Condenado a las estrellas.
El mito de Orión

La constelación de Orión es quizás una de las más reconocibles, con el cinturón bien marcado y su arma de cazador. Es la imagen que, en la fábula de Esopo, le recuerda un gallo al hombre que quiere matarlo: “¿Quién te dará aviso/cuando llegue el alba, muerto el adivino?/ ¿Que el arco dorado de Orión se ha acostado, quién te informara?”.

A pesar de nuestra costumbre de verlo en el cielo, difícilmente conocemos la historia detrás de Orión. Le atribuimos su muerte a un escorpión que lo acompaña entre las estrellas, pero esta es tan sólo una versión del final de su vida, y pasa lo mismo con el conjunto de sus hazañas. Lo cierto es que cualquier narración que podamos tener del mito está condenada a estar incompleta, pues desde la época helénica, Orión no es más que el resabio de lo que alguna vez fue: un mito de origen beocio que se confunde con el de otros grandes personajes, como por ejemplo, Ninurta de la mitología sumeria y acadia, al cual se le representa en general con alas –muy parecido a un animal– aunque también como un cazador, con un arco y una flecha así como en pasajes que recuerdan al mito de Orión; su deseo por las Pléyades, por ejemplo. Asimismo, hay muchas similitudes entre lo que se sabe del personaje de Orión y el de otro cazador llamado Aktaion/Acateon. También hermoso, colaborador de Artemisa, enamorado de ella, aunque después convertido en siervo por la diosa y castigado por ella o por Zeus, dependiendo de la versión.

El heroísmo de nuestro personaje, de la raza de los gigantes, fue sustituido muy pronto por el de personajes como Heracles, Teseo y Perseo, y esto tuvo consecuencias en las representaciones plásticas de Orión a lo largo del tiempo. Salvo en mapas estelares, son muy pocas las imágenes desde la antigüedad a nuestros días que puedan ilustrar el mito de este personaje, a pesar de que coincida con algunos de los actores más recurrentes en la mitología griega como es la propia Artemisa, o Hefesto el herrero del Olimpo.

Aunque la continuidad y causas de los hechos no son claras, aquí una breve reconstrucción de la historia de este personaje, según lo que relatan fuentes antiguas. Para que voltear al cielo en las noches más despejadas tenga otro sentido.

Orión era un cazador, y en eso conciden todas las fuentes. Se le recuerda siempre con un arco, un mazo o espada, y a veces con alguna presa o la piel de un animal. En su Biblioteca –que recopila la mitología griega desde los orígenes del universo hasta la Guerra de Troya– Apolodoro lo describe de “gigantesca estatura”, también Ovidio dice que “creció de talla enorme”, y Homero dice en boca de Odiseo haber visto al “gigantesco Orión” en su viaje al inframundo.

Sobre el nacimiento de Orión se pueden identificar dos versiones, una bastante más simpática que la otra. La primera lo hace hijo de Poseidón y Euríale, un monstruo femenino como sus hermanas Medusa y Esteno. La segunda cuenta un nacimiento particular: orinando sobre una piel de toro, Júpiter/Zeus, Neptuno/Poseidón y Mercurio –a quien se le suele relacionar con Hermes–  crearían al que sería el hijo de Hirieo de Tracia. Esta versión la relatan Higino, Ovidio y Nono de Panópolis, y está influida, según Robert Graves, por una tradición africana para producir lluvia. Higinio es explícito y cuenta que Mercurio extendió el trozo de la piel de un toro que el propio Hirieo había sacrificado para ellos. Sobre éste orinaron los tres dioses y, tras cubrirlo de tierra, nacería Orión. Nono de Panópolis sigue esta misma versión aunque no da nombres. Por su parte, a Ovidio dice darle vergüenza contar los detalles, pero cuenta que los dioses “cubrieron el lomo humedecido echándole tierra; y ya habían pasado diez meses y un niño había nacido. Hirieo le puso el nombre de Urión, por haber sido engendrado de semejante manera: la primera letra de su nombre ha perdido su antiguo sonido”.

Después del relato de su nacimiento, la vida de Orión sigue con múltiples amores, aunque no se entiende del todo cómo es que transita de uno a otro. Apolodoro cuenta que Orión se unió primero a Side, a quien Hera arrojó del Hades porque rivalizaba con ella en belleza. Más tarde, el gigante fue a Quíos y pretendió a Mérope, hija de Enopión, y nieta, nada más y nada menos, que de Dionisio. Enopión, después de embriagar al gigante, lo cegó mientras dormía y lo abanonó en la playa, pues se oponía a la relación con su hija. También Partenio relata este amor fracasado. Dice que Orión cazó a todos los animales salvajes de Quíos con la intención de casarse con Mérope, que él llama Haero. Sin embargo, el padre aplazaba la boda hasta que Orión “fuera de sí por la bebida”, violó a Mérope por lo cual Enopión entonces le quemó los ojos. Lo que sigue según Hesiodo es que Orión habría ido a pedirle ayuda a Hefesto/Vulcano, quien le proporcionó al pequeño Cedalión como su guía, hasta que el sol le hubo restituido la vista. No se tienen más detalles que el hecho de que Orión se dejara guiar por el ayudante de Hefesto colocándolo en su hombro, como ilustra la siguiente imagen.

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Nicolas Poussin, Blind Orion Searching for the Rising Sun, 1658, The Met Fifth Avenue.

 

La historia de Mérope y Orión fue retomada por el compositor Phillip Glass para la ópera titulada Galileo Galilei. Escrita por Mary Zimmerman y estrenada en 2001, en ella se recuerda la ceguera del cazador provocada por Enopión y sanada después por Eos. A propósito de esto, de las fuentes revisadas, sólo Homero habla de ella, lo que lleva a suponer que el olvido del mito de Orión es efectivamente muy antiguo. En La Odisea, Calipso lamenta la pérdida de Odiseo y recuerda la anécdota de Orión y Eos: “…cuando la Aurora de rosáceos dedos arrebató a Orión, le tuvisteis  envidia vosotros los dioses, que vivís sin cuidados, hasta que la casta Artemis, la del trono de oro, lo mató en Ortigia alcanzándole con sus dulces flechas”. Eos anuncia la llegada de la mañana, en un carro jalado por dos caballos. de ahí el juego con el color rosado claro característico del amanecer y del nombre de la Aurora. Parece ser que su relación con Orión fue una de muchas que se le atribuyen, razón por la cual quizás no trascendiera. Como explica Robert Graves, Afrodita condenó a Eos a seducir a mortales jóvenes “secreta y vergonzosamente”, después de  encontrar a Ares en su lecho.  Entre otros, sedujo a Orión, Céfalo y Titono.

Entre sus otros romances también está la obsesión del gigante por las Pléyades, las siete hijas de Atlas y la ninfa Pleione, que aparentemente también eran compañeras de Artemisa. Huyendo de Orión es que habrían sido convertidas en aves y luego en estrellas. Condenadas a estar junto a la constelación del cinturón para siempre. Hesiodo cuenta en Los trabajos y los días el fenómeno astronómico del día diciendo que desaparecen las Pléyades “de la fuerza potente de Orión”, dando paso a las estrellas de la noche.

Ciertamente la historia de amor –o desamor– más repetida en el mito de Orión es la que tuvo con Artemisa/Diana. También cazadora, Artemisa ha sido muy representada a lo largo de la historia con su distinguido arco y flecha. Orion se habría vuelto su compañero y protector, según Ovidio y Hesiodo. Y, en todas sus vertientes, la muerte de Orión está relacionada con Artemisa. Entre las fuentes encontramos dos grandes relatos del hecho: la que es producto del castigo, y la que hace al cazador un héroe; ambas culminando con su permanencia eterna en el cielo. Entre los exponentes de la primera versión encontramos a Higinio, quien cuenta que Orión quiso violar a Diana y “fue muerto por ella. Después fue inscrito por Júpiter en el número de los astros, y a esta constelación la llaman “Orión”. Nono se atiene a la versión del asesinato de Artemisa pero dice que fue mediante un escorpión, lo cual explica su cercanía a la constelación del mismo nombre, y eso es lo que haría que se recordara como “enfermo de amores”, según el mismo autor. Por otro lado, Apolodoro dice que Orión habría sido muerto por desafiar a Diana mientras que, según otros, la diosa lo asaeteó por haber violado a Opis”, ayudante de la cazadora y tampoco recordada en la mitología clásica. Otra versión retoma el tema de la imprudencia contando que Orión habría insinuado que podía vencer a todos los animales del mundo, por lo cual la Tierra creó un escorpión, con el objetivo de atacar a la “diosa madre de los Gemelos”, Leto o Latona, madre de Artemisa y Apolo. En este relato heroico, Orión se interpuso, por lo cual la diosa que había tenido con Zeus a los dos cazadores,  lo colocó junto a las estrellas para premiarlo. Robert Graves cuenta una versión que victimiza a Orión: trata de la búsqueda de Apolo por evitar que Artemisa quedara perdidamente enamorada de su compañero, “consiguió que un escorpión monstruoso lo persiguiera” y después confundió a Artemisa para que lo atacara ella misma. Al darse cuenta de lo que había hecho, la cazadora lo colocó en las estrellas.

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Fontainebleau, The Death of Orion, siglo XVI, Castillo de Anet, Centre, France.

Pero sin duda, la imagen de Orión ha llegado a nosotros  obre todo representada como su constelación. Se trata de un conjunto de estrellas que en la realidad se encuentran en el hemisferio norte y tienen la particularidad de ser visibles desde todos los lugares del mundo.

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John Emslie, Mapa celestial: Invierno ca. 1813-75, Colección privada.

 


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Detalle de la constelación de Orión, ca. finales del siglo XI, prinicipios del XII. Diosesis de Reims.

La constelación de Orión se identifica fácilmente en el cielo, una vez ubicado el cinturón de cazador: tres estrellas acomodadas en una línea relativamente recta, por lo cual quizás sean uno de los grupos de estrellas más presentes en el imaginario a lo largo del tiempo. Paradójicamente contrario a la historia del cazador.

Pese a todo, a Orión se le ha llevado a múltiples lugares, aunque incompleto como aparentemente ha estado condenado a permanecer. En la ópera aparece en composiciones de Francesco Cavalli, Johann Bach, Toru Takemitsu, Kaija Saariaho, John Casken y David Bedford. Por otro lado, también lo encontramos en incontables trabajos literarios como símbolo de muchas condiciones de la vida humana. Finalmente, incluso la sátira ha participado de la imagen del gigante. Como se puede ver en la imagen presentada a continuación,  vemos una ilustración que se burla del decreto de la Universidad de Leipsic en Alemania, en septiembre de 1807, de cambiarle el nombre a la constelación de Orión por el de Napoleón. En la ilustración se lee a pregunta irónica: “¿Los hombres de Leipsic haremos esto en honor al carácter turbulento [de Napoleón], dado que cuando se levanta Orión en el cielo, generalmente viene acompañado de tormentas y tempestades?”. Mientras tanto, Napoleón cuelga del gigante, representado con una espada. Hasta eso ha llegado Orión.

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“Napoleons apotheosis anticipated or the wise men of Leipsic sending Boney to heaven before his time!”  1807, British Museum.

 

Bibliografía

“Ninurta”, New Larousse of Encyclopedia of Mythology, Prometheus Press, 1972.

Apolodoro, Biblioteca, Madrid: Gredos, 2002.

De Nicea, Partenio Sufrimientos de amor y fragmentos, XX, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1988.

De Panópolis, Nono, Dionisiacas, Madrid: Gredos, 1995.

Esopo, Fábulas (Trad. Julia Sabaté Font), Madrid: Penguin Clásicos, 2015.

Fontenrose, Joseph Eddy, Orion. The myth of the hunter and the huntress, Berkely: University of California Press, 1981.

Gallaway, Mark An introduction to observational astrophysics, Essex: Springer.

Graves, Robert, Los mitos griegos I, Madrid: Alianza, 1985, p. 106.

Hesiodo, Los trabajos y los días, México: UNAM, 1986.

Ovidio, Metamorfosis, México: UNAM, 2008.

—- Fastos, Madrid: Gredos, 1988.

Higinio, Fábulas, Madrid: Gredos, 2009.

Homero, La odisea, México: Porrua, 1991.

Pasachoff, Jay M., “Nevertheless, it does move”, Science, American Association for the Advancement of Science,  vol. 298, no. 5598 (22 de noviembre 2002),

Sebastián, Santiago, La fuga de Atalanta de Michael Maier, Madrid: Tuero, 1989.

Voltaire, Merope: A tragedy,  Londres: C. Jephson, 1744.

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Publicado en: Ensayo literario