Animales nocturnos (E.U.A., 2016)
(Nocturnal Animals)
Director: Tom Ford
Género: Drama
Guionistas: Tom Ford (guión), Austin Wright (novela)
Actores: Amy Adams, Jake Gyllenhaal, Michael Shannon

Es difícil olvidar la primera secuencia de Animales nocturnos (2016). En un juego formal, habilidoso y significativo, Tom Ford, el director, encuentra en lo monstruoso y lo insurrecto algo inevitable que emana del hombre. El marchitar de los cuerpos, el marchitar del amor, el marchitar de los ideales, un olor a rancio encerrado en la crisis, en la venganza, en la fragilidad de la existencia. La primera secuencia golpea al espectador: cuerpos amorfos que se regocijan en la violencia que surge de ellos.
De la cámara con planos abiertos que apuntan a este festín visual, se descubre que todo sólo es parte de un mundo más pequeño, el de Susan (Amy Adams), una reconocida galerista que, de manera inesperada, recibirá el borrador del primer libro escrito por su ex esposo, Edward (Jake Gyllenhaal), un amargo e intenso texto que la llevará a recuerdos de su pasado.
Así, con un primer paso bien trazado, el director estadounidense marca la ruta que se hará sobre los parajes emocionales que son parte del ser humano. Susan guiará al espectador en este efecto dominó que inicia en la rebeldía y el idealismo de su juventud, el amor, la desilusión y la crisis existencial de una vida que debería estar en su plenitud, un desasosiego similar al que vemos en George (Colin Firth) en Un hombre soltero; sin embargo, aunque es fácil identificar este camino dramático, Ford opta por una ruta menos sencilla y añade a la dolorosa vida de Susan la ficción creada por Edward.
Gracias a esta decisión creativa, Animales nocturnos deja de ser la historia de una existencia en crisis y se traslada a su entorno para añadir algo más. Ese algo inicia desde que vemos, como en una suerte de desdoblamiento, a Jake Gyllenhaal interpretar al ex esposo de Susan y al protagonista de su ficción literaria, Tony Hastings. En un ejercicio narrativo muy hábil, Edward y Tom Ford se dan a la tarea de ponerle rostro al dolor y la fragilidad: el pesar de Edward se manifiesta por medio de la historia de su libro, el crudo y violento episodio de dos asesinatos; y pareciera que Ford, por medio de la lectura y los recuerdos de Susan, expresa la zozobra en una sociedad que poco a poco pierde la esperanza y la empatía. Un monstruoso sistema que es medido por el éxito.
Tal y como sucedió en su opera prima, Un hombre soltero (A single man, 2009), en Animales nocturnos regresan los personajes aparentemente frágiles, con conflictos pendientes que desaparecen en el constante cuestionamiento de su existencia, una vida marcada por decisiones pasadas que seguirán dictando su presente. ¿Estamos ante ficción o es sólo un pedazo de nuestro presente?
En esta imprecisa delimitación entre lo que se lee y lo que se evoca, Ford explota todo su potencial creativo y formal. Una doble narración, un doble trabajo que fragmenta a Animales nocturnos, sin problema alguno, en dos películas. Una dualidad vista, en primera instancia, en todo el vacío y la artificialidad de la vida de Susan, un medio engendrado gracias a una fotografía que opta por los azules, los colores fríos de la ciudad, una simetría avasalladora en alto contraste entre el blanco, el rojizo y el negro, y unas decisiones de vestuario que, sin duda alguna, provienen de Ford, el ex director creativo de famosas casas de moda.
Por su lado, la ficción literaria creada por Edward es provista de escenarios polvosos, sucios, que resguardan toda la fuerza contenida de la venganza, la violencia y la frustración con una fotografía que opta por el sepia, el café y las sombras de un sol incandescente de los parajes solitarios en Texas.
De esta manera, Ford pule todo el potencial que demostró en Un hombre soltero: la forma ya no se come de manera voraz las virtudes narrativas pues ahora, con una candencia sutil, finamente trazada, hace que todo su estilo visual acompañe el desarrollo de sus personajes, es decir, afina el equilibrio entre fondo y forma. Aquí no es un preciosismo egoísta y casi necio como el que en ocasiones vemos en Malick, por ejemplo. Ford ha afianzado su estilo con destellos propios, una mirada educada desde el diseño y la moda que lo coloca como uno de los realizadores más sobresalientes de los últimos años.
Animales nocturnos es una obra sobre el dolor acompañado de una atmósfera turbadora, asfixiante, que por momentos recuerda la pesadumbre y la violencia del noir, un universo marcado por el contraste social entre personajes presos en una burbuja hermosamente falsa, y las figuras olvidadas por el mito de una sociedad más libre, más democrática. Pareciera que para Ford todos, de una forma u otra, somos parte de esa división, sólo que nosotros decidimos si queremos ser animales nocturnos para merodear, violentar, destruir y ocultar nuestra fragilidad.