Pero veo que le aburro. Mis problemas no le inspiran siquiera un encogimiento de hombros. En lo que atañe a mí y a mi novela, usted ya lo supo desde el primer instante: este chico está arrullando a un niño muerto. Y ahora ya no quiere perder su tiempo con mis pubertarios problemas en torno a la escritura. Permítame, por lo tanto, que me tome el asunto en serio. Se trata de los problemas que le causaron la muerte a mi amigo S., a mi hermano Schwab.