Caudal de voces sinaloenses

Eduardo Ruiz Sosa

Anatomía de la Memoria

Barcelona, Candaya-UAS

2016, 573 p.

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Después de concluir la lectura de una obra como Anatomía de la memoria, es difícil rehusarse a juicios categóricos. Sólo para situarnos en un espacio geográfico, nos encontramos ante la más ambiciosa novela escrita por un sinaloense en toda la historia, y con una de las mayores contribuciones novelísticas en México en lo que va del siglo XXI. Agotada su primera edición, publicada por la editorial española Candaya en el 2014, y que tuvo  una excelente recepción crítica en España y un eco de admiración en este lado del continente, un nuevo tiraje de la novela en coedición Candaya-Universidad Autónoma de Sinaloa permitirá el crecimiento de nuevos lectores para esta primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983).

Contrario a los temas que proliferan, y que estamos acostumbrados a leer en muchos narradores del norte del país, Eduardo Ruiz Sosa se desplaza fuera de los lugares comunes a los que ha contribuido con creces un mercado editorial interesado en la violencia narcótica de sencilla digestión. Ruiz alcanza una geografía literaria fecunda que impone sus propias reglas. Le apuesta a la complejidad, al camino de la resistencia, con un lenguaje que erige su autonomía poética y narrativa. En medio de un atascadero de discursos narrativos que conciben la violencia sólo como resultado del narcotráfico, en su obra se agradece el hecho de poder asomarnos a “otros tipos de violencia” Se trata, en este caso, de la “violencia política” relacionada con el grupo de Los Enfermos, pero sobre todo con el gobierno del Estado de Sinaloa durante los años setenta del siglo pasado.

Como simple telón de fondo, vale la pena recordar que después de la matanza de Tlatelolco, el camino de la lucha estudiantil se dirigió hacia la clandestinidad y al radicalismo. El gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) pactó con algunos grupos intelectuales, pero construyó, a la par, los artificios más siniestros para abrir un periodo de fuerte oscuridad y confusión en algunos puntos del centro y de la provincia del país. Durante el periodo denominado la Guerra sucia a principio de los años setenta, la Universidad Autónoma Sinaloa, al igual que otras instituciones educativas superiores del país, se vio inmersa en un fuerte conflicto de intereses grupales. Uno de estos grupos, el que abrazó con una mayor intensidad el radicalismo y la violencia de las armas, fue el de Los Enfermos. Su insignia se desprendía de la obra de Lenin: La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, publicada en 1920. Buscaban iniciar “un movimiento revolucionario que quería instaurar un nuevo orden nacional”.

Ciertamente estamos ante un capítulo de características marginales en nuestra historia. Doblemente marginal si consideramos que ha sido poco abordado tanto en nuestra narrativa como en la disciplina histórica. Verdades astilladas y preguntas aún sin responder; muertos, desparecidos, sangre, utopías distorsionadas, fragmentos de pasajes biográficos negados, identidades transformadas, una universidad convulsionada, el mundo de los héroes subalternos y de los perseguidos, los espacios clandestinos, la injerencia gubernamental en eventos violentos, un cúmulo de traiciones, son algunas de las piezas de este pasado histórico relativamente reciente. Eduardo Ruiz las aprovecha y arma con todas ellas una historia ficticia en torno a la memoria de un espíritu delirante en la ciudad de Oraba (Culiacán).

Han pasado cuarenta años del movimiento de Los Enfermos. El punto de partida de la trama es el encargo que hace el Ministerio de Cultura a Estiarte Salomón de escribir una biografía del poeta Juan Pablo Orígenes, miembro de este grupo, a raíz de la publicación de sus obras completas. El diálogo que se abre entre los dos personajes es un acto de persistente tensión entre el pasado y el presente, entre la memoria y el olvido. ¿Qué recuerda Orígenes de aquel pasado?¿Qué fue lo que realmente sucedió? ¿Qué inventa de todo aquello que sucedió?, son preguntas que vuelven sumamente frágil la construcción de un pasado colectivo de aquellos acontecimientos. “Todos tenemos la misma memoria, pero no todos tenemos la misma reacción ante los hechos de la memoria”. Por esa razón al recuperar “las ruinas de la historia”, el personaje de Salomón se siente “metido en el matorral de la memoria del poeta, ya que sólo podía escuchar preguntas y respuestas, voces sueltas, pedacería de un mundo inasible que se va perdiendo cada vez que se evoca”.

Esta es una imagen en movimiento que atraviesa la historia de esta novela de diversas maneras. La disección de la memoria no genera un relato preciso ni es el reflejo de un pasado con visos de exactitud, sino todo lo contrario: abre un relato en sus múltiples voces que evocan las ambigüedades humanas que están repletas de sueños de redención y de las más extremas atrocidades.

Esa indagación de la memoria permite al escritor agudizar su perspectiva de ese mundo trastabillante y contradictorio, en el cual “la historia”, como diría Isidro Levi, otro de los personajes, “está hecha de voces sin cara, sin cuerpo”. No obstante, cuando Ruiz Sosa coloca en ellas un rostro y un cuerpo, por provisional que éste sea, nos hundimos con ese personaje en una marejada narrativa de la que es imposible salir. “La escritura”, como una “manifestación de pasión”, no se detiene en ningún momento. Las cicatrices, las heridas, la cojera de Eliot Román, como “el paso tartamudo” del capitán Ahab en Moby Dick, no sólo forma parte de esos territorios ficticios creados por el autor, cumplen, además, la función de introducir una musicalidad y una estructura en la novela. Nada que agobie más en una obra literaria que los experimentos fallidos y la pedantería estilística. Ruiz se atreve a correr los riesgos de la experimentación y sobrevive a los abismos barrocos, sin caer y sin naufragar en ninguno de los pasajes de sus quinientas setenta y tres páginas. El método de la memoria de Orígenes, “una suerte de elipsis y mezcolanza entre la realidad, la memoria, los libros, la imaginación y las quebraduras nerviosas” bien podría ser la premisa de una poética caudalosa de la búsqueda imposible del futuro de un pasado nuevo.

Ricardo Piglia ha afirmado que “en ningún escritor es tan pertinente la relación entre la ficción y la cartografía como en el mundo de Saer”. Al igual que en muchas de las obras del escritor argentino, en Anatomía de la memoria “narrar es definir un territorio”, un territorio borroso, oscuro, ambiguo, en el que están trazados los espacios y los ambientes de la época de “Los Enfermos”. “Narrar” será para Ruiz también, un tanto rullfianamente, “regresar a un territorio” visto desde la perspectiva de un pasado-presente.

Cada uno de los personajes va realizando la reconstrucción de ese mapa a su manera. En ese sentido, tal parece que “hurgar en la memoria es tantear la ceguera de los otros”. Ese espacio que nos describe el narrador, el de “las calles de la ciudad de Oraba, donde los pasos de los que huyen se confundían con los pasos de los perseguidores, con el estruendo de los tiros, con la puertas que se abrían y se cerraban” es un destino que se quiere alcanzar, pero a medida que se va llegando a él, se transforma en un impresionante sembradío de incertidumbre. Es así como el poeta Juan Pablo Orígenes se desplaza a los espacios soterrados y abiertos en los que sobreviven los fragmentos fugaces de la memoria: una botica donde algún grupo de Los Enfermos logró salvar su  vida, una preparatoria en la que es violentado un hombre, una Ceiba, “una alcantarilla en el centro del interior del edificio de la Universidad”, una cantina, las paredes en las que se escriben consignas del tamaño del mundo.

Anatomía de la memoria es la construcción de un original e impresionante cosmos del lenguaje. Por lo mismo, Eduardo Ruiz Sosa se inscribe en la senda de novelistas de gran aliento, herederos de José Lezama Lima, Fernando del Paso, Antonio Lobo Antunes, Daniel Sada; de poetas de un fuerte ímpetu narrativo como Derek Walcott, en la tradición de Rulfo, pero sobre todo en la de José Revueltas, con su mundo poético, dialéctico y paradójico, que toca las entrañas más contradictorias del ser humano. Su novela llega hasta las raíces más insólitas, en las que dialogan la razón, los sueños y la locura, la ciencia y la imaginación; la memoria y el olvido; la historia y la ficción; en ella cobra vida un sentido dialógico —como lo pretendía la visión Bajtiniana de la polifonía— en el que no predomina un sólo elemento, sino un efecto fortuito de contradicción, complementación, caos y armonía entre todos ellos.

Novela que se abre como cuerpo, como tierra, como árbol, como tiempo, Viaje que explora las vetas de sus propios símbolos, para volver siempre al cauce de un río que viaja al centro de la memoria, al punto de partida de una obsesión. Eduardo Ruiz recurre a la vieja tentación borgeana de ver la vida y la realidad como si fuera un gran libro escrito o que aún está por escribirse. A lo largo de la historia no cesa de arrojar claves directas que caminan en ese sentido: la ceiba, como un portentoso manuscrito en el que caen y echan raíces las verdades o las mentiras pasadas; los libros de Eliot Román; o la biografía no escrita del poeta Juan Pablo Orígenes.

No se trata en este caso de la escritura de un libro suplantador del mundo real, sino de un diálogo intertextual propiciado desde los márgenes; desde esos lugares desde donde brota la historia. La relectura del libro Anatomía de la melancolía de Richard Burton es clave para entender este fructífero cruce textual. “Las notas garabateadas” en el libro de Burton resguardan los secretos y las reflexiones de Orígenes. Cuando el personaje se convierte en uno de Los Enfermos pasa de “los márgenes del libro” a “los márgenes de la ciudad” y de nueva cuenta a “los márgenes del libro”. El libro, tanto el que lo escribe como el que lo lee, forma parte de una historia que entraña un misterio inagotable en su desciframiento. Todo esto “porque en los libros queda la esencia de los que escriben pero también hay algo de los que leen”, “porque el olvido también necesita escribirse” y, además, porque “uno tiene la esperanza, como decía Orígenes, de que los muertos resuciten en los libros”.

La memoria se encuentra, entonces —en consonancia con el poeta Luis Cernuda—, en “el punto intermedio entre la realidad y el deseo”. Ahí divagan Los Enfermos, en el frágil equilibrio que les concede el tiempo y su propia historia, entre el olor y el horror de cadáveres, el inventario de la violencia y de la rebelión. Abrir esta Anatomía de la memoria conlleva al desplazamiento de rostros y de nombres, de jueces y culpables. En este sembradío de dudas, se cruza la identidad de Pablo Ledezma y Juan Pablo Orígenes, sin saberse a ciencia cierta quién es quien.

Eduardo Ruiz explora, también, por medio de sus personajes, la visión del desencanto y el fracaso que descorre el paso del tiempo; el descubrimiento de abominaciones que hacen de “la memoria” algo que “no perfecciona el pasado / sino la soledad del pasado”, como en el poema de Guillermo Sucre utilizado como epígrafe de la novela.

No podemos hablar de Los Enfermos como un grupo revolucionario con ideas progresistas, con un método de trasformación social claro. Sus estrategias eran violentas, su actuar estuvo impulsado muchas veces por un radicalismo miserable, que en múltiples ocasiones desconocía las diferencias y las ideas del otro. Querían “hacer la guerra”, porque “hacer la guerra era salvar al mundo”; pensaban, además, que “todo estaba podrido”. Construyeron así los rostros de un enemigo: la autoridad institucional, cualquier grupo de divergencia política a la suya y, sobre todo, el rostro del gobierno en turno. Sin embargo, este último fue complaciente, calculador, intervencionista, un gestor perverso y el culpable mayor en el desbordamiento de la violencia de ese periodo.

Por lo mismo, esa enfermedad de ser revolucionario y radical tiene sus matices de continuidad y un lugar de nuevo adiestramiento “desde dentro del Estado”. En el poema de José Emilio Pacheco “Antiguos compañeros se reúnen” leemos este proceso de transformación —“ya somos todo aquello / contra lo que luchábamos a los veinte años” — claramente desarrollado en Anatomía de la memoria. Éste se explica en diferentes pasajes: “nadie volvió a enfermarse, o pasó que el Estado nos curó a todos absorbiéndonos”, o bien: “comprender es ver en el presente el pasado; ya no existe la política, lo que existe es la burocracia”.

En el inventario descarnado y violento de México, nada más oportuno que la novela de Eduardo Ruiz Sosa. Es muestra de la literatura como resistencia contundente a un pasado borroneado y oscuro, pero también como un acto narrativo y estético de liberación, capaz de recolectar, por medio de sus voces marginales, la incertidumbre del mundo y el frágil dibujo de esas recónditas ausencias de nuestra historia.

 

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña