Banville en el campo de la sutileza

Aun cuando los tiempos que corren parecen ignorarlo, la literatura está en el lenguaje. No pretendo un despliegue epistemológico en torno a lo que esto significa; si acaso, permitir que la sospecha anide. No es en las palabras, tampoco en la simple construcción de las oraciones o en cada uno de los elementos que configuran un texto narrativo. Es en el lenguaje, esa suerte de no lugar en donde suceden cosas. Tanto, que nos permiten ser mediante ellas. Somos lenguaje o, de forma más contundente, el lenguaje es la condición de posibilidad del ser. De ahí que la literatura cobre importancia más allá de argumentos utilitarios. En la medida en la que abrevamos de ella, también lo hacemos del lenguaje. Si bien no nos hace mejores personas, sí nos hace más, en un plano meramente ontológico.

Es triste, por tanto, lo mucho que se ha devaluado el ejercicio de la narración. Parece que, en nuestros días, cualquiera puede escribir un libro. La consigna es simple: si se puede contar una historia, si se puede redactar con cierta solvencia, entonces se está listo para entrar al terreno de lo literario. De ahí las mesas de novedades saturadas, los libros vacíos y un mercado editorial que se ha alejado de su esencia. De esa misma premisa podría surgir otra, igual de absurda: si se puede silbar sin mayor esfuerzo, entonces ya se está dentro del campo de la música.

Ante esta realidad tan tangible, los autores que vuelven al lenguaje y que lo reconocen como su casa, se convierten en un asidero para lo literario, cualquier cosa que esto signifique. John Banville (Wexford, 1945) encara este compromiso, renovándolo. Tan es así, que gran parte de su primera producción sólo tuvo una buena acogida en círculos reducidos. Y no es para menos, en sus novelas plantea tramas intimistas, de una cotidianeidad apenas rota por la desventura o la sospecha. Historias que no emocionarían a un corro de escuchas inmersos en el tedio. Y, pese a eso, sus novelas tienen las alturas de las grandes obras literarias.

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Con La guitarra azul confirma su encomienda. Más aún, es probable que ésta sea una de sus novelas más digeribles (si se excluyen, por supuesto, las que ha firmado bajo el seudónimo de Benjamin Black, cuyo corte es policiaco). La historia, de nuevo, parece simple: Oliver Orme es un pintor exitoso que ha decidido dejar su oficio, así que ya no se le puede considerar pintor. Puede, en cambio, vivir de su obra existente. Él ha sido infiel en varias ocasiones. Sin embargo, ahora ha ido más lejos: ha tomado como amante a Polly, la mujer de Marcus, uno de sus mejores amigos. De hecho, junto con Gloria, su esposa, han tenido veladas agradables, paseos por el campo, una vida en común. El descubrimiento de la infidelidad de sus respectivas parejas no ha detonado con una explosión devastadora. Por el contrario, es la calma la que ha puesto en conflicto a Orme. Tal vez por eso se ha marchado a la casa de su infancia. Una vez ahí, entrará en un complejo proceso de introspección. En éste dará cuenta de su ligera cleptomanía, apelará a recuerdos dolorosos, descubrirá el poco valor que él mismo le confiere a lo que le resta de vida. También tendrá, por supuesto, conversaciones con cada uno de los implicados.

Como bien se puede apreciar, la historia no resulta innovadora, tampoco excepcional. Suceden, sin embargo, otras cosas que no saltan a la vista de inmediato. Son hechos que se articulan a partir de las sutilezas. Apenas sospechas que van lastrando el ánimo de los lectores, de formas que ni siquiera permiten tomar partido. Es algo más profundo, algo que se relaciona con el lenguaje. Pero no sólo con las palabras o con su significado –para eso están los cientos de libros en las mesas de novedades–, es algo que se activa en el nivel más profundo de nuestro vínculo con el mismo. Aquello que nos permite descubrirnos dentro de la trama porque apenas un desliz, un paisaje que cambia de color de un renglón a otro, una escena que se escapa de nuestra plena comprensión, han sido suficientes para hacernos respirar la fragancia dulce de la resignación.

Es ahí, en el lenguaje, donde nos descubrimos lectores gracias a la experiencia de la literatura. Es un momento tan tenue que no puede ser definido. Pese a ello, no hay forma de dudar de su existencia. Llevarnos a ese nivel de involucramiento con el lenguaje es algo que pocos autores consiguen. Sólo los más grandes: quienes saben que no basta con contar una historia sino hacerlo desde lo más íntimo de su construcción. Ese sitio donde lo humano y lo literario se entrecruzan. Y es justo ahí a donde Banville consigue trasladarnos.

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Publicado en: Ciudad de libros