Cuadernos Políticos fue una revista de orientación crítico-marxista publicada entre 1974 y 1990 por Ediciones ERA. Su consejo editorial original estuvo compuesto por Arnaldo Córdova, Adolfo Sánchez Rebolledo, Rolando Cordera, Ruy Mauro Marini, Bolívar Echevarría y, como editora, Neus Expresate. El carácter independiente –tanto de los partidos como del Estado– que la revista logró mantener hasta el final de su trayectoria le permitió forjar un espacio dinámico, con amplios márgenes para el debate político e intelectual. A lo largo de sus sesenta números encontraron cabida muchos intelectuales críticos latinoamericanos, varios de ellos expulsados de sus países por las oscuras dictaduras militares que asolaron el continente en esos años. Por estas razones, así como por la alta calidad de sus artículos, Cuadernos constituye un capítulo insoslayable de la cultura y el pensamiento de izquierda en México.
En esta entrevista realizada en octubre de 2013, Arnaldo Córdova nos introduce en el clima político que se vivía en México en los años setenta y repasa la coyuntura que dio sentido a la publicación de una revista critica y plural. Aunque Córdova abandonó prontamente el equipo de los Cuadernos, su protagonismo fue fundamental en la planificación y la orientación inicial de la revista.

Cuadernos Políticos arranca en el contexto de la experiencia de Chile derrotada, la crisis internacional, y cuando en el país se vive un ascenso del sindicalismo combativo. En este marco, ¿qué inquietudes llevó a un grupo de intelectuales a hacer esta revista político-teórica?
Arnaldo Córdova: En primer lugar, se trataba de un grupo y todos teníamos ideas coincidentes aunque diferentes, no se puede decir que Cordera pensara igual que yo o que Carlos Pereyra. De hecho, todos nosotros teníamos objetivos diferenciados pero nos unía el sentirnos en la misma dimensión, la necesidad de analizar con objetividad y muy a la gramsciana los problemas de México. Fito Sánchez Rebolledo –hijo del filósofo Sánchez Vázquez– estuvo dedicado al periodismo toda la vida. Carlos Pereyra era filósofo, también estuvo dedicado mucho al periodismo, él hacia continuos análisis de la realidad nacional tratando de encontrar una pauta de interpretación. Ambos tuvieron mucha militancia política, los tres fuimos miembros del PC en los sesentas.
Eran los años de la guerra sucia de Echeverría, estábamos muy interesados en aclarar el papel que la lucha armada estaba desempeñando en el país, y muchas de las discusiones que se dieron entonces estuvieron dirigidas hacia ese objetivo. ¿Qué tenemos que hacer con los guerrilleros? No podemos decir que se lanzaban a ciegas a la violencia, la guerrilla estaba reflejando algo que por entonces no nos parecía muy claro. La derrota que significó para la izquierda el 68, Tlatelolco, el jueves de Corpus y estas cosas lanzaron a muchos jóvenes en brazos de la violencia. Se estaba proponiendo un debate y nosotros queríamos ser parte.
Había otra revista más periodística que era Punto Crítico, que luego se escindió. De ahí salieron Sánchez Rebolledo, que era el director fundador, y luego Cordera y yo, y otros que habíamos participado. Esta revista tuvo un papel muy significativo en la discusión de los problemas políticos del momento. El tema de la guerrilla era algo que nos conmocionaba, era el tema de América Latina también, después del golpe de Pinochet era algo que estaba en el ambiente y en la preocupación de todo el mundo.
Y por otro lado, el ascenso de la lucha de los trabajadores en realidad no fue mucho, éramos una sola corriente, pero sí muy importante y muy influyente. Fue la lucha de los electricistas democráticos de Rafael Galván. Este movimiento fue muy importante en las luchas en contra del sindicalismo oficialista, en los 70 una de las expresiones de lucha era contra el charrismo sindical. Era la época en la que todavía no acababa de entrar en crisis pero sí empezaba la descomposición del sistema corporativo sindical del PRI. En la actualidad, los sindicatos son grupos más o menos empresariales, no son democráticos. Entonces era una lucha que tenía sentido, pero luego López Portillo le forzó un poco la mano a Galván para que hicieran un intento de unidad entre el sindicato priírsta y los democráticos. Claramente, unificarse fue un error, porque el sindicalismo priísta fagocitó al sindicato de los electricistas democráticos, y esta lucha se acabó. Al otro grupo sindical, el SME (el sindicato más antiguo de México, surgido en 1916) le desaparecieron su fuente de trabajo, la compañía de luz y fuerza del centro, y los acabaron. Andan ahí todavía tratando de que se los tenga en cuenta, pero muy mal.
En algún sentido esos fueron nuestros maestros. Teníamos reuniones con Galván. Cuando formamos el PSUM los dirigentes del SUTIN (Sindicato de Trabajadores Nucleares) eran compañeros nuestros, estaban en el mismo grupo. En las diputaciones en las que yo estuve estuvo uno de ellos, Antonio Gerchenson.
Entonces podemos decir que en ese momento se percibió un avance del movimiento obrero, que luego se matizó con el paso el tiempo…
Por supuesto, era un momento en el que estaba gestándose la crisis del 82, no había auge, no había movilización popular. Estaba la guerrilla por un lado, que hacía mucho ruido, eran unos cuantos (decía Jesus Reyes Heroles: “la guerrilla no represento ningún peligro para nosotros, pero no nos dejaba gobernar”). Por otro lado, el movimiento sindical estaba aislado. No había realmente perspectivas para un levantamiento, para un resurgimiento de las luchas populares. Y luego vino el periodo de la reforma política, la reforma electoral de 1977, que permitió a la izquierda entrar al parlamento. Entonces, ya fue otro el ciclo de problemáticas las que fueron alimentando nuestras reacciones. En los años 70 andábamos repensando a México, queríamos saber a dónde íbamos, si era posible levantar una organización de izquierda que le disputara la hegemonía al Estado priísta. Pero era una búsqueda, nada más. Cuando nosotros fuimos diputados el partido sacó 5,7 %, un pulgarcito. La izquierda en la que yo milité entonces era grupuscular y así fue hasta la creación del PRD. Cuando Cárdenas fue el dirigente el partido tenía entre el 16 y el 20% de la votación.
En este marco que describe, ¿qué rol cumplió Cuadernos Políticos?
La idea era promover la discusión teórica. Claro, no era una idea sistemática, los trotskistas en eso eran mejores, ellos a cada número de su revista le ponían un tema (se refiere a Críticas de la Economía Política. Edición Latinoamericana)[1] Nosotros teníamos una participación más libre, escribíamos lo que se nos ocurría, lo que pensábamos que podía ser bueno para la discusión entre nosotros y con los lectores. Por eso, por ejemplo, nadie me dijo a mí que escribiera sobre los maestros, se me ocurrió y lo hice. Había mucha libertad. No éramos un grupo orgánico.
La revista se presentó como una publicación independiente tanto del Estado como de la izquierda partidaria ¿cómo fue la relación con la izquierda organizada?
Estábamos fuera de la izquierda organizada. Teníamos nuestro grupo, que era una corriente en la universidad que finalmente se convirtió en partido, pero era muy pequeño. Estuvimoss fuera hasta que entramos en el PSUM. Sin embargo, Pereyra, Fito Sanchez Rebolledo y yo habíamos sido militantes del PC, por lo tanto sabíamos lo que era la izquierda organizada. Yo fui dirigente del PC en Michoacán durante 7 años. Es decir que tengo mi experiencia partidista, y Fito también. Pereyra menos, era más intelectual, le gustaba más trabajar en la universidad, pero todos estábamos en la actividad política. En el 68 empezamos a conocernos y empezamos a actuar en la universidad. Cuando creamos la revista estábamos fuera de todas las organizaciones.
¿Cómo fue su ingreso a Cuadernos Políticos?
Fue un poco espontáneo porque la dueña de la editorial ERA, Neus Espresate, quería organizar y publicar un revista como parte de su proyecto editorial y entonces nos convocó a nosotros. Fue una iniciativa principalmente de Neus, Bolívar Echeverría llegó después. En un principio estábamos Pereyra, Rolando, Fito, también un joven literato que trabajaba con Neus –Hector Manjarrez– y yo. Éramos un grupo pequeño. Neus participaba en todas las reuniones, ellas las dirigía, tomaba nota, era la ejecutiva. Las reuniones eran en su casa.
En seguida sacamos el primer número y seguimos trabajando en la revista apoyados por el dinero de la editorial. Fue un lujo para nosotros, los demás estaban viendo de dónde sacar el dinero para financiar sus revistas. Yo no sé cómo le hicieron los trotskistas, sacaron bastantes números de su revista. La editorial El caballito debe haber sido su aporte. Enrique Semo por el Partido Comunista, como trabajador académico sacaba dinero de aquí y de allá. Pero a ellos también les costó financiar su revista. Claro que nosotros no cobrábamos, no me pagaban mis ensayos. Yo los entregaba y estaba contento de que se publicaran.
¿La revista sufrió la represión del estado de alguna forma?
No, ya con Echeverría no hubo censura. A diferencia de la época de Díaz Ordaz, fue una época de tolerancia. Reprimían las manifestaciones pero a los intelectuales no los tocaban. Después de que subió Echeverría al poder, en 1970, se apaciguaron con nosotros, se hablaba de “apertura democrática”. A muchos se los llevaron de viaje a Argentina y a Japón. Se decía: “ahí va un avión cargado de intelectuales” Y muchos acabaron apoyando a Echeverría. El gobierno de Echeverría buscó ganarse a muchos intelectuales.
Sin embargo, algunos diarios sí fueron censurados. Fue el momento del golpe contra Scherer en Excélsior. Era el mayor periódico del país y ahí colaboré yo varios años. Echeverría le organizó un golpe al periódico, incluso utilizando a gente armada. Llegaron a una asamblea, donde hicieron efectivo el golpe y Scherer fue echado de la dirección. Los intelectuales escribíamos libros y publicábamos en revistas, esto no representaba ningún problema. Sin embargo, un periódico sí.
En una entrevista realizada por Stefan Gandler (publicada en su libro El Marxismo critico en México) Bolívar Echeverría sostiene que con la caída del muro de Berlín se termina un espacio político-cultural en el cual estas revistas eran posibles. ¿Qué opinión le merece esta lectura de la época? ¿Cómo cree que afectó al fin de la revista?
Yo no creo que haya significado mucho para nosotros la caída del muro, estábamos en otra dimensión, los trotskistas, en cambio, reaccionaron excesivamente. Cuadernos Políticos no tuvo que ver con eso, la revista se agotó por vejez, pero nosotros ya nos habíamos ido. Yo duré 4 o 5 años, me aburrí y me fui, me cansé cuando era diputado. Y la revista cambió cuando nosotros nos fuimos, se hizo un poco más sectaria y luego Neus ya no la quiso publicar. La parte más brillante de la revista es la que nosotros sacamos, después la calidad decayó.
En el libro La inteligencia rebelde, Carlos Illades dice que las revistas Historia y Sociedad, Cuadernos Politicos y Coyoacán no discutían entre sí. ¿Qué opina sobre esta afirmación?
Es que no teníamos identidad política. En la época de Lenin él polemizaba con la revistas enemigas porque tenían identidad política, eran voceras de un grupo político. Pero yo no me ocupaba de los trostkistas, ni Rolando, ni tampoco Fito.
Mire ahora hay una pugna entre Nexos y Letras Libres pero es por la contradicción que hay entre los dos directores: Aguilar Camín y Krauze. Ellos no tienen identidad política, tienen identidad con el negocio. Pero, por ejemplo, cuando yo estuve en Nexos, a mí no me interesaba Vuelta, que era la revista de Octavio Paz. Luego Vuelta desapareció, apareció Letras Libres y la pugna fue directa. Yo después me salí de Nexos pero todavía aparece mi nombre en el consejo editorial.
Illades sitúa parte de su explicación en los públicos cautivos, es decir, que los trotskistas leían Coyoacán, los comunistas Historia y Sociedad y así, por lo que no se generó un debate profundo y transversal entre las corrientes que se viera reflejado en las publicaciones.
Es cierto, pero no totalmente. Yo leía esas revistas y, por ejemplo, cuando leía Historia y Sociedad sabía que escribía Semo y muchas veces no me gustaba, además de que había pugnas individuales entre él y yo. Pero convertir eso en una causa de debate, nunca lo pensé porque no tenía caso, ¿para que me iba a referir a H&S si nadie la leía? ¿o a los trotskistas, por lo que decían sus interpretaciones de la Revolución Mexicana? A mÍ me repugnaba, pero no tenia caso. La única vez que escribí en contra de ellos, fue en “Revolución burguesa y política de masas”. Me ocupé en un momento pero luego no: cuando yo me propongo hacer un estudio sobre los maestros rurales en el cardenismo no estoy pensando en nadie, estoy pensando en un tema histórico que a mi me interesa tocar.
¿Y ellos se ocuparon de ustedes? ¿En dónde se veían reflejados los debates?
Ellos de nosotros sí. Sé que Semo también seguía sus intereses personales e intelectuales que no eran muy coincidentes con los nuestros. Nuestra revista se leía, se agotaba. Tenía un tiraje de 4000 ejemplares, era un milagro en este medio. Pero no es que la gente estuviera en contra nuestra. Estaban de acuerdo y luego no nos metíamos con temas muy partidistas. Yo pensaba que los comunistas eran unos brutos, pero no me iba poner a decirlo. O sobre la guerrilla, a mi la guerrilla me creaba problemas espirituales, Fito pensaba que había que hacer cuentas con los jóvenes guerrilleros y sí se ocupaba. Pero el intercambio de ideas era muy pobre, no lo había. Estuvimos lejos de tener un debate de interpretación histórica entre las distintas corrientes de la izquierda.
¿Cómo fue su alejamiento -y el de Rolando Cordera- de la revista?
Nosotros no duramos mucho, ya en el 79 nos habíamos ido. Por razones diversas, no porque no estuviéramos de acuerdo, sino porque nos metimos en la política, fuimos diputados (Cordera – por el PSUM del 82 al 85) y abandonamos el proyecto. Luego tuvimos otro que nació en esos años justamente, el de la revista Nexos del que también acabamos yéndonos. Actualmente andamos en campos diversos, yo ahora estoy en MORENA, con Lopez Obrador pero él no ha querido sumarse.
Tenemos una historia, nosotros formamos un grupo que acabó convirtiéndose en un pequeño partido. Se llamaba Movimiento de Acción Popular, MAP y nos decían los mapaches. Y empezamos trabajando desde los primeros años de la década del setenta en el sindicalismo universitario. Cuando formamos el sindicato de académicos hubo una fusión con el sindicato de los administrativos y se formó un solo sindicato, que es el que actualmente tiene la UNAM, el sindicato de trabajadores de la UNAM. El nuestro se llamaba SPAUNAM (Sindicato del Personal Académico de la UNAM). Y cuando se juntaron, nositros decidimos organizarnos como grupo político y entramos en una fusión en 79 u 80 con el PC y otros partidos que habían obtenido el registro. Fuimos diputados del 82 al 85 por el PSUM. Después ese partido se transformó en Partido Mexicano Socialista y luego vino la ruptura del PRI de Cuauhtémoc Cárdenas en 87 y finalmente el atraco electoral del 88, Cárdenas quiso conformar otro partido y es origen del PRD desde 89. Y ahí estuve hasta hace poco cuando AMLO se salió del PRD y decidió formar otro partido, y entonces yo con otros intelectuales decidimos sumarnos a ese partido.
La revolución mexicana en Cuadernos Politicos
En su artículo “México: Revolución burguesa y política de masas” (Cuadernos Políticos, 1977) dice que no tiene sentido llamarle “revolución pequeño-burguesa” al proceso iniciado en 1910 porque los ideólogos de la Revolución son siempre las clases medias, que están a disponibilidad de las grandes clases…
Es un punto de vista que tomé de Gramsci sobre los intelectuales orgánicos, que le organizan la ideología a la clase dominante y que se convierten en organizadores de su cultura, precisamente. Es un artículo que elaboré en polémica con los trotskistas, eran fijaciones mías de esa época. Por ejemplo, yo blandía el concepto del populismo, lo veía mucho a la manera de Perón y de Vargas, también de Haya de la Torre. Pero lo ligaba mucho a la tradición política de la Revolución Mexicana y los trotskistas estaban aferrados con el concepto de bonapartismo, que según ellos era herencia directa de marxismo por el librito del 18 brumario. Pero no era cierto, yo demostraba que no era cierto, que era una atribución equivocada. Pero, en términos generales, me sirvió para aclarar yo mismo una serie de problemas que, de hecho, ya había planteado en mi libro La ideología de la Revolución Mexicana. Era una manera de explicar cómo, a pesar de la política de masas típica de la Revolución, de hecho se estaba construyendo un régimen burgués, capitalista y eso ya era clarísimo, pero todavía había muchos defensores de la Revolución que se empecinaban en afirmar que la ésta seguía vigente, cuando justamente en esa época comenzó a hablarse del agotamiento del sistema. Acá, en pos de la sociología latinoamericana, hemos sido muy dados a hablar de modelos. Entonces, el modelo estaba agotado y, en efecto, empezó a notarse y la crisis se vino con López Portillo. Al llegar Miguel de la Madrid al poder, desde entonces la Revolución Mexicana empezó a darse por muerta.
¿Cuáles han sido, según su opinión, las tendencias en la caracterización de la Revolución Mexicana?
Hay una tendencia a rescatar el carácter popular de la revolución, y los héroes populares son los más solicitados, Zapata y Villa, los Flores Magón no, y han surgido personajes que han sido reivindicados por algunos historiadores. Gilly se ha agarrado de la figura de Felipe Ángeles que fue un general villista, su jefe de artillería y lo ha reivindicado como un héroe de la Revolución. Ha habido una proliferación de los estudios históricos de la Revolución, pero todo ha seguido una secuela que inauguramos precisamente nosotros en esa época. Mi libro dio lugar a lo que algunos –entre otros, Enrique Florescano– han llamado revisionismo histórico mexicano que si logro entender lo que quisieron decir, apunta a que pusimos en revisión los conceptos que eran el apoyo de las interpretaciones históricas. Y mi libro, estoy seguro, fue el detonador de cierto modo de ver la historia.
Y los estudios que salieron en Cuadernos Políticos, incluso aquel de los maestros rurales en el cardenismo[2], pues fueron un poco digamos el seguimiento de los planteamientos que yo había hecho en el libro. Hay un artículo que yo estudié con mucho interés, intentando abrirme yo mismo hacia América Latina. Es un ensayo sobre el origen del estado en América Latina[3], estudio histórico latinoamericanista, y veo ahí las particularidades que hubo en el continente en la época de la independencia. Pero ya no me anime a seguir a trabajando sobre América Latina, pues no había eco. Cuando iba a congresos en Sudamérica hablaba sobre México y nadie me entendía, o a nadie le interesaba, me parece. Y a mí no me gustaba hacer esos refritos latinoamericanistas que eran típicos de la época -se habla de todo y no se habla de nada-. Yo nunca reconocí en los estudios latinoamericanos a México, nunca. Y los peruanos me han dicho lo mismo, y también los bolivianos. Es decir, América Latina eran Brasil, Argentina, Chile y se acabó. Fals Borda quiso meter a Colombia en circulación pero tampoco duró mucho el gusto. Fals Borda pasó y pasó el latinoamericanismo de los colombianos. Y los centroamericanos están enterrados pues en sus ranchitos, como decía Mistral en el pulgarcismo.
[1] Córdova, Arnaldo. «Los maestros rurales en el cardenismo» en Cuadernos Políticos n°2, oct-dic 1974.
[2] Córdova, Arnaldo. «Los orígenes del Estado en América Latina» en Cuadernos Políticos n° 14, oct- dic 1977.