En un improbable juego de tenis, el poeta Francisco de Quevedo y el pintor Caravaggio se enfrentan a muerte. En la novela de Álvaro Enrigue, Muerte súbita (Anagrama, 2013), ganadora del Premio Herralde de este año, se juegan las reglas de la ortodoxia y el surgimiento del arte moderno, y los intermedios pasa el todo el Renacimiento, desde el surgimiento del yo del artista hasta los más moderno en decapitamiento. “Son personajes opuestos en el campo de la historia”, dice Enrigue, “en el sentido de que Quevedo era un hombre hondamente reaccionario y católico de cepa, que además hacía mucho negocio con eso, no que fuera un santito. Era un defensor del imperio a todo lo que daba y un machista furibundo. Caravaggio era un artista igual o más famoso que él y era un hombre abiertamente gay que desafiaba a todas las reglas del arte de su tiempo, es decir, Quevedo le hizo cosas al soneto de las que aún no nos reponemos, pero siempre dentro de las reglas del soneto. Caravaggio cambió la pintura seria y revolucionariamente. Son dos maneras de percibir el mundo enfrentadas en un campo de tenis”.
Daniel Rodríguez Barrón: ¿Y esas dos maneras siguen ejerciéndose en el mundo contemporáneo?
Álvaro Enrigue: Yo creo que la referencia de cualquier novela escrita en este tiempo es este tiempo. No me parece que Muerte súbita sea una novela sobre el siglo XVI Y XVII, sino sobre el siglo XXI, es sólo que sucede en el siglo XVI y XVII.
DRB: Muerte súbita navega entre la narrativa, el ensayo y una suerte de autobiografía ficcionada…
AE: A mí lo que me interesaba era construir una serie de ensayos que lentamente se fueran convirtiendo en una novela, un poco como —yo tengo la impresión de que uno está siempre escribiendo un mismo libro—, en Hipotermia y Vidas perpendiculares, en el sentido de que juegan en el límite del género de la novela.
DRB: ¿Ese es el punto se encuentra la novela latinoamericana actual?
AE: Creo que en América Latina tenemos una saludabilísima relación de distancia con la ficción y con los modos tradicionales de la ficción en los últimos años. Yo vivo en Estados Unidos y allí la gente escribe y lee novelas y esas novelas no son muy diferentes de las que escribía Balzac. Me parece en América Latina estamos en un periodo de descrédito de la novela. Y eso permite que la literatura en la región sea mucho más interesante. Y no estoy hablando de mi libro sino de nuestros contemporáneos, creo que hay un proceso de reinversión profundo de la novela en español y creo que el motor de ese movimiento está entre la Ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires.
DRB: A propósito de nuevos temas: escribiste una historia muy particular sobre samuráis novohispanos encargados de vigilar el comercio entre Acapulco y Veracruz, llamada Un samurái ve el amanecer en Acapulco (Caja de cerillos, México 2013). ¿Cómo descubriste esa historia?
AE: No era algo raro, tienes que pensar que en ese momento Filipinas era más parte de México que de España. El comercio con Filipinas se hacía desde México. Y el mercado de Manila que se llamaba El Parián, por eso todavía le decimos así al de Coyoacán, el mercado de Manila estaba vigilado por una comunidad de samuráis que había importado el imperio español hacia Filipinas. De esa comunidad se trajeron a México seis samuráis en 1638 para, primero para combatir a los piratas holandeses del pacífico y después para hacer labores de seguridad en el territorio. Lo divertido es que en 1641 Japón cerró sus fronteras a los imperios extranjeros nadie volvió a entrar ni a salir y entre ellos estaban estos seis samuráis que se quedaron en México.
DRB: ¿Y qué hicieron estos samuráis en México luego de que Japón los abandonó a su suerte?
AE: Yo con lo que estoy trabajando es con ficción desde luego, hay muy poca información, yo estuve muchos meses trabajando en Princeton que tiene una de las mejores bibliotecas de mundo y encontré verdaderamente poco. Me parece que en Japón hay más. Pero hay por lo menos un caso documentado que aparece en el cuento, se llamaba Diego de la Barranca, desde luego tenía otro nombre japonés, y después de ejercer su trabajo como samurai se casó con una española y puso, por supuesto, un negocio de importación exportación de bienes orientales a España y le fue muy bien era una familia bastante acomodada de Veracruz. En la que el papá era un samurai, una cosa muy rara. Pero México es un país raro.