Tan pronto entró al consultorio del doctor Gorgonzola, el hombre externó el propósito de su visita: le dijo que quería comprar un terreno.
“— ¡Usted estudió con los hermanos maristas!
No pude negarlo. Gorgonzola se levantó de su asiento y me dio un abrazo.
— Tenemos un sello inconfundible.”
Al igual que el protagonista de esta historia, su autor, Jorge Ibargüengoitia, efectivamente estudió con los maristas. Carlos Fuentes nació el mismo año que Ibargüengoitia, en 1928, y también cursó la preparatoria en el Colegio Francés Morelos en el Distrito Federal. Unos cuarenta años después me tocaría a mí estudiar el bachillerato en la misma escuela —para entonces ya se llamaba Centro Universitario México, el CUM, y tenía sus instalaciones de la colonia Del Valle—, así que puedo opinar como implicado, y prefiero pensar que el susodicho “sello inconfundible” que le dejan a uno los hermanos de la congregación fundada por San Marcelino Champagnat más que mítico, es sólo una paparruchada. Pero quién sabe, acaso los maristas sí lograban dejarnos un estigma. El buen hermano que se encargó de dirigir los destinos del CUM durante casi toda la década de los ochenta —por entonces San Marcelino sólo llegaba a beato—, el Viejo López, cada que reunía a varios grupos en el auditorio de la escuela se desvivía por imbuirnos la fe de que a todos los egresados del CUM se nos iba a notar el dichoso “sello inconfundible”. El Viejo López solía presumir los nombres de varios exalumnos, “gente importante”, pregonaba, y en más de una ocasión, entre los de políticos y empresarios, sacó a relumbrar el nombre de Carlos Fuentes, pero creo que jamás mencionó a Ibargüengoitia.

Además de un par de ensayos y varios cientos de crónicas y artículos de opinión, a Jorge Ibargüengoitia Antillón le debemos dramaturgia y narrativa: al menos quince piezas teatrales, seis novelas (Los relámpagos de agosto, Maten al león, Estas ruinas que ves, Las muertas, Dos crímenes y Los pasos de López) y únicamente un libro de cuentos: La ley de Herodes. Apuesto que hubiera escrito mucho más de no haber abordado en Paris el Boeing 747-283B, con matrícula colombiana HK-2910X.
Ibargüengoitia tenía apenas 55 años de edad cuando el avión en el que viajaba rumbo a Bogotá se estrelló a pocos kilómetros del aeropuerto de Barajas. El accidente del Vuelo 011 de Avianca ocurrió a la 1:06 am, hora de Madrid, el 27 de noviembre de 1983. La investigación realizada por las autoridades concluyó que el incidente se debió a una serie de errores humanos. Alejandro Jodorowsky (La danza de la realidad, 2005) aventura otra causal: “En 1983, en España, al despegar el avión que iba a llevarla (se refiere a Bernardette Landru, pareja de Jodorowsky en otro tiempo y madre de su hijo Brontis) a un congreso revolucionario en Colombia, junto con destacados intelectuales marxistas, Jorge Ibargüengoitia, Manuel Scorza y otros, estalló. Aún hoy creo que no fue un accidente sino un crimen de la CIA”. Si de creer se trata, yo creo que Ibargüengoitia se hubiera pitorreado de haber sabido que algún día a alguien, incluso a alguien como Jodorowsky, se le hubiera ocurrido meterlo en una bolsa de “intelectuales”, y más, de “intelectuales marxistas”. El “congreso revolucionario” al que se refiere el franco-chileno no era una reunión clandestina de sediciosos, ni mucho menos, sino el Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana convocado por García Márquez. Ahora, en efecto el avión estalló, pero no al despegar, sino al intentar aterrizar, y lo haría después de estrellarse tres veces contra tierra, hacer un giro de campana desde la trompa y quedar panza arriba, ardiendo en llamas. Como hubiera sido, el saldo fue de once sobrevivientes y 181 muertos, entre ellos Marta Traba, Ángel Rama, Manuel Scorza, Bernardette Landru y Jorge Ibargüengoitia. Jodorowsky dice que él ya hizo las paces con su ex mujer y que, “antes de tomar posición frente a acontecimientos mundiales”, siempre la consulta. En cambio yo, que no tengo la capacidad de emprender sueños lúcidos para encontrarme con nadie en “la dimensión de los muertos”, no puedo leer nada nuevo de Jorge Ibargüengoitia, y eso me acongoja.
La primera edición de La ley de Herodes y otros cuentos fue publicada en 1967 en la serie El Volador de Joaquín Mortiz —editorial creada cinco años antes por Joaquín Díez-Canedo y engullida en 1985 por Planeta. Las loas a dicha colección editorial siempre serán insuficientes. Su catálogo comenzó nada menos que con La Feria, de Juan José Arreola —quien, por cierto, se encontraba en el aeropuerto de Madrid esperando abordar el malogrado Vuelo 011 de Avianca—, e incluye títulos imprescindibles de las letras mexicanas del siglo XX como La tumba y Gazapo, de José Agustín y Gustavo Sainz, respectivamente; Farabeuf o la crónica de un instante, de Salvador Elizondo, y El principio del placer, de José Emilio Pacheco. En los libritos de la serie El Volador publicaron Octavio Paz, Efraín Huerta, Ricardo Garibay, Vicente Leñero, Paco Ignacio Taibo II… Y también —aunque nuevamente dudo mucho que con el mismo “sello inconfundible”—, varios egresados de la prepa marista: además de Ibargüengoitia, Carlos Fuentes (Cantar de ciegos), Jorge Volpi (A pesar del oscuro silencio) y hasta yo mismo (Cuentos de mala fe).
La que probablemente sea la obra más difundida de Ibargüengoitia, La ley de Herodes, (en 1987 apareció en la segunda serie de Lecturas Mexicanas de Conaculta y librerías Gandhi la publicó en una de sus ediciones masivas de bajo costo), integra once cuentos, todos despreocupadamente autobiográficos. El protagonista de algunas historias se llama “Jorge” y en una de plano “Ibargüengoitia”. Varios sitios y personas son fácilmente identificables, y algunos incluso son mentados por sus nombres verdaderos, como Joaquín Díez-Canedo y Carlos Fuentes, quienes en 1964 estuvieron entre los asistentes a una comida organizada por el misterioso Bloomsbury, uno que tal vez era agente de la CIA. Las narraciones comparten como escenario el Distrito Federal de los años cincuenta y sesenta, un DF dividido en zonas postales, en el cual la gente in bebía cubas libres, se podía llegar de la colonia Roma al Palacio de Bellas Artes “en un taxi de a peso”, y no era de locos, viviendo en la Narvarte, ir a La Merced a comprar pescado, pollo y melones.
En el quinto cuento del libro, “Manos muertas”, Ibargüengoitia relata la compra del terreno en el que, al cabo de algunos años, construiría su casa: uno de los predios de un fraccionamiento propiedad de la Compañía de Jesús —por ello el título del texto. “La venta iba a ser anticonstitucional, pero muy devota”. La transacción fue realizada con el desorden de rigor con el que el Valle de México ha venido manchándose de ciudad: sin la más raquítica idea de planeación urbana, entre el fárrago y las tranzas burocráticas de ley, abonando al caos catastral, en fin, a la buena de dios… “La ciudad de México, al crecer, fue tragándose, como un cáncer, los pueblos que estaban a su alrededor. Uno de ellos fue Coyotlán…”, comienza Ibargüengoitia su relato. En la capital del país, el Distrito Federal hasta hace poco, no existe ningún lugar que se llame o se haya llamado alguna vez Coyotlán, quiero decir, no existe más que en el cuento “Manos muertas”. Todo mundo sabe que se refiere a Coyoacán: el sitio que los antiguos mexicanos denominaban Coyohuacan, algo así como “El lugar de los dueños de los coyotes”. Así que el Coyotlán de Ibargüengoitia nada tiene que ver con el corregimiento de Coyotlán ubicado en el occidente del país, allá por Tlajomulco de Zúñiga, ni con las salinas de Coyotlán y el antiguo convento de Coyotlán en Colima, que en los tres casos llevaron el topónimo en honor al cacique de la región, Cóyotl, uno de los muchos que en los albores del siglo XVI decidió sumarse a las huestes españolas y a la fe cristiana —el tal Cóyotl, apadrinado por Nuño de Guzmán, fue bautizado como Pedro de Guzmán y con tal mote se iría a la tumba.
El terreno que compró Ibargüengoitia en Coyoacán está en una calle que tuvo que costear la Compañía de Jesús: “Uruchurtu no había aprobado el fraccionamiento, pero en cambio, había aceptado y recibido la calle que hubo necesidad de regalar al Distrito Federal”. Ernesto P. Uruchurtu fue regente del D.F. de 1952 a 1966, es decir, comenzó su gestión con Ruiz Cortines, se mantuvo durante todo el sexenio de López Mateos y luego dos años más con Díaz Ordaz. Quizá así lo pidió quien fuera el señor regente de la capital de la República Mexicana durante el esplendor del “Milagro mexicano”, o tal vez un burócrata menor echó su nacionalismo posrevolucionario por delante, o acaso los mismos jesuitas trataron de quedar bien con los funcionarios priistas; a saber, el caso es que a la calle que la Societas Iesu tuvo que financiar le pusieron Reforma. También pudo haber sido que la nomenclatura la haya decidido la inercia, el siempre forzudo impulso del mínimo esfuerzo, la flojera de tener que encontrar otro nombre que en un momento dado fuera aprobado, una de estas causas o todas juntas. Lo digo porque, teniendo frente a mí un plano de la zona urbana de Coyoacán de 1929, observo que del otro lado de la avenida en donde comenzó la nueva vialidad estaba la “C. de la Reforma”, de tal manera que la calle que los jesuitas sufragaron del lado norte de dicha avenida, entonces Juárez, bien pudo entenderse como una continuación de la misma, la contribución de la orden religiosa de San Ignacio de Loyola a Reforma. Como usted lo lee. Bueno, no, igual de irónico pero más complicado.
Cuenta Ibargüengoitia que cuando comenzó a construir su morada resultó un lío “determinar el nombre de la calle. Las escrituras y el recibo firmado por el ‘Licenciado’ decían calle Reforma Norte, los recibos de contribuciones, Prolongación de Reforma, los de consumo de agua, Cerrada de Reforma y en la esquina decía Reforma, a secas”. Y el enigma se mantuvo durante mucho tiempo: “Han pasado diez años y todavía no se sabe a ciencia cierta cómo se llama la calle en donde vivo. El nombre Reforma, en cambio, ha seguido propagándose por el rumbo; ahora ya hay dos calles de Reforma más: una en la Colonia Atlántida y otra en la Clavos de Cristo, que son nuevas. Esto sin contar con la nueva prolongación del Paseo de la Reforma, que quedan en el centro de la ciudad y que es, en realidad, la auténtica calle de Reforma, siendo las demás meras imitaciones”. El tiempo pasó, el desorden siguió e Ibargüengoitia se quedó corto. Hoy por hoy, existen 230 calles en la Ciudad de México que se llaman Reforma o contienen en su nombre la palabra Reforma. Reforma a secas tenemos 46; tan sólo en la delegación Coyoacán, tres.
En palmario conflicto ideológico, la calle Reforma perdura: está flanqueada de un lado por Ave María y del otro por Tres Cruces, apenas a una cuadra del Jardín del Centenario. Reforma corre perpendicular a Francisco Sosa, antes avenida Juárez, la hermosa calle empedrada que va de avenida Universidad hasta Tres Cruces. Describir su traza no se resuelve de un plumazo, al menos no señalando en dónde comienza y dónde acaba; Reforma no es una calle que pueda ser representada con una sola línea. Comencemos con el tramo antiguo: si viene usted caminando sobre Francisco Sosa rumbo al centro de Coyoacán, se va a encontrar con ella, ya decíamos, una cuadra antes del Jardín del Centenario; dé vuelta a la derecha, hacia el sur, y en la siguiente esquina cruzará la calle Presidente Carranza, avanzará unos metros más hasta topar con pared: Reforma continúa, ahora paralela a Carranza, a la que saldrá de nuevo después de que dé vuelta a la derecha otra vez. Es decir, la original calle de Reforma tiene la forma de un anzuelo.
El tramo de la calle Reforma en el que se encuentra la casa que Ibargüengoitia construyó en los cincuenta tiene también su embrollo: entra usted por Francisco Sosa —bueno, entra si lo dejan, porque desde hace mucho hay una pluma y una caseta con vigilante— y hallará una doble cerrada, una de frente y otra más, a unos sesenta metros, del lado derecho; y sí, las dos se llaman Reforma…
En abril de 1957, Jorge Ibargüengoitia, su mamá y su tía se mudaron a la casa nueva de Coyoacán. Juan García Ponce la describió así: “La casa era preciosa. La había diseñado él mismo, tenía dos jacarandas y hiedra en vez de pasto. En el primer piso, donde estaba la sala, el comedor y demás instalaciones, tenían un cuarto su madre y su tía; en todo el segundo piso estaba su cuarto-estudio. Afuera de la casa, mirando al jardín, había un banco de cemento a todo lo largo de ella, donde los invitados se sentaban a beber antes de pasar al comedor para gozar con los sabrosos y abundantes platillos preparados por su madre y su tía”. Actualmente por ahí no queda ni medio metro sin construir, pero cuando Ibargüengoitia y su familia llegaron a Coyotlán el panorama era distinto: “durante muchos años mi casa estuvo rodeada de los terrenos selváticos que habían sido de la Compañía de Jesús y se habían convertido en basurero, excusado público, refugio de mendigos, casino de tahúres indigentes y lecho de parejas pobres o urgidas”.
Hoy día en la República Mexicana existen cuatro calles Jorge Ibargüengoitia. En la demarcación más violenta de toda la Zona Metropolitana del Valle de México, el municipio mexiquense de Ecatepec de Morelos, existe una colonia, ¡faltaba más!, que lleva por nombre el de un político priista de pura cepa, Pedro Ojeda Paullada, uno de esos soldados del sistema cuya disciplina y colmillo le alcanzaron para ser secretario de Pesca y del Trabajo, Procurador General de la República y hasta presidente de su partido. La colonia se ubica entre la avenida Carlos Hank González —el maestro de primaria más ducho en el arte de hacer dinero que ha dado este país— y el Circuito Exterior Mexiquense. Pues en aquellos confines urbanos está una calle Jorge Ibargüengoitia: la vialidad transita a lo largo de siete cuadras, entre dos poetas, Rubén Darío y Pablo Neruda, y corre paralela —bueno, de hecho es la misma, sólo divida por un camellón muy feo— a la avenida Valle de Almazaro, a unos cuantos metros del Río de los Remedios.
La ciudad capital del estado de Querétaro también le ha dedicado una calle al escritor guanajuatense. Localizada en la colonia Plutarco Elías Calles, ahí la calle Jorge Ibargüengoitia —¡oh, jueguitos del destino!—, va paralela a la Luisa Josefina Hernández, en sentido norte-sur; siendo paralelas jamás cruzan entre sí, pero se conectan por las calles Rosario Castellanos y Josefina Vicens. Dicha colonia queretana honra a otros muchos literatos mexicanos como Carlos Fuentes, Parménides García Saldaña, Juan Rulfo, Salvador Novo, Arreola, Monsiváis, en fin. Ninguna lleva el nombre del maestro de Jorge y Luisa Josefina, Rodolfo Usigli.
Encontramos la tercera calle Jorge Ibargüengoitia al norte del país, en la ciudad de Torreón, Coahuila. La vialidad está en un fraccionamiento nuevo, Villas de San Agustín: comienza al sur en la calle Salvador Díaz Mirón y seis cuadras al norte termina en la Carlos Monsiváis (por cierto, hace poco la UAM publicó una recopilación de las críticas teatrales que Ibargüengoitia escribió entre 1961 y 1964, entre otros textos, el agarrón que se dio con Monsiváis a propósito, o con el pretexto, de una pieza dramática de Alfonso Reyes, quien por cierto también tiene su calle allá en Torreón, a unas cuantas cuadras).
Por último, en su estado natal Jorge Ibargüengoitia Antillón también tiene su calle. Se localiza en Marfil, una localidad prácticamente conurbada a la ciudad de Guanajuato. Allá las vicisitudes de la toponimia le resultaron menos favorables al narrador. La calle se encuentra en la colonia Burócrata. Además, no queda muy claro para nadie dónde termina. Al este no hay duda, comienza en su encuentro con la calle Polaris, de donde baja —literalmente baja, porque desciende en una pendiente muy pronunciada, tanto que quien pretenda transitarla en bicicleta difícilmente saldrá ileso considerando, además, que no hay ni banquetas, ni arroyo vehicular, ni está pavimentada— hasta el cruce con la cerrada Real de Catalán… aunque quizá continúa, vaya usted a saber, porque la calle se reconoce con dos nombres, Dionicio Mújica y Jorge Ibargüengoitia. Todavía a finales de mayo de 2016 nadie había retirado el anuncio de lámina, soportado en dos palos, que en la esquina de la carretera Guanajuato–Juventino Rosas, con la que según la placa es la calle Dionicio Mújica, presumía las obras de “Rehabilitación de calle Ibargüengoitia” que la administración municipal 2012-2015 hizo o iba a hacer.
Y eso es todo: en la capital del país no existe una sola calle que honre al dramaturgo y narrador Jorge Ibargüengoitia. Así que sirva todo lo hasta aquí referido solamente para contextualizar la siguiente propuesta: si a la que fue avenida Juárez en Coyoacán se le pudo variar de nombre y ahora se llama Francisco Sosa —el campechano que alguna vez cantó a la Ciudad de México llamándola la Sultana de América y Señora Anáhuac—, y en ello no se incurrió en pecado patrio alguno, qué tal que al tramo norte de la calle Reforma le cambiamos el nombre y la bautizamos, en sus dos tramos, Jorge Ibargüengoitia. Considérese además que, lamentablemente, hoy “Reforma” suena ya a golpe de timón infructuoso o francamente mal intencionado, más que al decimonónico movimiento que consolidó el proyecto liberal en México. Quizá con cierta candidez, espero que los nuevos constituyentes de la Ciudad de México no olviden legislar los procedimientos para quitarle y ponerle nombre a las vialidades, un renglón harto descuidado entre los otros muchos torcidos sobre los que a diario se sigue escribiendo la historia de la capital mexicana. Calle Jorge Ibargüengoitia, en Coyoacán. ¿A poco no se la merece?
En Londres hay un sistema de placas azules que dicen quien vivio en una casa y de cuando a cuando:
http://www.english-heritage.org.uk/visit/blue-plaques/
Es muy interesante el caminar por la ciudad y de repente encontrarte la casa en la que vivió Mozart, o Handel, o algún escritor, actor, ilustrador, pintor, etc. Marca la herencia cultural de la ciudad de una manera sutil y dignificada.
En vez de cambiar el nombre a una calle (que por cierto es una lastima que pocas de las calles históricas de el DF pudieron mantener sus nombres coloniales . . . Pero eso es otro tema), porque no negociar con el dueño de la casa para empezar un proyecto similar en la Cd de Mexico y areas conturbadas?
Si se la merece como ayudamos es el escritor que habla más y mejor de Coyoacán realista y agorero pronostica lo que con nuestra colonia está pasando
…y luego qué sigue. Llamar Monsiváis a una calle de Portales, y así hasta llegar a la calle Salvador Borrego? Es una exageración, alguna vez se le pregunto a Salvador Elizondo si querría que la calle dónde vivió por años en Coyoacán, Tata Vasco, llevara su nombre, este respondió que de ninguna manera. Nadie habría sido tan grande como para que alguien tan chico le tumbara el nombre a su calle…