exigencias que generan, primordialmente, para las mujeres.

El propósito de las mujeres y el amor maternal

“Aprendí a ser mujer principalmente por la imagen de mi mamá. […] Sabernos bien la hacía feliz. Y así me configuré, como mamá”, comenta Rosario durante la primera entrevista del libro. A lo que Rea reflexiona: “‘Configurarse’, le escucho decir a mi madre. Como máquinas que se programan. Ser configurada, programada, tener un destino. Mi mamá fue parida y fue programada”. Al ser el cuidado el principal eje del ensayo, Rea comienza indagando en la vida de su madre para así buscar comprender la suya e intentar bordear la de sus hijas.

A lo largo de la historia, la mujer ha sido reducida a su capacidad de gestar y maternar; como si esas actividades supusieran su “propósito de vida” (para aquello que fue programada), dejando de lado su individualidad y otras posibles ambiciones profesionales o personales. Rea habla de ello al narrar cómo recibió la noticia de su segundo embarazo: “He pasado por unas tormentas fuertes. Días de llorar sin saber por qué, sabiendo que seré madre nuevamente, sintiéndome que seré borrada, pero con voces que me escuchan alrededor y me abrazan”. Esta sensación no es para nada extraordinaria, al contrario, es una angustia que la literatura y el cine contemporáneos han retratado constantemente. En el ensayo “Laberinto de la maternidad”, por ejemplo, Gabriela Sofía Gómez afirma “yo consideraba mi situación de mamá de tiempo completo como una catástrofe, un accidente logístico, algo que me frustraba y me avergonzaba”; y más adelante agrega: “Aún no estaba embarazada y ya me sentía sobrepasada”.

Gómez puntualiza que el amor y el instinto maternal pueden convertirse en ideas opresivas, y que es necesario bajarlas del pedestal en el que se les ha tenido siempre: “Entender que no existe el instinto maternal nos obliga a cambiar un discurso importante: el de decirles a las mujeres, a todas las mujeres, que tengan hijos porque sin importar las circunstancias, los van a amar más que nada en este mundo”. Rea también hace énfasis en la dificultad que supone mantener con vida dichos conceptos: “No sé cómo escuchar este relato de mi mamá. Me incomoda su aceptación sin cuestionamientos, sin rebeldía. ¿El amor incondicional de una madre? ¿El sometimiento de una madre?”. Tanto Gómez como Rea echan mano de los trabajos críticos de la feminista Élisabeth Badinter para meditar al respecto, ya que fue una de las primeras filósofas en cuestionar la normalización del “amor materno” y hacer entrever sus peligros. Rea afirma que

las mujeres de quienes nos habla [Badinter], occidentales y urbanas, querían ser libres y destinar esa libertad a otras actividades que les dieran un reconocimiento social, un reconocimiento a su existencia. […] Badinter afirma que ser madre no es innato y que no hay nada natural en ser madre. […] El amor maternal es un sentimiento humano. Y como todos los sentimientos, es incierto, frágil e imperfecto […] no debe darse por sentado.

La autora de Fruto se dedica a desmontar los ideales que hay en torno al amor maternal y admite que, en ocasiones, la crianza y el cuidado son sobre todo: trabajos, motivos de cansancio que impiden el desarrollo social de las mujeres. En el ensayo se encuentran algunas propuestas que refuerzan la idea de que el estatuto de “mujer” no es reemplazable por el de “madre”; una de ellas es la defensa de la crianza colectiva, como red y como trabajo. Si bien, en esta sugerencia siguen siendo las mujeres quienes participan en dicha labor, me parece que el punto a resaltar es que se concibe como un trabajo en conjunto. Un ejemplo son las conversaciones con Laura, una de las mujeres entrevistadas que labora en casa de la autora: “Cada vez más mujeres en el mundo dejamos la casa y salimos a ganar un salario y a desarrollarnos profesionalmente. Para hacerlo requerimos de otras mujeres que se encarguen del trabajo de cuidados, que llenen el vacío que dejamos en eso que llamamos hogar. […] Yo dejo la casa para trabajar, Laura deja su casa para trabajar”. Además, Rea expone que la crianza colaborativa también ayuda a eliminar la soledad y precariedad que acompañan, muchas veces, a los cuidados y a la maternidad.

En Fruto, la mayoría de las mujeres entrevistadas narran la dificultad de sobrellevar simultáneamente la vida laboral y la vida en el hogar, y reflexionan sobre la emancipación económica de la mujer y sus consecuencias, tanto positivas como conflictivas: “Por un lado, pensaba que era independiente, que me estaba desarrollando profesionalmente, y por otro, que me había dado en la torre yo solita, que las mujeres nos impusimos más deberes al haber intentado nuestra independencia económica y desarrollo profesional”, confiesa la madre de la autora. Es entonces donde aparece un concepto que Rea retoma para ahondar en este tema: “La mujer rota, así la llamó Simone de Beauvoir a ese estado en el que quedamos después de haber supeditado nuestra vida a las de los otros dentro de una familia patriarcal, pareja e hijos, vaciadas de amor y de nosotras mismas”. Dicho punto de vista me lleva inevitablemente a pensar en la habitación propia que Virginia Woolf defendió en las primeras décadas del siglo XX: “una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas”, argumentaba, y tenía razón; lo interesante es que la emancipación económica de la mujer —esas libras y ese espacio por los que peleaba Woolf— no supuso su liberación de las labores de cuidado, al contrario, sólo se sumaron a sus obligaciones profesionales.

Que las labores de crianza y cuidado hayan sido relegadas a las mujeres tiene razones económicas y productivas. Rea apunta que “en México nuestro trabajo de cuidados no pagado —mantener viva una vida […] representa, al 2020, poco más de una cuarta parte del Producto Interno Bruto, según el INEGI, superando a cualquier otra actividad económica en el país”. Ante lo que concluye: “Al entender todo esto, me sentí un cuerpo usado, despojado de la capacidad de decidir, desconfié incluso de la ternura hacia mis hijas”. Para pensar esto con mayor profundidad, Rea retoma la etimología latina de criar (“criare”) que comparte raíz con la palabra “crear”: las hijas se crean y se cuidan; cuidar, por su parte, proviene del latín cogitatus que significa pensamiento. Por ello, la relación entre cuidar y criar es a la vez acción y pensamiento: es necesario cuidar —como intención y como acto— para que el otro ser tenga, a su vez, capacidad de ser y hacer.

Es importante nombrar las labores de cuidado como un trabajo para refutar el binarismo de género que asegura que los hombres salen a trabajar (para producir y proveer) mientras que las mujeres se quedan en casa a cuidar y realizar tareas (no trabajos) domésticas. Las problemáticas de este binarismo se abordan, por ejemplo, en la película Una cuestión de género (2018), dirigida por Mimi Leder, con Felicity Jones en el papel de la jurista Ruth Bader Ginsburg. Este filme retrata el caso de Charles Moritz, un hombre soltero que se ve en la necesidad de cuidar de su madre enferma, y que, por su género, es incapaz de deducir impuestos relacionados con estos cuidados, ya que legalmente esa labor es exclusiva de las mujeres y, por ende, sólo ellas pueden solicitar dichos apoyos fiscales. Lo que Ginsburg argumenta es que existen leyes discriminatorias basadas en roles de género y que, como cualquier mujer que asume un rol de cuidado, Charles merece apoyo estatal. “Decidir que la mujer no haga un trabajo no es un privilegio, sino una jaula. Y las leyes son las rejas”, plantea Ginsburg. Con el pretexto de “proteger” a las mujeres de la realización de ciertas tareas, se les limita a las labores domésticas, lo que resulta perjudicial no sólo para las mujeres (aunque primordialmente) sino también, como muestra el caso de Moritz, para los hombres. De hecho, este tipo de estructuras también son evidenciadas en Fruto, donde el binarismoproveer-cuidar es señalado en varios momentos, como en la entrada del 16 de septiembre de 2014, donde Rea apunta: “Papá se fue a trabajar y nos dejó un beso para protegernos y acurrucarnos. Tú y yo subimos a la azotea a tender tus pañales recién lavados”.

Pese a esto, es importante recalcar el lado positivo que la periodista también destaca de los cuidados, sin por ello quitar el dedo del renglón y sin romantizar actividades que han forjado la desigualdad de género. Las contradicciones entre las que oscila el cuidado se entretejen en momentos como este: “Criar supone estar alerta todo el tiempo, pero cuando llega la noche, cuando la batalla ha terminado y las miro respirar junto a mí, tibias y silentes, algo se acomoda en el universo”. De esa misma manera afirma que si bien cuidar cansa, también es “esa posibilidad de encontrarnos, de vivirnos. A mí eso me regaló el cuidado a mi madre. La disfruté, viví su ternura, su vulnerabilidad, su curiosidad por nuestras vidas y la de sus nietos”.

La maternidad y la escritura

Gabriela Sofía Gómez afirma que muchas mujeres escritoras, como ella misma, se debaten entre maternar y la ilusión o el deseo de escribir.  Por su parte, para la elaboración de su libro, Rea expone que es necesario que su madre cuide de sus hijas para que ella pueda escribir su historia: “A veces pienso en esa contradicción: para escribir de mis hijas, tengo que construir distancia de ellas; para hablar del cuidado, tengo que dejar de cuidar”. Por lo tanto, parece que hay dos universos que no comulgan fácilmente: el de la escritura y el de la maternidad o cuidado. Así lo establece Woolf:

Hacer fortuna y tener trece hijos, ningún ser humano hubiera podido aguantarlo. Considérense los hechos, dijimos. Primero hay nueve meses antes del nacimiento del niño. Luego nace el niño. Luego se pasan tres o cuatro meses amamantando al niño. Una vez amamantado el niño, se pasan unos cinco años cuando menos jugando con él.

A lo largo de los años, las mujeres que se dedican a las labores de crianza y a la escritura han configurado un nuevo lenguaje en el que se desmantela la idealización de la maternidad: “Algunas de ellas se han inspirado en su nueva experiencia para crear historias. […] Pero escriben, tratan de rescatar esa parte tan esencial de ellas, de ese otro monstruo devorador que es la maternidad”, apunta Gómez. Rea lo hace evidente también al mencionar que cuidar y criar suspenden indefinidamente su labor como escritora y periodista: “me gustaría no tener mi cerebro y mi cuerpo fraccionado, poder escribir sin tener que interrumpir la escritura cada quince minutos porque algo pasó”.

Por supuesto, estas cuestiones rara vez son aplicables para la vida profesional de un varón. A lo largo del ensayo, hay pocas menciones del padre. Al principio de la obra, se menciona cómo su compañero está con ella durante el parto, después, en la entrada del 4 de junio de 2020, se entrevé que Rea y sus hijas están fuera de casa, sin embargo, mantienen comunicación con Ricardo —pareja de Daniela— por medio de videos y llamadas. Rosario menciona al padre de Rea también: “La pasé muy mal cuando tu papá se fue de la casa y se casó […] La soledad dolía mucho, la soledad era permanente. La soledad ya no era sólo un sentimiento. Era de verdad, era concreta”. En todos los casos anteriores, no hay algo que indique la interrupción de la vida profesional del padre a lo largo de la crianza.

Sin embargo, me parece que hay un elemento a resaltar en el trabajo de Rea: la aparición de la voz de sus dos hijas que están en el corazón del dibujo y que une a todas las mujeres del relato al inicio del ensayo. En el libro, se intercalan fotografías de ambas niñas, de sus dibujos y del proceso de lactancia. Así, la obra logra reunir a la crianza y la escritura. Naira, la hija mayor, escribe: “Le estoy ayudando a mi mamá a aser un libro me sentí feliz un poco cansado me esta gustando mucho. se llama Fruto el libro y se trata de nuestra vida”. 

Cuidar en un contexto violento

El entrecruzamiento de la historia de diferentes mujeres permite que Fruto sea un receptáculo de visiones, experiencias y narraciones en torno a lo que implica ser mujer, ser madre y cuidar de alguien en un país como México, un lugar sumido en la violencia contra las mujeres. La mayoría de las personas entrevistadas por Rea vienen de contextos familiares y sociales violentos: hay mujeres que son madres solteras, que cuidaron de sus hermanas y hermanos e incluso de sus madres enfermas; y otras que sufrieron abuso físico, psicológico y sexual. Es un entramado que crea, como la misma Rea dice, un conjuro en el que Fruto se convierte en un remanso para romper con la percepción ensimismada del dolor y de los problemas. El eco de las voces provoca una resonancia en contra de la soledad.

Rosalba, por ejemplo, revela frustración al hablar sobre las labores de cuidado que realiza: “Hay días que la veo y recuerdo todo lo que yo no quería ser y estoy siendo, la mamá que regaña, la mamá que da nalgadas. Yo fui criada con maltrato y he pensado que no es posible salir del círculo de la violencia”. Este círculo es en el que se encuentra el México que Rea retrata, un país cuya violencia se ha colado hasta los lugares más íntimos.

La entrevista con Mariela deja ver los efectos de una maternidad violenta, no deseada, y desmantela el mito que se ha construido alrededor del amor maternal del que se habló anteriormente: “Mi mamá no era una mujer amorosa […] Odiaba ser madre y lo decía abiertamente. Las odio, nos decía. Yo no sé si nos odiaba a nosotras o la vida que tenía, nunca lo aclaró”. Así es como después de recordar la figura de su madre, Mariela habla desde su propia experiencia: “Si hubiera podido elegirla [mi vida], habría decidido no tener hijos. Pero si no los hubiera tenido no sería quien soy ahora. Esa es mi contradicción”.

De dicho arrepentimiento hace énfasis también Gabriela Sofía Gómez en su ensayo: “El arrepentimiento de ser madre crea un imaginario en el que esos seres infinitamente amados ya no existen”. Las contradicciones aquí delineadas componen el acto de cuidar. Así lo sostiene Rea: “Cuidar cansa. Cuidar arrasa. Cuidar asola. Pero también conserva, sostiene. Cuidar reúne, cuidar nos hace personas. Las contradicciones del cuidado no surgen del trabajo que conlleva, sino de las condiciones bajo las cuales lo ejercemos y quiénes lo ejercemos”.

Por último, quisiera resaltar la historia de Channi, cuya hija desapareció y ahora es “madre” de sus nietas. “Cuando se llevaron a Rebeca tuve que cuidar a mis nietos, eso fue lo que me convirtió en mamá. No pude ser mamá de mis hijos, pero ahora lo soy de mis nietos”.  Así es como Channi y muchas otras madres (de) desaparecidas forman parte de este conjuro. Pero esta sustitución tiene muchas más implicaciones, como lo afirma Caro, hermana mayor de Daniela: “Es que cuidar… Con dar no tengo problema, me gusta dar. Pero cuidar, cuidar te jode… […] es que te inhibes… Cuidar es asumir una responsabilidad cuando no te toca, porque no se están cumpliendo ciertos roles familiares”. Rea se pregunta entonces: “¿Qué nos hace ser madres? […] ¿Hay sólo una forma de ser madre? ¿Sólo pariendo a los hijos se es madre?”

¿Qué significa cuidar en un contexto en el que los hijos y las madres desaparecen? Naira —la hija mayor de Rea— nació meses antes de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. “Tener a Naira y después a Emilia en medio de este horror me ha hecho sentir tremendamente vulnerable, por mí y por ellas”, dice Rea. ¿Cómo se cuida la fragilidad de la infancia en un país en el que el listado de desaparecidos se alarga de manera cotidiana y banal? El caleidoscopio de voces que entreteje Fruto permite visibilizar la urgencia del cuidado que requerimos todas y todos —desligado de la maternidad y de la infancia— en un entorno político en el que velar por la seguridad y el bienestar de otra persona puede resultar vital para la supervivencia.

Bibliografía

Gabriela Sofía Gómez. “El laberinto de la maternidad”. nexos, mayo 2023.

Mimi Leder. Una cuestión de género, 2018, Focus Features, Participant Media, Alibaba Pictures.

Daniela Rea. Fruto. Ediciones Antílope, 2023.

Virginia Woolf. Una habitación propia. Traducido por Laura Pujol, Austral, 2017. 

 

Alexandra De la Colina
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Cuidar sostiene pero también arrasa:
Fruto de Daniela Rea

  1. ¿Entonces cuidar de otros es alienante y es un error? Podríamos decir entonces que preocuparnos por las personas en pobreza o que sufren violencia no es algo que nos toque, se puede elegir pero quien no lo haga no estaría faltando a ningún deber o ética.

    Falta en el artículo una reflexión sobre la relación entre mercado y maternidad. En el sitio del Fondo monetario internacional aparece un artículo llamado «La nueva economía de la fecundidad», de donde extraigo el siguiente fragmento: «Por último, las condiciones del mercado laboral también afectan la compatibilidad entre carrera y familia. En España, por ejemplo, un país con un mercado laboral de dos niveles donde los trabajos a menudo son temporarios o para toda la vida, las mujeres tienden a posponer la maternidad con la esperanza de primero conseguir un trabajo estable. Es natural que estas condiciones del mercado laboral reduzcan la fecundidad. En términos más generales, cuando el desempleo es alto, los trabajos temporarios son comunes y los trabajos permanentes son difíciles de obtener; incluso tomar una licencia temporal para formar una familia puede tener repercusiones a largo plazo en las perspectivas de las mujeres en el mercado laboral. En consecuencia, las tasas de fecundidad pueden ser más bajas que en un entorno donde resulta fácil encontrar trabajos seguros y a largo plazo.»

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