Para cerrar con el episodio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017, hacemos hincapié sobre algunos números curiosos que son el diagnóstico de su gigantismo; proponemos algunas soluciones a mediano plazo para remediar el problema de la oferta inabarcable de sus actividades; y seguimos alimentando el debate sobre el lenguaje incluyente que encontró argumentos mayores durante la Feria.

Breve numeralia (comentada) de la FIL
Los números que arroja la FIL solo pueden mostrar algo pantagruélico. Son las dimensiones cada vez mayores de una feria que lo centraliza todo, a pesar de tener ya bastante competencia a nivel nacional:
817 mil personas asistieron este año (supuestamente 17 mil más que el anterior, aunque nadie nos ha aclarado cómo las contabilizan).
119 mil metros cuadrados de instalaciones tiene disponibles la empresa encargada del evento, Expo Guadalajara (este espacio exorbitante no cambia hasta el límite de sobrepoblación).
20 mil 748 fueron los profesionales del libro que asistieron al Salón de Derechos y a otras actividades (seguimos sin saber cómo los cuentan).
2 mil 187 editoriales se dieron cita en la Expo, provenientes de 47 países (muchas comparten stand y otras solo aguantan media semana por razones de agotamiento, engentamiento masivo, estreñimiento presupuestario y saturación del intelecto).
620 libros de todos los géneros se presentaron en apenas nueve días (20 más que el año anterior; a este ritmo hasta el presidente acabará leyendo).
572 medios de comunicación se registraron para dar cobertura (o más bien repetir, como hacemos aquí, la misma cantaleta de números y glorias).
334 páginas tiene el catálogo completo de actividades y contenidos (donde pueden ustedes perderse o marearse si quieren, dando clic aquí).
67 foros académicos se organizaron, repartidos entre coloquios, ponencias y conferencias (reunidos bajo el exclusivo rubro de “FIL pensamiento”; hace mucho que sabemos que los presentadores de libros no tienen tiempo para pensar).
Estas cifras serían una barrabasada estadística si no habláramos de dinero (¿o acaso les interesa la FIL en números así nomás?). Según el Presupuesto de Ingresos y Egresos 2017 de la Universidad de Guadalajara, se destinan 4 millones de pesos al Programa cultural de la Feria, y otros 2 millones más que se encauzan como Fortalecimiento y mejora de programas y proyectos (FIL 2017): suman 6 millones que no rozan siquiera los 8 que cuesta el Festival de Cine de Guadalajara. Todo esto suena a poco frente a los 800 millones de pesos en ventas y los cerca de 300 millones, esta vez de dólares, que “derrama” (feliz vocablo de una nación petrolera) la Feria en su ciudad sede por la economía generada con semejante afluencia de extranjeros, nacionales o hasta locales, así como lo señala el presidente de tan ilustrada república, Raúl Padilla (no los mares, pero sí los pasillos de estantes se abren a su paso). Benditas geometrías de los negocios redondos. Hemos olvidado citar aquí el precio que pagan los expositores por metro cuadrado o los miles de voluntarios que son los que verdaderamente hacen posible un encuentro que se jacta de gigantismo. Pero no queremos que lo malo siga contando…
La ubicuidad en la mira
Nutrir al monstruo de la FIL para que siga engordando parece responder a un síndrome de competencia obesa por un ranking mundial orgullosamente inútil. (Ojo, nadie ha dicho aquí que los récord Guinness sean pruebas de la estupidez universal: basta ojear sus catálogos para celebrar notables despliegues de heroísmo y perseverancia humana de quienes cocinan, por ejemplo, una hamburguesa de una tonelada). Pero los fenómenos de masas siempre fascinan y el hormiguero atrae, atrapa y engancha con su magnética ley de mayorías: vamos a donde vayan todos; por algo esos todos van ahí. Y, claro, la “derrama” económica inunda de bienestar las calles y la muchedumbre se zangolotea en carnaval. Hay muchas ferias del libro de sudor, claustrofobia y egolatría —los tres suelen ser medidores inapelables del éxito— que han crecido paralelamente a la FIL (basta pensar en Minería), pero ninguna se le acerca ni lo pretende. Así que como Padilla and Co. tienen planes para seguir engordando a la bestia, no nos quedará más que esperar a que llegue la actualización tecnológica de la ubicuidad.

Videoconferencia con Cornelia Funke dentro de la XXXI Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, Jueves 30 de Noviembre 2017. (Cortesía © FIL/Nabil Quintero Milián)
Muy pronto, gracias a una simple app usted podrá mandar a sus avatars a todos los eventos y que luego se lo cuenten en breves mensajes, diapositivas, GIFFs o entretenidos emoticonos. “¿A que mola?”, dijeron dos desarrolladores al pie del Oso y el Madroño. De manera que usted no tendrá que escoger nunca jamás si asistir a las 600 presentaciones de libros; lecturas de poesía; performance; diálogos sobre las mujeres en la narrativa; conferencias sobre la censura en Irán o el sexismo de la lengua española; encuentros entre escritores de 30 lenguas indígenas; ponencias de editores cascarrabias o frescos booktubers; debates políticos de Woldenberg con Marichuy-con Anaya-con Ocha Reza-con Barrales-con todo Dios; foros sobre el arte y el oficio de escribir; torneos de dramaturgia; entrega de premios, honoris causa y homenajes a EINs (Escritores e Intelectuales Notables) o a EVNs (Escritores en Vías de ser Notables); celebraciones; brindis; conciertos; entrevistas y un muy pero muy largo etc. Pues bien, no más indecisiones, no más saturación: su app de serviciales avatars será descargable junto con el programa de alguna FIL venidera. Es más, ellos escogerán el programa por usted y le indicarán a qué actividad le apetece más ir en la hora señalada.
Sexismo de la lengua
Como la ubicuidad no llega todavía a nuestros teléfonos idiotizantes, perdón, inteligentes, escogimos aquí una de las miles de actividades que nos hacían ruido por el seguimiento de un candente debate. En plenas discusiones sobre la inequidad de género en el Colegio Nacional, una de sus 4 mujeres —en toda la historia de la institución— hiló fino y aclaró posturas en torno a la pregunta: ¿es sexista la lengua española? La conferencia de Concepción Company recordó, entre otras cosas, la arbitrariedad fundamental de la lengua y de la gramática que responden a convenciones muchas veces ajenas al problema de los géneros. Su ejemplo satírico no deja de ser magistral para los puristas que abogan por una absoluta corrección política en la lengua: el sustantivo “problema” tiene terminación “femenina” y, sin embargo, es masculino. Claro, los hombres siempre dan la guerra. En cambio, las “soluciones”, esas sí son femeninas. Como ya se ha señalado hasta el cansancio, sexo y género no se corresponden en la lengua y, de cualquier manera, el lenguaje incluyente no soluciona el problema de un mundo binario de hombres y mujeres y paren de contar.

Entrada de “sexo” del Diccionario de la Lengua Española en línea
La conferencia de Company coincidió con una campaña exitosa para enmendar el diccionario de la RAE: una joven de Huelva juntó más de 160 mil firmas en una petición por acabar con el término “sexo débil” que en la RAE se refiere a “conjunto de las mujeres”. Para la Academia, la decisión de retirar este término machista se había tomado desde 2015, así que en las actualizaciones de su diccionario se referirá como expresión peyorativa. En este caso, está clarísimo que “sexo débil” sí implica un sexismo brutal de la lengua. No está nada mal que lingüistas como Concepción Company nos recuerden estos asuntos y matices cuando el debate se sale de sus goznes y el odio enajenado de Twitter nos nubla el juicio.
Fuentes: Expo Guadalajara, FIL Prensa, Concepción Company, El País; y Diccionario de la Real Academia Española.