1.
El camino hacia la consolidación nunca es corto, en especial para los escritores latinoamericanos. Los autores españoles se cuecen aparte porque tienen un circuito editorial más sólido, lo que facilita el reconocimiento. Barcelona y Madrid aún son las antesalas necesarias para enfilarse hacia París, Frankfurt o Nueva York, por lo que su andar sigue por una ruta más firme. Las condiciones en las debe ejercerse la literatura en otros países de la lengua española —ignoro si en otras artes es el mismo caso—, pocas veces son las más favorables y su abandono es común debido a la mala retribución que deriva de ella, no sólo económica sino también moral. Que el mejor escenario para un escritor sea un homenaje póstumo retrata la forma agónica de estructuras culturales que apenas logran cierto bienestar para sus escritores. Si bien el sistema de becas, aún por perfeccionarse ya que carece de seguridad social para los beneficiarios y sus familias, ha generado cierta profesionalización en la figura del escritor latinoamericano, no se acerca a los beneficios en términos de adelantos o regalías del mundo editorial anglosajón. De ahí que el mérito para llegar a la consolidación por parte de un autor latinoamericano significa un doble esfuerzo, ya que implica dejarlo todo o casi todo para perseguir la forma elusiva del oficio literario.

Roberto Bolaño (1953-2003) podría ser el último eslabón de una cadena que engarza un modo específico de actuar en el mundo de las letras, conjunción feliz de rebeldía y trabajo tesonero. Los homenajes realizados con motivo de los diez años de su ausencia marcaron la pauta para iniciar el proceso formal de inserción canónica con el objetivo de proyectar su obra hacia un horizonte más amplio. La “popsteridad de Bolaño” a la que hizo referencia Rodrigo Fresán en una de las mesas de discusión, a quien emparenta con Andy Warhol, pues lo imagina con un ojo puesto en la cultura de masas a través de sus expresiones más memorables, y con otro en la forma más delicada de la práctica literaria, admite la inoculación de gran parte de su obra como una oferta sensible para quienes buscan distraer la vista y asimismo para quienes se proponen vislumbrar una posible nueva forma de la literatura en lengua española, en las páginas de su obra. Los recientes escándalos asociados a su vida personal y editorial apenas son la punta de un iceberg asociado a una figura que debido al consenso de editores y lectores, gana un sitio privilegiado que sus contemporáneos sólo podrán anhelar debido a que las fisuras de acceso a esa porción de vida literaria-mitológica (los grandes escritores terminan son seres cuasimitológicos) se abren cada cierto tiempo y su capacidad para el desaire no emite justificaciones. Debe admitirse que hay mucho de azar en la construcción de un “Gran Escritor”, en la cual la prexistencia de una obra profusa o incluso retadora en términos estéticos, es apenas el boleto de entrada a una gran tómbola en la que participan escritores de todas las lenguas.
La academia, en particular la norteamericana, hace su parte en esta búsqueda de un hombre clave para trazar otro perfil de las letras en español. Los estudios sobre Bolaño, a este momento, ya resultan copiosos y amenazan con reproducirse de manera casi infinita. El autor chileno ofrece cualquier veta imaginable para el estudioso y lo mismo puede abordarse desde la mera gramática hasta las facetas más increíbles de su cosmopolitismo. Esto no impacta de manera directa la relación con los lectores (habrá miles de tesis sobre Gabriel y Galán o sobre algún sonetista que ya nadie lee), pero sí logra vigorizar su presencia en el medio editorial, con lo cual sus libros se vuelven accesibles a cualquier visitante casual de una librería. El espectáculo de este posicionamiento resulta deslumbrante y dramático a un tiempo. La persona de Bolaño atraviesa un proceso de emborronamiento para que sobre su biografía se construya la efigie de su personaje, armado con testimonios, unos inverosímiles, otros fidedignos y otros más cargados de admiración bobalicona. La idea de “rozar al santo” orbita más cerca que nunca y esto podría afectar la imagen que se logre del escritor chileno, eventualmente. Los testimonios como los de A. G. Porta, Jaume Vallcorba o Jorge Herralde, ayudan al entendimiento de la obra, de las circunstancias en las que escribió, de cuáles eran sus preocupaciones al momento de escribir tal o cual libro; a la par, no obstante, hay otros que son mero producto del periodismo de urgencia: entrevistas de lobby, declaraciones de aeropuerto, participaciones en programas televisivos y de radio para cubrir la cuota de medios, esto es, la rebaba que deja cualquier escritor a su paso por el mundo.
2.
Como parte de la secuencia de actos para continuar su memoria, se publica de manera póstuma El espíritu de la ciencia-ficción (2016), una novela sobre un par de escritores jóvenes que intentan sobrevivir o “vivir de la literatura” (entiéndase: vivir de lo que escriben) en el Distrito Federal, en tanto continúan su aprendizaje para formarse como escritores. En el volumen se asoma un Bolaño consumido por la literatura, entendida como motor y fuente de la vida misma. No obstante, la novela desluce puesta a lado de sus entregas más celebradas. Podría ser un capítulo de alguna de ellas, siguiendo la idea de panóptica de que los autores escriben un solo libro, a lo largo de su vida. Se recorren las páginas con la felicidad de contactar de nuevo a Bolaño, a la manera de una sesión espiritista, pero al final se muestra incapaz de lograr un deslumbre, así sea producto de una llamarada. Lo mantiene vivo para los lectores, sí, aunque ya forma parte de otro proceso, que involucra más aún al mundo editorial y al especialista presente o futuro en su obra, que a los lectores primerizos o que no lo conocen y buscan al escritor del que tanto se habla.
El conocedor de la ciencia ficción disfrutará las páginas de la novela, que admiten la lectura de un homenaje franco al género. La pasión por Philip K. Dick y otros autores logra una capitalización efectiva a partir del fervor por cierta clase de literatura, hasta el punto de transformarla en una experiencia compartida de lectura que se funde con la secuencia de los días. La redacción de la novela está fechada durante la primera parte de la década de los ochenta, lo cual la emparenta con otros libros del mismo periodo, tanto en intensidad como en ritmo narrativo. En un hipotético viaje al pasado, El espíritu de la ciencia-ficción permite reconocer al autor que ignoraron las editoriales grandes, para confinarlo a ese lugar sin nombre en donde habitan los escritores sin público que pueblan cualquier literatura. Puede verificarse la capacidad de Bolaño para transformar todo a su alcance en un producto literario, lo cual no es virtud desestimable. En la actualidad, por ejemplo, son escasos los autores en los que la simbiosis de vida y literatura brote con esta naturalidad. El otro caso sería Enrique Vila-Matas, no obstante la parcial indigestión con la figura del escritor: el que dejó de escribir, el que destruyó sus obras, el que es editor, el que es todo lo anterior y cualquier otra mutación posible o imposible.
Bolaño encarna la posibilidad del escritor que lo empeña todo por ejercer, a través de la literatura, una forma válida de entendimiento del mundo y, al final, en contra de casi cualquier pronóstico, logra su cometido. Es la llama que mantiene cualquier escritor para iluminar la imagen en la que se proyecta en medio del reconocimiento, luego de años de miseria, rechazo y persecución de editores profesionales sin éxito. En perspectiva, a nadie debe afectar una posible hipercanonización de su figura, así termine como una burbuja a punto de reventar. El rango de aplicación de su trayectoria es variado y sirve como emblema del artista que creyó en la literatura y también como retrato de quien supo caminar entre los pasillos de los premios más reconocidos del ámbito hispanoamericano, sin perder los estribos ni la capacidad de trabajo. En este proceso de la vida extendida del escritor que es la vida editorial, la figura de Bolaño cambia de rostro y muda su vestimenta. Las páginas de El espíritu de la ciencia-ficción pierden cuerpo frente a la eficacia de Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), novelas ambas por las que debido a su manera de afrontar el ejercicio literario podrían volverse una influencia consecuente para otros escritores, a pesar de la hegemonía de autores de otras lenguas en la tradición hispanoamericana. El Bolaño distinguible en esta novela es y no es el que está llamado a relacionarse de manera duradera con los lectores. Genera satisfacción hallarse ante embriones de la Universidad Desconocida y otros guiños, es natural, aunque su lector habitual agotará las páginas con menos fruición que disciplina. El espíritu de la ciencia-ficción es una estación de paso para complementar el viaje hasta el destino proyectado, el cual se localiza en otros de sus libros.
Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.