Cuando las luces se apagan

En 2013 el director David Sandberg logró viralizar su cortometraje Lights out, que no sólo tuvo éxito en las redes sociales alrededor del mundo, sino que también le valió merecidísimos premios en diversos festivales, como el premio a mejor director en la sección Who’s There? en la competición Bloody Cuts Horror Challenge. El cortometraje, con apenas 2:42 min de duración, partía de una idea sencilla alejada de todo el barroco que generalmente habita el género de terror, y regresaba el miedo (sin tanto preámbulo) a un lugar común: la obscuridad, esa falta de luz capaz de consumir el mundo que visualizamos y que nos expone a fantasmas (fantasías) que pueden devorarnos. Es justo ahí donde el mundo no nos es obvio, donde hay espacio para la imaginación, y en dado caso, para las peores pesadillas.

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Apresurando una tesis, que va más allá de los méritos técnicos a nivel cinematográfico, el éxito del corto se dio a razón de la exposición en la pantalla de un temor que seguramente Sandberg ha vivido y que coincidió con uno colectivo. En menos de tres minutos, el director sueco logró lo que muchos no conseguían con un largometraje: producir temor del espacio que uno habita. Sandberg nos recordó que una casa a obscuras puede ser hostil y nosotros volver a ser unos niños al primer tintineo que presagia un fallo en la corriente eléctrica. Después de todo, somos una cultura que ha rendido pleitesía a la vista. Somos ocularcentristas por herencia y la obscuridad nos deja desprovistos de nuestro sentido con el que principalmente conocemos el mundo.

La sencillez de su corto y la rápida viralización del video que el mismo Sandberg —inteligentemente— subió a su cuenta en Vimeo, hicieron que éste llegara a la vista del director James Wan, conocido en la industria cinematográfica por la dirección de los éxitos taquilleros de terror de la serie El conjuro, quien luego de observar el corto, platicó con el sueco la viabilidad de producir un largometraje inspirado en él. Así es como surge Lights out, titulada en México Cuando las luces se apagan. Primer largometraje de Sandberg que, a pesar de contar con gran presupuesto, amplio respaldo y una enorme campaña publicitaria, se queda a medias.

Si la genialidad del cortometraje homónimo se consiguió por la sencillez, aquí se extravía el rumbo al intentar crear un argumento complejísimo de algo que es rotundamente un temor —elementalmente— infantil. Con sus claros matices, el resultado es como una película pornográfica con diálogos (al mostrarlo todo, el porno tiene que prescindir del diálogo, mostrarlo todo mata la narrativa. Se trata de una disyunción exclusiva), un absurdo dentro de su propio horizonte de terror. Al crear un universo más complejo alrededor de la obscuridad, intentando esquivar un estadio religioso, el resultado es una historia incompleta que por su ridículo incluso interpela la risa del espectador en vez de aterrorizarlo.


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Martin (Gabriel Bateman) vive con su madre Sophie (Maria Bello), quien parece sufrir episodios psicóticos y depresivos. Un día cualquiera, se percata de una entidad que vive en su casa en la obscuridad y que aparentemente guarda una relación con su madre. Esto lo hace permanecer en vigilia en casa y ocasiona que al quedarse dormido en clase, su hermana Rebecca (Teresa Palmer) vaya a recogerlo al colegio. Él comienza a hablar de Diane, el monstruo que vive en la obscuridad y que no lo deja dormir. Rebecca, aunque renuente al principio, luego de un encuentro con Diane decide investigar qué es lo que sucede y el porqué su madre cada vez parece más sumergida en un depresión. Lo demás, sería decir la conclusión de la película, cuyo conflicto se cae al tejer el terror desde un universo pagano, que si bien ha servido durante años para construir otro tipo de terror como el habitado por el gore, zombis o extraterrestres, aquí deviene algo insostenible. Esto es, si hubo quien se quejó que en The Witch (Robert Eggers, 2015) se hacía demasiada alusión a la religión para sostener la película, esto se hizo porque es en el estadio religioso donde hay cabida para un mal impensable desde lo secular, o por lo menos más perverso. Por ello mucho cine actual de terror como El Conjuro, se tiene que valer mínimamente de esto, pero aquí Sandberg en su distanciamiento desgarra la trama y se extravía al plantear el génesis de Diane.

Lights out, se convierte en un largometraje innecesario al lado de su antecesor, que lejos de aterrar y situarse en los temores colectivos del espectador, provoca aburrimiento y una risa comunitaria frente al absurdo de un par de escenas. Clichés, elementos y técnicas ya comunes que no aportan algo al género sino más paja a un cine de terror que ha habituado ya a una gran cantidad de espectadores a encontrarse con el mal sólo a partir de una lógica del shock.

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Publicado en: Cine