Contra la positivización del amor

Es incuestionable la importancia que la temática del amor representa para los medios y para diferentes empresas. Es quizá el tema que genera mayor ganancia, público, seguidores; por esto la enorme cantidad de chick flicks, películas de princesas y novelas románticas. La gente ha aprendido a devanear a partir de una construcción ya dada sobre este sentimiento, que se insiste en definir como un fenómeno positivo.

amor

En las sociedades actuales donde la conciencia de clase parece difuminarse en el instante en que nos volvemos consumidores (todos podemos consumir), el amor se ha vuelto un dispositivo que permite acercarnos al otro y aprehenderlo como objeto que posibilita un goce, no ya un desgarramiento. Es aquí necesario replantear el espectro a sazón de una crítica que vislumbre la maquinaria ideológica que opera de fondo, pues la positivización del amor se ha generado de forma siniestra con tal de hacer de éste otro producto más que se puede consumir en las sociedades modernas de occidente. Lo anterior significa un peligro, pues los medios operan como vehículos ideológicos en la construcción de estereotipos que luego serán aceptados como ciertos por la audiencia en general, por esto la advertencia que Žižek marca respecto al cine cuando lo califica como el arte más perverso: “no te da aquello que deseas, te dice cómo desear”, estructura que invade otras áreas y que delimita de forma inconsciente en el sujeto una fantasía, una mentira primordial que da sentido frente al mundo.

Esto es parte de una tendencia que lleva algunos años en práctica: la positivización de la mercancía. El mercado ha buscado implementar un plus y lo ha focalizado expulsando la negatividad de la substancia, aquí se ha hecho famoso el argumento de Žižek donde marca los productos que se consumen sin aquello que hace daño: cerveza sin alcohol, carne sin grasa, café sin cafeína, leche deslactosada, y más. Donde incluso el amor se ha visto desprovisto de sustancia. Byung-Chul Han dice lo siguiente en su libro La agonía del Eros (Herder, 2014):  “Hoy la negatividad desaparece por todas partes. Todo es aplanado para convertirse en objeto de consumo”, donde incluso el otro es desubjetivado hasta el punto de ser medio de producción de felicidad y no ya una alteridad. Se ama sólo en la medida que el otro sea capaz de producirme placer, se virtualiza (borronea) todo aspecto disímil del otro para entablar la relación a partir de lo igual, del mero goce (parecido a la corrección política del multiculturalismo). Byung-Chul Han es claro aquí: "El amor se positiva hoy como sexualidad, que está sometida, a su vez, al dictado del rendimiento. El sexo es rendimiento. Y la sensualidad es un capital que hay que aumentar. El cuerpo, con su valor de exposición, equivale a una mercancía. El otro es sexualizado como objeto excitante. No se puede amar al otro despojado de su alteridad, sólo se puede consumir”. A eso ha llevado la idea del amor positivo, a un egoísmo incapaz de integrar al otro como sujeto.

Por lo menos es una lección que gran parte del cine de Hollywood y de Disney se han encargado de reproducir. Han reducido el amor a una mera fórmula económica con la que es posible negociar con tal de buscar el mayor beneficio bajo el menor riesgo posible, por supuesto en la vida real esto se cae. Según un artículo publicado por el Huffington Post, que dice entre otras cosas obviedades, las películas románticas crean falsas expectativas en sus espectadores, el panorama que dibujan es totalmente positivo a razón de que el amor se presenta como algo que tiene que ver con el destino más que con una interacción real, con un compromiso y sacrificio hacia el otro, es decir, en el amor romántico se gana sin que haya de por medio una pérdida. Es en este sentido que la afirmación realizada por Žižek, en el documental que lleva su mismo nombre (Astra Taylor, 2005), causa escozor, “el amor es, un acto extremadamente violento (…) El amor es el mal”. ¿Cómo entender esto?

Para el filósofo esloveno, el amor es una estructura que brinda sentido frente al mundo pero que al mismo tiempo te cimbra con la propia subjetividad y el deseo del otro, “(…) ser amado me hace sentir directamente la distancia entre lo que soy como un ser determinado y eso insondable en mí que es causa de deseo. La definición que Lacan da del amor  –“Amar es dar lo que no se tiene…”– debe suplementarse con: “…a alguien que no lo quiere.” (Cómo leer a Lacan, pág. 53). Si bien (según el artículo ya citado del Huffington Post), en las películas románticas se fomenta la tolerancia al acoso del otro que está enamorado (el galán en cuestión tiene que convencer a la chica de sus sentimientos y debe conquistarla aún cuando en principio ella no esté interesada) también es cierto que el amor, de forma primaria se establece como una intrusión violenta. Por ejemplo, en 21 gramos (Alejandro G. Iñárritu, 2003), Paul le declara su amor a Cristina, quien todavía se encuentra afectada por la reciente muerte de su esposo, ella después le reprochará esto, “¿Por qué carajo me dijiste que me querías?”, esto es, ¿con qué derecho Paul disloca su tranquilidad y despierta el deseo en ella si apenas la conoce? ¿Qué es aquello que es causa del deseo del otro? Algo similar se puede encontrar en Gone Girl (2014), película de David Fincher, donde Nick aborda a Amy en una fiesta. Él despierta un deseo en ella que luego deviene una pesadilla. El problema, como apunta Deleuze es que “si están atrapados en el sueño del otro, están perdidos” (¿Qué es al acto de creación?, 1987). Ésa es la pesadilla en que la película de Fincher se mueve (también Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick), donde el amor romántico se fractura a causa de la fantasía del otro. Un punto frágil que sin duda hay que cuidar al interior de las relaciones de pareja.

El amor, de forma completa, no es un fenómeno enteramente positivo sino que también es violento por naturaleza. Es una fuerza desgarradora capaz de romper al otro (como el niño que rompe un huevito Kinder Sorpresa con tal de obtener ese juguete incierto que está al interior) y que con el paso del tiempo, borronea el goce construido por los medios. Aquí es donde las películas románticas suelen detenerse con tal de perpetuar la idea del amor eterno, por eso Jack muere en Titanic (James Cameron, 1997) y Renata en Amarte duele (Fernando Sariñana, 2004). Si los personajes hubieran continuado la historia, después de varios días desenfrenados, se habrían encontrado con lo real, con una serie de problemáticas que habrían impedido la felicidad prolongada.

Lo anterior no significa una apología del amor negativo, más bien representa una crítica frente al exceso de romanticismo que ha desprovisto al fenómeno de su polaridad, en aras de racionalizarlo bajo una fórmula inequívoca, ahí el famoso experimento de Arthur Aron creado en 1997 que consiste en 36 preguntas que pueden hacer que te enamores de tu interlocutor, que nos recuerda la visión de las masas respecto a este sentimiento. Por más que se insista, el amor no se puede reducir a una fórmula económica, a una receta de cocina (confianza, detalles, caricias, una salida a cenar, vacaciones de verano, chocolates, lencería). El problema al que nos arroja esta óptica new age de amar, es la imposibilidad de enfrentarnos a la alteridad, pues el otro también es consciencia encarnada, subjetividad y no meramente objeto. Amar al otro, debería visualizarse no sólo desde la óptica positiva del goce sino desde el horizonte que nos permita amarlo a pesar de aquellos elementos negativos: te amo a sabiendas de todos esos rasgos incómodos, que por extensión también amo.

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Publicado en: Cine