Béla Tarr y su caballo rejego

Le dije que la invitaba al cine. Entre semana. Y ofrecí que luego podríamos cenar unos tacos. Ya le había atraído la sinopsis de El caballo de Turín y habíamos intentado verla, sin éxito, en Cinépolis de Perisur. Ambos creíamos que tenía mucho más que ver con el incidente que detonó la demencia senil de Friedrich Nietzsche.

Pero no, el filme del húngaro Béla Tarr es una propuesta arriesgada, soberbiamente autónoma, de esas que trota prácticamente a solas. Me explico: es de esas películas de autor que vive en su propia mundo, con un ritmo propio –que se parece, tal vez, al de la vida– y que acaso intenta regresarle al séptimo arte una sensación que vaya más allá del simple entretenimiento. Está claro que Tarr jamás ha leído los consejos de Syd Field para escribir un guión. Y si lo hizo, después les escupió. Los pisoteó. Les prendió fuego.

El caballo de Turín es una experiencia cinematográfica sui generis. Sin duda transmite monotonía, hartazgo, reiteración, angustia. Eterno retorno hogareño de un padre y su hija que llevan una existencia de certezas gastadas. Las pocas palabras. Los escasos diálogos. El vendaval del exterior siempre acechante. Las papas cocidas que se pelan con los dedos y se devoran aunque estén hirviendo. La existencia.

Confieso que en algún momento pensé que si llegábamos al final del filme nos otorgarían una beca del FONCA para espectadores maduros. “¿No preferirías que fuéramos a hacer algo más divertido a la casa?”, me dijo, seductora, mi Siskel en una de tantas vueltas a la noria.

Con su narrativa desnuda, minimalista, El caballo de Turín propone otra manera de mirar y sentir el cine. Una forma ciertamente incómoda, poco placentera (salvo para el ojo, lo que no es poca cosa), a contracorriente de la distracción continua presente en la mayor parte de lo que se ve en pantallas grandes y chicas. Blanco y negro primigenio, básico. Extensos plano secuencias. Cinematografía que por instantes remite al mejor Andrei Tarkovski.

Este Ebert pidata piensa que vale la pena bajarse por casi tres horas del tren de lo digerido, lo comprensible y lo cómodo, para montar esta clase de equino, singular y rejego, de crines inexplicables.  –Jordi Torre.


2 comentarios en “Béla Tarr y su caballo rejego

  1. El caballo de Turín es uno de los más desconcertantes, atrevidos y bellos filmes que ha producido el siglo XXI (y el XX).
    Cabe recordar la osada delcaración de Bela Tarr, señalando que esta es la última película que hará.
    Ojalá hubiese más artistas que asumieran riesgos de este calibre.

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