Cobertura especial San Sebastián 2009. Día 5.El juego de las expectativas.

Interior. Plaza de Santa Corda .Noche.

Una de las cosas más interesantes de un festival de cine es que se parece mucho a una ruleta rusa y, cada que nos enfrentamos al delicioso rito que implica meterse en un teatro obscuro con un montón de extraños a ver una película, estamos jugando con la suerte de encontrarnos con una obra maestra o un bodrio. Si a eso sumamos los nombres relacionados con la cinta, el prestigio de los implicados o las recomendaciones que nos hayan hecho de la misma podemos salir fascinados o terriblemente inconformes.

La primera proyección del día, The shock doctrine de Michael Winterbottom y Mike Whitecross es una muestra clara de cómo las expectativas y el prestigio pueden obrar en contra de un filme.
La realidad detrás del comentario no tiene que ver, necesariamente, con que la película sea mala o no funcione para lo que busca. El verdadero problema estriba en que los directores nos habían regalado hace algunos años una maravilla inclasificable titulada Road to Guantánamo frente a la cual, su propuesta de este certamen, palidece tristemente.
Es difícil saber que es lo que estorba mas en el documental, si la omnipresencia de Naomi Klein , gurú mediática-literaria de globalifóbicos anticapitalistas, o la voz en off que explica constantemente como la aplicación de las ideas de Milton Friedman en Chile, Rusia o el Reino Unido han acabado con la economía mundial. Tal vez lo obvio de la tesis –la teoría del complot desde el poder que nos utiliza constantemente- es lo que parece no estar a la altura de cineastas tan interesantes como Winterbottom y Whitecross.
En el otro lado de la moneda están Yo, También de los españoles Álvaro Pastor y Antonio Narro y Gigante del uruguayo Adrián Vinez. Ambas apuestas por un guión sólido como punto de partida y una férrea dirección de actores como vehículo para contar historias de amor peculiares.
Yo, también, relata la vida de Daniel, el primer estudiante con síndrome de down en obtener un título universitario en Europa y su complicado y muy particular romance con Laura , una compañera de trabajo que parece ser normal. Justo en ese punto está el principal interés de esta cinta que se pregunta, sin caer en sentimentalismos ramplones ni abusar de los actores con síndrome de down que colaboraron en el rodaje, qué es la minusvalía y quién es normal.
Para conseguirlo, ayudan las soberbias actuaciones de Pablo Pineda y Lola Dueñas que no sería sorprendente que recibieran un premio por sus interpretaciones.
Desde el otro lado del charco, llega Gigante, ópera prima Adrián Biniez ,que se revela como una pequeña joya que ganó tres premios en el Festival de cine de Berlín de este año.
Con una austeridad de recursos impecable y prescindiendo de los diálogos en gran parte del metraje Gigante es un increíble retrato del preámbulo a la historia de amor que vivirán –esperamos que así sea, no hay evidencias concretas pero es lo que menos importa- Jara, un vigilante nocturno de supermercado, y Julia, empleada de limpieza de la sección de lácteos. Conmovedora e inteligente a partes iguales la propuesta de Biniez nos recuerda que el silencio es un valor cada día menos respetado en el cine actual y que a veces un pequeño cactus abandonado en el pasillo 12 en la madrugada dice más que dos docenas de rosas de invernadero.
Para terminar con la crónica de las expectativas está la comida del día. Sin duda, todo lo que yo podía imaginar de los Pintxos de La cuchara de San Telmo fue superado por el foei salteado con compota de manzana, el rissoto con morillas, la costilla de ibérico laqueda con modena y el pintxo de pulpo a la plancha acompañados de un Kalimotxo.
No se si ya lo comenté antes pero me encanta que me sorprendan.

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Publicado en: Cine