Mis monjas preferidas me miraban distinto y aplaudían con la toca. Y la felicidad de la noche era ya también la tarde y la mañana, o las tardes y mañanas eran también noches. La madre Prefecta decidió hacerme congregante sin merecerlo. Yo acepté.
Mis monjas preferidas me miraban distinto y aplaudían con la toca. Y la felicidad de la noche era ya también la tarde y la mañana, o las tardes y mañanas eran también noches. La madre Prefecta decidió hacerme congregante sin merecerlo. Yo acepté.