La serie Black Mirror ha tenido un éxito implacable, entre otras cosas, por su originalidad, su narrativa descentrada y su malestar distópico. El siguiente texto explora las particularidades de la serie y ahonda en el nuevo malestar que se ha instalado entre los fans al salir la cuarta temporada. ¿Qué tanta intensidad y creatividad le exigimos a las series que construyen un reflejo escalofriante, indeseable y muy atinado de nuestra sociedad? ¿Pueden las series mantener el ritmo acertado con el que empezaron?

A Isa P.B. quien
me acercó este espejo
El pasado 29 de diciembre la plataforma Netlflix —que cuenta desde 2015 con los derechos de transmisión— comenzó la difusión de la cuarta temporada de Black Mirror con 6 episodios. Con ella se aviva la polémica y discusión en torno a esta particular miniserie que nos pone a pensarnos a nosotros mismos con respecto a los usos de las tecnologías dentro de mundos distópicos o sociedades paralelas que se nos muestran más cercanas a lo que podríamos imaginar de la ficción futurista.
El nombre de esta miniserie, de acuerdo a Charlie Brooker, su creador, parte del planteamiento de si la tecnología se siente o es percibida como una droga, y, en dado caso, cuáles son sus efectos secundarios. Brooker alude al interregno del placer y el malestar. Black Mirror es el equivalente de esa pantalla que puede estar en cualquier lugar (pared, escritorio, en la palma de la mano). Hoy ya no interactuamos propiamente con los medios tradicionales (cine, televisión, radio), con canales y lenguajes separados, sino propiamente con pantallas (celulares, videojuegos, computadoras, tabletas) a través de las cuales consumimos contenidos, adquirimos servicios, usamos aplicaciones, socializamos, matamos el tiempo, aprendemos, etc. El color (black) es una alusión paradójica: puede referirse a lo indeseable, a lo que no se ve, pero también —y quizá por ello— a lo omnipresente, dentro de los códigos no del big brother orwelliano sino de las nuevas dinámicas de la interactividad e hiperrealidad del internet 2.0, donde en el lugar del “gran hermano” observamos alegorías a los multi-servicios ofrecidos por los gigantes de internet (Google, Amazon, Facebook, Yahoo).
Black mirror presenta particularidades que explican, en parte, su éxito. En primer lugar, construye un tipo de ficción sobre cómo los dispositivos tecnológicos están afectando nuestros sentimientos, pensamientos, relaciones sociales. En ello desarrolla distintos recursos retóricos, que sin nombrarlas como tal, identifican empresas, aplicaciones, redes sociales que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana, como el caso de Facebook en “Caída en Picada” (episodio de la t.3) o “Tinder” en “Hang The DJ” (t.4), y también panópticos totalizantes de lo que vemos y hacemos frente a la pantalla como en “Cállate y Baila” (t.3).
Esta miniserie apela a un cierto minimalismo (pocos capítulos por temporada) y reproduce en su narrativa un elemento de la misma lógica reticular de los nuevos lenguajes: conjunto de episodios interdependientes, sin principio ni propiamente fin, y —salvo algunos guiños— sin conexión entre ellos, lo que también a ayuda a su transversalidad y recorrido, y a comprobar en todos ellos esos elementos de cohesión y coherencia, que no hacen esta serie única, pero ciertamente sí particular y sugerente.
En la miniserie no sólo vemos cómo surge una tecnología hiper-digitalizada —que tanto abunda en algunas producciones de ciencia ficción— sino que también asistimos a un acercamiento sociológico a partir de la metáfora de una sociedad organizada desde las posibilidades tecnológicas; la tecnología presentada nunca descuelga en el código de lo fantástico, y con frecuencia se mantiene en esa frontera de lo inmediato y lo socialmente cercano como lo vemos en la representación de candidatos políticos, vendedores de seguros, adolescentes frustrados, etc.
Black Mirror es deudora de uno de los fenómenos integrales más grandes en los últimos 30 años. Si antes la tecnología se asociaba con grupos cerrados de programación, computadoras o investigación muy avanzada en algunas áreas, hoy en día, gracias a la portabilidad, al desarrollo en los distintos estadios de internet (1.0, 2.0, 3.0), esta va alcanzando cada vez más aspectos de nuestra vida entera, incluyendo el trabajo, los negocios, la ciencia, los afectos, el entretenimiento. La tecnología ya no es lo superficial y lo poco común, sino el dispositivo que nos ayuda a organizar las disposiciones más diversas de nuestra existencia en medio de redes, multi-medios, multi-lenguajes, imágenes hiperdigitalizadas, interactividad cada vez más absorbentes propios de la vida contemporánea.
En la historia de las tecnologías (y de los efectos culturales que generan) siempre ha habido dos ánimos actitudinales extremos. El escritor italiano Umberto Eco en su ensayo clásico sobre estética de los medios, Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas (1ª ed.italiano, 1965), diferenciaba dos actitudes y argumentos contrapuestos entre quienes “echan a vuelo las campanas” (llamados “apologistas” o “integrados”) a favor entonces de la cultura de masas, versus los eternos pesimistas e hipercríticos (“apocalípticos”) que veían en ella el fin de la civilización. Así también podemos reconocer, ante Black Mirror, esas dos actitudes que va desde los fans radicales hasta los decepcionados con la serie, y entre ellos, una extensa gama de juicios intermedios.
Si bien no hay propiamente cosas nuevas en Black Mirror —por ejemplo, véanse series como Twilight zone o Tales of the Unexpected—, sí lo hay en el ensamble o agrupación de sus componentes narrativos, temáticos y de producción. Black Mirror es un hibrido de tonos, asuntos no solo vinculados a las tecnologías sino a esa sociedad espectacularizante e hiper-consumista inmersa en sus propios miedos y angustias. Es cierto que podemos encontrar altibajos en su realización —y siempre cabe la expresión “en algunos capítulos sí, en otros, no”, “en la temporada X sí; en esta, no”— que redundan en lo que puede probablemente molestar más de ella: algunos de sus desenlaces. Es cierto que no siempre logra la misma intensidad ni creatividad —José Martí ya decía a finales del siglo XIX: “no puedes ser sublime todos los días”—, y resulta difícil hacer juicios apodícticos entre temporadas e incluso episodios, pero ello es parte del fenómeno y de una originalidad a veces desconcertante y otras agridulce.
Black Mirror puede por momentos ser una digresión (buena o mala) sobre las aplicaciones de las nuevas tecnologías a la manera del nuevo “gran hermano” totalitario, traducido hoy día tal vez en esa opinión pública veleidosa y morbosa (ver “Odio Nacional”, t.3, o “Himno Nacional”, t.1); en su sociedad asfixiante del entretenimiento (ver “Quince millones de méritos”, t.1); o en su psicologismo controlador e intolerante (ver “Toda tu historia”, t. 1). Tal vez el malestar de algunos usuarios en esta Temporada 4 provenga de la percepción de planteamientos pocos claros (“Metalhead”), la evocación de lugares comunes, la recurrencia a cierto melodrama cuasi telenovelero (“Arkangel”), o a la incómoda parodia de Star Trek (“USS Callister”). Concedemos algunos rasgos de este malestar sobre todo cuando esta propuesta nos ha acostumbrado a realizaciones poco frecuentes y a veces tan brillantes como “Blanca Navidad” (t.1) o “Black Museum” (t.4). Es cierto, quisiéramos que todos los capítulos fueran así, ¿sería realmente posible? En cambio, encontramos descuidos que pueden dejar la impresión de algunas escenas poco justificadas o desenlaces poco satisfactorios. Quizá a algún agudo televidente también le pueda incomodar el color, la fotografía, el casting, el ritmo, los estereotipos de género en algún episodio, o la alusión inexacta a alguna otra serie de televisión.
Lo importante aquí, y creemos que la serie lo logra, es ir más allá de la fruición temporal que criticaría el “apocalíptico”, más allá de la mirada ingenua del “integrado”, y avanzar en la discusión de cómo las nuevas aplicaciones en realidad muestran algo de nuestros demonios y de nuestras crisis como sociedad. Si bien muchas de las menciones en la serie, pudieran parecer nuevas y propias de nuestra atribulada época, cabe decir que algunos de esos temores y desconfianzas se remontan a la historia misma de la humanidad y Black Mirror lejos de crearlas, nos ayuda a evidenciarlas y nos invita a observar esa sociedad autocomplacida por sus realizaciones materiales y a reconocer algunos personajes que la serie refleja: a nuestro vecino, a nuestro compañero de trabajo o quizá, a nosotros mismos.
Tanius Karam
Profesor de comunicación en la UACM.