Saqué un pocillo de peltre azul que me traje ex-profeso desde mi tierra (porque aquí no existen) para situaciones como estas. Hice café al estilo mis rumbos: poniendo agua a hervir, echándole unas cucharadas de café al momento del hervor mayor, y retirando el pocillo inmediatamente del fuego para dejar la bebida asentarse a su propio tiempo y compás. Tres minutos después colé mi primera taza del día, taza que humea ahora a mi lado, feliz, sabiendo que ella es mi compañía más grata (a falta de una humana) a estas horas recién amanecidas y apenas iluminadas por soles pre-invernales.