Un 9 de febrero de 1881 murió en San Petersburgo Fiódor Dostoievski, el clásico de clásicos ruso y uno de los pilares de esa casa tan colorida como difusa que entendemos como “literatura universal”. Muchos años después, un vagabundo venido a más llamado Charles Bukowski había de recordar las veces en que en sus sórdidas borracheras agradecería haber leído al autor ruso. Sobre todo, el siguiente poema es una evocación de aquella mañana del 22 de diciembre de 1849 en la que Dostoievski, condenado a muerte por cargos de conspiración contra el zar Nicolás I, iba a ser fusilado.