La manía de estos redactores nos conduce hoy a un hallazgo literario de manos de Orwell; también al encuentro con un “salvador” de las letras y frente al paredón donde la literatura de redes e influencers es condenada.
Orwell hasta en la cocina
En 1946 la Gran Bretaña no estaba pasando por su mejor momento. A pesar de la victoria de los aliados, el único resquicio de la fe se agazapaba en la ronca y espontánea voz de sir Winston Churchill. Apenas comenzaba la posguerra, y al British Council se le ocurrió un encargo literario de primera: comisionar a George Orwell para escribir un texto de tinte “gastronómico” que promocionara la cultura británica en ultramar. Orwell aceptó y cumplió su deber, hasta que recibió una carta del Departamento de Publicaciones. Le notificaban que no había sido la mejor idea pedirle un texto de esa naturaleza en semejante etapa de austeridad forzada (no franciscana ni pejiana). “Siento mucho que haya surgido una situación tan aparentemente estúpida con su manuscrito”. La publicación del ensayo, aunque fuera “excelente”, podría resultar “desafortunada e imprudente […] para el lector continental”. Era el 3 de mayo de 1946. El mismo Orwell, consciente del contexto, señalaba el “estricto racionamiento que lleva seis años operando”. El horno, pues, literalmente, no estaba para bollos, ni tartas, ni pudines de Yorkshire.

Después de haberlo reencontrado en los archivos, el British Council acaba de pedir perdón por este desaguisado y ha publicado íntegro el texto (en el momento del rechazo Orwell publicó algunos extractos en el Evening Standard). No cabe duda de que es una excelente inmersión en los hábitos, las costumbres de clase y los rasgos de la cocina británica, aquella a la que acusó Voltaire de tener “cien religiones y una sola salsa”; “la dieta de un país norteño húmedo en la que la mantequilla es abundante y los aceites vegetales escasos”. Lean hasta al final y encontrarán, para regusto de chefs y aficionados, cinco recetas puramente british. Cabe preguntarse, de aquí en adelante, si algún vivales incluirá en su menú estos platillos que por traer la etiqueta à la Orwell eleven sus precios fuera de órbita.
Por quién casi doblan las campanas (de Venecia)
Julio de 1918. Ha llegado el verano al norte de Italia y las trincheras se han vuelto más hediondas. Llueven obuses a orillas del río Piave. Un joven estadounidense de 18 años ingresa al país como voluntario de la Cruz Roja y conductor de sus ambulancias. Esa tarde parte en motocicleta al frente para llevar chocolates y cigarrillos. Otro joven, un soldado italiano algo mayor que él, se le acerca para pedirle tabaco. En ese preciso instante, tan cinematográfico ahora que lo reconstruimos, un mortero hace volar al combatiente por los aires. El estadounidense acaba herido de gravedad, pero se salva. En su cartilla de voluntario se lee un nombre: Ernest Hemingway.

Gracias al trabajo conjunto del biógrafo James McGrath Morris y el historiador Marino Perissinotto, ahora sabemos la identidad de ese “soldado desconocido”: su nombre es Fedele Temperini, y efectivamente debe ser recordado, a partir de ahora, como el “salvador” de Hemingway, el involuntario escudo humano que protegió de las ondas expansivas de la muerte a una de las grandes plumas del siglo.
Literatura por Whatsapp y versos de influencers
Nuestra adicción colectiva a las redes ya parió dos hijos literatos para la lengua española. Los engendros no son gemelos pero sí bastardos.
El primero nació como tantos de sus semejantes: con forma de app. Para los que frecuentan el “academiqués” vernáculo hay aquí posibles estudios de “intermedialidad”; si acaso, el nacimiento de un nuevo género. Se llaman chat stories y asemejan una de esas ventanitas de Whatsapp que ustedes, lectores, deben conocer porque o las están mirando mientras leen esta nota o acaban de cerrar una. Pues bien, para fomentar la lectura en los más jóvenes —cuánto proyectamos en estas estrategias— se están creando cuentos y novelas que “fluyen” y “atrapan” a los recién iniciados en los misterios de la literatura. Hay novelas de este tipo que ya tienen tres mil descargas. ¿Dónde encontrar estos juguetitos para celular? La editorial Planeta España cuenta, por ejemplo, con la app Leemur. También existe Readit, donde influencers y youtubers como Germán Garmendia, han publicado sus novelas. El promedio de lectura en estas apps es, evidentemente, como las palomitas y el Nescafé, instantáneo: un máximo de 3 horas por libro. Baste ver el gancho publicitario.

Entretanto, el periódico El Español se quejó amargamente del Premio Seix Barral 2019, otorgado a “la poeta de Instagram Elvira Sastre”. ¡Qué I-N-J-U-S-T-I-C-I-A para el decoroso mundo de las letras! Como pocas, amables lectores. Resulta que esta poeta de versos edulcorados, sentimentalosos y como sacados de un manual de autoayuda, ha agradecido a las benditas redes, dentro de las que ella nació y se crio como modernísima rapsoda. En México ha sido publicada por nuestros discretos y pacifistas amigos de Valparaíso —aquellos que controlan el ¡oh, diáfano! ¡oh, blanquecino! “Círculo de Poesía” (sí, sí, todo en altas, porque fuera de aquel recinto de fuego azul todo es mala poesía, minúscula). Algunos de esos versos pueden leerse en @ESSpoesia.
https://twitter.com/ESSpoesia/status/1062312909534097409
Para el periódico El Español la novela premiada de Sastre es “un desgarro emocional que invita a la superación, de corte Paulocoelhiano”, y es aberrante que la prestigiosa Seix Barral le dé semejante galardón. Un espanto que reconozcan así a la llamada “literatura follow”. Como si los premios, el reconocimiento y los cheques que bien los acompañan no fueran, desde épocas prerrománticas, un semillero de estulticias, intereses y cinismo. Era evidente que a las editoriales, tarde o temprano, les convendría entrar en el jueguito ególatra de las redes y sus absurdos medidores. Nada brilla como brilla el oro. Hay una decadencia ostensible entre el premio a Elvira Sastre de este año y el que le dieron en 2018 a un narrador y poeta de culto como Agustín Fernández Mallo por Trilogía de la guerra. ¿Significa que el Premio Biblioteca Breve ha caído de una vez por todas en el drenaje profundo de la literatura? No. ¿Habrá siempre poetas rosas, cremas, merengues, al rescate de gente que ve la literatura como un manual de superación personal? Ténganlo por seguro, y seguirán ganando premios que ustedes, urdiendo versitos en su caverna, no tendrán. Lo cierto es que Sastre es una poeta popular, en el aire las compone y los euros no dejan de llover. Definitivamente, el reino de los influencers no es de este mundo.
Fuentes: The Guardian, Clarín, El Español, ABC, El Universal.