“Miedo siempre, miedo en todas partes”
–Lucien Febvre, El problema de la incredulidad en el siglo XVI.
“Para mí la función del miedo siempre es la misma,
que es ensayar en la seguridad de la ficción
los miedos de la vida real”
–Mariana Enríquez.
“Es una emoción que nos determina, que nos paraliza y a la vez nos impulsa […] misteriosa, y no importa cuánto escribamos sobre ella, siempre estaremos tanteando en la oscuridad”, dijo la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda sobre el miedo. Y es que a través de los siglos, el miedo ha generado un complejo entramado de significados, símbolos y encarnaciones. Por eso, en este texto propongo un breve muestrario del miedo, en donde puntualizo algunos de los temores elementales del ser humano en distintos momentos de la historia, su sentido y sus representaciones más afamadas.

El mar. Gran cuerpo de agua. De acuerdo con los planteamientos de Jean Delumeau expuestos en su libro El miedo en Occidente, la tempestad y el mar fueron asociados por la sensibilidad común con el miedo. La unión de la muerte, la noche y el abismo se significaron en esa inmensidad líquida ya que,no sólo el mar en sí mismo era de temerse, sino también lo que éste llevaba consigo: la peste negra, el hambre y un sinfín de invasiones pusieron en jaque el miedo a lo lejano, lo novedoso, la alteridad y lo desconocido. En cuanto a esto, Delumeau retoma el siguiente pasaje del teólogo dominicano suizo, Félix Fabri, quien escribió vívidos y detallados textos sobre sus viajes a Oriente:
Cuando un hombre —escribe fray Félix Fabri, que fue a Oriente en 1480— ha soportado varios días en medio de la tempestad, ha estado a punto de perecer por falta de alimento y llega a buen puerto, preferirá arriesgarse a cinco saltos [de la galera a una barca que le conducirá a tierra] antes que permanecer a bordo.
Asimismo, el miedo al mar se traduce en metáfora e imagen poética de la desesperación y la pérdida. Verlaine, en “Primer poema Saturniano”, escribe:
Cansada de vivir, teniendo miedo a morir, como
un brick perdido, juguete del flujo y del reflujo,
mi alma para horribles naufragios apareja.
Bestias. Animal considerado salvaje; criatura cruel o violenta; ser mitológico o fantástico. El mar también ha representado la hostilidad de un espacio que engendra bestias destructoras de embarcaciones completas. En el Génesis “creó Dios los grandes monstruos marinos”; la bestia tenía la capacidad de encender carbones con los hachones de fuego que su boca soplaba. Isaías describe a la bestia como “la serpiente que se mueve con gran rapidez, la serpiente que se retuerce y se enrolla… dragón del mar”. Y es Yahveh quien, con su espada feroz, logra destruir al monstruo del mar.
Por su parte, Herman Melville en Moby Dick nos muestra el inmenso poderío de una temible ballena blanca. El estadounidense explora el miedo a lo incierto y desconocido por medio de un animal que con la facilidad sale de la oscuridad marina y vuelve a ocultarse dentro de la misma:
No era tanto su insólito tamaño, ni su sorprendente color, ni tampoco su deformada mandíbula inferior lo que revestía a la ballena de terror natural, cuanto esa inteligente malignidad sin ejemplo, que, según los informes detallados, había evidenciado una vez y otra en sus ataques. Más que nada, sus traidoras retiradas producían mayor consternación, quizá, que cualquier otra cosa. Pues después de nadar ante sus jubilosos perseguidores, al parecer con todos los síntomas de la alarma, se había sabido que varias veces había dado media vuelta de repente y, lanzándose sobre ellos, les había desfondado la lancha en astillas, o les había rechazado consternados hacia el barco.
Más que su tamaño y apabullante blancura, es lo inesperado e imprevisto de su actuar tras emerger de las profundidades lo que más aterroriza a los navegantes.
No obstante, existen otras bestias literarias que habitan la oscuridad y lo oculto, y que han señalado distintos miedos de la condición humana. Por ejemplo, Borges retoma la figura mítica del minotauro en su cuento “La casa de Asterión” para señalar esa otredad salvaje a la que la sociedad no puede domesticar:
Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba […].
Bruja. Persona a la que se le atribuyen poderes mágicos o sobrenaturales, generalmente obtenidos del diablo. Motivo de miedo generalizado en el medievo, momento en el que se escribieron textos demonológicos que insistían en la relación entre el diablo, la brujería y las mujeres. En sus Etimologías, San Isidoro escribe que: "Las brujas se llaman así debido a lo negro de su culpa, es decir, que sus actos son más malignos que los de cualquier otro malhechor". Y continúa: "Agitan y confunden los elementos con la ayuda del diablo, y crean terribles tormentas de granizo y tempestades". Con su brujería, son capaces de confundir la mente de los hombres hasta conducirlos a la locura o la autodestrucción.
Malleus Maleficarum. Manual de castigos y formas de proceder ante hechos de brujería. Desde el prólogo se anuncia que: “Para cualquier comprensión de la historia y naturaleza de la brujería y el satanismo, Malleus Maleficarum es la fuente importante. La primera fuente”.Fue escrito en 1486 por dos monjes dominicos: Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, quienes explican que “la verdad católica es la de que, para provocar esos males que constituyen el tema de la discusión, las brujas y el demonio siempre trabajan juntos, y en lo que se refiere a estos aspectos, las unas nada pueden hacer sin la ayuda y colaboración del otro”.
En El miedo en Occidente, Delumeau afirma que la importancia de este manual radica en que “contribuyó, más que ningún otro libro antes que él, a identificar la magia popular como una forma de herejía… Nunca hasta entonces se había dicho con tal claridad que la secta diabólica está constituida esencialmente por mujeres”.
Su estructura de preguntas y respuestas permite a los autores dar soluciones a cuestionamientos sobre brujas y demonios. Aquí un ejemplo:
PREGUNTA. Las brujas que son comadronas matan de distintas maneras a los niños concebidos en el útero, y procuran un aborto; o si no hacen eso, ofrecen a los demonios los niños recién nacidos.
Aquí se expone la verdad acerca de cuatro horribles delitos que los demonios cometen contra los niños, tanto en el útero materno como después. Y como lo hacen por medio de las mujeres, y no de los hombres, esta forma de homicidio se vincula más bien con las mujeres que con los hombres. Y los que siguen son los métodos con los cuales se hace.
Monstruo. El miedo a lo incierto inasible no es sólo nuestra esencia: es nuestro destino. El espíritu fabrica monstruos constantemente a fin de evitar que la angustia nos aniquile. Las líneas anteriores aluden a lo que Ignacio Padilla adjudica a la figura del monstruo en El legado de los monstruos.En diálogo con esto, Elias Canetti escribe en Masa y poder:
Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que le agarra; le quiere reconocer o, al menos, poder clasificar. El hombre elude siempre el contacto con lo extraño. De noche o a oscuras, el terror ante un contacto inesperado puede llegar a convertirse en pánico.
Las personificaciones que el imaginario colectivo ha hecho del miedo sólo demuestran nuestra necesidad por darle forma a lo desconocido. Por medio de figuras como la del lobo feroz, el hombre del saco o el coco identificamos los peligros que nos acechan y entendemos que nuestros miedos son reales, no algo abstracto que podría o no sucedernos.
Al respecto, Padilla escribe:
Necesitamos, en fin, un ser ficticio que nos muestre tal cual somos, requerimos del espejo cóncavo del monstruo para que nos devuelva en su reflejo la realidad de los propios anhelos, los cuales suelen ocultarse bajo la máscara de la sociabilidad o en el teatro superestructura de lo que se considera correcto, permitido y hasta decente.
La figura del monstruo se convierte en un depositario de múltiples significaciones que se ajustan a un mismo rostro. Y, al contrario del miedo infundado en el desconocimiento, nos permite darle una forma detallada y precisa que implica una domesticación del miedo para sacarlo de la incertidumbre e insertarlo en el reino de lo aprehensible.
Enfermedad. Alteración en las funciones del organismo. Perfecto depositario del miedo. Susan Sontag en sus famosos ensayos La enfermedad y sus metáforas/ El sida y sus metáforas explica que “aunque los miedos representados por el sida son viejos, su status de gran acontecimiento inesperado, una enfermedad totalmente nueva —un nuevo juicio, por así decirlo—, se añade al pavor”.
Enfermedades como la peste, el cáncer, el sida y, más recientemente, el coronavirus, generan miedo por la irrupción de lo desconocido en la normalidad. Nadie conoce sus orígenes o funcionamientos. Lo único cierto es que son una amenaza, que se traduce en miedo al contacto, al entorno contaminado, al potencial contagio, al otro y a la muerte.
No obstante, cuando hablamos de enfermedad también la búsqueda de la cura es causa de miedo. “En un principio, el miedo ante las radiaciones atómicas era que provocan deformaciones genéticas en la generación siguiente. Otro miedo ocupó su lugar, a medida que las estadísticas fueron demostrando cuántos más casos de cáncer había entre los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki y sus descendientes”, escribe Sontag. Asimismo, bastaría con pensar en los efectos que trajo consigo la rápida creación de una vacuna contra el covid-19.
Existe, sin duda, un miedo a la enfermedad, pero no sólo por las implicaciones de estar enfermo, sino porque éstas también cargan consigo procesos que estigmatizan los cuerpos contagiados. Las enfermedades adquieren significados, reemplazando a los miedos más arraigados, y éstos dejan de depositarse en la amenaza del contagio para situarse en la carga metafórica que la infección transfiere a los cuerpos.
Muerte. Término de la vida. Es el único suceso que se inscribe fuera de la lógica del tiempo. Deja de existir un pasado y un futuro; nada sucederá después. En palabras de Zygmunt Bauman: “La muerte es temible por una cualidad distinta a todas las demás: la cualidad de hacer que todas las demás cualidades ya no sean negociables”.
En Historia de la muerte en Occidente Philippe Ariès, historiador francés, explica que no siempre existió un miedo reverencial ante este suceso. En la Edad Media morir era tan común que no implicaba una transgresión de lo cotidiano. Sin embargo, en el Renacimiento la muerte era un medio por el cual los seres humanos descubrían su individualidad, así que comenzó a ser temida. Ariès menciona que no era un temor a la muerte ni al más allá, “eran más bien el signo de un amor apasionado por la vida y de la conciencia dolorosa de su fragilidad”. En este sentido, la muerte se volvía tan cercana al fracaso y la desilusión, que, por ende, se alejaba de aquella vida demasiado amada y ganaba su potencia terrorífica. Y es que, como explica Ariès, “las imágenes de la muerte física no revelan todavía un sentimiento profundo y trágico de la muerte. Son sólo utilizadas como signos para expresar un sentido nuevo y exaltado de la individualidad, de la conciencia de sí mismo”.
Sin embargo, llega un punto en el que la muerte resulta temible, en parte porque es incognoscible e inefable. En el recorrido hecho por el historiador francés, se registra que:
A partir del siglo XIX, las imágenes de la muerte son cada vez más raras y desaparecen completamente en el transcurso del siglo XX. El silencio que se extiende en adelante sobre la muerte significa que ésta ha roto sus cadenas y se ha convertido en una fuerza salvaje e incomprensible.
En la literatura, la muerte ha ocupado un lugar central. Desde la mitología clásica, los textos sagrados de incontables religiones, pasando por La divina comedia, y hasta la literatura latinoamericana de terror contemporánea. La muerte se ha retratado como aquel espacio inexplorable y temible que, a pesar de nuestros intentos por aprehenderla, negarla o esquivarla, se escapa a nuestra voluntad, instaurándose como una realidad inevitable y natural y, a la vez, misteriosa.
La locura. Privación del juicio o del uso de la razón. El miedo a volverse loco aparece como una amenaza constante. Ariana Harwicz, en su novela Matate, amor, explora el desesperado intento de una mujer por liberarse de las expectativas sociales en cuanto a la feminidad y la maternidad, y pone a la locura como violento acto de ruptura entre el ser mujer, esposa y madre. El frenesí de la protagonista se retrata desde las primeras páginas de la novela, que muestran una contradicción irracional entre sus deseos y las expectativas que le son impuestas. El miedo a su nuevo rol de madre es lo que la que la conduce a imaginar escenarios violentos y, eventualmente, a la locura:
¿Cómo es que yo, una mujer débil y enfermiza que sueña con un cuchillo en la mano era la madre y la esposa de esos dos individuos? ¿Qué iba a hacer? Escondí el cuerpo adentrándome en la tierra. No iba a matarlos. Dejé caer el cuchillo. Fui a colgar la ropa como si nada.
Fantasmas. El fantasma es una aparición que para ser serlo debió antes ser lo opuesto: una desaparición, una desintegración, un abracadabra de disolvencia o resta. Es así como Ignacio Padilla define a los fantasmas en El legado de los monstruos; como la presencia de una ausencia que nos permite crear y creer en un estado transitorio entre el mundo que conocemos y el Más Allá.
Existe una fascinación por los fantasmas que recae en el alivio que brindan sobre la vida después de la muerte, pero también suscita temor por aquello que carece de una realidad probada, de lo que no es perceptible para todo mundo y de lo que se envuelve en el misterio y el desconocimiento. En cuanto a esto, Padilla escribe: “En efecto, cuando aquello que deseamos nombrar es por naturaleza evanescente, ambiguo o sencillamente tan mudable como el miedo de los hombres, su definición será por fuerza imprecisa y múltiple”.
Más que en una corporalidad, se perciben a través de un sonido o una sensación que irrumpe en lo cotidiano y lo transforma en algo extraño y amenazante. Freud utiliza el concepto del unheimlich para hablar de aquello que no viene de casa, de lo des-familiar. La familiaridad que resulta perturbadora debido a su manifestación inesperada e incómoda.
En Aura, de Carlos Fuentes, la llegada de Felipe Montero a su nuevo trabajo en Donceles 815 lo confronta con esta perturbación de lo familiar de la que Freud habla. Ya que el desdoblamiento espectral de su empleadora, Consuelo, en el cuerpo de su sobrina, Aura, y de él mismo en el cuerpo del general Llorente, irrumpen las lógicas de lo normal y juegan con la condición fantasmagórica de la aparición y desintegración aludida por Ignacio Padilla:
Y la fotografía de Aura: de Aura con sus ojos verdes, su pelo negro recogido en bucles, reclinada sobre esa columna dorica, con el paisaje pintado al fondo […] y la fecha 1876, escrita con tinta blanca y detrás […] la firma, con la misma letra, Consuelo Llorente. Verás, en la tercera foto, a Aura en compañía del viejo […] La foto se ha borrado un poco: Aura no se verá tan joven como en la primera fotografía, pero es ella, es él, es… eres tú […] tapas con una mano la barba blanca del general Llorente, lo imaginas con el pelo negro y siempre te encuentras, borrado, perdido, olvidado, pero tú […]
El diablo. En la tradición judeocristiana, príncipe de los ángeles rebelados contra Dios, que representa el espíritu del mal. En los siglos XI y XII hay una explosión diabólica en la que las representaciones del diablo comienzan a ocupar no solo el espacio literario, sino también del arte. Su imagen, antropomorfizada o animalesca, reviste los muros de las iglesias con motivo de mostrar a sus aficionados las consecuencias de ceder a las peligrosas tentaciones de Satanás. Asimismo, Delumeau escribe que “el miedo desmesurado al demonio, presente en todas partes, autor de la locura y ordenador de los paraísos artificiales, se ha asociado en la mentalidad común, con la espera del fin del mundo”.
Su figura también es motivo literario. Tal es el caso del famoso personaje de Cristopher Marlowe en Doctor Fausto, quien, a cambio de poder y sabiduría, vende su alma al diablo.
Fausto: —He aquí, Fausto, que tienes que condenarte sin posibilidad de salvación. ¿De qué vale pensar en Dios ni en el cielo? ¡Fuera tales fantasías y, desesperando de Dios, confía en Belcebú! No retrocedas, Fausto: ten resolución. ¿Por qué vacilas? ¿Qué suena en mis oídos diciéndome: “Abjura de la magia y torna a Dios”? Sí, Fausto volverá a Dios. ¿A Dios? Ya no te ama. El dios al que sirves son tus propios apetitos. Y, pues me he aplicado al amor de Belcebú, le erigiré un altar y un templo y le ofreceré la tibia sangre de los niños recién nacidos.
La obra de Marlowe pone de manifiesto cómo, por medio de la instauración de un miedo irracional hacia la figura del diablo, era posible un poderoso adoctrinamiento religioso.
Capricho divino. Miedo instalado por una fuerza superior. Los actos de lo divino resultan misteriosos y no siempre obedecen una lógica comprensible por el ser humano. En las tragedias griegas se juega constantemente con la noción del Fatum: aquel destino funesto, a menudo fatal e ineludible, que es proclamado por los dioses y que resulta ejemplarizante. La imprevisibilidad de las acciones de estas fuerzas superiores producen temor ante una voluntad suprema y caprichosa que evidencia la indefensión del ser humano. Este miedo es también común ante la ira divina del dios del Antiguo Testamento.
Obras consultadas
- Ariès, Philippe. Historia de la muerte en Occidente. Acantilado, 2000.
- Bauman, Zygmunt. Miedo líquido. Paidós, 2007.
- Borges, Jorge Luis. “La casa de Asterión”. El Aleph, Debolsillo, 2011.
- Canetti, Elías. Miedo y poder. Muchnik Editores, 1981.
- Delumeau, Jean. El miedo en Occidente. Taurus, 2019.
- Enriquez, Mariana. Nuestra parte de noche. Anagrama, 2019.
- Fuentes, Carlos. Aura. Era, 2001.
- Harwicz, Ariana. Mátate, amor. Dharma Books, 2021.
- Kramer, Heinrich y Jacobus Sprenger. Malleus Maleficarum. Ediciones Orión, 2001.
- Marlowe, Christopher. La trágica historia del Doctor Fausto. Biblos, 2007.
- Melville, Herman. Moby Dick. Penguin Random House, 2017.
- Poe, Edgar Allan. “El corazón delator”. Obras clásicas de siempre, traducción de Julio Cortázar, Biblioteca digital.
- Sontag, Susan. La enfermedad y sus metáforas/El sida y sus metáforas. Debolsillo, 2022.
Paulina Guzmán
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.
El poder político y de los criminales aumenta con el miedo ala muerte.
Es mentira que las brujas fueran una preocupación medieval. En el medievo la Iglesia consideraba supersticiones las creencias en brujas. El «martillo de las brujas» es una fabricación que marca el inicio de la modernidad, y que pronto se reveló como una falsedad, al grado que quedar inscrito en el índice de libros prohibidos, siendo impreso en los países protestantes. Los inquisidores pronto se dieron cuenta que los relatos de aquelarres, apariciones del diablo y vuelos en escobas no eran mas que alucinaciones producidas por la belladona y otras plantas que las brujas se untaban en en cuerpo. El verdadero peligro eran las enfermedades físicas y psicológicas provocadas por el uso de plantas.
No hay que negar que en el siglo XVI todas las personas educadas tenían conocimientos e hechoería y astrología, que incluso se enseñaban en las universidades. La reina Isabel de Inglaterra tuvo un consejero quien fue un matemático famoso, pero también un practicante de «magia blanca» y quien estuvo asociado con un autodenominado «nigromante». Pero los nobles no fueron perseguidos, a diferencia de las personas pobres acusadas de brujas.
Es indispensable recordar que la protección a los más débiles es un deber y no hay nadie más débil que unniño recién nacido o prematuro. Depende por completo de los demás para sobrevivir.
La radiación primero fue inocua, después se descubrió asesina. Madame Curie murió pro el cáncer producido por su exposición a las radiaciones y sus notas aún son radiactivas. Las mujeres que pintaban con radio las manecillas de los relojes para que brillaran en la oscuridad, murieron todas de manera horrible. Hubo un investigador del proyecto manhattan quien murió a la pocas horas de estar expuestos a la radiación de un núcleo de uranio, que tuvo que separar para evitar una explosión nuclear. Fue solo después que, tal como ocurrió con otros venenos, se descubrió que en dosis pequeñas y en haces dirigidos, podía usarse para matar células cancerígenas.
La gente desconfía de las vacunas covid porque ya no confían en los gobiernos ni en las farmaceúticas, por buenas razones.
No se han probado los efectos a largo plazo de las vacunas, y se las ha ligado a la formación de coágulos en la sangre (que pudieran producir infartos y embolias) y a afectaciones al ciclo menstrual de la mitad de las mujeres que se vacunaron.
En el siglo XVI, incluso en las universidades de la península ibérica se enseñaba alquimia (sin comprenderla), astrologóa y otras ciencias esotéricas (que no ocultas).
Me pregunto si los argumentos de los ingleses para justificar la condena de Juana de Arco por brujería influyó para que se terminara escribiendo el «martillo de las brujas».
En Inglaterra John Dee introdujo la sigla «M» para los servicios secretos; y las siglas 007, que formaban parte de su firma y al parecer mostraban los lentes que solía usar. John Dee tuvo contactos con el rey de Polonia por los años de actividad de Elizabeth Bathory, la «condesa sangrienta». y prima del rey Los nobles tenían tolerancia para hacer lo que quisieran con los plebeyos, pero Elizabeth se pasó de lanza (a menos que ella fuera victima de alguna conspiración política).
Tenemos el tambor de Francis Drake, que según algunas versiones tocará cuando Inglaterra se encuentre en peligro, y según otra versión, al tocarlo llamará a Drake para defender a Inglaterra. Francis Drake, el pirata que saqueó y mató en las costas de los virreinatos, con Patente de Corso, y que terminó siendo nombrado «Sir»; el segundo comandante en darla vuelta al mundo, huyendo de la armada española; el comandante que derrotó a la Armada Invencible al intentar España invadir Inglaterra.
Está la leyenda de que el día que deje de haber cuervos en la Torre de Londres, Inglaterra caerá. Quizá fue una forma encubierta de decir que el día que dejaran de haber ejecuciones en la Torre, el gobierno dejaría de existir. Pudiera ser una crítica o una advertencia dependiendo de quién lo dijera y del contexto en que se dijera.
Me olvidaba de mencionar una hipótesis que dice que en la edad media las mujeres tenían más libertades que en la época moderna (sin ser un paraíso). Platón y Aristóteles suelen ser algo misóginos, y al retomar los originales durante el renacimiento, la misoginia se recrudeció.